Blas Infante: La Patria españolista (1919)

Nuestros correligionarios de Cataluña se han detenido un tanto. La democracia trabajadora es una esperanza ardiente que incendia y conmociona a los obreros de la ciudad y el campo. ¡Hasta Sevilla se levanta! Han visto los obreros tangibilizados los principios de la democracia trabajadora en la Constitución votada por el Congreso Pan-Ruso de los Soviets. Perciben la agitación que inestabiliza en Alemania toda Constitución de gobierno popular. Observan que las nuevas nacionalidades liberadas en el centro y oriente de Europa se debaten en la vacilación manifestada por las luchas internas orientadas hacia soluciones, más bien sociales que políticas. Bulgaria mantiene con Alemania analogías grandes en su actual situación. En Rumanía los campesinos se han apoderado de la tierra.

En cuanto a los triunfadores, el envanecimiento de la victoria en nada ha afirmado, como sucediera otras veces, los poderes que ciñeron las sienes de sus pueblos con el glorioso laurel. En Italia el partido mejor organizado, el Partido Socialista, se pronuncia contra su representación parlamentaria, y se orienta hacia el maximalismo. En Inglaterra, la voz de Irlanda no se oye entre el fragor imponente de sus huelgas últimas, y el clamor de los laboristas ingleses. En Francia, el sindicalismo llega a coaccionar al desaprensivo Clemenceau. Hasta en Argentina, la aspiración democrática trabajadora conmueve a las masas proletarias y llega a minar el espíritu de la fuerza pública.

Los obreros de todo el mundo se han dado cuenta de que este instante representa un puente giratorio que unirá dos eras diferentes, y quieren ordenar este puente en la dirección que conduce al mundo de su ideología.

Barcelona y Córdoba son hoy las dos provincias españolas en que el sindicalismo cuenta con fuerza mayor y con una organización más acabada. Y nuestros correligionarios catalanes dicen: Si llegamos a romper la clave de los poderes actuales, los obreros penetrarán por la brecha. Temen al tránsito: a la desorientación. Resolver la cuestión social es hoy asunto más urgente y esencial que el mismo problema autonómico.

Este es también nuestro criterio (el que viene a inspirar esa última fórmula) con relación al problema social que pudiéramos calificar como “particular” de Andalucía, por ser aquí más bien que en otra parte alguna, realmente angustiosos los requerimientos que para su solución hace la vida misérrima de nuestro pueblo andaluz, a los entendimientos rectos y a los corazones sensibles.

Pero estamos convencidos. Los poderes de Madrid no harán nada por nosotros. Andalucía habrá de resolver, por sí, sus tremendos problemas. Por esto, si en nuestra mano estuviera la fuerza, estaría también la libertad, a la orden de Andalucía. Andaluces, sabedlo: el Estado español desprecia a nuestro país, actualmente inerte e imbecilizado por el tormento de la larga tragedia, recibe los puntapiés del Señor con inconsciencia, mansedumbre e indignidad esclava. ¡Pobre Andalucía! ¡Ha perdido la dignidad y el valor que la libertad confiere! Tiene la repugnante lealtad de un bufón servil, ¡Andalucía adula bajamente al Estado español, a la patria españolista!

Andaluces cobardes y encanallecidos, sabedlo: si el Estado español es España, fue España la que vino a arrebataros vuestra tierra nacional sumiéndoos en espantosa miseria. Fue ella quien vino a destruir aquellas arterias complicadas por donde discurría el agua que fecundaba vuestro suelo. Fue ella la que arrasó los vergeles que recreaban a nuestros padres. La que castró nuestro espíritu, la que martirizó nuestro genio, la que destruyó nuestra civilización, la que enterró nuestra Historia. Fue ella la que expulsó de nuestro solar a millones de hermanos, dándoles a elegir entre dilemas tremendos, entre el destino o el sometimiento a su baja moral: entre la muerte por inanición o la muerte por la espada. Andaluces: si el Estado centralista español fue y es, como dicen sus sostenedores, la España viva, execrad esa sierpe de España. Renegad de ella. Ella apagó ese foco de Al Andalus cuya memoria es en nosotros, como el recuerdo nostálgico y luminoso de una novia muy amada que murió: cuya resurrección es esperanza de fuego que mantiene encendida nuestra eterna juventud en la peregrinación de nuestros cuerpos ya envejecidos que, atisbando la aparición, avanzan firmes en su peregrinación por la tierra: esclava vuestra tierra. Os niega el pan. En cuanto al espíritu, España no lo tiene. ¿Cómo podrá infundiros espíritu de vida la que por no tenerlo, lo mató en vosotros? ¡España, España! El extranjero lo dice. España es una negación de muerte. Para auscultar en España el latir de un original espíritu, han de venir a buscarlo en el espíritu agonizante y estigmatizado que la dominación de esa España dejara a Andalucía.

¡Qué tristeza! ¡Y aún hay andaluces españolistas! ¡Andaluces que ante las ansias libertadoras del pueblo catalán, gritan con inconsciencia imbécil por la unidad de la patria! Nos dirigimos a vosotros, andaluces de verdad; andaluces de verdad porque es este título expresivo de agobiadores sufrimientos: andaluces de verdad porque constituís las clases más numerosas de la sociedad andaluza: andaluces de verdad porque en las clases plutócratas e industriales andaluzas, la sangre de Andalucía no está pura como en las venas nuestras, sino que fue mezclada con la de extraña gente cuyos atavismos étnicos absorbieron la generosidad de la sangre nuestra.

Nos dirigimos a vosotros, andaluces de verdad; 95% de la población de Andalucía: jornaleros, colonos, pequeños terratenientes, artesanos, sufrida clase media. ¿Por qué llamáis patria a esa España? ¿Qué paternales desvelos tenéis a España que agradecer?

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