Los comunistas y la cuestión nacional (III Congreso del PCPA, 1993)

PCPAPodríamos decir que el problema de la cuestión nacional constituye una de las asignaturas pendientes del Movimiento Comunista Internacional, no ya tanto en cuanto a respuesta puntual frente a un problema concreto, sino en cuanto a cuerpo teórico que permita adoptar, desde posiciones ideológicas, la respuesta concreta en una situación determinada sin caer en oportunismo de uno u otro signo.

Partiendo de la escasez de materiales, que no de formulaciones, de los clásicos del marxismo-leninismo, el desarrollo teórico sobre el problema prácticamente concluye con la formulación que, con pretensiones de generalidad y evidente falta de profundidad, desarrolla Stalin.

Las luchas de independencia y liberación nacional se han visto ya desde Engels, en un contexto ajeno a la realidad del denominado mundo capitalista, y fundamentalmente de la Europa Central y Occidental, vinculándolo al proceso de luchas de descolonización de los pueblos de África y Asia sometidos a los grandes imperios coloniales (británico, francés y alemán, principalmente) formados a lo largo del siglo XIX y remodelados tras la Primera Guerra Mundial.

Partían los clásicos, y hemos partido nosotros también, de considerar el mapa nacional europeo con una configuración definitiva, y casi de “derecho natural”, viendo con recelo en el mejor de los casos cualquier atisbo de “nacionalismo” por parte de una comunidad cualquiera enclavada dentro de los territorios de un Estado nacional.

Dos son los motivos principales, a nuestro entender, que han condicionado dicha postura; de un lado el contraponer derechos nacionales a internacionalismo, allí donde la existencia de un proletariado industrial numéricamente considerable y socialmente importante, hacía pensar en que el proceso revolucionario se daría a nivel continental y no local; de otro, el hecho innegable de que la mayoría de los movimientos nacionalistas existentes dentro de los Estados europeos, si exceptuamos el caso irlandés, que tiene sus peculiaridades, estaban organizados y dirigidos por las burguesías nacionales que a su amparo pretendían la protección o expansión de sus mercados.

Si en épocas de la Revolución de Octubre, y durante un corto período de tiempo, se puso en práctica el principio de libre autodeterminación en algunas de las naciones que integraban el Imperio Ruso zarista (como Finlandia o Polonia), sus resultados y la coyuntura política por la que atravesó el País de los Soviets hizo que el problema se enfocara de forma distinta, y las formulaciones de Stalin adquirieron la categoría de doctrina inmutable.

Así, pese a tener evidentes problemas motivados por los hechos nacionales diferenciados, incluso luego de la configuración del nuevo mapa europeo surgido de la Primera Guerra Mundial, en países como Yugoslavia, Checoslovaquia, Bulgaria y muchos más en la propia URSS, y a pesar de la existencia de Estados dirigidos por partidos comunistas tras la Segunda Guerra Mundial, donde estos problemas estaban presentes, nada se hizo en el terreno teórico para abordar, desde una perspectiva de clase, tal cuestión, poco y malo para solucionar el problema, las más de las veces reprimiéndolo o enmascarándolo.

La historia de los comunistas españoles no ha sido en absoluto ajena a aquellas concepciones y estas prácticas. Pese a la actuación de los nacionalistas, tanto vascos como catalanes, en la Guerra Nacional Revolucionaria de 1936 a 1939, y donde, pese a convicciones religiosas, políticas y económicas tan diversas y a veces antagónicas con las que sustentaban los gobiernos republicano-socialistas de la época del Frente Popular, la mayoría de las fuerzas nacionalistas, de indudable origen burgués, incluido el PNV, se enfrentaron a la rebelión de los militares fascistas, y en mayor o menor medida contribuyeron a mantener la lucha, defendiendo en primer lugar sus instituciones de autogobierno y en segundo a la República que les había facilitado el tenerlas. Los comunistas participaron en los gobiernos autonómicos vasco y catalán, y es ahí donde surgen los primeros intentos serios de abordar, desde las propias filas comunistas, los hechos nacionales diferenciados.

La derrota popular, el estallido de la guerra en Europa y la política del Komintern primero y de la Kominform después de 1943 no solo abortaron estos intentos, sino que llevaron a sus valedores a la liquidación política (cuando no física), y ahí están los casos de Comorera, Errandonea y de tantos otros.

Pero incluso esta falta de referente teórico y de incomprensión política no pudo evitar que los interrogantes sobre el problema se plantearan y que las posturas de reivindicación de la lucha nacional fueran, con dosis más o menos importantes de oportunismo, en según qué casos, siendo asumidas por sectores importantes de la militancia comunista, especialmente en Cataluña.

Ahí nos volvemos a encontrar con la formulación clásica de la ortodoxia: “un Estado, un Partido”, viendo la dirección central del PCE peligros de federalización, cuando no de desintegración, aceptando la existencia formal de organizaciones regionales, pero, salvo el caso catalán con el PSUC, negando virtualidad a cualquier tipo de autonomía a las mismas.

Esta situación dio lugar a la reducción casi a lo simbólico de la organización de los comunistas vascos, desbordados y sorprendidos por el hecho del componente nacionalista incluso de parte de la clase obrera vasca, y de la aparición de organizaciones que, desde posiciones revolucionarias, reivindicaban la independencia de su país. La falta de respuestas, condicionada de un lado por la mentalidad de los dirigentes, y de otro por las cortapisas que desde la dirección central se establecían, llevaron en la práctica a que la organización vasca del PCE no llegara siquiera a ser admitida como parte de la vanguardia revolucionaria de Euskal Herria.

Las vacilaciones a adoptar una posición definida y avanzada por parte del PSUC, salvando las enormes diferencias que en la composición de la clase obrera catalana, mayoritariamente emigrada de otras zonas, aparecen respecto de la vasca, e incluso en determinadas comarcas el enfrentamiento hacia lo catalán, han hecho retroceder en influencia política a esa organización.

Más sangrante ha sido históricamente el caso andaluz: la falta de sensibilidad que durante la primera mitad de la década de 1970 mantuvieron las máximas instancias del PCE respecto a un hecho que, si incipiente, no por eso era menos evidente. La aparición de los primeros síntomas de la reivindicación de la propia personalidad andaluza permitió que un núcleo de elementos provenientes de la pequeña y mediana burguesía asumiera el papel protagonista en el arranque del proceso que, para nosotros, sería el de la reconstrucción nacional de Andalucía.

Cuando surge la primera organización de este tipo, denominada “Compromiso Político”, ya se alzaron algunas voces ante la dirección para que atendiera a este fenómeno y recogiera, desde las posiciones revolucionarias, ese sentimiento. Fue clamar en el desierto, y se reprodujeron viejas fórmulas, desde la caracterización de “pequeño-burgués” del planteamiento hasta la negación de lo que ya era evidente, las condiciones objetivas para que el mismo fuese asumido por sectores importantes de la población andaluza.

Solo cuando, ya en plena “Transición”, la coyuntura de los pactos estatales lo aconsejan, se acepta formalmente la posibilidad de reconocer algunas características peculiares a Andalucía, sorprendiéndose de los resultados electorales de la única formación que se reclamaba “nacionalista”, el Partido Socialista de Andalucía (PSA), a raíz de lo cual, y del resultado de los procesos electorales de 1979, se admite que las organizaciones del PCE en Andalucía celebren el Congreso Constituyente del Partido Comunista de Andalucía. Ya habían tenido lugar las manifestaciones del 4 de diciembre de 1977, donde la movilización popular fue superior incluso a las mayores que se hubiesen celebrado en Cataluña o Euskal Herria.

Partimos los comunistas andaluces del PCPA de una premisa a la hora de formular nuestra posición respecto del hecho nacional andaluz: tanto por la configuración histórica de nuestro pueblo como por su situación actual, y su composición social, solo desde sus capas populares y su clase obrera puede sacarse adelante, de una forma coherente, el proyecto de reconstrucción nacional.

Y hablamos de reconstrucción precisamente porque partimos del análisis de nuestra Historia y no aceptamos, por tanto, el que la nacionalidad andaluza carezca de raíces: somos conscientes de cuáles son los tiempos actuales, de las enormes distancias que nos separan, en todos los órdenes, de la última estructura nacional andaluza, erradicada por siglos de dominación castellana, y no eludimos analizar las huellas que ese proceso de destrucción de nuestra identidad han dejado de forma profunda en una parte importante de andaluces. Tampoco olvidamos el contexto europeo en el que hoy se mueven los Estados nacionales de nuestro continente; pero eso no nos lleva a negar lo primero, sino que nos obliga a analizar con más meticulosidad la realidad, para afinar a la hora de formular la política concreta que permita al Partido ocupar un papel de vanguardia en la lucha por la soberanía.

Ese es el camino que el Partido Comunista del Pueblo Andaluz eligió al realizar su II Congreso, y hoy reafirma y profundiza, asumiendo la tarea de encabezar la lucha por los derechos nacionales de los andaluces, incluido el de la autodeterminación.

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