Un viaje instructivo a China: reflexiones de un filósofo

Por Domenico Losurdo

(Traducción al castellano por Pável Blanco Cabrera)

Del 3 al 16 de julio de 2010 tuve el privilegio de visitar algunas ciudades y realidades de China, en el ámbito de una delegación invitada por el Partido Comunista de China, delegación de la que también hicieron parte representantes de los partidos comunistas de Portugal, Grecia y Francia, y Die Linke, de Alemania; en cuanto a Italia, además del que escribe, participaron en el viaje Vladimiro Giacché y Francesco Maringió. Este texto no es un diario ni una crónica: son solo reflexiones fruto de una experiencia extraordinaria.

La primera cosa que salta a la vista en el transcurso del encuentro con los representantes del Partido Comunista de China y con los dirigentes de las fábricas, de las escuelas y de los barrios visitados, es la tónica autocrítica, digamos la pasión autocrítica de que dan prueba nuestros interlocutores. En este punto es evidente la ruptura con la tradición del “socialismo real”. Los comunistas chinos no dejan de señalar que el camino a recorrer es largo, por lo tanto numerosos y gigantescos son los problemas a resolver y los desafíos a enfrentar, y que, a pesar de todo, su país continúa siendo parte del Tercer Mundo.

Vista del antiguo barrio alemán de Shanghai.

En verdad, en el transcurso de nuestro viaje, no encontramos ese Tercer Mundo. Por lo menos en Pekín, que fascina con su aeropuerto ultramoderno y reluciente, y aún menos en Qingdao, donde se realizaron los Juegos Olímpicos de 2008 y que recuerda a una ciudad occidental de belleza y elegancia especiales, con un nivel de vida elevado. Tampoco encontramos el Tercer Mundo cuando nos apartamos 1.500 kilómetros de las regiones costeras orientales, más desarrolladas, y aterrizamos en Chongqing, la enorme megalópolis que tiene un total de 32 millones de habitantes y que, hasta hace algunos años, parecía tener dificultad en acompañar al milagro económico. No tenemos dudas de que el Tercer Mundo aún existe en el enorme país asiático, pero el encuentro frustrado con él fue consecuencia no de la voluntad de esconder los puntos débiles de la China moderna, sino del hecho de que el impetuoso crecimiento en curso desde hace ya más de 30 años está reduciendo, disminuyendo y fraccionando a un ritmo acelerado el área de subdesarrollo que se convierte en una lejanía cada vez más distante.

En Occidente no faltan, a este respecto, los que van a hacer muecas: desarrollo, crecimiento, industrialización, urbanización, milagro económico de una amplitud y duración sin precedentes en la Historia, ¡qué vulgaridad! Este esnobismo del “bello mundo” parece considerar insignificante el hecho de que millones de personas hayan escapado a un destino que los condenaba a la desnutrición, al hambre y a la muerte por inanición. Y los que encuentran que el desarrollo de las fuerzas productivas es apenas una cuestión de bienestar económico y de consumismo deberían leer (o releer) las páginas del Manifiesto del Partido Comunista que ponen en evidencia el idiotismo de una vida rural circunscrita por la miseria, incluyendo la cultural, de las fronteras limitadas e intransponibles. Cuando visitamos hoy las maravillas de la Ciudad Imperial en Pekín y, a algunos kilómetros de distancia, la Gran Muralla, deparamos con un fenómeno que no existía en 1973, ni siquiera en el año 2000, es decir, en mis dos anteriores viajes a China. Hoy en día salta a la vista la presencia masiva de visitantes chinos: son turistas con características especiales: llegan frecuentemente de un cantón remoto del enorme país; probablemente es la primera vez que visitan la capital; en el plano cultural comienzan a apropiarse de cierta forma de la noción de la civilización tan antigua de la que forman parte; dejan de ser simples campesinos ligados como en una prisión a la parcela de la tierra que cultivan y se convierten en verdaderos ciudadanos de un país cada vez más abierto al mundo.

Mucho después de las horas de la apertura para la visita de los monumentos y museos, la Plaza de Tiananmen continúa con el hormigueo de personas: son muchos los que esperan y observan con orgullo el izar de los colores de la República Popular China. No, no se trata de chovinismo: los chinos gustan de ser fotografiados con visitantes extranjeros (yo también fui objeto y acepté con placer pedidos de este género); y como si invitasen al resto del mundo a festejar con ellos el regreso de una civilización muy antigua, oprimida y humillada durante mucho tiempo por el imperialismo. No hay la menor duda, el prodigioso desarrollo de las fuerzas productivas no se limitó a arrancar de la miseria y de privaciones a centenares de millones de hombres y mujeres; les aseguró una dignidad individual y nacional, les permitió ampliar considerablemente su horizonte abriéndoles frente al enorme país del que forman parte y, más aún, frente al mundo entero.

La obra completa se puede leer aquí.

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