La eutanasia del Partido Andalucista

Por “A Jierro 24 Horas”

paA las 18:15 del pasado sábado 12 de septiembre el Partido Andalucista dejó de existir. El XVII Congreso Extraordinario del PA, celebrado en Torremolinos, votaba por 243 votos a favor, 57 en contra y 10 abstenciones su disolución tras casi 40 años de historia, o incluso, hasta más si contamos el período de la Alianza Socialista de Andalucía (ASA), fundada en 1971. A este Congreso Extraordinario acudieron, como si de un funeral se tratara, viejos líderes del PA como Alejandro Rojas Marcos, Miguel Ángel Arredonda, Antonio Orteja, Luis Uruñuela, Diego de los Santos o Julián Álvarez.

Aunque el ya ex-secretario general del PA, Antonio Jesús Ruiz, haya declarado públicamente que el vacío del Partido Andalucista no va a durar mucho, eso sí, sin especificar nada al respecto, lo cierto es que desde el sábado existe una comisión delegada de 20 personas encargada de dar cobertura a los 319 concejales electos del PA en las pasadas elecciones municipales y de disolver el partido.

Es complicado resumir en un editorial más de 40 años de historia, de Historia de Andalucía. En estos días previos, hemos podido leer y escuchar cómo se hablaba de darle al PA “una muerte digna”, o que el PA moría, pero no el andalucismo. Lo de la “muerte digna” nos sugiere la imagen de un enfermo terminal postrado en su cama, viviendo artificialmente, sin embargo, los dirigentes del PA tampoco han sabido especificarnos qué es una “muerte digna”, ¿hacer desaparecer unas siglas para dar luz a otras y hacer lo mismo que se hacía con las siglas desaparecidas? Esta pregunta queda en el aire y, por patético que pueda parecer, es una opción a tener en cuenta.

Sin embargo, nos parece más interesante y más productivo reflexionar sobre ese andalucismo vivo, ese andalucismo que de ninguna de las maneras se podía asociar al PA porque, entre otras cosas, nunca quiso vincularse con ese andalucismo. El televiso y en otro momento miembro de la dirección del PA, Javier Aroca, reflexionaba sobre ello en las páginas de ElDiario.es. Aunque el artículo de Aroca es recomendable, hay que hacer notar algo, algo en lo que muy pocos han caído en estos días: la muerte del PA se da en unas circunstancias en las que la conciencia andaluza ha crecido, fundamentalmente por la crisis capitalista y la consecuente crisis política que ha creado un lógico desapego a la “marca España”. Entonces, ¿qué ha pasado para que el único referente electoral organizado exclusivamente en Andalucía no haya sabido captar esa conciencia andaluza creciente? Esta pregunta, para los dirigentes del PA, ni puede ni debe tener respuesta.

La ideología sin política es un acto de fe, es dogmatismo, es pasividad, pero la política sin ideología es puro y simple mercadeo, es oportunismo. El PA nació de la intelectualidad pequeño-burguesa de los grandes y medianos núcleos urbanos andaluces, una fracción de clase que en otras naciones del Estado Español ha jugado un papel activo en la lucha por las libertades democráticas básicas, pero que en Andalucía, históricamente y desde el siglo XIX, no ha podido ni ha sabido jugar un rol determinante, a pesar de haberlo intentado en no pocas ocasiones. Hasta cierto punto es lógico que haya sido así teniendo en cuenta la polarización de clase que siempre ha vivido Andalucía.

Carlos Cano canta durante un mitin en los primeros años del PSA, presidido por Alejandro Rojas Marcos.

El PA venía a la vida en los últimos años del franquismo, en una Andalucía sometida a una crueldad económica y cultural insoportable. En aquellos años llamarse “socialista” podía ser cualquier cosa, como dirían los actuales gurús de la “nueva política española”, “socialista” y “socialismo” eran significantes vacíos, pero de todas formas con esa definición se pretendía estar cercanos a una realidad social de miseria, hambre y opresión. El andalucismo vino después, cuando esa realidad social se fue estudiando y en ese estudio los dogmas del nacionalismo español iban cayendo poco a poco. Eran años de simpatías hacia la Yugoslavia autogestionaria de Tito, hacia el panarabismo anti-imperialista y, en general, hacia los movimientos de liberación de las naciones del llamado Tercer Mundo, pero eran años en que una clase obrera despertaba de su letargo y el régimen de Franco parecía llegar a su fin. Y vino el 4 de diciembre de 1977, con una explosión de conciencia nacional andaluza que nadie nunca imaginó. Y vino también el asesinato de Caparrós. El PSA estuvo ahí y fue protagonista de alguna manera del momento. En aquella encrucijada en la que la gran oligarquía española no sabía cómo hacer encajar a Andalucía en su proyecto de Estado español post-franquista, fue cuando en aquellos años el Partido Socialista de Andalucía (PSA) empezó a hacer de la política un fin en sí mismo, y vinieron los pactos para no se sabía muy bien qué conseguir ni para qué. En 1979 el PSA pasó de lo más alto a lo más bajo. El PSOE de Alfonso Guerra y Felipe González, con mucho ojo, supo explotar las flagrantes contradicciones del PSA. Cada error que cometían acabó favoreciendo a un PSOE consciente de que tenía que desactivar como fuera el movimiento popular andaluz y al propio PSA en su carrera hacia La Moncloa.

Y de aquellos barros, estos lodos. De nada valió estar junto al PSOE gobernando la Junta de Andalucía entre 2000 y 2004. Aquello, si acaso, aceleró la enfermedad del PA, que en 2008 se convirtió en terminal.

El PSA (y después el PA) no quiso saber nada de una base social trabajadora mayoritaria en Andalucía, ni de sus problemas ni de sus inquietudes, pero sí quiso imitar a la ya también desaparecida CiU y al PNV, careciendo de una base social para ello. En otras ocasiones, con el discurso del agravio comparativo, el PA quiso aparecer como el partido más español de todos, incluso más que el PP, garantizando al gran capital español una Andalucía sumisa pero a la vez beligerante con los “nacionalismos separatistas” o con las ambiciones nunca saciadas de vascos y catalanes. Y no nos olvidemos de la corrupción, de escándalos bochornosos, propios de un partido que ya se había adaptado perfectamente a un vacío existencial en el que todo valía y todo cabía, todo menos el andalucismo popular.

El PA ha dejado de existir, esperemos que de verdad quieran darle una muerte digna y a algunos no se les ocurra resucitar al muerto en toda su indignidad. De todas formas, no sería justo con aquellas personas, pocas, honradamente andalucistas que todavía quedaban en el PA, ni con la propia Historia de Andalucía, obviar a un partido que jugó un papel fundamental en la concienciación de miles de andaluces y andaluzas o en el resurgir de la olvidada figura de Blas Infante, a un partido que tuvo un papel destacado el 4 de diciembre de 1977 y en los días posteriores o el 28 de febrero de 1980. Tampoco es justo que Andalucía se quede sin el único referente electoral que le quedaba, por muy corrupto o degenerado que fuera, o por mucho que critiquemos los procesos electorales de la España post-franquista. Esperemos que ese andalucismo vivo, el andalucismo del pueblo trabajador, encuentre definitivamente un cauce político propio, sin tutelas de Madrid, esa expresión política soberanista, de izquierdas, popular y anti-imperialista. Eso sí que le daría al PA, de verdad, una muerte digna.

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