Enseñanzas para la izquierda soberanista a través del colapso del Partido Andalucista

Por Shema Rivera

“Este es el problema: Andalucía necesita una dirección espiritual, una orientación política, un remedio económico, un plan cultural y una fuerza que apostalice y salve”

(Blas Infante)

Desde que hace unas semanas comenzaran los rumores, hasta la confirmación de los mismos este pasado domingo, mucho se ha escrito a propósito de la anunciada disolución del Partido Andalucista. Más allá de que esta resolución pueda resultar un acontecimiento positivo o negativo, de que nos parezca bien o mal, debemos rascar un poco más hasta encontrar las enseñanzas que nos deja el paso del PA que, lo queramos o no, ya es historia. Una mirada reflexiva se hace necesaria para seguir visualizando con claridad la senda a seguir en el futuro.

La construcción de un partido de obediencia andaluza

En la génesis de lo que sería el PA encontramos la formación de Compromiso Político – que tuvo que registrarse a modo de empresa para poder actuar legalmente, quedando como CPSA – en 1965 de la mano de militantes e intelectuales de composición pequeño-burguesa. Esto es importante, porque va a determinar unos posicionamientos de carácter progresista debido a que su trabajo se ve complicado por el sistema dictatorial franquista. Su incidencia en la vida política, sus reivindicaciones y el trabajo a pie de calle con los sectores populares les harán ir creciendo mientras ganan adhesiones con el paso del tiempo. Su concreción en la Alianza Socialista de Andalucía en 1971 y en el Partido Socialista de Andalucía en 1976 confirmó su progresión.

En estos años es recalcable cómo, a pesar de la dictadura franquista que había intentado borrar cualquier reminiscencia de Andalucía como un sujeto existente; donde comienza a ahondarse con mayor profundidad en los marcadores de dependencia y subdesarrollo que seguimos arrastrando; con una cultura que se vende totalmente encorsetada dentro de las necesidades del Régimen como pilar que sustenta la homogeneización y la unidad de España; sin acceso a conocimientos académicos certeros sobre el desarrollo de la Historia de Andalucía y su singularidad como comunidad humana; aun con todos esos inconvenientes, la voluntad popular en Andalucía fue clara y contundente a la hora de erigirse el pueblo andaluz en sujeto y reivindicarse en sus derechos. Todas conocemos las numerosas movilizaciones y muestras de fuerza que se sucedieron entre la segunda mitad de la década de 1970 y principios de la década de 1980, todas ellas tienen en mayor o menor medida el sello del PSA tras de sí.

Esto demostró la necesidad histórica de un partido como el PSA en aquel momento, y su creciente éxito se basó en haber comprendido las necesidades que tenían las andaluzas: confrontar la dictadura franquista con políticas de izquierda a través de una reivindicación como pueblo que se plasmara en un estatuto propio, pues en la cosmovisión popular del momento, el Estatuto de Autonomía, es decir, conseguir formas de gobernarnos a nosotras mismas, era la vía para superar la situación de pobreza y subdesarrollo que asolaba el territorio. Gracias a esto, el movimiento andalucista pudo contar entonces con un amplio componente de militancia de base que se unía a esa vanguardia intelectual, de influencia marxista en muchos casos, que iba construyendo el espacio político en el que fusionarse a los movimientos de masas.

Los errores que marcaron el destino

A pesar de esta inicial línea correcta, el PSA (y posterior PA) nunca llegó a convertirse en un referente político estable para el conjunto del país. Muchas manos se han limpiado aduciendo al oportunismo puesto en práctica con el PSOE, que asimiló primero y absorbió después todo discurso y movimiento de carácter andalucista. Y, aunque esto no es incierto, las causas de la decadencia del PA tienen un componente endógeno principalmente.

Por un lado, el PSA fue una fabricación defectuosa desde su inicio, cuando eligió a Alejandro Rojas Marcos como máximo dirigente. Era previsible, pues fue él quien impulsó Compromiso Político y la ASA, pero también fue él quien inició las prácticas de la política de salón, convirtiendo al partido que había suscitado las esperanzas de muchas andaluzas en una herramienta más del engranaje del sistema político español. Se creó una élite partidista que optó por un camino alejado de los intereses de las bases de componente obrero y popular, y mientras recorrían ese camino, fueron dejando en cada parada las importantes reivindicaciones de izquierda que contenían los programas iniciales del PSA. Si el pilar ideológico era el nacionalismo andaluz de izquierda, se acababa por perder también el componente nacionalista, pues en el caso andaluz el uno sin el otro no tienen razón de ser. Así, la línea política quedaba en un nacionalismo de bandera, vacío de discurso y timorato por su ambigüedad, y su presencia en las luchas obreras y sociales fue escasa por no decir nula, provocando un desengaño generalizado entre aquellas masas a las que anteriormente supo seducir.

A su vez, el sector intelectual del partido, aquel que se encargó de estudiar y rescatar nuestra Historia, el que teorizaba sobre Andalucía y que analizaba los procesos políticos necesarios para construir, los Lacomba, Aumente Baena o De los Santos, quedaban cada vez más alejados de la vida interna del partido, donde no tenía ya cabida el espacio para la reflexión y que dejaba todo a la improvisación en busca del acaparamiento de sillones institucionales sin proyecto de futuro para Andalucía.

Casi a la par que asistíamos al nacimiento del PSA, en el ámbito rural andaluz veía la luz el Sindicato de Obreros del Campo (SOC) como elemento vertebrador de las luchas jornaleras que han sido punta de lanza de la lucha de clases en Andalucía. Ambas formaciones surgen en 1976 y no es casual, las incipientes luchas que se estaban desarrollando en los ámbitos urbano y rural necesitaban dotarse de herramientas organizativas acordes a las aspiraciones populares. Tampoco fue casual que un año después asistiéramos al siempre rememorado 4 de diciembre de 1977 y todo lo que conllevó.

Sin embargo, el PA tiene uno de sus mayores fracasos en su desconexión con el ámbito rural andaluz y eso resulta decisivo. No se puede entender en Andalucía un movimiento de carácter nacional que aspire a la liberación de nuestra tierra si no está inmerso de lleno en las luchas del campo, en la reforma agraria y codo a codo con las jornaleras. Claro está que el PA, por su propia composición de clase, no podía asumir directamente esta lucha, pero no mostró un excesivo interés por acercar posturas y trabajar conjuntamente a esos sectores rurales que tan combativos han sido y siguen siéndolo hoy. Este hecho les terminó de alejar de unos posicionamientos nacionalistas desde una perspectiva de clase.

José Acosta Sánchez, quien fuera un destacado miembro del PSA, llegó a escribir en 1979, casi de forma premonitoria, lo siguiente:

“Si la voluntad política del pueblo andaluz se frustra – por razones externas a Andalucía, quiebra de la democracia española incipiente, bloqueo de las autonomías, etc., o por la incapacidad de las propias fuerzas andalucistas – indiscutiblemente se insistirá en la negación de la nacionalidad andaluza, y hasta se volverá a negar la existencia del pueblo andaluz, su identidad, su cultura y su Historia. Y el subdesarrollo de nuestro país tocará fondo, e incluso se considerará como ‘algo natural’, inherente al sur, adherido a su gente incapaz. La depresión geográfica de Despeñaperros se institucionalizaría como depresión igualmente natural a efectos económicos, sociales y políticos.”

Finalmente todo se conjugó, porque la democracia española nunca alcanzó un carácter realmente democrático, lo que ha llevado a la invalidez del sistema autonómico, ante lo que el PA fue incapaz de actuar intentando desbordar por la izquierda con un discurso nacional rupturista con los intereses del Estado, contrapuestos en su totalidad a los del Pueblo Trabajador Andaluz que hemos quedado cada vez más hundidos en la dependencia, el subdesarrollo y nuestra negación como pueblo.

Aprender de la Historia, construir el futuro

Pero de los errores históricos cometidos por el PA debemos extraer irremediablemente las enseñanzas que nos permitan seguir construyendo un proyecto viable para el futuro de nuestra Andalucía. No olvidemos que el PA muere siendo la cuarta fuerza política a nivel municipal, un dato que no resulta baladí. Ya desde la Constitución de Antequera de 1883, y recalcado por Blas Infante, el municipalismo se ha planteado como una de las bases principales para sostener un proceso de transformación en Andalucía, y las más de 300 concejalías y casi 20 alcaldías – resultado bastante por encima de las expectativas de cualquier fuerza soberanista andaluza – dejan entrever que existe la necesidad de un espacio político puramente andaluz, donde poner en práctica las políticas más cercanas a nuestro pueblo. No necesitamos un nuevo PA, la experiencia nos ha mostrado que las urgencias que padece el pueblo andaluz solo pueden solventarse a través de unas medidas netamente de izquierdas, es decir, en favor de las capas populares, y que es precisamente cuando se abandonan cuando se pierde la confianza de aquellas personas que en su día dieron un voto de confianza a un proyecto político determinado.

Que ese proyecto político debe ir de la mano de los movimientos sociales y populares, del activismo en la calle, para no desprenderse de esos postulados y que debe acompañarse de una vanguardia ideológica que fortalezca el ámbito de la lucha política.

A su vez, se hace imprescindible la configuración de espacios que vertebren la unificación de las luchas del campo y la ciudad, solventando las contradicciones existentes entre ambos núcleos.

Estos puntos, explicados aquí grosso modo, necesitamos convertirlos en líneas rojas con las que afrontar la necesidad de construir un referente político de obediencia andaluza, de carácter popular y anticapitalista, que nos permita seguir pensando la tierra para seguir construyendo futuro por una Andalucía libre.

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