Maryana, la chica más fuerte del mundo

Por Irina Riot, de “Riot and Roll”

El 8 de marzo de 2015 Maryana Naumova levantó 150 kilos en el “Arnold Classic”, uno de los grandes eventos del bodybuilding en Estados Unidos, creado por el mismísimo Arnold Schwarzenegger, que la recibió personalmente. Le faltaba un mes para cumplir 17 años.

Después de romper el récord absoluto de levantamiento de pesas femenino, se incorporó del banco, sus coletas rubias con las puntas de un rosa encendido, levantó el puño triunfante y se marchó de vuelta a su Rusia natal.

Le decían que no se dedicara a eso, que iba a parecer un chico: “Me encantan las figuras de las chicas que hacen bodybuilding. Fue difícil empezar para mí, porque fui la primera chica que rompió tantos récords. Sigue sin ser fácil, ¿eh? Tienes que entrenar duro, hay que comer sano y dormir bien.”

Maryana (“¡Es Maryana, no Mariana!”, puntualiza ella) tiene una cuenta en Instagram donde inmortaliza sus andanzas, un Facebook donde responde a sus fans y sube sus vídeos, utiliza emoticonos al escribir, bebe frapuccinos del Starbucks y le encantan los selfies. Por cierto, es rabiosamente guapa. Sus brazos torneados y su larga melena le dan un aire de heroína épica, una heroína atípica de sonrisa enorme. Pero eso no es lo que realmente perturba al mundo sobre Maryana.

Algunos la critican. Que si arquea la espalda al levantar las pesas, que si lleva refuerzos en los brazos… En el mundillo culturista molesta ver a una adolescente levantar a pulso el peso de una moto de carreras o de un jabalí adulto. Algunos la llaman “Barbie”, con mitad admiración y mitad desprecio. Otros, la princesa del press-banca, o el monstruo rojo del press de pecho. Y hay otros, simplemente, que le llaman camarada.

Maryana Naumova en Donetsk, durante su último viaje al Donbass.

Militante del Komsomol (la Liga Rusa de la Juventud Comunista Leninista, rama juvenil del Partido Comunista de la Federación Rusa), Maryana ha celebrado sus victorias deportivas con hoces y martillos, además de haber conmemorado el aniversario del nacimiento de Lenin con flores y canciones que subió a las redes sociales. Como ocurría con las atletas soviéticas en las Olimpiadas durante la Guerra Fría, miles de niñas rusas siguen sus pasos y se apuntan al gimnasio para trasegar con barras y mancuernas. Una musa maldita, quizá un fetiche para los nostálgicos de viejos tiempos, Maryana aguanta mucho más peso sobre sus hombros que el que levantan sus brazos. Está reescribiendo el deporte femenino a la vez que la memoria histórica en la compleja Rusia actual.

Acaba de terminar su visita en Damasco como invitada de la Primera Dama de la República Árabe Siria, Asma al Assad. No ha tenido pelos en la lengua para pronunciarse sobre el conflicto sirio poniéndose del lado del Presidente, el mismo que Occidente señala con el dedo acusador y acusa de dictador genocida. Maryana acude a los puntos calientes de la geopolítica internacional pese a que le lluevan críticas. “No es tan malo como dicen, ni me quitaron el teléfono móvil ni me hicieron comer perro”, espetó a la NBC sobre su viaje a Pyongyang en 2014.

Su “trabajo social”, como ella lo llama, la ha llevado en cuatro ocasiones al este de Ucrania, a los territorios de las repúblicas populares donde sigue activo el frente. “Fui al Donbass a ayudar a los niños, a distraerles de la guerra. Hicimos competiciones, juegos e inauguramos el nuevo curso. También llevamos ayuda humanitaria”. Muestra imágenes con niñas y niños que la abrazan, también con milicianos, con políticos o frente a los monumentos devastados por la guerra. “Es la cuarta vez que voy al Donbass y veo que las cosas han cambiado. La gente trabaja, vive, estudia. Ojalá puedan vivir en paz”. No oculta sus intenciones, porque es obvio que en sus viajes hay mucho de diplomacia, casi más que de deporte.

Las consecuencias políticas de sus aventuras extradeportivas no se han hecho esperar: es persona non grata para el gobierno ultranacionalista de Kiev, que ha borrado todo su palmarés obtenido en Ucrania y la ha incluido en la infame lista de terroristas del Servicio de Seguridad Nacional ucraniano. Ha perdido el patrocinio de una marca de productos de nutrición deportiva norteamericana y su visa para viajar a países como EEUU o Australia para futuras competiciones peligra seriamente.

Le acusan de ser una herramienta propagandística al servicio del Kremlin, una marioneta bonita de brazos fuertes. Pero cuando se habla con Maryana pronto se percibe que está lejos de ser “la Marisol de Putin”: tiene las cosas muy, muy claras. “He vivido experiencias enormes. Viajo por todo el mundo, conozco a mis ídolos, hablo con políticos, con gente de un montón de países diferentes. Y eso va a ayudarme mucho en mi futuro trabajo”. Va a estudiar Relaciones Internacionales en la universidad, y esa, asegura, es su vocación. “Ahora tengo que centrarme en preparar las competiciones porque me he tomado un descanso largo. También necesito estudiar para aprobar los exámenes y seguir haciendo mi trabajo social”.

Maryana, culturista y futura diplomática, que se hace selfies con Hulk Hogan y abraza entre lágrimas a Schwarzenegger, pero que no le asusta hacer “turismo” bajo las bombas de Lugansk o Damasco. Que levanta el puño y bebe frapuccino. Que tiene unos bíceps de piedra y la calidez de una dulce matrioska con el rostro pintado primorosamente a pincel. Que va de Pyongyang a Ohio sin pestañear y en ambos sitios la tratan bien. Que igual te dispara un AK-47 al aire que canta canciones en un orfanato. Habrá a quien le parezca una atractiva contradicción, una anécdota que olvidar cuando se cierra la ventana, o un producto freak de nuestra era; no faltan en la red las alusiones sexuales a su persona, tiene suerte de no leer lo que dicen de ella en Forocoches.

Permitidme el atrevimiento si digo que Maryana no es una anécdota en los márgenes, es un insolente desafío a la feminidad hegemónica. Lo es frente a la normatividad de su propio entorno: no hay más que ahondar en la sociedad rusa post-soviética, cuando la crisis de masculinidades que generó la Perestroika devino en una exaltación de la masculinidad agresiva y dominadora. Paralelamente, se dio la construcción de modelos “modernos” de mujer rusa a la medida de la nueva sociedad de mercado, donde el éxito se obtiene a través de la belleza y se exaltan los valores tradicionales familiares y domésticos mientras se desvalorizan los logros profesionales.

Pero Maryana también desafía las normas dictadas por la rebeldía en Occidente, tan ligada a la sexualización de todas las cuestiones de género. Sus espectáculos deportivos no tienen nada de performance queer sino la solemnidad y la disciplina de la atleta; su identidad de mujer cisgénero no es el centro de sus preocupaciones, su corporalidad es su trabajo, no su emancipación y sin un atisbo de provocación malintencionada, jugando con su calidez de adolescente, está retando al mundo tanto con sus bíceps como con sus viajes. Maryana se posiciona del lado incómodo de las cosas, ese lado donde a menudo pasamos de puntillas, ese al que es mejor no cuestionar. Es una rebelde a la antigua, militante en tiempo nuevo donde se mira con extrañeza a quienes buscan la emancipación en las viejas causas.

Yo, que soy una romántica, pelín mitómana y de gustos viejunos, me siento más cerca de Maryana que de muchos referentes abiertamente feministas de la posmodernidad. Y algo me dice que Maryana aún tiene mucho que decir: “Tengo planes, muchos planes…”

Desde luego, si mi yo de 8 años fuera una niña que andase por cualquier barrio de Moscú, querría ser como ella.

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