Obama considera un conflicto mundial (primera parte)

Por Michel Collon

“La diplomacia o la guerra. Muy pronto.” Obama avisa: algunos sectores en los Estados Unidos quieren atacar a Irán. De ahí que exista un riesgo de conflicto mundial que implique a Rusia, China y Europa. Esto desestabilizaría el sistema financiero occidental. ¿Qué hará el próximo presidente de EEUU?

El irresistible declive de los EEUU

En esta serie de artículos, vamos a examinar las implicaciones de un sorprendente discurso de Obama, pronunciado el pasado 5 de agosto y que curiosamente ha sido cubierto con un manto de silencio por los medios de comunicación pese a que esté avisando sobre posibles catástrofes. En el Congreso estadounidense, el pasado 8 de septiembre, los republicanos bloquearon el acuerdo con Irán. Pero a Obama también le cuesta obtener la adhesión de algunos demócratas. Las élites de los EEUU parecen estar muy divididas en relación a la estrategia que hay que adoptar. ¿Es esto nuevo?

En absoluto. Esta división surgió alrededor del año 2000. En un principio, tanto demócratas como republicanos compartían una misma observación: los EEUU están en declive. En su libro sobre la estrategia imperial de los Estados Unidos llamado “The Grand Chessboard” (probablemente el libro más influyente de los últimos 50 años) Zbigniew Brzezinski, antiguo responsable de la política exterior estadounidense durante la presidencia de Jimmy Carter, se mostraba pesimista: “A largo plazo, la política global será cada vez menos propicia para la concentración de un poder hegemónico en manos de un solo Estado. Por lo tanto, EEUU no sólo es la primera superpotencia global, sino que muy probablemente también será la última.”

¿El motivo? “El poder económico también corre el riesgo de dispersarse. En los próximos años, ningún país estará en condiciones de alcanzar alrededor del 30% del PIB mundial, cifra que los EEUU han mantenido durante la mayor parte del siglo XX, sin hablar de la barrera del 50% que alcanzaron en 1945. Según algunas estimaciones, EEUU […] recaerá al 10-15% del PIB mundial de aquí a 2020.”

Para mantenerse como única superpotencia, Brzezinski proponía entonces un “imperialismo inteligente”: dividir a las potencias rivales e impedir que formen un frente común.

Muy opuestos a las estrategias de Brzezinski, los neoconservadores que guiaban a George W. Bush proponían, en cambio, una estrategia de guerra generalizada que utilizó los atentados del 11 de septiembre de 2001 como pretexto. No obstante, su plataforma del Project for a New American Century (PNAC), elaborada entre 1997 y 2000, no era mucho más optimista: “En la actualidad, los EEUU no tienen ningún rival a nivel mundial. La gran estrategia de EEUU debe apuntar hacia la conservación y la extensión de esta posición ventajosa el tiempo que sea posible […] El mantenimiento de esta situación estratégica deseable, en la cual los EEUU se encuentran ahora, exige capacidades militares predominantes a nivel mundial.”

Analizando estas dos opciones en vísperas de la elección de Obama, en 2008 escribíamos: “De todas maneras, este Imperio no se volverá pacífico. Tarde o temprano, volverá a lanzar guerras como Bush. Porque en realidad, el establishment estadounidense practica un ciclo de alternancia entre ambas opciones…”

Ocho años más tarde, ¿asistiremos a una nueva alternancia? Para comprender la situación, vamos a examinar las diferentes piezas del puzzle: China, Irán, Rusia y Europa.

La clave: ¿cómo controlar Eurasia?

¿Cuál era la clave para que los EEUU consigan mantenerse como única superpotencia global?

Eurasia sigue siendo el tablero sobre el cual se desarrolla el combate por la hegemonía global […] La manera con la que los EEUU “gestionarán” Eurasia es de una importancia crucial. El mayor continente en la superficie del planeta es también su eje geopolítico. Toda potencia que lo controle, controla también dos de las tres regiones más desarrolladas y productivas del mundo. El 75% de la población mundial, la mayor parte de las riquezas físicas, bajo la forma de empresas o yacimientos de materias primas, cerca del 60% del total mundial. “Toda potencia que la controle”: esto significa que en lugar de dejar que las demás naciones decidan libremente sus relaciones comerciales y el empleo de sus riquezas, Washington considera que todas estas riquezas deben estar bajo su control. Una lógica propiamente imperialista.

Demócratas o republicanos, los estrategas estadounidenses sabían desde hace tiempo que la batalla decisiva se jugaría en Asia. Hacía falta, por lo tanto, poner todo en marcha para dividir y aislar a las potencias de este continente. Y Brzezinski apuntaba a China como peligro principal: “China podría ser el pilar de una alianza hegemónica con Rusia e Irán.” De la misma manera, el antiguo Secretario de Estado Henry Kissinger justificaba así los bombardeos contra Afganistán en 2001: “Existen tendencias, sostenidas por China y Japón, a crear zonas de libre mercado en Asia. Un bloque asiático hostil que combine las naciones más pobladas del mundo con grandes recursos y algunos de los países industriales más importantes sería incompatible con los intereses nacionales estadounidenses. Por estas razones, EEUU debe mantener su presencia en Asia.” ¡La verdad sale por la boca de los perros viejos! Habiendo terminado ya su carrera, Brzezinski y Kissinger pueden permitirse un lenguaje brutal, contrariamente a los actuales responsables de las funciones por ellos ejercidas. Estos, en cambio, deben aderezar sus estrategias con un ropaje diplomático.

Por lo tanto, no fue ninguna sorpresa ver al gabinete de Barack Obama desplazar el centro de gravedad de su política internacional hacia Asia, en un intento algo desesperado para aislar y debilitar a China. El politólogo Mohamed Hassan explicó uno de los escenarios de esta confrontación: “China tiene una necesidad vital de recursos energéticos. Entonces Washington busca controlar estos recursos para impedir que lleguen a China.” Hoy, la batalla por el control de las rutas del Océano Índico y las rutas terrestres del continente asiático se torna decisiva: Washington quiere tener la capacidad de bloquear el acceso de China al petróleo de Oriente Medio, al gas de Asia Central y a los recursos agro-minerales de África. El Océano Índico es la clave. Pero hoy, en 2015, la perspectiva que provocaba pesadillas en los estrategas estadounidenses se está haciendo realidad, y podría decirse que a pasos agigantados. Con un eje sólido entre Beijing, Moscú y Teherán, Asia formaría una gran potencia económica que supondría un atractivo irresistible para Japón, India e incluso Europa. Los EEUU quedarían excluidos del principal hogar económico y comercial del mundo.

¿Se convertirá China de nuevo en el centro del mundo? Ello supondría el declive definitivo del Imperio Norteamericano. Esto dependerá en gran parte de la construcción de la que se ha venido en llamar “Nueva Ruta de la Seda”.

Sabotear a China y su Nueva Ruta de la Seda

El 7 de mayo de 1999 la fuerza aérea estadounidense bombardeaba la embajada china en Belgrado, causando tres muertos. China había cometido el “delito” de oponerse al ataque de la OTAN contra Yugoslavia. Desmontando excusas baratas, en aquel momento escribíamos: “El bombardeo era una advertencia. Washington quiere evitar a toda costa una gran alianza entre China, Rusia, India y otras potencias.” El responsable de los bombardeos, el presidente Bill Clinton, declaraba por otra parte: “Mi principal preocupación, hoy en día, es China.” Pero hoy la pesadilla de Washington se está haciendo realidad y tiene nombre: Nueva Ruta de la Seda. La antigua ruta, conformada por vías que unían China con Turquía, ayudó a engrosar las fortunas de numerosos mercaderes e incluso gobiernos enteros. ¿Alterará la Nueva Ruta de la Seda, de nuevo, los equilibrios mundiales?

Protestas frente a la embajada estadounidense en Beijing por el bombardeo a la embajada china en Yugoslavia (mayo de 1999)

La economía china posee tres características destacables:

  1. Es la economía más dinámica del mundo desde hace 20 años. Muy irónicamente, una “dictadura comunista que no entiende nada de economía” es en la actualidad el bote salvavidas de un capitalismo mundial en crisis pero igual de arrogante que siempre.
  2. Careciendo de materias primas, China depende fuertemente de sus importaciones. Consume el 75% del cobre que produce la República Democrática del Congo, el 70% del hierro que produce Sudáfrica, gran parte del petróleo y el gas de Oriente Medio, amén de Rusia y las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central, etc.
  3. Habiéndose convertido en el “taller del mundo”, China exporta muchos bienes de consumo. Las rutas comerciales actuales siguen siendo lentas e insuficientes. Beijing lanzó un proyecto gigantesco: construir “corredores” enormes que la unan a otros continentes. La ruta terrestre estaría compuesta por trenes de alta velocidad, autopistas, gaseoductos y fibras ópticas de telecomunicaciones. Atravesando Asia Central, no solo uniría a Beijing con Moscú, sino que también podría ser prolongada hacia Irán (en cuanto se levanten las sanciones), Turquía y prácticamente toda Europa. Rotterdam, Amberes o Berlín estarían así directamente conectadas a China y las economías asiáticas.

Las rutas marítimas unirían a China con África, Europa e incluso América Latina, lo cual desarrollaría fuertemente las economías de todas estas regiones. Pero el transporte marítimo moderno necesita puertos en aguas profundas que permitan el avituallamiento y el paso rápido de los barcos, y hace falta construirlos.

Actualmente el trayecto Shanghai-Rotterdam dura aproximadamente un mes por mar, menos de tres semanas en tren y dos semanas en camión. Mejorando las infraestructuras y los pasos de aduanas, la duración de los transportes terrestres se vería reducida a la mitad. En el plano ecológico, multiplicar el número de camiones no es muy responsable, pero ese es otro debate.

De hecho, China ofrece a los países del sur el poder desarrollar sus economías intensificando sus intercambios. Y a los países del norte les ofrece que encuentren salidas para sus fábricas, en plena descaleleración. Por supuesto, las empresas europeas – sobre todo las alemanas – babean ante la sola perspectiva de firmar gigantescos contratos de construcción. Para financiar todo esto, China ha creado dos grandes bancos abiertos a los inversores extranjeros. La Nueva Ruta de la Seda involucra a 65 países y a 4.400 millones de personas, y estos países representan actualmente el 29% de la población mundial, pero este porcentaje podría duplicarse con el nuevo proyecto.

Los únicos que no se alegran son los Estados Unidos de América, excluido de esta nueva ruta comercial. ¿Hasta donde llegará el conflicto Washington-Beijing? ¿Y qué papel juega Irán en este escenario?

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