Y después de las elecciones… ¿qué pasa con Andalucía?

Por Jesús Jiménez Cabello

Para La Hora de Málaga

AndalucíaComo en el día después de una gran fiesta, la resaca te nubla los pensamientos y aclararlos lleva como mínimo unas horas, o unos días incluso. Estas elecciones, convocadas en plena época navideña, contenían un cierto aroma a celebración. Es probable que en el calendario de más de uno apareciera señalado en rojo el día 20 de diciembre como el 24 o el 31. Pero a veces las fiestas no salen como se espera de ellas.

Ahora, en medio de la resaca post-electoral, toca analizar qué pasó el 20 de diciembre exactamente. La euforia de los minutos posteriores al recuento, en plena borrachera de datos, de porcentajes, de cábalas y de cierto aturdimiento debe dejar paso al análisis realista de la situación. Y no de la situación aritmética que proporcionan los escaños de unos y otros partidos, sino de los meses anteriores en los que se fraguó todo lo que ocurrió esa noche, tanto en clave estatal como en clave nacional, ya que Andalucía ha sido un hervidero en los meses anteriores a las elecciones, aunque finalmente la cosa haya terminado por ser más o menos como siempre.

De PP y PSOE tampoco hay mucho que decir. Es lo de siempre. Los dos grandes, de los que algunos esperaban un hundimiento catastrófico, pero que a pesar de los malos resultados del PP perdiendo 63 escaños y con 3’5 millones de votos menos; y los del PSOE, con 20 escaños menos y 1’5 millones de votos perdidos, confirman a estas dos máquinas electorales como un muro demasiado alto para ser escalado utilizando sólo sus mismas armas.

El otro polo donde se concentraba el interés eran las fuerzas emergentes: Podemos y Ciudadanos. En la sede naranja, por más que al conocer los resultados se empeñaran en ahogar su decepción con esos patéticos gritos de “¡Yo soy español, español, español!” el resultado no fue nada bueno. Logra 40 escaños para un partido que se ha hartado de decir por boca de su líder, Albert Rivera, que aspiraba a ganar, es un resultado bastante pobre. Podemos, por su parte, con 69 escaños sumando las diversas candidaturas en las que iban repartidos, también se queda bastante lejos del objetivo de ganar que tanto ha remarcado Pablo Iglesias durante la campaña, terminando por hacer ciertos guiños al PSOE en el discurso que dio cuando se conocieron los resultados, lo cual lleva a pensar en la posibilidad de un pacto Podemos-Casta que, como mínimo, será curioso, aunque ya se ha dado a nivel municipal y autonómico.

En Andalucía el bipartidismo ha arrasado en comparación a otros lugares del Estado, afianzándose en nuestra tierra ese inmovilismo que no cesa por más opciones electorales que surjan. Opciones siempre comandadas desde Madrid y entre las que por primera vez en la historia del Régimen de 1978 no estaba ni siquiera el Partido Andalucista, autodisuelto hace pocos meses. El 60% de los votos han copado los partidos tradicionales, PP y PSOE, frente a otro 30% aproximado que se han repartido entre Podemos y Ciudadanos, existiendo un abismo mayor entre ambas tendencias.

Una vez dibujado el panorama y dejando los números a un lado, hay que dar cuenta de un hecho aplastante como es que el bipartidismo, a pesar de todo, goza de buena salud en general. Esto tiene multitud de lecturas y de motivos, sin duda, pero quizás el que más nos interese a la clase trabajadora sea el de el empeño que tienen las organizaciones que supuestamente defienden nuestros intereses en ocuparse mucho de generar opinión para lograr votos, y muy poco de generar movimiento para lograr poder popular. Lo mismo se puede decir de la necesidad de generar poder andaluz en nuestra tierra, que es algo poco o nulamente cultivado últimamente.

Aquí tenemos que frenar en seco y echar la vista atrás. No sólo echar la vista atrás sino fijarla en Podemos, que es el partido que ha aglutinado el sentir de un gran número de movimientos que han estado en la calle durante los últimos años que llevamos de crisis económica. Se puede suponer, por tanto, que de los cuatro partidos que teóricamente aspiraban a ganar, es el que nos interesa analizar. Su surgimiento y desarrollo ha estado claramente marcado por la aparición en los medios de comunicación de Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón en un principio, y posteriormente de otras incorporaciones que han ido haciéndose conocidas en el panorama televisivo. Los golpes de efecto, el saber comunicar y el polemizar con seres de dudosa talla intelectual como Eduardo Inda o Paco Marhuenda, fueron seduciendo en una población ahogada por los recortes, los desahucios y el paro. Esos problemas que visibilizaron organizaciones como la PAH, Stop Desahucios, sindicatos de clase al margen de las mafias de CCOO y UGT o las mareas por la educación, la sanidad o los exiliados económicos, encontraban en estos tertulianos un altavoz. Cuando surgió Podemos como partido político, ciertamente esto seguía siendo así, y en las tertulias estas personas defendían estas mismas posiciones y la mayoría de las veces.

Pero la política, para que sea liberadora y se superponga a un sistema fabricado por y para que la oligarquía dominante se perpetúe en el poder, no se hace solamente con discursos, sino que éstos deben descansar confortablemente en un contrapoder, o al menos en su germen. De lo contrario, el discurso acaba siendo vacío y no cumple la necesidad básica de trasladar y aclarar realidades materiales a la gente. Y este es el error principal que se ha cometido el día de antes, el de después y durante la jornada electoral. Los círculos, el organismo de base de Podemos, han sido vaciados por parte de la dirección estatal de su soberanía y de su poder de decisión, y en el momento de iniciarse este vaciado de poder y por tanto de personas organizadas ahí, comenzó el declive real de esta organización.

Esto, por supuesto, tuvo una traducción literal en la confección de las listas electorales. El malestar generado por los “dedazos” que desde Madrid aplastaban a algunos de los candidatos que habían conseguido en las primarias los primeros puestos fue sintomático. De repente, la organización que iba a dar voz a los movimientos sociales de base fulminaba a las personas elegidas por militantes y simpatizantes del partido, su propia base, en un alarde de la “vieja política” donde la dirección pone por delante a quien le parece oportuno a un puñado de dirigentes. En las tertulias televisivas, mucha empatía con los movimientos sociales y con la gente sencilla pero en la práctica no se ha respetado en muchos casos la decisión de su gente, cayendo en un paternalismo tremendo. Así, los llamados “cuneros” han sido una plaga en las listas de Podemos a lo largo y ancho del Estado Español.

Andalucía no ha sido ajena a esta realidad, ni mucho menos, y ha habido polémica en la elección de los cabezas de lista de Huelva, de Almería, y sobre todo de Jaén, donde desde Madrid no veían con buenos ojos la candidatura de Andrés Bódalo por estar condenado por activismo sindical, otro síntoma de la poca sinceridad con la que los dirigentes de Podemos han tenido en cuenta a los movimientos sociales y su lucha en la calle. En Córdoba también puso la dirección estatal a su número 1 preferida, desplazando a Antonio Manuel Rodríguez, que es el cordobés que más votos sacó en las primarias. En definitiva, el problema ha sido no respetar lo que los diferentes territorios han decidido, sino que las cúpulas de Madrid y de Andalucía han negociado duramente para finalmente repartir las candidaturas entre los que querían los primeros y los que querían los segundos. ¿Las primarias? Un adorno.

Y aquí hay que volver a pararse pero para mirar a la CUT. Su apuesta una vez fuera de Izquierda Unida ha sido de nuevo la de un partido de ámbito estatal, donde han peleado del lado de la dirección andaluza de Podemos por copar el máximo número de puestos de salida en las listas. Pero finalmente no han logrado meter en el Parlamento a ninguno de sus candidatos. Ahora toca preguntarse cuál será el papel que Andalucía tendrá en esta legislatura que se prevé que será la de la “Segunda Transición”, porque si unimos el hecho de que no había ni un solo partido andaluz que se presentase, con el hecho de que la fuerza del único movimiento social amplio que tiene Andalucía en estos momentos, que es el SAT, ha sido puesta en parte al servicio de Podemos pero sin resultados, las predicciones no invitan precisamente al optimismo.

Pablo Iglesias nos ofreció una pista en el discurso que dio en el Teatro Goya justo al conocerse el resultado de las elecciones cuando dijo que la renegociación de la pluralidad nacional del Estado Español comprendía a Galicia, el País Vasco, Navarra, Catalunya y el País Valenciano, olvidando a Andalucía. Obviando el hecho sangrante de que hablar de la plurinacionalidad del Estado y nombrar por separado a Catalunya y a Valencia, y sobre todo a Navarra y la Comunidad Autónoma Vasca, ya es suficientemente grave y teniendo en cuenta lo importante del asunto, parece que quienes desde el soberanismo andaluz han apostado por Podemos, han hecho un pan con unas tortas. No sólo no había grupo parlamentario andaluz de Podemos como sí lo hubo de otros lugares, sino que ni siquiera los candidatos soberanistas han salido elegidos. Andalucía se queda atrás.

¿Y ahora qué? Pues ahora, como en la “Primera Transición”, Andalucía tiene una necesidad objetiva prioritaria, que no es otra que volver a enarbolar la bandera blanca y verde para no quedarse atrás en esta negociación. El problema es que el contexto es muy diferente que en 1977 porque no se ha construido ningún referente andaluz, soberanista y de izquierdas, que opere políticamente a un nivel aceptable. Los errores son muchísimos, pero el peor será quizás el de mantener atomizado todo el panorama soberanista en Andalucía, debido en parte a los cantos de sirena del españolismo pretendidamente respetuoso con la plurinacionalidad del Estado Español. Creer que se va a ganar el españolismo para nuestra causa, parece ser la utopía más grande a la que se enfrentan algunos, yendo incluso más allá con el pensamiento de algunas cabezas de ir más allá con la alianza CUT-Dirección Andaluza de Podemos. Los siguientes meses nos darán más pistas de todo esto, aunque hay razones de mucho peso para pensar que poco o nada interesante saldrá de ahí.

Mientras tanto, la izquierda soberanista al margen de la CUT probablemente debería cultivar al ritmo que sea posible esa alternativa andaluza tan necesaria. Autocrítica no nos debe faltar, porque que no exista es únicamente culpa de los propios soberanistas. Y mientras hay que seguir construyendo el germen del poder popular que sustentará en el futuro algo mínimamente sólido desde los centros de trabajo, de estudio, centros sociales, etc. La tarea es clara, y ya una vez pasadas las elecciones y demás distracciones no hay excusas para no realizarla. El análisis de los datos electorales y del proceso por el cual la clase trabajadora que ha salido a la calle ha sido encauzada en Podemos de cara a esas elecciones, nos muestra que lo que parece el camino sencillo realmente no lo es. Parece más fácil tirarse de cabeza a negociar listas electorales en una formación con aspiraciones teóricas de victoria, pero lo que es sólido es lo otro, la creación de poder popular real. Esa lucha es el único camino posible. Y así lo que de ahí salga, sí que podrá ser considerado la fuerza real del pueblo andaluz. Primero los cimientos y luego la casa.

Fidel, Gaddafi y la revolución en Libia

Por Zuli Gómez Beas

“Desde hacía tiempo pensábamos que la Revolución Libia y la Revolución Cubana debían acercarse, porque nosotros, aunque distantes, por los hechos veíamos que aquí se estaba produciendo una revolución. Y siempre que ocurre una revolución en cualquier parte del mundo es importante para todos los pueblos del mundo (…) Donde quiera que hemos llegado y hemos visto algo – un programa agrícola, fábricas, viviendas, escuelas, hospitales y carreteras – y preguntamos cuándo lo hicieron, comprobamos que todas esas cosas se hicieron después de la Revolución. Hemos saludado a millares de trabajadores, hemos conversado con cientos de ellos y hemos podido comprender las hermosas realidades que la Revolución ha traído al pueblo de Libia.”

Así comenzaba su discurso Fidel Castro en el acto de amistad entre Libia y Cuba celebrado en Trípoli en 1977, tan solo siete años después de la revolución liderada por Muammar el Gaddafi, que derrocaría al rey Idrís I, sustituyendo el sistema colonialista del Reino de Libia por la República Árabe Libia, que más tarde pasaría a llamarse Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista.

No fueron pocos los logros socialistas conseguidos por Gaddafi, que ya en la década de 1970 nacionalizó toda la empresa privada, incluyendo la tierra, la industria petrolera y los bancos. Por estas políticas anticolonialistas y anticapitalistas, acompañadas de un fuerte espíritu rebelde y discurso arrollador, fue apodado por muchos como “el Che Guevara árabe”. Como decía Fidel a lo largo del discurso, poco había en ese país antes de la llegada de la Revolución. Ésta no solo aportó recursos y bienes materiales, sino que además dotaría al pueblo de una educación completa (antes de Gaddafi, sólo el 25% de los libios sabía leer, en 2011 su cifra era del 83%) así como de libertad y tanta dignidad que atravesaría fronteras. “Pero la Revolución Libia no solo se ha concretado realizando una gran obra internamente en favor del pueblo; la Revolución Libia ha defendido enérgica y lealmente la causa del heroico pueblo de Palestina.” – Y es que como repetía Castro, el pueblo libio abrazó la causa de Palestina como propia, al igual que muchas otras causas justas donde Gaddafi y su pueblo no dudaron en posicionarse.

Electricidad, educación y sanidad gratuita para todos los ciudadanos; a los que elegían dedicarse a la agricultura, se les asignaban tierras, vivienda para su establecimiento en el lugar, herramientas, semillas y ganado para que pudieran empezar sus propias granjas (de esto fueron testigos los jornaleros andaluces del SOC, que a finales de la década de 1970 vieron los avances con sus propios ojos, invitados por Gaddafi); subsidios en la adquisición de automóviles en un 50% del valor total; los libios participaban directamente de las regalías del petróleo, siéndole depositado el dinero a cada ciudadano en su cuenta corriente.

Estos fueron algunos de los avances conseguidos bajo el mandato de Gaddafi, progresos que en el Primer Mundo estamos lejos de conseguir y que la “izquierda” progre ya no es capaz ni de plantear; la misma “izquierda” hipócrita que no dudó en ponerse de lado del capitalismo “rebelde”, la misma que fue vocera popular de la desinformación y barbarie de los medios, la misma que celebró el cruel asesinato de Muammar el Gaddafi, y la misma que hoy mira para otro lado al ver en qué degradación ha caído Libia. Esa “izquierda”, a día de hoy, no sólo no condena la intervención o pide perdón, sino que incluso suma a sus filas a responsables directos en la ofensiva contra Libia.

Contaba Fidel al pueblo libio que tuvo el placer de conocer al padre de Gaddafi, un hombre de 90 años de edad noble y vigoroso; pensó: “¡Qué será del imperialismo y la reacción en el mundo árabe si Gaddafi vive 90 años!” Hoy no sabemos qué habría pasado porque en 2011 el imperialismo decidió acabar con la vida de un hombre y un pueblo que fueron sinónimo de revolución, y que por más que pese a los sectores más progres, lo seguirá siendo por no arrodillarse ante el imperialismo, por morir de pie.

Flag-Pins-Libya-(1977-2011)-Cuba