El papel del gobierno de Syriza en la expulsión de refugiados

Por Josefa L. Martínez

El acuerdo entre la Unión Europea y Turquía ha sido cuestionado por numerosas voces a nivel internacional por ser un pacto xenófobo, racista y discriminatorio contra los refugiados. Una “solución” por derecha a la crisis migratoria más grande en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

El primer ministro griego Alexis Tsipras y el primer ministro turco Ahmet Davutoğlu celebran un acuerdo en Esmirna (Turquía) el pasado 8 de marzo.
El primer ministro griego Alexis Tsipras y el primer ministro turco Ahmet Davutoğlu celebran un acuerdo en Esmirna (Turquía) el pasado 8 de marzo.

Sin embargo, hay algo que ha pasado un poco desapercibido en los debates estos días: el papel que juega en este acuerdo el gobierno de Syriza. El Gobierno de Grecia ha defendido el acuerdo de la UE con Turquía y ambos países venían preparando en común el pacto en reuniones previas. Ahora, Alexis Tsipras pide ayuda a la UE para que se cumpla y se ponga en marcha “lo antes posible”.

El pasado 8 de marzo, Tsipras se reunió con el primer ministro turco Ahmet Davutoğlu en la ciudad de Esmirna, en Turquía. En ese encuentro ambos mandatarios actualizaron un tratado de readmisión de inmigrantes y refugiados, un compromiso que sentó las bases para el acuerdo de la UE con Turquía que se concretó finalmente el 19 de marzo.

“La implementación del acuerdo bilateral de readmisión permite enviar un mensaje a aquellos refugiados o migrantes que no vienen de un país en guerra que desafortunadamente no tienen manera de llegar a Europa; hay que enviarles este mensaje”, dijo Tsipras en aquella ocasión, acompañado por Davutoğlu. Un mensaje que no se diferencia en nada de las palabras que estos días se han escuchado de parte de otros líderes de la UE que han advertido a los refugiados, como Donald Tusk: “No vengáis a Europa.”

En los próximos días llegarán a Grecia unos 1.500 oficiales de policía europeos, decenas de expertos en fronteras de la UE y miembros observadores de las fuerzas de seguridad de Turquía, para monitorizar en común el comienzo de las devoluciones.

El Gobierno griego intentará trasladar a más de 12.000 refugiados que se encuentran atascados en el campo de Idomeni en la frontera norte, hacia centros de acogida en toda Grecia. Tsipras se ha comprometido con la UE a construir 15 nuevos centros para registrar a todos los que lleguen a sus costas y devolver a Turquía a los que no pidan refugio en Grecia. Estos funcionarán como “hotspots”, puntos calientes para el registro de refugiados que serán devueltos a Turquía.

El martes 21 de marzo, dos días después de la implementación del acuerdo, Tsipras ha exigido ayuda para una rápida puesta en marcha de la expulsión de los refugiados. “Desgraciadamente, ayer [lunes] hubo un gran número de llegadas, unas 1.500. Si no se produce una reducción del flujo, no seremos capaces de evacuar las islas para que se pueda aplicar el acuerdo de forma integral”, dijo Tsipras según el diario griego “Ekathimerini”.

Tsipras se reunió con Dimitris Avramopoulos, comisario europeo de migración y solicitó que Europa presione a Turquía para que impida que sigan llegando refugiados hacia las islas griegas, es decir, que cumpla su papel de “guardián” de las costas del Mar Egeo para cerrar la ruta a los refugiados.

El papel clave del gobierno de Syriza en el acuerdo migratorio representa otra gran capitulación de la coalición izquierdista que ha transformado su gobierno en el brazo ejecutor de la política xenófoba de la UE. De este modo, ha aceptado dos “principios” reaccionarios de la Unión Europea: la austeridad impuesta por la Troika contra los trabajadores y la xenofobia contra los inmigrantes y refugiados. Su papel de “garante” de la política migratoria de la UE marca un nuevo fracaso del reformismo europeo, que no ha sido capaz de ofrecer una salida diferente frente a los sectores más conservadores.

Algunos dirán que el Gobierno griego “no tuvo alternativa”, que ya no podía recibir a más refugiados en el marco de las políticas de austeridad que impone la UE. Digamos que, en primer lugar, no tenía por qué aceptar esas políticas de la Troika. Pero el Gobierno griego no solo se transformó en aplicador del pacto, sino en su defensor. No tuvo ni una palabra para denunciar el racismo y la xenofobia de la Unión Europea, ni para cuestionar al represivo régimen turco que está masacrando al pueblo kurdo, cerrando periódicos y persiguiendo a opositores. En su encuentro con el primer ministro turco, Alexis Tsipras se mostró sonriente: repartió flores y llamó a confiar en que se trataba de un buen acuerdo para los refugiados. Lamentable.

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Derechos sociales, ¿quién obliga?

Por Sandra Gutiérrez Soler

Estamos acostumbrados en las sociedades del llamado “mundo desarrollado” o democracias occidentales a recibir una serie de derechos, a vivir bajo el paraguas de un Estado del Bienestar (aunque en estado de liquidación) y en ocasiones parece que sean consustanciales a la sociedad misma. Los derechos sociales se sustentan en la idea de garantizar la igualdad social y proporcionar oportunidades para una vida digna. Y que sea el Estado el que tenga la obligación de promoverlos y garantizarlos.

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Podemos hablar de derechos sociales al referirnos al derecho al trabajo y a un salario, el derecho a la protección social, el derecho a la vivienda, el derecho a la educación, el derecho a la sanidad y a la salud, el derecho al acceso a la cultura y a todos los ámbitos de la vida pública, etc.

Tenemos derecho a todo eso y el Estado está “obligado” a garantizarlos, ¿pero de verdad el Estado está obligado? ¿Porque lo diga un papel? ¿Porque lo diga nuestra Constitución? Claramente no.

Debemos entender que un derecho no es más que un contrato entre dos partes, una que demanda y otra que otorga. El concepto del Estado como garantista de derechos sociales que parte del siglo pasado, aún hoy día nos crea la falsa idea de la obligación del Estado en promover esas condiciones de vida y esos derechos. Pero es mediante el reconocimiento institucional que se otorga a los derechos sociales fruto de reivindicaciones de las luchas sociales cuando se los reconoce como aspectos de la vida social que los Estados deben proteger y garantizar.

Es en las constituciones europeas posteriores a la Segunda Guerra Mundial cuando la cláusula de “Estado social” se hace explícita y la sociedad se articula entorno al desarrollo del llamado “Estado del Bienestar”. Es, por tanto, a través de las luchas del siglo pasado como se alcanzan determinados “contratos” o compromisos del Estado en la garantía de esos derechos.

Partiendo de un concepto de los derechos sociales como de un acuerdo entre partes; de un lado, la población más desfavorecida de la sociedad, y de otro, el Estado que como agente mediador redistribuye los recursos para que esa parte desfavorecida pueda desarrollarse.

El Estado convendremos en definirlo como una estructura que articula la vida social, un producto de la sociedad para conciliar y garantizar la paz social, a llegar al período de desarrollo donde contiene conflictos antagónicos irreconciliables – vayamos a tres citas imprescindibles:

“Mientras exista la propidad privada, vuestro Estado, aunque sea una república democrática, no es otra cosa que una máquina en manos de los capitalistas destinada a aplastar a los obreros, y cuanto más libre sea el Estado, con tanta mayor claridad se manifiesta este hecho.” (‘Sobre el Estado’, Lenin)

“El gobierno del Estado no es más que la junta que administra los negocios comunes de la clase burguesa.” (‘El Manifiesto Comunista’, K. Marx y F. Engels)

“Una de las funciones más importantes del Estado es elevar a la población a un determinado nivel cultural y moral, que contribuya al desarrollo de las fuerzas productivas y por tanto a las clases dominantes. La escuela como función educativa positiva y la Policía junto a los tribunales como función educativa negativa y represiva, forman junto a otras organizaciones de carácter privado, el aparato para la hegemonía política del Estado.” (“La Política y el Estado Moderno”, A. Gramsci)

Como marxistas, entendemos el Estado no como un árbitro o mediador, sino como la estructura d la que una parte de la sociedad se dota para defender sus intereses. Un instrumento al servicio del capital, bien para dar el palo o bien para dar la zanahoria según necesite la burguesía.

Pero a día de hoy la población en general, las clases trabajadoras lo perciben erróneamente como una estructura que garantiza sus derechos. Y esto es así, entre otras razones, por el desarrollo del Estado del Bienestar que ha dado cobertura durante varias décadas a la población más desfavorecida y ha regulado normativamente ciertos aspectos del conflicto social.

En el Estado Español post-franquista ese Estado social se materializaba fundamentalmente en barnizar el sistema de prestaciones sociales del régimen franquista y acercarse a Europa en cuanto a los derechos que implicasen libertades. Pero la crisis de ese modelo de Estado social en Europa arrastra desde la década de 1970 donde, como señaló Habermas, se hacen evidentes los límites del Estado social sin que se vislumbrase una alternativa.

Esto llevó a la izquierda europea a continuar con la utopía de la sociedad del pleno empleo, a pesar de haber perdido la capacidad de generar unas condiciones para un futuro de mayor progreso. Creció el reformismo y el horizonte ya no fue un modelo alternativo de sociedad sino un “capitalismo de rostro humano”. La deriva terminó de culminarse en la década de 1990 tras la caída del bloque socialista. El complejo del comunista al que “se le cae el muro encima” nos llevó al desarme ideológico y también organizativo.

Mientras han existido las condiciones para ello, hemos presumido ante el mundo de vivir en la sociedad más avanzada, “la Europa de los derechos”. Y la clase trabajadora lo ha asimilado así porque realmente sus condiciones materiales de vida eran las mejores del mundo. En lugar de aprovecharlo para la organización, ha dado como resultado la desmovilización.

Mientras a la burguesía le hacían falta mejores condiciones de vida para sus obreros, la sanidad se ha extendido; mientras han necesitado obreros cualificados, se garantizó la educación; mientras se quiso mostrar al mundo el escaparate de la sociedad de consumo como la mejor posible, se extendieron las prestaciones y ayudas, servicios sociales, etc. Mientras el Estado tenía la misión de garantizar todo eso, lo ha hecho. En el momento que no es necesario se multiplican las justificaciones para su aniquilación y parte de la clase trabajadora asume el discurso de la burguesía: ha habido muchos abusos, el sistema de pensiones no es sostenible, la sanidad está hecha un desastre y mejor pagar y que deriven a un sistema privado, que le den becas sólo a los que saquen buenas notas, modelo alemán, modelo finlandés…

La clase trabajadora no está a la ofensiva, no tiene un discurso que le haga avanzar, estamos a la defensiva y retrocediendo. Es fácil oir conversaciones en las que los trabajadores justifican los recortes de derechos laborales o se enfrentan a otros trabajadores por la precariedad del mercado de trabajo. La batalla ideológica de momento está perdida y en parte las organizaciones de izquierda tienen su responsabilidad.

Cuentan que, en una negociación con grandes uniones sindicales, el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, ante las demandas que les planteaban los sindicatos, les contestó: “Oblíguenme a ello”. Si la clase trabajadora no entiende que es su papel luchar por sus derechos, que debe tener la capacidad de obligar al Estado, está derrotada. En estos momentos, ¿quién obligará a los Estados europeos a concedernos derechos sociales? ¿Dónde están las garantías de esos derechos? La única garantía ha sido siempre la lucha.

Además, el imperialismo ha alcanzado tal desarrollo que los movimientos de capital a escala mundial han reducido la capacidad de los Estados para generar crecimiento a la mínima expresión. Para la gran burguesía, determinadas funciones del Estado ya no son necesarias. Ante la escasa respuesta de la clase obrera está siendo fácil desmontar la idea de que el Estado debe garantizar unos mínimos y se expande la idea del liberalismo más salvaje de “que cada palo aguante su vela”. Caminamos hacia una situación de “no-Estado” donde se cede la capacidad reguladora o mediadora en beneficio de los mercados internacionales. Las negociaciones para la implantación del TTIP son muestra de ello.

El objetivo de la izquierda revolucionaria es intervenir en la economía para garantizar esos derechos sociales. La batalla es económica o no nos llevará a ninguna parte.

La izquierda transformadora, la izquierda moderna, la izquierda del relativismo moderno no ve más allá de las propias democracias occidentales, del sistema capitalista. Se enarbolan en la bandera de “otro mundo es posible” y esperan que caiga como un maná del cielo de la socialdemocracia. Entienden los derechos sociales como derechos naturales y pareclan la lucha de la clase obrera en la lucha por el medio ambiente, la lucha por los derechos de la mujer, la lucha por los derechos laborales, la lucha por los derechos humanos… ¿Acaso la izquierda de Alexis Tsipras en Grecia garantiza los derechos fundamentales de los refugiados que mueren de frío y hambre en sus caminos llenos de barro? ¿Acaso los ayuntamientos de Madrid, Cádiz o Barcelona han llevado a todos los indigentes a las casas vacías que tienen en sus ciudades?

La gran mentira de la izquierda reformista es hoy día más palpable que nunca. La incapacidad de sus organizaciones para articular dentro del sistema capitalista en Europa esa garantía de derechos sociales se constata en cada telediario.

A la población siempre le han llegado mesías, líderes que les venden otros mundos y que no les exige su participación para alcanzarlos. Porque la verdadera participación no tiene forma de primarias, ni de votaciones por Internet, ni de afiliaciones. La verdadera participación es la lucha, la organización, la elevación de la conciencia mediante las experiencias acumuladas. No hay más, nadie va a inventar la pólvora en la Andalucía de 2016.

Es necesario que los comunistas adoptemos un discurso ofensivo, que haga avanzar a la clase trabajadora, y esto pasa irremediablemente por la economía, por explicar que sin otro modelo económico otro mundo no es posible, que los derechos sociales no serán efectivos sin un nuevo orden en lo económico. Que la defensa de la educación pública, la sanidad pública, los servicios sociales, el acceso a la cultura, etc. jamás estarán a salvo en el actual sistema capitalista.

Quizás debamos partir del movimiento obrero, el sindicalismo, recuperar la lucha esencial por mejorar las condiciones de trabajo y, por tanto, de vida. Recuperar la lucha por restar al capital lo que nos roba. Después del repliegue sin precedentes de las luchas obreras es momento de tomar conciencia del punto donde estamos y no esperar a que nos vuelvan a vender “crecepelos”. O la clase obrera conquista sus derechos o tendrá que aprender a caminar hacia atrás.

¿Feminismo marxista o sucedáneos idealistas?

Por Iraide Aurrekoetxea

Inessa Armand, la primera dirigente del Departamento de la Mujer en la Revolución Rusa de 1917, hizo la siguiente observación: “Si la liberación de la mujer es impensable sin el comunismo, el comunismo es también impensable sin la liberación de la mujer”. Esta afirmación es un perfecto resumen de la relación entre la lucha por el socialismo y la lucha por la liberación de la mujer: no es posible una sin la otra.

Las marxistas tenemos claro que queremos construir el comunismo desde la igualdad, donde todas las personas sean libres sin distinción de sexo, raza o nacionalidad. Y siendo el marxismo un método científico que va más allá de la organización económica, debe estar sustentado en valores necesarios y concretos para que se dé una forma lógica y factible: los valores feministas.

Podemos cambiar el sistema económico, incluso la estructura social, pero si no existe una verdadera revolución sexual y de género, si no destruimos los roles machistas y los modelos de relación que conllevan, el patriarcado seguirá resistiendo y explotando a la mitad de la población: las mujeres.

El capitalismo y el patriarcado no son sistemas flexibles, cambiantes, no existe capitalismo o patriarcado “puro”; hay sociedades que incluso avanzando hacia el socialismo siguen siendo patriarcales. Con el desarrollo de la propiedad privada en la que el reparto del trabajo es desigual, una parte de la clase trabajadora tiene mejores puestos de trabajo que la otra, y esto sólo se puede explicar a través del análisis que hace el feminismo marxista y anti-imperialista: la jerarquía de sexo y raza. Por lo tanto, aquellos trabajos que nadie quiere acaban siendo realizados por la inmigración, y más concretamente, por la mujer inmigrante.

El patriarcado ha ido cambiando a lo largo de la Historia tanto en forma como en intensidad para adaptarse a los diferentes sistemas jerárquicos (esclavismo, feudalismo, capitalismo…) de manera que elementos como clase, raza, orientación sexual o edad están estrechamente relacionados. En este sistema capitalista y patriarcal, las características “ideales” (rol masculino) de los hombres y las que exalta el capitalismo son prácticamente las mismas: competitividad, efectividad, autoridad, dominación, etc., otorgando así a quienes tienen estas características ventajas y privilegios. Es decir, nuestra sociedad está construida a través de roles de género en base a los cuales la mujer debe ser irracional y emocional, mientras que el hombre debe ser racional y pragmático.

El sistema actual nos pretende vender que hoy en día vivimos en igualdad de género, y nada más lejos de la realidad. Pretenden hacernos creer que con la incorporación de la mujer al mercado laboral ya somos iguales, cuando aún la responsabilidad reproductiva social es de la mujer y por lo tanto, al acceder al mercado laboral tienen doble carga sobre sus hombros: el empleo y las labores tanto domésticas como de cuidados.

La relación entre la pareja, la familia y el Estado es imprescindible para sostener este sistema, y para ello promueve el modelo de pareja heterosexual y monógama encaminada a la reproducción, y ningún otro.

Desde la niñez nos enseñan a buscar esa pareja, hombre o mujer, que nos “complemente”, y así formar la familia nuclear a través de la construcción de un amor romántico que todo lo justifica.

Así, esta familia será la institución básica para la transmisión de la ideología hegemónica, donde nos enseñan “la esclavitud doméstica”, como la llamaba Lenin.

De hecho, ya en “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” es notable la cuidadosa atención que Engels dedica a los aspectos personales de la opresión de las mujeres dentro del marco familiar, incluyendo la extrema degradación sufrida por las mujeres a manos de sus maridos, con un grado de desigualdad desconocido en las sociedades anteriores. Engels califica el surgimiento de la familia nuclear como la derrota histórica del sexo femenino a nivel mundial, y sostiene explícitamente que la violación y la violencia contra las mujeres se iniciaron dentro de la familia, en sus mismos orígenes: “El hombre tomó el mando también en el hogar; la mujer fue degradada y reducida a la servidumbre; se convirtió en la esclava de su lujuria y en un mero instrumento para la reproducción de hijos. Para asegurar la fidelidad de su mujer y, por tanto, la paternidad de sus hijos, es entregada sin condiciones al poder del marido; si él la mata, solo está ejerciendo sus derechos.”

Engels también explicó cómo el ideal de la familia monógama en la sociedad de clases se basa en una hipocresía fundamental: “Desde sus inicios, la familia ha estado marcada por el carácter específico de la monogamia exclusiva para la mujer, pero no para el hombre. Mientras que los actos de infidelidad de las mujeres son duramente condenados, se consideran honorables en el hombre o, en el peor de los casos, un ‘leve pecadillo’ contra la moral que se puede asumir alegremente.”

Huelga decir que la mujer era entonces propiedad privada de “su” hombre, una herramienta humana, algo así como una “incubadora parlanchina” como las denominaban las camaradas de Pan y Rosas (PTS) de América Latina; y que debía servir para crear y preparar futuras generaciones de obreras y obreros al servicio de la propiedad privada, el capital y la burguesía.

Asimismo, mientras que la familia de las clases dominantes ha funcionado históricamente como una institución a través de la que transmitir la herencia entre generaciones. Con el surgimiento del capitalismo, la familia de clase obrera asumió la función de proporcionar al sistema una oferta abundante de mano de obra.

El surgimiento de la familia de clase obrera también comenzó a diferenciar claramente el carácter de la opresión que sufren las mujeres de distintas clases: el papel de las mujeres de clase alta es producir descendencia para heredar la riqueza de la familia, mientras que la función de las mujeres de clase obrera es mantener las generaciones de trabajadores para hoy y mañana dentro de su propia familia; esto es, la reproducción de la fuerza de trabajo para el sistema.

Los líderes de la Revolución Rusa de 1917 comprendieron no solamente el papel central de la familia en la raíz de la opresión de las mujeres, sino también que las dificultades para lograr la igualdad dentro de la familia condicionaban la liberación de la mujer en el conjunto de la sociedad. Alexandra Kollontai escribió ya entonces:

“Hay algo que no se puede negar, y es el hecho de que ha llegado su hora al viejo tipo de familia. No tiene de ello la culpa el comunismo: es el resultado del cambio experimentado por las condiciones de vida. La familia ha dejado de ser una necesidad para el Estado como ocurría en el pasado.

La mujer, en la sociedad comunista, no dependerá de su marido, sino que sus robustos brazos serán los que le proporcionen el sustento. Se acabará con la incertidumbre sobre la suerte que puedan correr los hijos. El Estado socialista asumirá todas estas responsabilidades. El matrimonio quedará purificado de todos sus elementos materiales, de todos los cálculos de dinero que constituyen la repugnante mancha de la vida familiar de nuestro tiempo. El matrimonio se transformará desde ahora en adelante en la unión sublime de dos almas que se aman, que se profesen fe mutua; una unión de este tipo promete a todo obrero, a toda obrera, la más completa felicidad, el máximo de la satisfacción que les puede caber a criaturas conscientes de sí mismas y de la vida que les rodea.”

Lamentablemente, no todo marxista, ni en todo momento, comprendió la necesidad de defender el feminismo ni de valorar los enormes logros del movimiento de mujeres, cayendo en teorías o corrientes que alejan constantemente el objetivo feminista.

El reduccionismo

En su forma más pura, el reduccionismo supone que la lucha de la clases resolverá el problema del sexismo por sí misma, al revelar los verdaderos intereses de clase en oposición a la falsa conciencia. Este enfoque reduce los problemas de opresión a una cuestión de clase. También se acompaña, generalmente, de una reiteración del carácter objetivo de clase del interés de los hombres en acabar con la opresión de la mujer, sin asumir la pregunta más difícil: ¿cómo enfrentar el sexismo dentro de la clase obrera?

El Partido Bolchevique, tanto antes como después de la Revolución, dedicó considerables recursos a la divulgación y la educación de las mujeres trabajadoras y campesinas, a través de su Departamento de la Mujer, mientras que, al mismo tiempo, argumentaba en contra de las actitudes sexistas de los hombres de la clase obrera.

Kollontai recuerda: “Los trabajadores con conciencia de clase deben entender que el valor del trabajo masculino depende del valor del trabajo femenino y que, con la amenaza de sustituir la mano de obra masculina por mano de obra femenina más barata, el capitalista puede presionar sobre el nivel salarial a los hombres. Solo la falta de comprensión puede llevar a ver este tema como una mera cuestión de la mujer.”

O el mismo Lenin en conversaciones con la revolucionaria feminista alemana Clara Zetkin apuntaba: ¿Podría haber una prueba más palpable de la continua opresión de las mujeres que la de la visión corriente de un hombre observando, tranquilamente, cómo una mujer se agota con un trabajo trivial y monótono, trabajo que consume mucha fuerza y mucho tiempo, como es el doméstico y viendo en ella como su espíritu se encoge, su mente ensordece, su corazón se debilita y su voluntad languidece? Muy pocos maridos, ni siquiera los proletarios, piensan lo mucho que podrían aliviar las cargas y preocupaciones de sus mujeres o, incluso, eliminarlas por completo, si les echaran una mano en ese trabajo de mujeres. Pero no, eso iría contra el privilegio y la dignidad del hombre. Él exige su comodidad y su descanso. Debemos erradicar el viejo punto de vista de amo del esclavo, tanto en el Partido como en las masas. Es una de nuestras tareas políticas, una tarea tan urgente y necesaria como es la formación de un núcleo de camaradas, hombres y mujeres, con una sólida preparación teórica y práctica, para el trabajo del Partido entre las mujeres trabajadoras.

Así que nuestra praxis debería estar más en consonancia con la teoría y la práctica de los bolcheviques, no solo en cuanto a no minimizar el grado de opresión al que se enfrentan las mujeres, o cualquier grupo oprimido, dentro de la clase obrera, sino además en realizar un serio esfuerzo en todos los frentes para combatirlo.

Construir un modelo de paja con el feminismo, basándolo en sus formas más burguesas, para luego tumbarlo y finalmente pensar que ya hemos hecho nuestro trabajo intelectual, hace un flaco servicio a la lucha contra la opresión de las mujeres. Hay importantes debates entre las feministas a los que hemos permanecido ignorantes en gran parte y que pueden jugar un gran papel para avanzar en nuestra comprensión tanto de la opresión de las mujeres como del marxismo mismo.

El feminismo burgués

Las mujeres de la clase dominante se enfrentan a la opresión, pero eso no significa que podamos confiar en que puedan seguir una estrategia que las lleve a abordar el sufrimiento de la vasta mayoría de las mujeres que están en la clase obrera.

Debemos entender el nacimiento de los primeros movimientos de mujeres antes de 1789, como fruto del aumento de mujeres del pueblo en la producción y no de la mano del feminismo burgués. Los estudios burgueses intentan demostrar la proliferación de los primeros movimientos feministas gracias a las reivindicaciones de poderosas mujeres como Abigail Smith Adams, segunda Primera Dama de EEUU, o la reconocida Olimpia de Gouges, propulsora de la “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”. Ellas realmente no supieron acercar sus reivindicaciones al conjunto de las trabajadoras ni ligar éstas a la lucha del proletariado, buscando equiparar sus privilegios a los poseídos por los hombres capitalistas.

Este feminismo burgués, cuyas principales luchas son por la igualdad de derechos políticos y la oportunidad de acceso al trabajo para la mujer, cree haber conseguido que algunos países capitalistas atiendan sus reivindicaciones.

Así, la mujer tiene derecho al voto, a la participación en la esfera pública, a una teórica libertad de acceso a todos los empleos y profesiones, a recibir ayuda para la maternidad, a concesiones que parten del respeto que se han ganado las trabajadoras al convertirse en una fuerza de trabajo fundamental para la sociedad y que, además, no han conseguido la eliminación de la problemática de la mujer.

Además, los estudios burgueses centrados en el feminismo ponen su foco de atención en la cuestión de la superioridad de un sexo sobre otro, en la negación de las diferencias biológicas o en la abolición del género.

El feminismo burgués no es nada nuevo y el punto de vista sobre él de los bolcheviques es muy instructivo para nosotros, hoy en día. Una vez más, Alexandra Kollontai nos presenta un enfoque aplicable a la situación actual. En un panfleto de 1909, titulado “Fundamentos socialistas de la cuestión de la mujer”, explicaba por qué no puede darse una alianza entre la clase obrera y las mujeres de la clase dominante, a pesar de algunos aspectos de su opresión compartida:

“El mundo de las mujeres se divide, como el mundo de los hombres, en dos bandos: los intereses y las aspiraciones de una parte la acercan hacia la clase burguesa, mientras que la otra está en estrecha relación con el proletariado y su propuesta libertadora incluye una solución completa de la cuestión de la mujer. Así pues, aunque ambas partes persigan en general la liberación de la mujer, sus objetivos e intereses son distintos. Cada una de las partes, inconscientemente, establece sus propuestas iniciales a partir de los intereses y aspiraciones de su propia clase, lo que dota de un color específico de clase a los objetivos y tareas que establecen para sí mismas. A pesar de la aparente radicalidad de las demandas de las feministas burguesas, no hay que perder de vista el hecho de que no pueden, en razón de su posición de clase, luchar por la transformación fundamental de la sociedad, sin la que la liberación de la mujer no podrá ser completa.”

El segregacionismo

Hay otra corriente del feminismo que los marxistas y las feministas socialistas deben rechazar de plano, aunque desde la década de 1970 no se haya destacado: el segregacionismo, que insiste en que todos los hombres de la clase obrera comparten con todos los hombres de la clase dominante el sistema de patriarcado que oprime a las mujeres.

En contraste con el uso actual del término “patriarcado”, que se limita a describir un sistema sexista, el segregacionismo priorizó la opresión de las mujeres sobre todas las demás formas de opresión, incluido el racismo.

Como ejemplo, en el análisis que sobra la violación realiza Susan Brownmiller en su libro de 1975 “Against Our Will: Men, Women and Rape” (Contra Nuestra Voluntad: Hombres, Mujeres y Violación) llegó a conclusiones abiertamente racistas en su relato del linchamiento en 1955 de Emmett Till.

Till, un joven de color, tenía 14 años cuando, durante una visita veraniega a su familia en Jin Crow (Mississippi), cometió el “crimen” de silbar al paso de una mujer blanca cada llamada Carolyn Bryat. Una mera travesura adolescente fue lo que provoó que Till fuera torturado y tiroteado antes de que su joven cuerpo fuese arrojado al río Tallahatchie.

A pesar del cruel linchamiento de Till, Brownmiller describía al joven negro y a su asesino como si compartieran el mismo poder, usando un planteamiento abiertamente racista: rara vez un solo caso, como el de Till, sirve para exponer con tanta claridad los antagonismos subyacentes en el grupo social masculino por el acceso a las mujeres. En términos concretos, la accesibilidad a todas las mujeres blancas estaba en discusión.

Otras corrientes del feminismo tienen un historial ambiguo, que en la década de 1990 despojaron a la teoría del patriarcado de su primacía, en un esfuerzo consciente por dar la misma prioridad a la lucha contra el racismo y por los derechos LGTBI, lo que supuso un enorme paso adelante. Pero, al mismo tiempo, los seguidores de esta corriente cayeron en la trampa posmoderna del individualismo y se retiraron de la lucha colectiva, priorizando los cambios en el estilo de vida y el lenguaje a la construcción de un movimiento que podría desafiar al sistema.

Finalmente, merece la pena enfatizar que necesitamos no solo una teoría marxista y feminista, sino también una práctica del feminismo marxista en la lucha por la liberación de la mujer.

Aunque el éxito de la revolución socialista no garantiza automáticamente la liberación de las mujeres, sí que crea las condiciones materiales para ello.

Y es a través del proceso revolucionario, en todas sus etapas, desde la primera a la última, donde la militancia revolucionaria tiene un papel crucial que desempeñar combatiendo toda forma de opresión, no solo desde arriba, sino también desde el interior de la clase obrera. No hay sustituto posible en ese proceso. Marx lo dejó bien claro cuando sostuvo: “La revolución es necesaria, por tanto, no solo porque la clase dominante no pueda ser derrocada de otra manera, sino porque la clase que la derroca solo puede alcanzar el éxito en la revolución si se desembaraza, ella misma, de toda esa vieja basura y se muestra capaz de construir una nueva sociedad.”

Si no minimizamos los desafíos a los que nos enfrentamos en la lucha contra el sexismo, dentro de la clase obrera, si los reconocemos y, sobre estas bases, somos capaces de desarrollar una estrategia que tenga como objetivo movilizar al conjunto de la clase obrera, conseguiremos la liberación de la mujer.

Cualquier cambio social comienza dando pequeños cambios personales. Dichos cambios, en vez de darse de una mera forma aislada y teniendo en cuenta que tienen lógicas y objetivos colectivos, son los primeros pasos para cualquier revolución social. La revolución empieza por lo persona, eliminando actitudes reaccionarias para con las mujeres y construyendo feminismo en todos los frentes: en casa, en la calle, en el puesto de trabajo, de fiesta, en la militancia…

Muchas feministas, haciendo pequeñas cosas feministas suponen avances importantes para la colectividad, pero sin olvidar que debemos tener en cuenta todo el proceso y no solamente su final (reparando en lo que pasa tanto en el espacio público como en el privado). Porque demasiadas veces ponemos nuestras prioridades en el espacio “macropolítico”, es decir, en el espacio de las grandes teorías, quedándose éstas en meros eslóganes y olvidando la praxis.

El PCP frente a los recientes acontecimientos en Brasil

pcp_logoFrente a las peticiones de diversos órganos de comunicación social en relación a los recientes acontecimientos en Brasil, el Partido Comunista Portugués (PCP) subraya que:

Los recientes acontecimientos en Brasil no pueden ser desligados de la profundización de la crisis del capitalismo que marca la situación internacional y que tiene actualmente profundas consecuencias en los llamados “países emergentes”.

Tratando de obtener réditos políticos de problemas reales y de profundas contradicciones en la sociedad brasileña, los sectores más retrógrados y antidemocráticos promueven una intensa operación de desestabilización y de cariz golpista procurando alcanzar lo que no han conseguido en las últimas elecciones presidenciales – la acción organizada contra Lula da Silva forma parte de este proceso general de desestabilización.

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Lo que sobresale en los recientes acontecimientos en Brasil no es ningún intento de combatir la corrupción ni a un sistema político y electoral que la favorece, sino que es una acción protagonizada por los sectores más retrógrados – los propios beneficiados en décadas de corrupción -, tratando de lograr, por medio de la instrumentalización del poder judicial y de la acción de órganos de comunicación social, la creación de condiciones para la revocación de los avances en las condiciones de vida del pueblo brasileño alcanzados en los últimos 13 años.

Una acción de desestabilización indisociable del conjunto de maniobras de injerencia promovidas por los Estados Unidos contra los procesos progresistas y de afirmación soberana en América Latina.

El PCP es solidario con las fuerzas progresistas brasileñas, con los trabajadores y el pueblo brasileño y su lucha en defensa de sus derechos, de la democracia, de la justicia y del progreso social.

Lisboa, 18 de marzo de 2016

¿Qué puede aprender América Latina del crecimiento económico de China?

Por John Ross

En el período de gobiernos de izquierda, Latinoamérica logró una “revolución de distribución” fundamental, beneficiando enormemente a los pueblos del continente.

De acuerdo con reportes del Banco Mundial en el 2013, “por primera vez, existio una década donde aumentó el empleo y disminuyó la desigualdad salarial en la región, lo cual contribuyó a una reducción sin precedentes de la pobreza y un incremento de la prosperidad para todos los estratos de la sociedad […] Los ingresos promedios de Latinoamérica han subido más de un 25% en el siglo XXI. Junto con los ingresos más bajos aumentando más rápido que el promedio regional, es el 40% más pobre que se ha beneficiado más.” (traduccion no oficial)

Entre 1999 y 2012, 31 millones de personas han salido de la pobreza extrema en América Latina, de acuerdo a las definiciones del Banco Mundial de 1’90 dólares diarios en términos comparables a nivel internacional (paridad de poder adquisitivo según precios de 2011). Durante el mismo período, 52 millones de personas salieron de la pobreza definida de acuerdo a un gasto diario de 3’10 dólares medido en las mismas unidades.

La base de este enorme progreso social fue un crecimiento económico acelerado, en comparación a la catástrofe económica generada a finales del siglo XX a causa de las políticas neoliberales. Hasta 1993, el PIB per cápita en los países latinoamericanos en vías de desarrollo se mantuvo por debajo de las cifras registradas en 1981. En 1998, el crecimiento promedio anual del PIB per cápita aún era sólo de un 0’9%, utilizando un promedio de 5 años para evitar las fluctuaciones a corto plazo.

Sólo posterior a la elección de Hugo Chávez en Venezuela en 1998, seguido por una ola de líderes de izquierda, el crecimiento económico tuvo una gran aceleración. En 2007, el promedio de crecimiento anual del PIB per cápita (cinco años) había alcanzado el 2’8%, una aceleración en la que destacan Venezuela (5’7%) y Argentina (7’7%). La “revolución de distribución” de los gobiernos de izquierda aseguró que los beneficios de este crecimiento económico sean compartidos entre la población latinoamericana.

Desafortunadamente, la adversidad económica ha impedido que esta “revolución de la distribución” no esté acompañada de una “revolución de producción”, es decir, la habilidad de sostener un fuerte crecimiento económico en tiempos de tendencias económicas negativas a nivel mundial. De acuerdo a estadísticas más recientes, el crecimiento del PIB de Argentina ha caído a un 0’5% y el de Brasil es negativo en un 1’7%.

Debido a las consecuencias de la desaceleración económica, la derecha triunfó en las últimas elecciones presidenciales en Argentina y en las elecciones parlamentarias en Venezuela, mientras que en Brasil grupos opositores intentan enjuiciar y destituir a la presidenta Dilma Rousseff.

Esto es bastante grave, ya que mientras que las fuerzas que apoyan estas transiciones políticas se presentan como “fuerzas centristas” para fines propagandísticos, las medidas económicas que implementan son netamente neoliberales y han generado desastres económicos en distintos lugares, no solo en América Latina. El fracaso de mantener el crecimiento económico en un escenario adverso ha desatado estos retrocesos.

Aunque estoy trabajando en China, sigo los acontecimientos en América Latina al detalle, y he viajado allí en distintas ocasiones, incluyendo dos veces para asistir a conferencias con el presidente Chávez. A partir de esta experiencia, creo que es fundamental que la izquierda latinoamericana estudie la economía china, no para aplicar de forma calcada el modelo chino, sino para entender que hay procesos económicos clave que operan en él y que se pueden aplicar a Latinoamérica.

China logró exitosamente una “revolución de la producción”. Durante un período de cuatro décadas, la economía china creció sobre el 8%, pasando de ser uno de los países más pobres al umbral de “economía de altos ingresos”, según estándares internacionales. Esta fue la “revolución de producción” más grande de la Historia. Incluso después a la crisis financiera internacional de 2015, China ha logrado un crecimiento del 6’9%.

Contraria a la típica creencia estadounidense, el crecimiento chino no fue en beneficio de los más ricos, sino de la gente común. China logró sacar a 728 millones de personas de la pobreza, según estándares del Banco Mundial. En 2015 la inflación promedio, ajustado al ingreso disponible de la población china, subió en un 7’4%. Es este tipo de “revolución de la producción” la que necesita Latinoamérica.

Las dierencias entre Latinoamérica y China son claras. Los métodos estadísticos modernos utilizados por la ONU y la Organización para la Cooperación y el Desarollo Económicos (OCDE) demuestran que más de la mitad del crecimiento del PIB per cápita es debido a la inversión fija. De este modo se explica el rápido crecimiento de China: en 2014, la inversión fija sumó un 44% del PIB, en Brasil es de un 20%, en Venezuela es de un 22%. Ecuador, sin embargo, tiene un nivel bastante más alto, sumando un 28% de su PIB.

El contraste es aún mayor si se toma en cuenta la devaluación del capital. El ahorro neto, disponible para mayor inversión, suma un total del 32% del ingreso bruto de China, mientras que en Argentina es un 7% y en Brasil es un 5%. Algunos países, como Bolivia y Ecuador, han logrado un 15% pero esto sigue siendo inferior al nivel chino. De esto modo, se hace imposible el crecimiento acelerado y paquetes de estímulo anticíclicos, con estos bajos niveles de inversión fija.

La clave del modelo chino está clara. China tiene sectores públicos y privados pero no es una “economía mixta” según la definición occidental. En estas economías domina el sector privado, mientras que la definición oficial china está marcada por un “posicionamiento dominante del sector público”.

El modelo de China también se puede expresar en la terminología occidental por los conceptos de John Maynard Keynes: “El deber de ordenar el volumen actual de inversión no puede dejarse en manos privadas, es necesario apuntar hacia un nivel de inversión socialmente controlado, lo cual requiere una socialización un tanto comprensiva de la inversión.”

El modelo chino no eliminó el sector privado, sino que hizo de la inversión estatal su fuerza productiva principal, con el sector privado también beneficiado con el crecimiento. La habilidad de China de mantener un sector estatal que no administre la economía pero que sea suficientemente grande como para mantener y controlar los niveles de inversión económica explica el éxito de China. En este modelo económico, que no elimina al sector privado por que está guiado por altos niveles de inversión pública, es el que explica el rápido crecimiento de China y lo diferencia del modelo de la mayoría de países latinoamericanos.

Por lo tanto, para el logro del éxito económico, el ejemplo chino de la “revolución de la producción” debería reemplazar la “revolución de la distribución”, la cual, y con justa causa, enorgullece a la izquierda latinoamericana.

John Ross es catedrático emérito en el Instituto “Chongyang” de Estudios Financieros (Universidad Popular de China, Beijing)

Nacionalismo revolucionario y nacionalismo reaccionario

Por Huey P. Newton

Hay dos clases de nacionalismo: el nacionalismo revolucionario y el nacionalismo reaccionario. El nacionalismo revolucionario depende principalmente de una revolución popular cuyo fin último es que el pueblo esté en el poder. Es más, para ser un nacionalista revolucionario, por necesidad, hay que ser socialista. Si se uno es un nacionalista reaccionario, no es socialista, y entonces, su finalidad es la opresión del pueblo.

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El nacionalismo cultural – o el “nacionalismo de chuleta de cerdo”, como yo le llamo – es básicamente un problema de tener una perspectiva política equivocada. Parece ser una reacción en lugar de responder a la opresión política. Los nacionalistas culturales se definen por una vuelta a la vieja cultura africana para, de este modo, ganar su identidad y libertad. En otras palabras, sienten que la cultura africana les dará automáticamente la libertad política. Muchas veces los nacionalistas culturales siguen la línea de los nacionalistas reaccionarios. Papa Doc, en Haití, es un excelente ejemplo de nacionalismo reaccionario. Oprime al pueblo y al mismo tiempo promociona la cultura africana. Simplemente expulsó a los racistas y los sustituyó personalmente, convirtiéndose él en el opresor. Muchos nacionalistas en este país parecen desear los mismos fines. El Partido Pantera Negra, que es un grupo revolucionario de gente negra, es consciente de que tenemos que tener una identidad. Tenemos que dar cuenta de nuestra herencia negra para coger fuerza para seguir adelante y avanzar. Pero volver a la vieja cultura africana es innecesario y, en muchos aspectos, no supone un avance. Creemos que la cultura por sí misma no nos liberará. Vamos a necesitar esfuerzos mucho más grandes.

Un buen ejemplo de nacionalismo revolucionario fue la revolución en Argelia, cuando Ahmed ben Bella llegó al poder. Los franceses fueron expulsados, sin embargo, fue una revolución popular porque el pueblo terminó en el poder. Los líderes que llegaron al poder no estaban interesados en buscar su propio beneficio explotando al pueblo y manteniéndolo en un estado de esclavitud. Nacionalizaron la industria y sus beneficios fueron para la comunidad. Eso es de lo que se trata el socialismo, en resumidas cuentas. Los representantes populares están al mando estrictamente por el consentimiento del pueblo. La riqueza del país está controlada por el pueblo y es éste el consultado sobre todas las modificaciones en la industria que han de tener lugar.

El Partido Pantera Negra es un grupo nacionalista revolucionario y vemos una gran contradicción entre el capitalismo en este país y nuestros intereses. Somos conscientes de que este país llegó a ser muy rico durante la esclavitud y la esclavitud es el capitalismo extremo. Tenemos dos enemigos a combatir: el capitalismo y el racismo.

(“The Movement”, 1968.)

La recolonización de Libia

Por Manlio Dinucci

Lo que hoy sucede en Irak, Libia y Siria es un rotundo desmentido para quienes creen que el colonialismo es cosa del pasado. En 2001, EEUU decidió – a raíz de los acontecimientos del 11 de septiembre – atacar estos tres países… y algunos más. Y si hubo que esperar 10 años para asistir al inicio de las guerras contra Trípoli y Damasco, fue porque había que privar previamente a estos Estados de sus posibilidades de defenderse y crear coaliciones internacionales para disfrazar las agresiones coloniales de “operaciones humanitarias”. Veamos el caso de Libia.

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Fotografía tomada en Trípoli tras la intervención imperialista de 2011. La capital de Libia y las principales ciudades del país quedaron arrasadas.

En la comedia de equivocaciones del pequeño teatro de la política, el primer actor Matteo Renzi ha dicho que “Italia hará su parte” en Libia.

Por consiguiente, en cuanto el Pentágono declaró que Italia hará el “papel de guía”, Renzi declaró que “la misión militar italiana en Libia no está en el orden del día”, cuando en realidad esa misión ya comenzó con las fuerzas especiales que el Parlamento italiano puso a las órdenes del primer ministro. Y para dar luz verde oficial, el primer ministro Renzi espera la formación en Libia de “un gobierno muy sólido que no nos haga repetir los errores del pasado”. Echemos un vistazo al pasado, mientras esperamos que el espejismo de un “gobierno sólido” aparezca en el desierto libio.

En 1911 Italia ocupó Libia con un cuerpo expedicionario de 100.000 soldados. Poco después de su desembarco, el Ejército italiano fusiló y ahorcó a 5.000 libios, mientras que otros varios miles eran deportados.

En 1930, por orden de Mussolini, la mitad de la población de la región libia de Cirenaica fue deportada a unos 15 campos de concentración, mientras que la aviación italiana trataba de aplastar a la resistencia bombardeando las aldeas con armas químicas y el Ejército italiano desplegaba 270 kilómetros de alambradas para rodear toda la región. El jefe de la resistencia libia, Omar al-Mukhtar, fue capturado y ahorcado por las autoridades coloniales fascistas en 1931. Luego comenzó la colonización de Libia en el plano demográfico, mediante la ocupación de las tierras más fértiles y el desplazamiento forzoso de la población hacia tierras áridas.

A principios de la década de 1940 la Italia derrotada fue reemplazada en Libia por el Reino Unido y los Estados Unidos. El emir Idris al-Senussi, convertido en Rey de Libia por los británicos en 1951, concedió a esas dos potencias el derecho a utilizar bases aéreas, navales y terrestres en suelo libio. A las puertas de Trípoli, la instalación de Wheelus Field se convirtió en la base aérea y nuclear más importante de EEUU en el Mediterráneo.

En 1956 el rey Idris firmó con Italia un acuerdo que disculpaba a ese país europeo por los daños causados en Libia y permitía que la comunidad italiana del país conservara su patrimonio. Los yacimientos petrolíferos libios, descubiertos en la década de 1950, acabaron en manos de la British Petroleum (BP), de la empresa estadounidense Esso y de la italiana Eni. Duramente reprimida, la rebelión nacionalista desembocó en 1969 en el golpe de Estado – sin derramamiento de sangre y de corte nasserista – de los “oficiales libres” encabezados por Muammar el-Gaddafi.

La monarquía fue abolida, la República Árabe Libia obligó a Washington y Londres a clausurar sus bases militares y nacionalizó las propiedades extranjeras. Durante las siguientes décadas Libia alcanzó, según el Banco Mundial, altos indicadores de desarrollo humano, con un crecimiento del PIB de un 7’5% anual, un alto ingreso medio por habitante, acceso universal a la educación primaria y secundaria, además de un 46% de acceso a la enseñanza superior. Más de 2 millones de inmigrantes africanos encontraron trabajo en Libia. Ese Estado, que constituía un factor de estabilidad y desarrollo en el norte de África, había favorecido con sus inversiones el nacimiento de organismos que habrían posibilitado la autonomía financiera y el surgimiento de una moneda propia de la Unión Africana.

Estados Unidos y Francia – como ha podido comprobarse en los correos electrónicos de Hillary Clinton – decidieron impedir “el plan de Gaddafi de crear una moneda africana”, que hubiese sido una alternativa para el uso del dólar y del franco CFA. Para ello, y para apropiarse de los recursos de hidrocarburos de Libia, la OTAN – bajo las órdenes de Estados Unidos – iniciaba la campaña contra Gaddafi, y en Italia la “oposición de izquierdas” estuvo en primera línea de esa campaña. El resultado fue la destrucción del Estado libio, que también fue atacado desde dentro con grupos terroristas y fuerzas especiales.

El subsiguiente desastre social, que está dejando más víctimas que la guerra misma, sobre todo entre los inmigrantes, abrió la puerta a la reconquista y partición de Libia, donde ahora vuelve a desembarcar una Italia que, pisoteando su propia Constitución, reactiva su pasado colonial.