¿Qué puede aprender América Latina del crecimiento económico de China?

Por John Ross

En el período de gobiernos de izquierda, Latinoamérica logró una “revolución de distribución” fundamental, beneficiando enormemente a los pueblos del continente.

De acuerdo con reportes del Banco Mundial en el 2013, “por primera vez, existio una década donde aumentó el empleo y disminuyó la desigualdad salarial en la región, lo cual contribuyó a una reducción sin precedentes de la pobreza y un incremento de la prosperidad para todos los estratos de la sociedad […] Los ingresos promedios de Latinoamérica han subido más de un 25% en el siglo XXI. Junto con los ingresos más bajos aumentando más rápido que el promedio regional, es el 40% más pobre que se ha beneficiado más.” (traduccion no oficial)

Entre 1999 y 2012, 31 millones de personas han salido de la pobreza extrema en América Latina, de acuerdo a las definiciones del Banco Mundial de 1’90 dólares diarios en términos comparables a nivel internacional (paridad de poder adquisitivo según precios de 2011). Durante el mismo período, 52 millones de personas salieron de la pobreza definida de acuerdo a un gasto diario de 3’10 dólares medido en las mismas unidades.

La base de este enorme progreso social fue un crecimiento económico acelerado, en comparación a la catástrofe económica generada a finales del siglo XX a causa de las políticas neoliberales. Hasta 1993, el PIB per cápita en los países latinoamericanos en vías de desarrollo se mantuvo por debajo de las cifras registradas en 1981. En 1998, el crecimiento promedio anual del PIB per cápita aún era sólo de un 0’9%, utilizando un promedio de 5 años para evitar las fluctuaciones a corto plazo.

Sólo posterior a la elección de Hugo Chávez en Venezuela en 1998, seguido por una ola de líderes de izquierda, el crecimiento económico tuvo una gran aceleración. En 2007, el promedio de crecimiento anual del PIB per cápita (cinco años) había alcanzado el 2’8%, una aceleración en la que destacan Venezuela (5’7%) y Argentina (7’7%). La “revolución de distribución” de los gobiernos de izquierda aseguró que los beneficios de este crecimiento económico sean compartidos entre la población latinoamericana.

Desafortunadamente, la adversidad económica ha impedido que esta “revolución de la distribución” no esté acompañada de una “revolución de producción”, es decir, la habilidad de sostener un fuerte crecimiento económico en tiempos de tendencias económicas negativas a nivel mundial. De acuerdo a estadísticas más recientes, el crecimiento del PIB de Argentina ha caído a un 0’5% y el de Brasil es negativo en un 1’7%.

Debido a las consecuencias de la desaceleración económica, la derecha triunfó en las últimas elecciones presidenciales en Argentina y en las elecciones parlamentarias en Venezuela, mientras que en Brasil grupos opositores intentan enjuiciar y destituir a la presidenta Dilma Rousseff.

Esto es bastante grave, ya que mientras que las fuerzas que apoyan estas transiciones políticas se presentan como “fuerzas centristas” para fines propagandísticos, las medidas económicas que implementan son netamente neoliberales y han generado desastres económicos en distintos lugares, no solo en América Latina. El fracaso de mantener el crecimiento económico en un escenario adverso ha desatado estos retrocesos.

Aunque estoy trabajando en China, sigo los acontecimientos en América Latina al detalle, y he viajado allí en distintas ocasiones, incluyendo dos veces para asistir a conferencias con el presidente Chávez. A partir de esta experiencia, creo que es fundamental que la izquierda latinoamericana estudie la economía china, no para aplicar de forma calcada el modelo chino, sino para entender que hay procesos económicos clave que operan en él y que se pueden aplicar a Latinoamérica.

China logró exitosamente una “revolución de la producción”. Durante un período de cuatro décadas, la economía china creció sobre el 8%, pasando de ser uno de los países más pobres al umbral de “economía de altos ingresos”, según estándares internacionales. Esta fue la “revolución de producción” más grande de la Historia. Incluso después a la crisis financiera internacional de 2015, China ha logrado un crecimiento del 6’9%.

Contraria a la típica creencia estadounidense, el crecimiento chino no fue en beneficio de los más ricos, sino de la gente común. China logró sacar a 728 millones de personas de la pobreza, según estándares del Banco Mundial. En 2015 la inflación promedio, ajustado al ingreso disponible de la población china, subió en un 7’4%. Es este tipo de “revolución de la producción” la que necesita Latinoamérica.

Las dierencias entre Latinoamérica y China son claras. Los métodos estadísticos modernos utilizados por la ONU y la Organización para la Cooperación y el Desarollo Económicos (OCDE) demuestran que más de la mitad del crecimiento del PIB per cápita es debido a la inversión fija. De este modo se explica el rápido crecimiento de China: en 2014, la inversión fija sumó un 44% del PIB, en Brasil es de un 20%, en Venezuela es de un 22%. Ecuador, sin embargo, tiene un nivel bastante más alto, sumando un 28% de su PIB.

El contraste es aún mayor si se toma en cuenta la devaluación del capital. El ahorro neto, disponible para mayor inversión, suma un total del 32% del ingreso bruto de China, mientras que en Argentina es un 7% y en Brasil es un 5%. Algunos países, como Bolivia y Ecuador, han logrado un 15% pero esto sigue siendo inferior al nivel chino. De esto modo, se hace imposible el crecimiento acelerado y paquetes de estímulo anticíclicos, con estos bajos niveles de inversión fija.

La clave del modelo chino está clara. China tiene sectores públicos y privados pero no es una “economía mixta” según la definición occidental. En estas economías domina el sector privado, mientras que la definición oficial china está marcada por un “posicionamiento dominante del sector público”.

El modelo de China también se puede expresar en la terminología occidental por los conceptos de John Maynard Keynes: “El deber de ordenar el volumen actual de inversión no puede dejarse en manos privadas, es necesario apuntar hacia un nivel de inversión socialmente controlado, lo cual requiere una socialización un tanto comprensiva de la inversión.”

El modelo chino no eliminó el sector privado, sino que hizo de la inversión estatal su fuerza productiva principal, con el sector privado también beneficiado con el crecimiento. La habilidad de China de mantener un sector estatal que no administre la economía pero que sea suficientemente grande como para mantener y controlar los niveles de inversión económica explica el éxito de China. En este modelo económico, que no elimina al sector privado por que está guiado por altos niveles de inversión pública, es el que explica el rápido crecimiento de China y lo diferencia del modelo de la mayoría de países latinoamericanos.

Por lo tanto, para el logro del éxito económico, el ejemplo chino de la “revolución de la producción” debería reemplazar la “revolución de la distribución”, la cual, y con justa causa, enorgullece a la izquierda latinoamericana.

John Ross es catedrático emérito en el Instituto “Chongyang” de Estudios Financieros (Universidad Popular de China, Beijing)

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