Derechos sociales, ¿quién obliga?

Por Sandra Gutiérrez Soler

Estamos acostumbrados en las sociedades del llamado “mundo desarrollado” o democracias occidentales a recibir una serie de derechos, a vivir bajo el paraguas de un Estado del Bienestar (aunque en estado de liquidación) y en ocasiones parece que sean consustanciales a la sociedad misma. Los derechos sociales se sustentan en la idea de garantizar la igualdad social y proporcionar oportunidades para una vida digna. Y que sea el Estado el que tenga la obligación de promoverlos y garantizarlos.

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Podemos hablar de derechos sociales al referirnos al derecho al trabajo y a un salario, el derecho a la protección social, el derecho a la vivienda, el derecho a la educación, el derecho a la sanidad y a la salud, el derecho al acceso a la cultura y a todos los ámbitos de la vida pública, etc.

Tenemos derecho a todo eso y el Estado está “obligado” a garantizarlos, ¿pero de verdad el Estado está obligado? ¿Porque lo diga un papel? ¿Porque lo diga nuestra Constitución? Claramente no.

Debemos entender que un derecho no es más que un contrato entre dos partes, una que demanda y otra que otorga. El concepto del Estado como garantista de derechos sociales que parte del siglo pasado, aún hoy día nos crea la falsa idea de la obligación del Estado en promover esas condiciones de vida y esos derechos. Pero es mediante el reconocimiento institucional que se otorga a los derechos sociales fruto de reivindicaciones de las luchas sociales cuando se los reconoce como aspectos de la vida social que los Estados deben proteger y garantizar.

Es en las constituciones europeas posteriores a la Segunda Guerra Mundial cuando la cláusula de “Estado social” se hace explícita y la sociedad se articula entorno al desarrollo del llamado “Estado del Bienestar”. Es, por tanto, a través de las luchas del siglo pasado como se alcanzan determinados “contratos” o compromisos del Estado en la garantía de esos derechos.

Partiendo de un concepto de los derechos sociales como de un acuerdo entre partes; de un lado, la población más desfavorecida de la sociedad, y de otro, el Estado que como agente mediador redistribuye los recursos para que esa parte desfavorecida pueda desarrollarse.

El Estado convendremos en definirlo como una estructura que articula la vida social, un producto de la sociedad para conciliar y garantizar la paz social, a llegar al período de desarrollo donde contiene conflictos antagónicos irreconciliables – vayamos a tres citas imprescindibles:

“Mientras exista la propidad privada, vuestro Estado, aunque sea una república democrática, no es otra cosa que una máquina en manos de los capitalistas destinada a aplastar a los obreros, y cuanto más libre sea el Estado, con tanta mayor claridad se manifiesta este hecho.” (‘Sobre el Estado’, Lenin)

“El gobierno del Estado no es más que la junta que administra los negocios comunes de la clase burguesa.” (‘El Manifiesto Comunista’, K. Marx y F. Engels)

“Una de las funciones más importantes del Estado es elevar a la población a un determinado nivel cultural y moral, que contribuya al desarrollo de las fuerzas productivas y por tanto a las clases dominantes. La escuela como función educativa positiva y la Policía junto a los tribunales como función educativa negativa y represiva, forman junto a otras organizaciones de carácter privado, el aparato para la hegemonía política del Estado.” (“La Política y el Estado Moderno”, A. Gramsci)

Como marxistas, entendemos el Estado no como un árbitro o mediador, sino como la estructura d la que una parte de la sociedad se dota para defender sus intereses. Un instrumento al servicio del capital, bien para dar el palo o bien para dar la zanahoria según necesite la burguesía.

Pero a día de hoy la población en general, las clases trabajadoras lo perciben erróneamente como una estructura que garantiza sus derechos. Y esto es así, entre otras razones, por el desarrollo del Estado del Bienestar que ha dado cobertura durante varias décadas a la población más desfavorecida y ha regulado normativamente ciertos aspectos del conflicto social.

En el Estado Español post-franquista ese Estado social se materializaba fundamentalmente en barnizar el sistema de prestaciones sociales del régimen franquista y acercarse a Europa en cuanto a los derechos que implicasen libertades. Pero la crisis de ese modelo de Estado social en Europa arrastra desde la década de 1970 donde, como señaló Habermas, se hacen evidentes los límites del Estado social sin que se vislumbrase una alternativa.

Esto llevó a la izquierda europea a continuar con la utopía de la sociedad del pleno empleo, a pesar de haber perdido la capacidad de generar unas condiciones para un futuro de mayor progreso. Creció el reformismo y el horizonte ya no fue un modelo alternativo de sociedad sino un “capitalismo de rostro humano”. La deriva terminó de culminarse en la década de 1990 tras la caída del bloque socialista. El complejo del comunista al que “se le cae el muro encima” nos llevó al desarme ideológico y también organizativo.

Mientras han existido las condiciones para ello, hemos presumido ante el mundo de vivir en la sociedad más avanzada, “la Europa de los derechos”. Y la clase trabajadora lo ha asimilado así porque realmente sus condiciones materiales de vida eran las mejores del mundo. En lugar de aprovecharlo para la organización, ha dado como resultado la desmovilización.

Mientras a la burguesía le hacían falta mejores condiciones de vida para sus obreros, la sanidad se ha extendido; mientras han necesitado obreros cualificados, se garantizó la educación; mientras se quiso mostrar al mundo el escaparate de la sociedad de consumo como la mejor posible, se extendieron las prestaciones y ayudas, servicios sociales, etc. Mientras el Estado tenía la misión de garantizar todo eso, lo ha hecho. En el momento que no es necesario se multiplican las justificaciones para su aniquilación y parte de la clase trabajadora asume el discurso de la burguesía: ha habido muchos abusos, el sistema de pensiones no es sostenible, la sanidad está hecha un desastre y mejor pagar y que deriven a un sistema privado, que le den becas sólo a los que saquen buenas notas, modelo alemán, modelo finlandés…

La clase trabajadora no está a la ofensiva, no tiene un discurso que le haga avanzar, estamos a la defensiva y retrocediendo. Es fácil oir conversaciones en las que los trabajadores justifican los recortes de derechos laborales o se enfrentan a otros trabajadores por la precariedad del mercado de trabajo. La batalla ideológica de momento está perdida y en parte las organizaciones de izquierda tienen su responsabilidad.

Cuentan que, en una negociación con grandes uniones sindicales, el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, ante las demandas que les planteaban los sindicatos, les contestó: “Oblíguenme a ello”. Si la clase trabajadora no entiende que es su papel luchar por sus derechos, que debe tener la capacidad de obligar al Estado, está derrotada. En estos momentos, ¿quién obligará a los Estados europeos a concedernos derechos sociales? ¿Dónde están las garantías de esos derechos? La única garantía ha sido siempre la lucha.

Además, el imperialismo ha alcanzado tal desarrollo que los movimientos de capital a escala mundial han reducido la capacidad de los Estados para generar crecimiento a la mínima expresión. Para la gran burguesía, determinadas funciones del Estado ya no son necesarias. Ante la escasa respuesta de la clase obrera está siendo fácil desmontar la idea de que el Estado debe garantizar unos mínimos y se expande la idea del liberalismo más salvaje de “que cada palo aguante su vela”. Caminamos hacia una situación de “no-Estado” donde se cede la capacidad reguladora o mediadora en beneficio de los mercados internacionales. Las negociaciones para la implantación del TTIP son muestra de ello.

El objetivo de la izquierda revolucionaria es intervenir en la economía para garantizar esos derechos sociales. La batalla es económica o no nos llevará a ninguna parte.

La izquierda transformadora, la izquierda moderna, la izquierda del relativismo moderno no ve más allá de las propias democracias occidentales, del sistema capitalista. Se enarbolan en la bandera de “otro mundo es posible” y esperan que caiga como un maná del cielo de la socialdemocracia. Entienden los derechos sociales como derechos naturales y pareclan la lucha de la clase obrera en la lucha por el medio ambiente, la lucha por los derechos de la mujer, la lucha por los derechos laborales, la lucha por los derechos humanos… ¿Acaso la izquierda de Alexis Tsipras en Grecia garantiza los derechos fundamentales de los refugiados que mueren de frío y hambre en sus caminos llenos de barro? ¿Acaso los ayuntamientos de Madrid, Cádiz o Barcelona han llevado a todos los indigentes a las casas vacías que tienen en sus ciudades?

La gran mentira de la izquierda reformista es hoy día más palpable que nunca. La incapacidad de sus organizaciones para articular dentro del sistema capitalista en Europa esa garantía de derechos sociales se constata en cada telediario.

A la población siempre le han llegado mesías, líderes que les venden otros mundos y que no les exige su participación para alcanzarlos. Porque la verdadera participación no tiene forma de primarias, ni de votaciones por Internet, ni de afiliaciones. La verdadera participación es la lucha, la organización, la elevación de la conciencia mediante las experiencias acumuladas. No hay más, nadie va a inventar la pólvora en la Andalucía de 2016.

Es necesario que los comunistas adoptemos un discurso ofensivo, que haga avanzar a la clase trabajadora, y esto pasa irremediablemente por la economía, por explicar que sin otro modelo económico otro mundo no es posible, que los derechos sociales no serán efectivos sin un nuevo orden en lo económico. Que la defensa de la educación pública, la sanidad pública, los servicios sociales, el acceso a la cultura, etc. jamás estarán a salvo en el actual sistema capitalista.

Quizás debamos partir del movimiento obrero, el sindicalismo, recuperar la lucha esencial por mejorar las condiciones de trabajo y, por tanto, de vida. Recuperar la lucha por restar al capital lo que nos roba. Después del repliegue sin precedentes de las luchas obreras es momento de tomar conciencia del punto donde estamos y no esperar a que nos vuelvan a vender “crecepelos”. O la clase obrera conquista sus derechos o tendrá que aprender a caminar hacia atrás.

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