Las lecciones de las elecciones

Por Alí Manzano

En plena resaca electoral, acostándonos y levantándonos con las declaraciones, opiniones, excusas, protestas, valoraciones, etc. de los líderes políticos y los innumerables comentaristas, periodistas y tertulianos que tratan de explicarnos lo que todos hemos visto y ya sabemos, solo nos queda el resultado y las lecciones que el mismo ofrece a los que intentan ver más allá de la simple sumatoria de escaños para la confección del gobierno o de los errores/aciertos de los candidatos y sus partidos en una campaña electoral.

La realidad del día después es la de una abstención que ya supera el 35% del electorado; más de 11 millones de votantes se han quedado en sus casas, decepcionados y desilusionados por un sistema electoral que no da solución a sus problemas y del que desconfían cada día más personas, aumentando con respecto a las anteriores consultas electorales.

Los que han votado, un escaso 65%, le han dado el triunfo a la derecha conservadora y neofranquista del PP y Ciudadanos (C’s), que suman 169 escaños frente a los 156 que suma la socialdemocracia del PSOE y Podemos, lo que sitúa al PP y C’s a 7 escaños de la mayoría absoluta, con grandes posibilidades de formar gobierno.

El intento de Podemos por desbancar al PSOE de la segunda posición para así gobernar con el apoyo de los diputados socialistas, con el “sorpasso” tan comentado y difundido por innumerables encuestas electorales, ha sido un fracaso rotundo. Tras las expectativas abiertas después del acuerdo entre Podemos e IU para la formación de la coalición “Unidos Podemos” por la suma de los votos y escaños de ambas formaciones en las elecciones del pasado 20 de diciembre de 2015, ha llegado la gran decepción, no solo por no conseguir sumar los votos de ambos, sino por la pérdida de 1.100.000 votos respecto a los resultados de ambas formaciones en diciembre, lo que deja al partido de Pablo Iglesias sin posibilidad de influir en la política del Estado y con una militancia muy tocada por la imposibilidad de gobernar tras la decepción electoral.

En Andalucía, la derecha conservadora también gana espacio político al superar al PSOE de Susana Díaz por primera vez tras las elecciones europeas de 2014, además de las autonómicas, generales y municipales de 2015.

Cabe destacar de los resultados en Andalucía la pérdida de 200.000 votos de Unidos Podemos con respecto a los resultados obtenidos por separado por Podemos e IU en las elecciones de diciembre, a pesar de contar con el apoyo de “confluencias” y de “andalucistas” que sumaron a la coalición los restos del Partido Andalucista (PA), en un desesperado intento “andalucista” por no perder protagonismo político y auparse a algún cargo público. El porcentaje de voto de Unidos Podemos en Andalucía, inferior a la media estatal obtenida por esta coalición, y la pérdida de votos en Andalucía respecto a las anteriores elecciones, nos marca la tendencia a la baja de esta formación tras el viaje hacia la socialdemocracia reformista y española.

Otro dato a destacar en Andalucía es el escaño conseguido por Diego Cañamero en Jaén. Por fin el líder del SAT consigue cobrar el apoyo que su sindicato viene dando a Podemos desde la irrupción de éstos en la escena política española; una jubilación de oro concedida por el mismo sistema al que decía combatir y conseguida tras sustituir al anterior candidato, Andrés Bódalo, encarcelado tras ser acusado de agresión a un edil del PSOE en Jódar. Algún día conoceremos la trastienda de su caso, el por qué está en la cárcel y quién se ha beneficiado de ello.

Suerte distinta ha corrido el “fichaje estrella” de Podemos, el que iba a ocupar el Ministerio de Defensa tras el “sorpasso” al PSOE, el general (ex-JEMAD) Julio Rodríguez, impuesto cabeza de lista por Almería mediante el dedo de Pablo Iglesias. La activación del movimiento anti-OTAN en la provincia y el rechazo de la “izquierda sociológica” a que un general de la OTAN ocupara la cabeza de lista han provocado que Podemos perdiera el diputado que había conseguido en las anteriores elecciones. Sin duda, un triunfo para el movimiento anti-OTAN y para las organizaciones pacifistas.

Tras esta situación política derivada de las elecciones, nos esperan unos años más de recortes sociales, de más exigencias de las organizaciones económicas globalizadas, de más exigencias de la Unión Europea en cuestiones de déficit público, endeudamiento… Y más represión a todos aquellos que no se conforman con votar cada cierto tiempo.

Cuando Juan Rosell, presidente de la CEOE, decía que “ya ni Podemos destroza la actual política económica”, sabía muy bien lo que decía y cuál era el papel que Podemos debía interpretar. Sabía que todo estaba atado y que, ganara quien ganara, los privilegios de sus asociados estaban a salvo. No todos hemos sido engañados por los medios de comunicación que presentaban a Podemos como el ogro que se comería a los empresarios y a los políticos corruptos. Los que han diseñado el actual marco político se aseguraron de que no traspasaran los límites de los intereses de la oligarquía.

Saquemos conclusiones:

En el Estado Español no hay posibilidad de reforma. El sistema capitalista que protege los intereses de la burguesía estatal se configura a través de un sistema político de “democracia burguesa” en el que se asegura el triunfo a partidos que no ponen en peligro los privilegios de la clase dominante. El control de los medios de comunicación, de producción y financieros les da el poder de apoyar con garantías totales de éxito a los partidos que defienden sus intereses.

Los “partidos emergentes” (Podemos y Ciudadanos), surgidos al calor de protestas sociales y de la indignación producida por una crisis que están pagando las clases populares, y los casos de corrupción en los viejos partidos del sistema, ya han cumplido los objetivos de encauzar las protestas sociales hacia las instituciones a través de los procesos electorales, sacándolas de las calles y metiéndolas en las urnas para asegurar la paz social necesaria para los beneficios empresariales. Una vez amortizados, se les asigna la función de muleta para que el elector tenga un abanico de posibilidades lo suficientemente amplio para que no se ponga en riesgo la apariencia democrática, y como repuesto por si las clases proletarias volvieran a las calles y amenazaran la paz social.

La competencia entre partidos “conservadores” y “reformistas” asegura al sistema (como conjunto de instituciones y lobbies económico-financieros) que, sea cual sea el resultado electoral, ningún cambio de calado se realizará sin su consentimiento. El ejemplo de Podemos, cuyo viaje desde la rebeldía antisistema en las elecciones europeas de 2014 hasta la socialdemocracia en las últimas generales, con sustanciosas rebajas en sus programas electorales, es una muestra de lo que debe hacer un partido político para asegurarse el apoyo de los lobbies mediáticos y financieros. La imposibilidad de ganar unas elecciones e introducir cambios que afecten a la estructura del sistema ha quedado demostrada en el viaje de Podemos de la rebeldía a la socialdemocracia, la monarquía, el euro, la UE, la OTAN…

La imposibilidad de reforma del Estado Español y de sus estructuras de poder para conseguir una sociedad más igualitaria y justa nos lleva a plantearnos la ruptura como la única posibilidad para alcanzar los objetivos de igualdad y justicia social que las clases trabajadoras necesitan para vivir con la dignidad necesaria. Necesitamos el desmantelamiento del Estado burgués para organizar una sociedad basada en otros principios.

Y hoy en día, en la actual situación de la clase trabajadora por la falta de concienciación y de organizaciones que estructuren la lucha social en todo el Estado, la ruptura democrática solo es posible a través de las luchas por la independencia de las naciones del Estado implicadas en un proceso de ruptura con el Estado Español. Mientras las izquierdas estatales se han subido al carro del reformismo electoral, embaucadas por el canto de sirena de los gurús del reformismo español, las izquierdas independentistas de las naciones del Estado se han posicionado contra el sistema, contra el capitalismo, por repúblicas independientes fuera de instituciones como la UE y la OTAN.

La posibilidad de ruptura con el capitalismo solo puede llegar de la mano de aquellos que luchan contra el Estado y sus instituciones, socavando sus principios fundamentales como lo son la unidad territorial y de mercados. La independencia de las naciones sin Estado de la península es, en estos momentos, la única vía por la que poder vencer al capitalismo y sus instituciones.

 

Musulmanes y activistas LGBTQ: “La culpa de la masacre en Orlando es del sistema”

Por L.T. Pham

Mientras las comunidades LGBTQ lloran – y prometen luchar – a raíz del tiroteo en un club nocturno gay de Orlando (Florida), los medios de comunicación han intentado avivar un sentimiento anti-musulmán en respuesta.

En la madrugada del 12 de junio, un tirador abrió fuego durante la noche latina en el club Pulse de Orlando, lo que resultó en la muerte de 50 personas y casi otras tantas heridas. Esta tragedia se produce en un momento en el que el terror anti-LGTBQ se ha visto acrecentado por la aprobación de una ley tránsfoba en Carolina del Norte y Carolina del Sur.

Sin tener en cuenta inicialmente que el blanco del ataque eran lesbianas, homosexuales, bisexuales, transgénero y personas queer, la prensa corporativa comenzó a elaborar una narrativa que fortalece las guerras imperialistas de EEUU – dentro y fuera de su territorio – contra personas de Oriente Medio, musulmanes y seguidores del Islam. Los mayores autores del terrorismo, sin embargo, son el gobierno capitalista de EEUU y el Pentágono, que tratan de derrocar las revoluciones progresistas en Venezuela y Bolivia, mientras amenazan a la Cuba revolucionaria; matan a miles de civiles en países como Siria, Irak o Afganistán; y han invadido, ocupado y asesinado a millones de personas desde México a Filipinas.

Un organizador musulmán cubano llamado Abdul Hakim Peña, dijo al periódico Workers World-Mundo Obrero: “Lo que pasó en Orlando es un terrible y trágico caso dirigido a la comunidad LGBTQ y a la comunidad latina. Esto es un reflejo de los tiempos hostiles en los que vivimos y del fervor violento instigado por la retórica de Donald Trump, así como la llamada ‘guerra contra el terrorismo’ del gobierno de EEUU y la guerra tanto contra el colectivo LGBTQ como otros grupos oprimidos. Este no es un ataque islamista, sino un ataque de ira y odio mal dirigidos. La ira y el odio no tienen religión.”

“En este mes sagrado de Ramadan”, continuó Peña, “en el que los musulmanes practicamos la caridad y la buena voluntad con toda la Humanidad, no debemos cegarnos ni ser conducidos a actos de violencia contra nuestra clase obrera, luchadores y luchadoras contra el sistema capitalista – que sólo enseña a la Humanidad a ser sanguinaria contra los enemigos del capitalismo. Nos levantamos en solidaridad. ¡Unámonos con la comunidad musulmana y digamos ‘as salamu alaykum’! ¡La paz esté con todos!

No podemos hacer enemigos el uno del otro; la histeria islamófoba se convierte rápidamente en tiroteos en masa contra musulmanes y contra quienes se cree que son musulmanes – como el tiroteo de Oak Creek en 2012, que mató a 6 personas e hirió a otras 4 en un templo sikh. Por otra parte, esta histeria se utiliza para justificar guerras por ganancias y capital, disfrazadas de hazaña patriótica para defender a los EEUU contra los enemigos extranjeros.”

Políticos capitalistas = insolidaridad con la clase obrera

A principios de este año Rick Scott, gobernador de Florida, apoyó a la legislatura estatal cuando intentaron pasar un “proyecto de ley de baño” anti-transexual que penalizaría a este colectivo por utilizar el baño que mejor se alinee con su identidad.

Después de la tragedia en Orlando, el gobernador reaccionario, homófobo y racista Scott quiere que el Estado de Florida haga todo lo que esté en su poder para defenderse de este “acto de terrorismo”. No es de extrañar que los políticos capitalistas quieran que la clase trabajadora se olvide de sus posiciones reaccionarias con el fin de servir a los intereses de los grandes medios de comunicación y la patronal.

Imani Henry, activista afroamericano transexual, dijo: “La ironía de esta tragedia es que vivimos en un país donde las vidas de ‘negros’ y ‘marrones’, especialmente si son LGBTQ, no importan. Los ‘negros’ y ‘marrones’ LGBTQ son tratados como personas de segunda clase a diario – se nos discrimina a cada paso y luchamos para tener puestos de trabajo, vivienda, asistencia sanitaria y acceso a la educación. Vivimos con el miedo constante a la violencia anti-LGTBQ, que muchas veces no se denuncia debido a la humillación adicional que experimentamos a manos de policías y tribunales. ¿Qué le importan al Gobierno de EEUU las mujeres trans de color, muchas de las cuales viven por debajo del umbral de la pobreza y son asesinadas en cifras récord en este país?”

“Es una vergüenza”, dijo Henry, “que el movimiento ‘Black Lives Matter’, específicamente dirigido por personas negras LGBTQ, sea considerado como una ‘organización terrorista’ y sea vilipendiado en la prensa, pero sin embargo se permita a la policía tener una presencia militarizada en nuestras manifestaciones. Que los derechistas puedan tirotear a activistas afroamericanos y no sean procesados, pero los líderes de BLM – más recientemente Jasmine Abdullah, activista negra y LGBTQ en Pasadena (California) – pueden ser condenados a 90 días de cárcel en virtud de una ley de ‘linchamiento público’, mientras que los policías que mataron a Freddie Gray, Akai Gurley, Shantel Davis, Ramarley Graham y muchos otros más, queden libres.”

Teresa Gutiérrez, directora de la campaña electoral del Workers World Party (con Monica Moorehead para presidenta y Lamont Lilly para vicepresidenta), declaró: “Como lesbiana mexicana, mi corazón está acongojado hoy por mis hermanas y hermanos, toda la familia LGBTQ está abatida por por los sucesos de la discoteca Pulse. Pero culpo al sistema, y no al tirador, de esta tragedia. Es la retórica racista de Trump la que tiene la culpa. Son las deportaciones en masa del presidente Barack Obama, así como la máquina de guerra de Hillary Clinton, los culpables. Los mexicanos, las mexicanas y demás grupos sociales han demostrado en California, Nuevo México e Illinois la respuesta: Luchar y no retroceder. Dediquemos este mes de orgullo a las y los mártires de Pulse.”

Carta abierta a Pablo Iglesias

Por Oskar Matute

oskar-matuteEl 12 de enero de 2010, un viejo militante de LKI me telefoneó para anunciarme la muerte de Daniel Bensaïd. El Bensa, militante de la LCR francesa y uno de los dirigente estudiantiles más dignos de Mayo del 68, ocupaba junto a Alain Krivine los altares de nuestra mitología juvenil, la de aquellos que en la década de 1990 nos negábamos a aceptar el discurso oficial del fin de las utopías. Tú lo sabes, Pablo, porque igual que yo fuiste parte de los movimientos altermundistas. En los muchos homenajes que recibió tras su muerte, recordábamos un revelador pasaje de su autobiografía. “Nos hemos equivocado a veces, incluso a menudo, y sobre bastantes cosas. Al menos, no nos hemos equivocado ni de combate ni de enemigos”.

El pasado 11 de mayo, EH Bildu hacía pública mi candidatura al Congreso como cabeza de lista por Bizkaia. Muchos medios de comunicación insistieron en presentarme como “el candidato que vino a frenar a Podemos”. Hemos sido muy claros cada vez que nos han preguntado, y el recuerdo de Bensaïd era más pertinente que nunca: no nos equivocamos de enemigo. Nuestros enemigos son el régimen de 1978 y su monarquía bipartidista, sus tribunales especiales, sus élites empresariales, su mafia bancaria. Hace 40 años que PP y PSOE sostienen a turnos un sistema fracasado y en proceso de descomposición. Nuestra tarea ahora es construir un país digno al margen de aquellos que han gestionado nuestra ruina.

Parece que la frase de Bensaïd hizo fortuna en las redes sociales y muy pronto se la escuchamos a Íñigo Errejón. Vuestros seguidores comenzaron a repetirla como un mantra, un juguete nuevo que justificaba vuestro cambio de discurso. A ti, Pablo, te la escuché varias veces durante el debate a cuatro. “El PSOE no es nuestro enemigo”, repetías, en una reinterpretación extraña de los principios de Podemos. “El PSOE es nuestro aliado para el cambio”, repetís ahora, como si se hubiera borrado de un plumazo toda nuestra memoria reciente. Era el PSOE quien gobernaba cuando el 15-M acampó en Sol al grito de “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. El mismo PSOE que rescató a la banca privada con nuestro dinero mientras aplaudía la eficacia de los desahucios. El PSOE que aprobó una reforma laboral que regalaba el despido a gusto de la patronal. El PSOE que aprobó una reforma de las pensiones que retrasa la jubilación a los 67 años. El PSOE que cambió junto al PP el artículo 135 de la Constitución a pedir de boca de la Troika. El PSOE que se cepilló el Estatut hinchando el pecho. El PSOE que llenó las cárceles de militantes políticos – entre ellos Arnaldo Otegi – en redadas propagandísticas que no escatimaban en celdas de incomunicación y tortura. Quienes ayer eran casta se han convertido de la noche a la mañana en honorables candidatos a repartirse ministerios con Podemos. Amigo Pablo: si nos roban la memoria, nos roban la dignidad en la rebeldía.

Pero permíteme que regrese al debate a cuatro. Allí ofreciste sacrificar el referéndum catalán para formar gobierno. A decir verdad, se generó una disputa en la que los cuatro candidatos pugnábais por demostrar qué método es más eficaz para salvaguardar la unidad de España. En un reparto de papeles entre el poli bueno y el poli malo, unos negaban el derecho a decidir por la vía de la fuerza mientras tú te atribuías el mérito de vencer al independentismo gracias a un discurso amable. Creíamos que eran otros quienes se equivocaban de enemigo. En todo caso, la defensa del derecho a decidir no puede ser una bonita declaración de intenciones sobre un papel, sino una praxis. Decidir no es una promesa, es una acción. Ocurre que allí donde la iniciativa ciudadana Gure Esku Dago nos ha abierto las urnas para decidir, Podemos se ha echado a un lado.

Amigo Pablo, recuerdo que nos encontramos en Catalunya cuando Podemos ni siquiera era todavía una posibilidad. Compartíamos mesa de debate con el gran David Fernàndez. Allí rechazaste la unidad de la izquierda entendida como acumulación de siglas. Rechazaste un frente común con las izquierdas vasca y catalana. Tu propuesta era aprovechar la crisis del régimen para generar un movimiento popular que no se aglutinara sobre la identidad clásica de la izquierda sino sobre la identidad de la patria. Vuestra patria es la gente, proclamáis ahora, como si las demás patrias fueran extraterrestres. “La patria es defender el Ejército”, mantenéis ahora, y nos hacéis temblar de miedo a quienes dijimos mayoritariamente “no” a la OTAN o a quienes hemos sido insumisos al reclutamiento.

Entre 2010 y 2016 Arnaldo Otegi no dejó de alentarnos desde su celda de Logroño. “Sonreíd, porque vamos a luchar y vamos a ganar”, nos decía carta tras carta. El 15 de noviembre de 2014 asistí a Madrid como invitado a tu proclamación como secretario general de Podemos. “Sonreíd, porque vamos a ganar”, repetiste ante una marea de cámaras y micrófonos, y aquello se convirtió en un celebrado titular y en vuestro lema de cabecera. “No nacimos para resistir, nacimos para vencer”, dijo Otegi en 2009 antes de ser encarcelado por la policía del PSOE. “No nacimos para resistir, nacimos para vencer”, repetís ahora una y mil veces.

El pasado 5 de marzo, miles de personas nos reunimos en el Velódromo de Anoeta para celebrar la liberación de Arnaldo Otegi. Entre otras cosas, lanzó un mensaje solidario para los sectores populares de la izquierda española: “Estamos dispuestos a colaborar para democratizar el Estado, pero cuando comprobéis que es imposible, os pedimos que nos ayudéis a poner en marcha un proceso constituyente para Euskal Herria”. Desde el respeto y desde la humildad, esperamos con ansia el día en que comencéis por fin a repetir este nuevo lema.

Contra el unionismo de izquierda

Por Breixo Lousada

55a938cc3c959-fotoEn la noche electoral del 20 de diciembre de 2015, los dos partidos emergentes españoles coincidieron en anunciar una inminente “segunda Transición”. Si es cierto que estamos entrando en un proceso de ese tipo, con la actual correlación de fuerzas y con esas referencias simbólicas (la Restauración borbónica), nada parece indicar que vaya a irnos – como pueblo y como clase – mucho mejor de lo que nos fue en la anterior. Asumir nuestras debilidades a la hora de navegar en esa coyuntura es el primer paso, y el siguiente podría ser analizar las lecciones que podemos extraer de experiencias pasadas y comenzar a trabajar para poder situarnos tras esta complicada y extraña fase política en la mejor posición posible y así afrontar el futuro en mejores condiciones. Para eso, es fundamental caracterizar correctamente a los diferentes actores y entender el papel de cada uno.

Lejos de debates terminológicos, asumo que cualquier lector/a podrá estar de acuerdo en denominar como “unionista” a quien manifiesta como objetivo declarado de su acción política el “garantizar la unidad de España”, incluso llegando a presentarse como la única fuerza realmente capacitada para ejercer de freno eficiente al soberanismo. Esa unidad es, de hecho, esencia del renovado modelo de “país” que teorizaron en campaña tanto las viejas como sobre todo las nuevas referencias políticas del progresismo español.

En contraste con eso, la configuración del Estado o la cuestión nacional en general no juega actualmente ningún papel efectivo en el discurso diario ni en la práctica política de las fuerzas autodenominadas nacionalistas que optaron por alianzas estratégicas con la izquierda unionista. Eso es lógico desde el (su) punto de vista de evitar conflictos que amenacen la credibilidad de la apuesta electoral, ya que tienen difícil conciliación dos proyectos que se supone que reman en direcciones opuestas en un asunto tan trascendental y tan vigente como el de los procesos soberanistas. Para evitar ese tipo de problemas, bastó con que una de las partes diluyera o abandonase definitivamente sus supuestos principios y objetivos y se limitase a darle un barniz local a proyectos trasladados desde Madrid. El argumento demagogo fue el de “priorizar la cuestión social”, como si en Galiza fuese posible abordar realmente ésta al margen de nuestra dependencia nacional.

Lo paradójico es que, al contrario de sus alianzas gallegas, no se puede acusar a Podemos de carecer de un discurso “nacional”, claramente patriótico. El problema (para nosotros) es que ese patriotismo del que hacen bandera es el español, tratando de resignificarlo a su manera pero reforzando al fin y al cabo el proyecto nacional (imperial) del Estado. Es, de hecho, el primer intento serio de articular desde fuera de la derecha un discurso de reivindicación de la idea de España y de identificación con buena parte de su imaginario. A diferencia de la izquierda española clásica, los nuevos actores no evitan hablar de soberanía, pero solo al respecto de la soberanía estatal (España frente a Alemania, frente a “los mercados”, etc.). Es en esa línea que enmarcan su defensa de la unidad estatal: una unidad hipotéticamente más diversa, amable, plurinacional (la nueva palabra fetiche), pero a fin de cuentas se formula básicamente como antídoto contra el independentismo, particularmente contra el proceso catalán que hoy es la principal amenaza al régimen español. Eso mismo lo manifestaba bien claro el portavoz parlamentario del llamado “grupo confederal” en el Congreso de los Diputados, cuando decía que la propia existencia del mismo ejemplificaba que, frente a quien quiere “separar”, ellos demostraban que se podían “tender puentes” y unir España en su diversidad. Todo esto en presencia de sus alianzas gallegas y catalanas, que no vieron oportuno matizar o rectificar tales palabras.

Con este y otros tantos ejemplos de los últimos meses queda claro que la defensa del derecho a decidir que puntualmente y de forma contradictoria hicieron estos sectores políticos no tuvo otro fin que ese mismo: tal “reconocimiento” lo presentan como la única forma de garantizar que España siga unida. Una cesión necesaria, digamos, para asegurar que no cambie nada de lo fundamental.

Lo que hay que analizar a la hora de posicionarse ante un actor político no son sus documentos, sino su práctica política concreta. Siendo así, preguntémonos: ¿el unionismo “de izquierda” contribuye o dificulta el avance de nuestro proyecto nacional? Hasta donde sabemos, y ya que tan habituales son últimamente las comparaciones de la nuestra con otras realidades, todos los proyectos de emancipación nacional que consiguieron triunfar o simplemente avanzar demostraron que fueron/son sólo las fuerzas propias las que construyen la libertad de un pueblo. La izquierda de ámbito estatal por lo general no ha contribuido a que esos procesos progresen, y más bien han hecho todo lo contrario. La trayectoria (avances y retrocesos) de los procesos de liberación de los pueblos negados por el Estado Español no hace más que confirmar esta realidad histórica.

No se niegan posibles coincidencias tácticas con esos sectores con los que obviamente tenemos más proximidad que con los de las fuerzas ya plenamente integradas en el sistema. Con ellos podremos coincidir en las calles o en las instituciones defendiendo puntualmente cosas similares, pero ello no implica obviar que somos proyectos diferentes y no conciliables a nivel de alianzas estables. Las alianzas sirven (en teoría) para reforzarse mutuamente y el soberanismo gallego, si quiere seguir siendo tal, no puede contribuir a apuntalar el unionismo español, se diga éste de derecha o de izquierda.

Hay hoy voces (realmente siempre las hubo, y de hecho durante bastantes años llegaron a ser hegemónicas) en el cuadro del nacionalismo que proponen rebajar o difuminar la cuestión nacional a la espera de tiempos mejores. No sería la primera vez que se hace, contribuyendo a desideologizar y destensionar nuestra propia base social. En este caso, está claro que silenciar la reivindicación nacional podría ayudar a tejer alianzas con los sectores unionistas, pero sería una torpeza hacerlo justo en el momento en que más a la vista está el potencial transformador de la misma. Las patronales bancarias dejaron claro a pocos días de las elecciones catalanas, amenazando con el cataclismo que supondría (para sus intereses, entiéndase) la ruptura de la unidad de España. Ningún movimiento así se había dado antes, ni siquiera, por supuesto, existió ante el posible ascenso de Podemos. Es evidente pues que la cuestión nacional y las vías de ruptura democrática que abre son el principal peligro (y el único real a día de hoy) que puede poner en cuestión al régimen post-franquista español como garante de los privilegios de una oligarquía. Ante esta realidad, trabajar políticamente para apuntalar la unidad estatal en una u otra forma es objetivamente reaccionario.

La clave del avance social del soberanismo de izquierda fue mantener la indisociabilidad entre la liberación nacional y social, entre soberanismo e izquierda. Justo en este momento sería letal renunciar a esta apuesta, y más todavía hacerlo solamente por puro pánico pre-electoral. A la vista está el servicio prestado al país por parte de los sectores autodenominados nacionalistas que optaron por priorizar las ventajas electorales que ofrecía una alianza con el unionismo de izquierda, aunque fuese en favor de entorpecer el proyecto nacional gallego.

Se debe, en consecuencia, confrontar democráticamente y en todos los espacios los proyectos políticos que España ofrece (con o sin aliados autóctonos) para nuestro país, por mucho que éstos vengan en nuevos y atractivos envoltorios. También el del progresismo español, que en forma de nuevo regeneracionismo pretende formar parte de esa “segunda Transición”. En la primera supimos desenmascarar ante importantes sectores de nuestro pueblo el claudicante papel de la izquierda estatal y cimentar las condiciones para un avance sólido en los años posteriores, basado sobre todo en el trabajo social como prioridad ante lo institucional, sin que eso suponga negar la importancia de lo segundo. En base a esa coherencia y legitimidad ganadas, el nacionalismo fue ganando espacios sociales y políticos, muchas veces en detrimento de la izquierda española, que hasta hace muy poco no sabía alcanzar un revulsivo que le permitiese (sirviéndose también de los errores del nacionalismo, innegables) recuperar terreno electoral, y algo menos en lo social.

No es momento de esconder la cuestión nacional, todo lo contrario: es el momento de – con toda la didáctica necesaria – ponerla sobre la mesa del debate político como cuestión central de nuestro tiempo. Asumiendo que el soberanismo es hoy minoría, pero con vocación mayoritaria, voluntad que comienza por creer en nuestras propias fuerzas e ideas. Somos soberanistas con principios y objetivos claros, porque la independencia es una urgencia para la supervivencia de nuestra nación, pero también porque es la única vía de escape ante un régimen y un sistema cada vez más opresivo.

Está por ver cómo se recompone el escenario en los próximos meses y años, y es complicado hacer previsiones en una situación tan volátil. Pero si no podemos evitar, por ahora, una nueva operación de recomposición del régimen y forzar la tan necesaria ruptura constituyente, por lo menos seamos capaces de salir de ella en las mejores condiciones para acumular fuerzas en favor de una transformación digna de tal nombre. Los tiempos políticos cambian muy rápido y lo importante será tener una organización política legitimada, engrasada, movilizada y preparada para afrontar las batallas que vendrán. Sacrificar ese imprescindible trabajo por urgencias electorales será suicida. Para recorrer un camino, lo más importante no es la velocidad sino tener claro cuál es el destino.

Comunicado de Andalucía Comunista ante el 26-J: “¡Que tu voz cuente!”

Por Andalucía Comunista

logo-cabeceraEste 26 de junio tendremos la repetición del proceso electoral que empezó en diciembre del año pasado. Repetición que lo único que constata es un fracaso de la clase política española, tanto de la vieja clase política o “casta” como de la nueva, que nos recuerda mucho a la “vieja”. Desde la misma noche del 20 de diciembre las capas populares de los distintos pueblos trabajadores que componemos el Estado Español asistimos a una representación teatral, representación en la que los diversos figurantes vendían la idea de que tras su responsabilidad de Estado, y en aras del bienestar de la ciudadanía, hacían todo el esfuerzo posible para llegar a un acuerdo de gobierno e intentar superar sus “insalvables” diferencias.

En el fondo todo era una pantomima, en la que se intentaba por parte de los diversos actores (puede que algunos más que otros) repetir las elecciones con la esperanza de sacar mayor rédito político en el nuevo curso político que se inicia. Tenemos la sensación de que poco ha importado llegar a un acuerdo de mínimos para paliar la situación de emergencia social que vivimos, todo se ha sacrificado a la idea anteriormente expresada, con el consiguiente riesgo de que salgan resultantes unas Cortes que permitan proseguir ya sin ningún tipo de freno las políticas neoliberales que se exigen desde la Unión Europea y la “troika”.

Partiendo de este hecho, donde los intereses partidistas parece que han primado sobre los intereses de los trabajadores y trabajadoras, de los pequeños y medianos empresarios, del ama de casa, de los servicios públicos, de nuestros jubilados, en definitiva, de la mujer y del hombre de la calle que con su trabajo y su esfuerzo construyen nuestra sociedad y se esfuerzan por mejorarla, así como que Andalucía y su situación en el próximo debate que se está empezando a abrir sobre la nueva configuración del Estado ha sido la gran ausente en la agenda de los diversos partidos políticos, desde ANDALUCÍA COMUNISTA pensamos que ante las elecciones convocadas el próximo día 26 la alternativa más digna y ética es la de la abstención.

En el comunicado ante los anteriores comicios electorales, afirmábamos que para nosotros, más importante que los procesos electorales era la participación popular a través de secciones sindicales honestas y combativas, asociaciones de vecinos, culturales, juveniles, ecologistas, feministas, de consumo, etc. Esta misma idea la volvemos a repetir, solicitando a las capas populares andaluzas que no hagan el primo votando a unos partidos que parecen anteponer sus intereses electorales a la solución de sus problemas, y se organicen de la forma mencionada, como primer paso para lograr un giro en sus condiciones de vida y para que las agrupaciones políticas las tomen en serio.

¡ANTE TODO CON TU PARTICIPACIÓN!