Manipulación en Turquía

Por Thierry Meyssan

La conspiración que intentó derrocar al ilegítimo presidente Erdogan era un secreto a voces. Tanto Francia como EEUU, e incluso su propio gobierno, conocían de su existencia. Pero mientras que en París y Washington DC esperaban con impaciencia el cambio de régimen, los hombres de Erdogan se infiltraban entre los conspiradores para llevarlos al fracaso.

Recep Tayyip Erdogan fue Primer Ministro de Turquía entre 2003 y 2014. Después paso a ser Presidente de Turquía con claras intenciones de establecer un sistema presidencialista con reminiscencias del Imperio Otomano y en torno a su figura autoritaria.

El presidente turco proviene de la “Milli Gorus”, una milicia islamista que apoyaba a los yihadistas en Rusia en la década de 1990 y que trató de tomar el poder en Turquía urdiendo un golpe de Estado en 1999.

En 2003 Recep Tayyip Erdogan se convirtió en primer ministro de un Estado miembro de la OTAN como es Turquía.

Para 2011, el gobierno del entonces primer ministro Erdogan firmó un tratado secreto con Francia que lo implicaba en las guerras contra Libia y Siria. Erdogan obtenía así el “derecho” a expulsar de Turquía a los kurdos, empujándolos hacia un nuevo Estado que sería creado precisamente con ese objetivo.

En 2013 el ahora presidente Erdogan se convierte en sucesor del emir Hamad de Qatar como padrino de los Hermanos Musulmanes. Posteriormente, Erdogan instala en la ciudad turca de Esmirna el Mando Conjunto de las Fuerzas Terrestres de la OTAN (LanCom), que se ocupa de coordinar la guerra contra Siria.

Un año después, en 2014, el gobierno de Erdogan participa en la transformación del Emirato Islámico de Irak, aportando los 80.000 combatientes de la cofradía naqhsbandi que creó la Milli Gorus en Turquía.

El intento de derrocamiento contra Erdogan parecía significar el fin de la guerra contra Siria. Pero no habría hecho otra cosa que desorganizar a la coalición que agrede a ese país solamente hasta que las diferentes funciones que el presidente Erdogan realiza en el seno de dicha coalición pasaran a manos de otros líderes.

Los militares que participaron en la intentona del 16 de julio fueron traicionados desde dentro de su propio movimiento: no fue arrestada ninguna de las personalidades del régimen turco como Hakan Fidan o el propio Erdogan.

Los militares que ocuparon las emisoras de la radio y televisión nacional (la TRT) anunciaron que controlaban el país, a pesar de que en realidad nadie trató de controlar ninguno de los objetivos estratégicos del país. De hecho, hubo muchos rumores pero ningún indicio verdadero de golpe de Estado, exceptuando el ataque contra las instalaciones – vacías – de la Gran Asamblea Nacional (el Parlamento turco), donde los estragos materiales pueden verse a día de hoy a modo de “advertencia” para los diputados.

Ningún líder del supuesto golpe de Estado se puso en contacto con la oposición para tratar de asociarla al nuevo régimen. Resultado: asustada ante la idea de un posible restablecimiento de la dictadura militar, esa oposición se puso del lado de su enemigo, el partido derechista AKP dirigido por Erdogan.

La intentona golpista ni siquiera había terminado cuando los hombres de Erdogan ya estaban arrestando a los oficiales de la Gendarmería contrarios al presidente, pero que no tenían nada que ver con el golpe. Y cuando terminó la intentona, no solo arrestaron a los golpistas sino que además suspendieron a 2.700 magistrados y al vicepresidente del Tribunal Constitucional turco, cuyos nombres estaban ya desde hace tiempo en las listas negras del Palacio Blanco. Actualmente continúa la gran purga, destinada a sacar de la circulación a los discípulos de Fethullah Gulen.

Los EEUU parecen ser la parte más sorprendida por esta traición. Después de haber entrado en contacto con el ex-presidente Abdullah Gul y posteriormente con un juez no identificado para utilizarlos como posibles sucesores de Erdogan, Washington respaldó al HDP pro-kurdo. Es evidente que en EEUU sabían que el golpe iba a producirse y que además estaban muy contentos por ello. Francia, que también estaba al corriente, había cerrado su embajada en Ankara y su consulado en Estambul desde la noche del 13 de julio.

Ahora, después de haber aplastado a sus opositores, el presidente Erdogan puede continuar – con las manos más libres que nunca – llevando a su país por la senda del sultán otomano Abdul Hamid II y de los Jóvenes Turcos: la de la limpieza étnica.

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