Women’s March: ¿victoria o instrumentalización del feminismo?

Por Xandra Martínez

El pasado 20 de enero los EEUU investían al presidente electo Donald Trump. Al día siguiente, miles de personas atestaron las calles de Washington y de otras 600 ciudades del mundo para reivindicar los derechos de las mujeres.

Podríamos pensar que estamos viviendo un despertar, que la sororidad está en alza, y que las mujeres del mundo somos quienes debemos de unirnos y salir a las calles de Berlín, Bombay, Sydney, París, Lisboa, Estocolmo, Tokio, Madrid – y así hasta 600 ciudades – simultáneamente, para gritar por el fin del patriarcado, del capitalismo salvaje y de la discriminación racial.

Podríamos incluso alegrarnos de la capacidad de reacción, de la unidad entre colectivos dispares, de la presencia de caras conocidas que dan voz al pueblo, o de la notable cobertura mediática de estas manifestaciones.

Pero, tal vez, alegrándonos de esta acción del “feminismo global” sin profundizar en lo que se esconde detrás, pecamos de ilusas y corremos el peligro de convertirnos en herramientas útiles para el establishment.

Históricamente, el capital ha sabido utilizar a su favor las luchas transversales del pueblo, edulcorándolas y dirigiéndolas hacia sus objetivos, vaciándolas de contenido y alienando a la población combativa Mientras jugamos con las reglas que el sistema marca, no incomodamos.

Ganamos así el derecho a que sus medios nos den voz, a colocar nuestro debate en la palestra, a que se escuche el discurso y se sume gente a la causa.

En este tipo de situaciones, participan activistas que son quienes aprovechan la oportunidad de utilizar los altavoces que se les ofrecen para intervenir con un discurso combativo, que de otro modo la mayor parte de las manifestantes no organizadas no tendrían acceso. La intervención de Angela Davis constituye un ejemplo. Conseguir que parte de la población movilizada tome conciencia será un pequeño éxito.

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No obstante, la mayoría de los discursos que se difunden desde los medios están vacíos de contenido y tan solo pretenden la agitación puntual y momentánea, evitando crear una conciencia que se pudiese volver en su contra al identificar el enemigo real a combatir.

No siento simpatía por Donald Trump, pese a que pienso que no es el primer (ojalá que sea el último) dirigente de un país que defiende absolutas barbaridades; la diferencia es que esta vez nos vienen metiendo el miedo en el cuerpo desde que se presentó a las elecciones. Como resultado llegamos a esta situación inaudita, en la que medio mundo se manifiesta en contra de un presidente que no ha tomado aún ninguna medida.

Defiendo que salgamos a la calle, que nos organicemos, que rechacemos a dirigentes que nos violan. Por eso debimos tomar las calles cuando el presidente israelí Moshe Katsav fue declarado culpable de violación y abuso sexual, o cuando Dominique Strauss-Kahn, entonces presidente del FMI, fue acusado de violación.

Tenemos que unirnos y colapsar las ciudades en pos de los derechos y la justicia social. No podemos permitir la construcción de muros que nos separen en ciudadanos de primera y de segunda.

Teníamos que haber colapsado nuestras ciudades cuando Bill Clinton construyó el muro con México, cuando Ariel Sharon hizo lo propio con el Muro de Cisjordania, cuando Mariano Rajoy levantó una valla en Melilla, cuando Europa eleva muros para aislar a los refugiados de una guerra promovida, una vez más, por EEUU y la OTAN. A tenor de esto, si nos preocupa la falta de paz y libertad, el mundo debería haberse movilizado cuando se le otorgó el Premio Nobel de la Paz a Obama mientras los EEUU representaban un papel protagonista en las guerras de Irak y Afganistán.

No debemos tolerar las políticas racistas y discriminatorias, pero los EEUU no necesitan cambiar de presidente para tener buenos ejemplos de discriminación racial. Las mujeres migranters viven allí situaciones especialmente duras: vulnerables a la violencia machista en los hogares, experimentan también altos niveles de abuso y explotación en sus empleos; todo bajo la constante amenaza de ser denunciadas a las autoridades de inmigración. Esto, no obstante, no provoca marchas multitudinarias de protesta. Tampoco en el Estado de Israel, donde pasan los años y se perpetúa el apartheid sin que miles de personas recorran múltiples ciudades del mundo en protesta.

Da que pensar. Sobre todo cuando en esta marcha participan entre las activistas personajes como Hillary Clinton o John Kerry, que defienden los derechos humanos a su manera. utilizando al Estado Islámico en la intervención de los EEUU en Siria. También Linda Sarsour, que tuvo un papel activo en esta movilización, manifestó “no querer ser parte de una generación en la que suceden cosas horribles bajo su mirada”; ella, una de las cabezas visibles de los Hermanos Musulmanes en EEUU y defensora activa de los “rebeldes en Siria”, ella que mira hacia otro lado cuando éstos violan, torturan, decapitan y lapidan a mujeres cada día en toda la geografía siria.

Da que pensar también, cuando 56 de los colectivos que participaron en la marcha obtienen financiamiento de George Soros, magnate que subvencionó los movimientos que desembocarían en el gobierno reaccionario de Moldavia y en la llegada al poder de la extrema derecha en Ucrania.

Es cuanto menos llamativo que una convocatoria feminista termine con la actuación de una estrella de la canción como Madonna, quien durante toda su carrera ha exhibido su cuerpo normativo contribuyendo a la cosificación que promueve el patriarcado.

Evidentemente, tanto la militancia feminista de base como el feminismo de clase estuvieron presentes, no obstante el protagonismo fue de actrices, cantantes y personas públicas, dejando en un segundo plano a las activistas que trabajan diariamente en este campo. El hecho de que las caras públicas monopolicen el discurso en este tipo de convocatorias resta, una vez más, intesidad y realidad a las demandas; se pierde el mensaje de la izquierda anti-imperialista y anticapitalista. Se convierte así la convocatoria en una demostración de fuerza entorno al Partido Demócrata con unos objetivos políticos claramente definidos.

Profundizando en la manera en la que se organizó esta manifestación surge la desconfianza. Los que mueven los hilos del sistema se quieren apoderar (otra vez) de nuestra lucha, y tienen unos objetivos muy diferentes a los de la convocatoria de esta manifestación. Ahora depende de nosotras no hacerles el juego. Las activistas debemos continuar denunciando, convocando, señalando. Debemos dejar nuestro mensaje. Identificar al enemigo y conocer el precio de las alianzas con éste.

Ojalá mil marchas más en el mundo; pero marchas en las que las desposeídas tengan la voz, en las que el poder no mueva los hilos. Por el pueblo de los EEUU, pero también por el de Palestina o Siria. Por las víctimas del patriarcado, del imperialismo, del capitalismo. Por el derecho a decidir en nuestros cuerpos, a no ser mercancía. No buscaremos la financiación de los poderosos, sino la voluntad y la fuerza de las que sufrimos el sistema día a día y trabajamos para construir una vida radicalmente diferente.

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