El españolismo sonriente: humoristas al servicio de la colonización (I)

Por Manuel Rodríguez Illana

Que Andalucía es la que sigue divirtiendo (por parafrasear la letra y título de la famosa canción de Pepe Suero) al resto del Estado es una triste realidad en los medios: las ridiculizaciones del tándem Sardá/Cárdenas a discapacitados psíquicos, los invitados andaloparlantes de Jesús Quintero, los personajes andaluces seleccionados por Santiago Segura en Torrente 5, el reforzamiento de los estereotipos en torno a la vagancia y el jolgorio de El Gran Wyoming con su “ETA-Estamos Tan Agustito”… La lista continúa siendo desgraciadamente interminable. Todos estos mensajes no hacen sino contribuir a nuestra colonización psicológica apuntalando en nuestra estructura psíquica, esta vez de modo amable y humorístico, eso sí, el sentimiento de dependencia e inferioridad que se nos inculca en Andalucía desde instancias del aparato ideológico del Estado como las universidades, la escuela o la propia televisión – últimamente, a través de una nueva hornada de historia-ficción neoespañolista como “Isabel”, “Carlos, rey emperador” o “El Ministerio del Tiempo”.

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“La Chusa” es el personaje interpretado por Paz Padilla en “La Que Se Avecina” caracterizado por ser una mujer toxicómana, prostituta y empleada doméstica, perpetuando el tópico negativo sobre la mujer andaluza.

Sin embargo, vamos a centrarnos aquí en una modalidad de colonización mediática particular: la de la colaboración (o quizá colaboracionismo) de las y los propios andaluces, en este caso vinculados con la profesión humorística, en la visión esperpéntica, distorsionada o históricamente falseada de nuestro país. No es la intención de este texto erigirse en juicio inquisitorial acerca de las figuras citadas a continuación; los motivos pra que contribuyan con su trabajo a reforzar el sentimiento de dependencia y subordinación de nuestro pueblo pueden ser conscientes o intencionales, desde el polo de la mera supervivencia económica hasta una verdadera falta de escrúpulos por un afán de medrar profesionalmente. Dejemos que cada cual determine en su fuero interno los móviles de unos y otros; lo que tratamos de mostrar es la existencia de una estructura ideológica fuertemente asentada en relación con la visión de nuestro país en la que a veces participan personas de la propia tierra.

El pueblo andaluz ha sido ridiculizado constantemente en los medios de comunicación, como sucedía en las conocidas series “Médico de Familia” o “Los Hombres de Paco”. El carácter andaluz de ciertos personajes femeninos en las películas producidas desde la época de la Segunda República Española ya era definido con rasgos peyorativos asociando la clase baja y los elementos cómicos con el uso de rasgos dialectales, vocabulario y sintaxis propia del andaluz, mientras la mayoría de las mujeres de clase alta carecía de esos rasgos lingüísticos. En “Juntas, pero no revueltas” el personaje de Rosa, camarera andaluza, revestida con el atributo de la ignorancia y la ingenuidad, e interpretado por la antequerana Kity Manver, era descrito como “la más cateta e inculta de todas”. En “El Príncipe”, ambientada en Ceuta, aparecen esporádicamente personajes secundarios que sí presentan rasgos del andaluz, como el narcotraficante Aníbal. De la citada “Médico de Familia” muchos y muchas recordamos el papel de La Juani, la empleada doméstica; una profesión absolutamente digna, evidentemente, pero que, dada su adscripción al campo de los cuidados, simbólica y salarialmente se encuentra en los niveles más bajos del escalafón social, como consecuencia de la configuración patriarcal del trabajo. Que los personajes andaluces de las series españolas no suelan adscribirse a los oficios y formación académica considerados como más altos en la escala socio-económica no es casualidad.

La Juani era interpretada por una actriz no andaluza que imitaba nuestra forma de hablar, pero en la actual serie de éxito “La Que Se Avecina” (LQSA) sí es una andaluza la que interpreta a un personaje que desempeña el mismo trabajo. Es encarnado por la gaditana Paz Padilla y se trata de La Chusa, que en algunos capítulos trabaja de empleada del hogar para la pareja acomodada conocida como “los Cuquis”, pero que además es prostituta. La Chusa es prácticamente (con alguna excepción, como veremos) el único de los caracteres de la serie que se expresa oralmente en un claro andaluz. Es toxicómana (ejerce la prostitución para pagarse los chutes, según su ex-novio Coque), lleva a cabo varios robos en distintos episodios (en uno de ellos es detenida por la Policía) y tiene una personalidad incontrolada y agresiva: su enunciado característico es “¡Que te pincho!”, blandiendo una navaja. “Solo sé que cuando me decían que grababa otro episodio pensaba: ¡Qué alegría!”, cuenta Paz Padilla.

En una ocasión, La Chusa se encuentra con Fermín, al cual le roba un boleto de lotería y para pagarle le practica una felación. El papel de Fermín Trujillo, el otro andaloparlante de LQSA, es para otro andaluz, el cordobés Fernando Tejero, el mismo actor que encarnaba al portero del bloque en el antecedente televisivo de LQSA: “Aquí No Hay Quien Viva”, personaje andaluz a su vez que desempeñaba, como de costumbre, la ocupación menos valorada y que sistemáticamente era objeto de los más variados abusos en el terreno laboral. El caso es que el Fermín de LQSA es un espetero de chiringuito turístico malagueño (su filiación andaluz aqueda clara y expresa en los diálogos de la serie), de modales rudos, buscavidas, timador y moroso. Tras una relación con una prostituta a la que saca de la calle, abandona su lugar de residencia para establecer contacto con una hija biológica, a la que no conocía, momento a partir del que retoma el vínculo con la madre de su hija, una relación de carácter patológico con altibajos en la que se alternan los insultos y discusiones a voz en grito con escandalosos episodios sexuales que motivan las continuas quejas del vecindario. El desarrollo argumental de la serie es el esperable: La Chusa y Fermín Trujillo, los dos únicos personajes que hablan en andaluz, acabaran formando pareja sentimental. Dados los atributos que ornan a una y a otro, es normal que en el inconsciente colectivo de los y las andaluzas se asiente la obsesión por reprimir un aspecto tan íntimo y esencial de nuestra cultura como es la forma de hablar, sobre todo en presencia de personas no andaluzas o en contextos considerados “formales”. Por lo que se ve en televisión, ser andaluz parece ser sinónimo de empleo doméstico, trabajo sexual o escasa cultura académica, condiciones socialmente estigmatizadas, amén de la ordinariez, la delincuencia y la toxicomanía. Y mucha gente desea evitar a toda costa el rechazo derivado de que le asocien con estas características.

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