Shangay Lily: una vida dedicada a dignificar a las minorías

Por Alfon Fernández Ortega

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El preso político Alfon Fernández Ortega junto al “artivista” malagueño Shangay Lily (fallecido en 2016)

Puede sonar extraño, pero para cualquiera que haya pasado una temporada en prisión es fácil de comprender; lo que hace aquí más perceptible el paso del tiempo es el clima y los fenómenos meteorológicos en general. Determina los detalles y la cotidianidad del día a día, desde el tiempo que tienes que calcular que tardará en secarse la ropa que hayas tendido hasta el lado del patio por el que pasear, teniendo en cuenta el lugar del sol y donde está la sombra. Los ejemplo que demuestran lo fundamental de la cuestión son muchos, pero basta recordar que aquí lo único que cambia en el espacio que habitas es la posición del sol, las horas de luz y la temperatura. El resto es uniformidad y artificio sensorial.

Paralelamente sucede que, ante la falta de estímulos, la mente recurre a un goteo constante de recuerdos de forma automática, y el clima también juega su papel. Mientras escribo esto, el mes de abril brota con sus cambios de temperatura, y aprovechando los días de calor la gente empieza a pasar más tiempo en el patio, a calzarse las chanclas o a broncear sus torsos al sol. Justo como hace un año. Entonces el tiempo parece materializarse en una bofetada, en un susurro que te recuerda que, joder, otro año más en esta casa. Y la mente recuerda, recuerda y recuerda sin parar. Recuerda los mismos gestos y comportamientos, como un ritual que saluda la llegada del sol, donde los pobres de este rincón del planeta se destapan ante él y dejan de añorarle. Son las mismas imágenes de hace justo un año, sólo han cambiado algunas caras. Y piensas que fue un día no muy distinto a los presentes, el día que llamaste a casas y te dieron la noticia: Shangay había muerto el día anterior. Desde entonces siempre ha estado presente, pero es ahora, cuando al año lo que te rodea es tan asquerosamente parecido a aquel penoso día, cuando su recuerdo se hace más intenso.

Es sin duda un recuerdo áspero, duro, molesto en el alma. Pero a pesar de ello, no me gusta rehuirlo. Me lleva al final de una historia que apareció y se cruzó en la mía y, como con todo lo que le rodeaba, dotarla de su valiente y decidida ternura. Pero no sólo fue eso, hubo mucho más. ¿Fiarme yo, un chaval del bloque y del parque, de universos en soportales y veranos madrileños en camisetas de tirantes, de uno de esos “chupatintas”?

Entonces le conozco, y veo con total nitidez su sinceridad y honestidad cuando se interesa por lo que tengo que contarle. En ese momento él no me veía sólo a mí, él buscaba respuestas para dar a conocer una realidad de millones, para dar voz a la juventud obrera que ni se resigna ni se avergüenza. Y es que de esto sabía mucho, pues tras toda una vida dedicada a dignificar a las minorías y defenderlas de los abusos le dotaba de una capacidad única para saber interpretar y transmitir las palabras de “los nadie”, de “los sin nada”. Para él no se trataba de posicionarse, de hecho, su existencia era una posición, y en esa posición descansaba su significante. Hablar de Shangay es hablar de lucha multidisciplinar, de combate ético contra lo establecido y de enseñanza y aprendizaje constante entre testimonios y experiencias.

En mi caso, me enseñó a no prejuzgar, a confiar en nuestra capacidad como generación, a ver más allá de los guetos cuando se concierta la pelea.

Dulce y cálido con su gente, implacable y feroz ante la injusticia de la desigualdad, Shangay hacía del mundo un lugar más acogedor y, sin duda, mejor del que quedó cuando nos dejó.

Que las palabras del “artivista” resuenen en nuestras conciencias, que tu legado sea palpable.

Prisión de Navalcarnero, abril de 2017

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