El feminismo es incompatible con la defensa de la prostitución

En los últimos días hemos escuchado numerosas voces relevantes de la izquierda y del feminismo declarándose a favor de la regulación de la prostitución como trabajo, frente a la postura abolicionista del Gobierno. Esto podría hacernos pensar que el feminismo está dividido en este tema. Sin embargo, si miramos el asunto desde un prisma internacional, observamos que el movimiento feminista está ganándole terreno a esta forma de violencia machista.

Como explica la activista Kajsa Ekis Ekman, hace veinte años Suecia legisló contra la compra de sexo, y desde entonces Noruega, Islandia, Francia y Canadá han seguido el mismo camino. El modelo nórdico/abolicionista consiste en multar a los puteros y ofrecer a las prostituidas ayudas integrales y salidas laborales. El modelo ha sido todo un éxito y hoy el Parlamento Europeo reconoce que el modelo nórdico es el más eficaz en combatir la trata y para proporcionar alternativas vitales a las mujeres prostituidas. Francia apostó por el modelo nórdico tras un estudio comparado. El modelo regulacionista (adoptado por los Países Bajos, Alemania y Nueva Zelanda) se considera un fracaso, porque aumenta la trata y disminuyen los derechos de las mujeres prostituidas y de todas las mujeres.

Incluso en España está aumentando el apoyo al abolicionismo gracias a sobrevivientes de la prostitución, activistas y teóricas. Hoy en España gobierna un partido que se declara abolicionista. Lo fundamental es que se habla del putero, de la demanda. Aunque se escuchen defensas de la regulación, hay acuerdo social en torno a varios puntos: queremos acabar con la trata, queremos poner fin a la explotación sexual de las mujeres, queremos aumentar los derechos de las mujeres, y la sociedad repudia al putero. Se está consiguiendo situar el foco sobre el putero, mostrando el machismo y la inmundicia de los compradores de sexo.

Está comprobado que el modelo nórdico es la opción que más reduce la trata, disminuye la demanda de prostitución y beneficia a los derechos de las mujeres. Por tanto, el abolicionismo o modelo nórdico ha mostrado ser la manera de lograr los objetivos que ambas partes de este debate dicen perseguir. El regulacionismo (legalización) ha empeorado las vidas de las mujeres prostituidas allá donde ha sido implementado, ha beneficiado a los proxenetas y ha aumentado la cantidad de puteros, normalizando su actuar.

Este tema no es cuestión de corrientes de pensamiento y no ha de resolverse mediante un diálogo “entre feminismos”. No cabe ningún debate acerca de la legitimidad de una de las formas más brutales de violencia machista. La prostitución es la esclavitud del siglo XXI, una praxis racista, que supone la colonización del cuerpo de las mujeres pobres. Los derechos humanos de las mujeres solo están del lado de la abolición. Y el ejemplo nórdico muestra que la abolición es viable, pues estos países han logrado avances que antes se tildaban de imposibles. Hoy existe en España un fuerte movimiento feminista capaz de exigir el fin de la prostitución. No cabe sostener posiciones de mínimos, ni es el tiempo para apostar por “lo menos malo”. Lo posible y lo bueno coinciden en esta ocasión.

En Alemania, quienes abogaban por la legalización prometían que regulando la prostitución como si fuese “un trabajo cualquiera” se incrementarían los derechos de las “trabajadoras sexuales”. El discurso era el mismo que defiende el regulacionismo español. Sin embargo, la experiencia alemana de legalización ha incrementado la demanda de prostitución y ha convertido a Alemania en un destino de turismo sexual. En toda Europa los supuestos “sindicatos de trabajadoras sexuales” se han desvelado como lobbies al servicio de la causa regulacionista, que beneficia a los proxenetas.

Ingeborg Kraus explica:

“Tenemos burdeles con ‘tarifa plana’: por 70 euros se ofrece a los clientes una cerveza, una salchicha y mujeres ilimitadas (…) También se observa una reducción en la cantidad media que se les paga a las mujeres prostitutas: 30 euros por coito. Mientras, ellas tienen que pagar 160 euros por una habitación y 25 euros de impuestos al día. Es decir, tienen que prestar servicio a 6 hombres antes de empezar a ganar dinero. En las calles, esta tarifa media se reduce hasta empezar desde los 5 euros (…) La violencia contra las mujeres se ha convertido en violencia estructural, lo que significa que la sociedad y las instituciones (políticas, educativas o judiciales) han dejado de cuestionarla. Está internalizada”.

La autora sostiene que la violencia de las prácticas ha aumentado: “Antes estaba prohibido solicitar sexo sin protección. Hoy los clientes preguntan por teléfono si pueden orinar en tu cara, si pueden hacerlo sin protección, etc.

Si realmente nos preocupan los derechos de las mujeres prostituidas, debemos apostar por el modelo nórdico.

Por Tasia Aránguez Sánchez

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