Gibraltar desde el nacionalismo andaluz de izquierda: recordando el andalucismo histórico (I)

Concluida la Primera Guerra Mundial y en el contexto de la aplicación de las doctrinas del presidente estadounidense Woodrow Wilson, las democracias dibujaron de forma preventiva y aprendiendo del conflicto bélico un nuevo orden internacional reconociendo el principio de las nacionalidades y el derecho a la autodeterminación de los pueblos.

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Portada del nº196 de la revista “Andalucía”, lanzado el 14 de abril de 1920, en la que destaca a Gibraltar como “población de Andalucía”.

Al hilo de estos hechos España vivirá por aquellas fechas una irreconocible emergencia de reivindicaciones políticas desde gran parte de sus territorios. De entre ella, la primera petición de autonomía que para Andalucía realiza el Centro Andaluz de Sevilla (29 de noviembre de 1918), en nombre de sus homólogos y por acuerdo de la Asamblea de Ronda en enero de aquel mismo año. Este acto de afirmación de Andalucía como sujeto político implicaba, según el texto elevado al Ayuntamiento de Sevilla y a la diputación homónima para que instasen a los poderes centrales la puesta en marcha de Cortes Constituyentes y la concesión de una autonomía “en iguales términos que a las demás”. Ante esta intencionalidad pacifista continental y en el intento por consolidar una nueva realidad diplomática más estable y pacífica, no es casual que los nacionalistas de esta tierra firmasen el 1 de enero de 1919 en Córdoba toda una declaración de intenciones que a la vez que afirma que esta tierra en el nuevo orden europeo reclama atención internacional para una realidad política hasta entonces negada y supeditada a los intereses de un turnismo restaurador inmovilista y centralizador: Andalucía es una nacionalidad. Con ello, su consolidación como autogobierno con los clásicos tres poderes que hoy mismo disfruta nuestra Comunidad Autónoma.

La conclusión de la Primera Guerra Mundial pareció ser el momento propicio para la puesta en marcha de un nuevo concierto internacional que afianzase décadas de paz, un tanto ilusoriamente, a tenor de los hechos posteriores y como la propia Historia demostrará. A la España neutral y aliadófila ante el conflicto quieren sumar ahora los andalucistas y junto a vascos y catalanes, la reivindicación y presencia de un Estado plurinacional y pluricultural en el que sólo Andalucía tiene un territorio bajo dominación extranjera. La reintegración de Gibraltar al suelo andaluz es la reivindicación “y la palabra” que los andalucistas defienden ante la nueva Sociedad de Naciones, mediante un texto enviado al Congreso de Paz celebrado en Ginebra. La afirmación política como pueblo y nación diferenciada es acompañada de una demanda de integridad territorial toda vez que, con el paso del tiempo, el “dolor”, como señala el texto, podría traducirse en “un fatal sentimiento de rencor perenne hacia los promotores del perdurable vejamen”. Andalucía existe y es, y en la medida que su territorio está “desmembrado”, reivindica en su territorialidad plena. No puede ni debe afirmarse sin ella. Se aprovechaba así un instante político vital entre el marco de unas potencias imperialistas que hicieron inevitable la guerra y la reordenación de una Europa que inicia procesos de descolonización.

Así las cosas, para los nacionalistas andaluces el origen del conflicto se encuentra en el “centralismo sordo, ciego y sin alma” que olvida sus regiones a la vez que concretan en Castilla la responsabilidad de todos los males “históricos y coloniales”. Desde el republicanismo andalucista se entiende que la apuesta castellana en pro de los Borbones en la Guerra de Sucesión – identificada y vinculada a intereses centralistas – trae consigo una cesión por la que Andalucía paga con su territorio una apuesta dinástica a favor de una dinastía francesa que rechaza. De hecho, cabe recordar que Gibraltar fue ocupada por tropas catalanas junto a las británicas y que, por su apuesta por el Archiduque Carlos, Cataluña pierde con Felipe V (el primer rey borbónico de España) sus derechos e instituciones históricas. Es más, Menorca – que también por el Tratado de Utrecht pasó a manos británicas – fue recuperada por el Estado Español casi un siglo después por medio de otro tratado.

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Bandera de Gibraltar, inspirada en las armas de la vecina ciudad de San Roque.

Expuesto así, Andalucía es una víctima de Castilla. Tanto por unos hechos, como por un olvido secular en el que el ejemplo de Gibraltar es uno de los más importantes. Precisamente, la política de neutralidad de España ante el conflicto preocupa frente a las posiciones aliadófilas que defienden los andalucistas, en la medida también que, a su final, así se explicaría la inhibición del Gobierno español ante la reivindicación territorial que nos ocupa. Castilla, como verdadera culpable histórica de la situación, volvió una vez más a apostar por las autocracias para defender la suya propia. El momento histórico que se vive resulta pues especialmente significativo para una nacionalidad como la andaluza en su anhelo por recuperar lo que llaman “solar sagrado”, para lo cual ponen en marcha una campaña de envío de cartas y mensajes a la Embajada del Reino Unido en Madrid solicitando la restitución del territorio gibraltareño. Si se quiere, de una forma “llena de optimismo” y muy honesta, pero no menos inocente y pretenciosa a la vez, se esperaba una justa respuesta al considerar que sería incapaz de “negar la personalidad histórica de Andalucía”. Mientras el Estado Español calificaba a los andalucistas históricos de hacer valer su voz y con ella, la propia existencia de Andalucía en el contexto de las emergentes nacionalidades.

Desde aquel instante la voz de Andalucía se hizo valer como interesada ante un conflicto como el de Gibraltar, el cual todavía provoca amplios titulares y levanta aireadas veleidades patrioteras y centralistas. Más allá de la voz de España, Andalucía es la primera interesada en culminar su integridad territorial, ya sea desde Utrecht en 1713 o desde Rota y Morón desde 1963. Y es cierto también que el Estado Español siempre ha reivindicado el Peñón como parte de su geografía, pero no es menos cierto que ha sabido interpretar dicha causa histórica como más le ha convenido según sus intereses, si bien incluso alguna vez abrazó la idea de ocupar la Roca mediante el uso de la fuerza. Hitler, en el famoso encuentro con Franco en Hendaya, hizo desistir al dictador de sus intereses ofreciendo prioridad a los suyos. La impotente España no dudó entonces en ocupar Tánger en 1940 amparada por la tutela del único país que reconoció esta acción ajena a toda medida diplomática: la Alemania de Hitler sacó cierto provecho del apoyo gibraltareño a la causa de Franco. Más tarde, la pretendida política franquista de procurar la asfixia económica de Gibraltar mediante el cierre del lado español de la frontera no hizo sino motivar la crispación e incrementar la identidad pro-británica y colonial de los gibraltareños, aprovechando la vieja democracia para realizar un referéndum entre los habitantes de la Roca para refrendar su vínculo e introducir en la Constitución gibraltareña un punto tranquilizador por el que Londres se compromete a no realizar ninguna acción diplomática sobre Gibraltar sin contar antes con sus habitantes. Todo un cambio de estatus político en unos breves kilómetros cuadrados que, sin embargo, siguen manteniendo tratamiento de colonia pese a que la ONU ya pidió en 1965 el establecimiento de conversaciones para acabar con dicho estatus.

La lucha por la recuperación de Gibraltar es así para los andalucistas históricos paralela a la de todo país que desea su emancipación colonial. Propia, por tanto, de todo movimiento político de liberación nacional.

Por Manuel Ruiz Romero

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