Catalunya: burguesías y clases populares

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El referéndum catalán del 1 de Octubre de 2017 y el llamado “Otoño Caliente” mostraron al mundo la sorprendente eclosión de un conflicto nacional en Europa Occidental en pleno siglo XXI. Ante la sorpresa de muchos escépticos, lo que en principio era percibido como un mero rifirrafe entre facciones de la burguesía reveló mucho más: detrás había un pueblo movilizado que empujaba a las instituciones catalanas a la ruptura. Hizo intuir la existencia de una más que probable mayoría independentista y, por encima de todo, una mayoría apabullante a favor del derecho de autodeterminación en Catalunya. También sorprendió a muchos la virulencia de la reacción del Estado Español, con sangrientas cargas policiales, encarcelamientos políticos y la organización de escuadrones civiles repletos de militantes de extrema derecha y agentes de policía que, en menos de un año y medio, han sido responsables de unas 200 agresiones a independentistas que han quedado completamente impunes.

Pero a pesar de su fulgurante inicio, el “Otoño Caliente” fue en realidad un proceso de enfriamiento. Después de la huelga general del 3 de Octubre, todo fue cuesta abajo hasta las forzosas elecciones autonómicas del 21 de Diciembre. Cabe decir que ningún agente político del mundo soberanista estuvo realmente a la altura, con la honrosa excepción de los Comités de Defensa de la República (CDR) que, por su naturaleza acéfala y su condición de puro músculo movilizador, poco pudo hacer para enderezar la situación. No obstante, el conflicto sigue presente, en las calles y en las instituciones, y debe ser resuelto de manera democrática y fomentando la amistad entre pueblos, pues es un claro catalizador de la lucha de clases.

¿Cómo se expresa la lucha de clases dentro del conflicto nacional? La lucha de clases se expresa en un conflicto que enfrenta a dos facciones: por un lado, hay un frente democrático que aspira a la ruptura con el Régimen de 1978 y que presenta un incipiente carácter nacional-popular. Por otro lado, hay un frente constitucionalista que cierra filas con los intereses del capitalismo financiero español, pero que pierde apoyos populares por su carácter antidemocrático. Cabe decir que, tanto una facción como otra, presentan sus peculiaridades y sus contradicciones internas.

¿Cómo se sitúan las clases sociales ante el conflicto? La composición de clase tanto del independentismo por una parte como del unionismo por otra, es compleja desde el punto de vista de los posicionamientos subjetivos pero sencilla si atendemos a los intereses objetivos. Tanto entre los unionistas como entre los independentistas hay burguesía en todo su espectro y clase trabajadora en todo su espectro. No obstante, las patronales de la pequeña y mediana burguesía se quejan de falta de financiación, de falta de infraestructuras y de abusos por parte de las grandes empresas que suministran energía y ello hizo que se mostraran abiertamente a favor del referéndum. Por su parte, las organizaciones de la gran burguesía han llamado al orden y al “diálogo dentro de la Constitución”, con un discurso calcado al de los sucesivos gobiernos centrales. Así pues, podemos considerar, en general, que los autónomos y pymes son más cercanos al independentismo mientras que la gran burguesía está perfectamente integrada en el capitalismo español. Una expresión política de ese divorcio ideológico fue la ruptura de la histórica coalición “Convergència i Unió” (CiU). Somos conscientes de que la “burguesía nacional” catalana aspira a ser la oligarquía de un hipotético nuevo Estado catalán. También somos conscientes de que las limitaciones del independentismo como movimiento provienen del excesivo peso que dicha burguesía tiene en el mismo, hecho que pone delante de los comunistas la inexcusable tarea de hacer emerger un nuevo sujeto político.

En lo que respecta a la mayoría de la sociedad, a la clase trabajadora, la cosa se complica. Si nos fijamos en cómo el Tribunal Constitucional ha ido tumbando las tímidas medidas sociales y anticrisis que fueron aprobadas por el Parlament de Catalunya, podríamos decir que los trabajadores catalanes están, a corto plazo, objetivamente interesados en la independencia, que parece ser la forma más “sencilla” de evitar las injerencias en la soberanía de las instituciones catalanas, a la vez que la manera de acabar para siempre con la opresión nacional que pone en entredicho los amplios consensos sociales de Catalunya en materias tan sensibles como la lengua, la cultura y la educación. Pero la sombra de la corrupción y los severos recortes realizados no hace tantos años por el ala derecha del catalanismo, los factores identitarios, la omnipresente propaganda españolista, la demagogia economicista de los que enfrentan la autodeterminación contra “los problemas reales de la gente” y, sobre todo, la ausencia de una vanguardia proletaria de ámbito catalán, dificultan sobremanera el establecimiento de una postura unitaria y de clase ante el conflicto.

El proletariado se sitúa entre 5 posturas diferenciadas. Hay quien es contrario a la independencia y a la autodeterminación, hay quien es favorable a la independencia y por tanto a la autodeterminación, hay quien es contrario a la independencia pero favorable a la autodeterminación, hay quien es indiferente a la cuestión pero favorable a la autodeterminación, y hay quien es indiferente tanto al independentismo como a la autodeterminación. En todo caso y como decíamos en el primer párrafo, existe una más que probable mayoría independentista, así como una clara y aplastante mayoría a favor del derecho a decidir. En ese sentido, la huelga general del 3 de Octubre de 2017, cuyo seguimiento masivo expresó un rechazo generalizado ante la violencia policial, fue explícitamente autodeterminista, explícitamente antifascista e implícitamente independentista. Tampoco debemos olvidar que las cada vez menos masivas manifestaciones españolistas han mostrado un carácter reaccionario inusitado, con abundantes consignas que hacen apología de la represión, con vivas a las Fuerzas de Seguridad del Estado, con agresiones a independentistas y migrantes, y en definitiva, con una marcada tendencia al embrutecimiento popular.

Desde la Crida Comunista trabajamos para revertir la situación de división proletaria ante la cuestión nacional. Desde la unidad de clase hay que avanzar para construir una alternativa democrática para la sociedad catalana, con el horizonte en el socialismo, teniendo en cuenta que la unilateralidad y la independencia nunca serán un impedimento para la solidaridad. El despertar de la conciencia de clase debe de hacer posible la adopción de una postura única y racional ante el problema, asumible tanto para los que se identifiquen nacionalmente con una nación que ahora es opresora como para los que se identifiquen con una nación que ahora está oprimida. La autodeterminación es la expresión de la confianza mutua entre los pueblos. Pero nos falta una herramienta clave: la organización marxista al servicio de los trabajadores. Sabiendo del carácter arduo de dicha tarea y asumiendo con humildad nuestras limitaciones, no nos queda otra que ponernos manos a la obra.

Por “Crida Comunista”

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