Valores europeos

El Brexit está definitivamente en marcha por fin, cuatro años después del referéndum del 23 de junio de 2016, cuando el 51’89% de las personas con derecho a voto optaron por salir de la Unión Europea.

La campaña fue sin duda sucia, empapada en gran medida por parte de la derecha en un populismo que, además de difundir mentiras descaradas, predicaba un mensaje claramente xenófobo.

brexit-duro-foto-pixabay

Pero no hay que confundir una parte con el todo. Cabe recordar que la izquierda más radical, aglutinada alrededor de la denominada plataforma del “Lexit” (salida por la izquierda), también pidió el voto a favor de la salida, partiendo de un análisis coincidente con el del nacionalismo gallego que desenmascara la UE como un organismo profundamente antidemocrático al servicio del capitalismo y del imperialismo.

Sin embargo, las y los partidarios de permanecer en la UE, que no consiguieron burlar la voluntad popular mediante la convocatoria de un segundo referéndum, andan ahora lamentándose al ritmo de la “Oda a la Alegría” de la pérdida de “valores europeos”, supuestamente garantizados por la UE, que va a azotar al Reino Unido. Veamos, pues.

Tolerancia

Todo indica que el Reino Unido está siendo barrido por una ola de racismo. Pero, si bien el discurso racista que se hizo patente con el pretexto del Brexit contribuyó tal vez a que aflorase el sentimiento xenófobo, lo cierto es que éste no pudo surgir de la nada: debía estar presente desde antes en una sociedad británica receptiva ante semejante discurso.

La cuestión es por qué no se combatió más eficazmente antes y se prefirió cerrar los ojos durante décadas mientras se iba enquistando el racismo en la sociedad. Es un problema que tiene que enfrentar y resolver la ciudadanía del Reino Unido, en vez de esperar respuestas de una Europa donde, por cierto, predominan las fuerzas de derecha y extrema derecha más reaccionarias.

Democracia

Es verdad que Boris Johnson maltrató la representatividad del Parlamento Británico, pero no por eso la Unión Europea se puede o se debe considerar una antorcha de la democracia ante el oscurantismo y la demagogia. La UE adolece, en efecto, de un notorio déficit democrático: falta de división de poderes, oscurantismo del Banco Central Europeo, falta de participación directa de la ciudadanía en la toma de decisiones, la Comisión y el Consejo eluden el control del Parlamento Europeo, etc.

Y, ya de paso, cabe preguntarse qué hay más antidemocrático que, tal y como pretendían los “remainers”, procurar revertir el resultado de un plebiscito popular como fue el referéndum.

Libre circulación

Como consecuencia directa del Brexit, el nuevo gobierno conservador acaba de introducir un sistema de puntos para acotar la inmigración. Si bien se trata de un sistema altamente criticable, no está de más recordar que tal sistema ya existía, aplicado a los inmigrantes provenientes de fuera de la UE: África, Asia, Medio Oriente… Esto a mí sí que me apesta bastante a racismo.

Y cuando se critica – con razón – el muro fronterizo entre los EEUU y México, no hay que olvidar otro erigido entre Hungría y Serbia, ni los campos de concentración donde son retenidos miles de migrantes en las islas griegas de Lesbos, Samos y Kios: ¡no vaya a ser que entren refugiados que huyen de las guerras en que participa la UE!

Es verdad que impedir la inmigración de trabajadoras/es no cualificados va a tener serias repercusiones para determinados sectores económicos en el Reino Unido (cuidadoras profesionales, hostelería, agricultura…) que se volvieron dependientes de la mano de obra barata procedente de los Estados empobrecidos de la UE. Esto sí que es la verdadera razón de ser de la política de “libre circulación de personas”, que se manifiesta en Galiza en forma de emigración de nuestra juventud mejor preparada.

Derechos laborales

Si no fuese tan escandaloso, sería motivo de risa apelar al papel que desempeña la UE como dique de contención frente a los continuados recortes de derechos laborales conquistados gracias a la ardua lucha de la clase trabajadora y las masas populares a lo largo del pasado siglo.

Y, con la excusa de la crisis, aumenta la precariedad, se imponen techos de gasto y tasas de reducción de la deuda… para cumplir con las directrices emanadas de la UE y el BCE, que atienden, a su vez, a los dictados del capitalismo neoliberal.

Capitalismo

De hecho, nadie en su sano juicio podría entender que la UE sirva como traba frente a los estragos causados por el capitalismo. Más bien todo lo contrario. Por ejemplo, dentro de la lógica neoliberal que impera en la UE, hace unos años Grecia se vio obligada a ceder ante el chantaje del FMI, del Eurogrupo y del BCE al tener que aceptar un rescate financiero en busca de un paquete de medidas de austeridad, echando abajo con ello cualquier posibilidad de poner en marcha una política verdaderamente social en el país. Más vale, visiblemente, la estabilidad del capitalismo en Europa que el bienestar de un pueblo periférico como el griego.

Soberanía

Sirva el anterior también como claro ejemplo de la injerencia de la Unión en la política interna de un Estado miembro, burlando su soberanía siempre que así lo exija el capitalismo. No obstante, en otras ocasiones, las instituciones europeas prefieren hacer la vista gorda cuando les conviene en aras a mantener la estabilidad interna de la sacrosanta Unión, como cuando dieron la espalda a Catalunya ante la vulneración del derecho democrático de votar y lo sucedido durante el “Procés”. No intervino en este caso para evitar alimentar las ansias de libertad que están surgiendo en otras naciones sin Estado dentro de la UE y que amenazarían implícitamente su propia existencia.

Entre tanto, las divisiones internas causadas por el Brexit sí encierran paradójicamente la promesa de la previsible disgregación del Reino Unido y la autodeterminación real de las naciones que hoy se postran bajo el yugo de Westminster: una Escocia independiente, un Gales donde el independentismo no para de crecer y la posibilidad cada vez más cercana de una Irlanda por fin reunificada.

Todos estos valores son evidentemente muy loables, pero nunca vinieron ni vendrán de la mano de la Unión Europea. Si en realidad son valores a los que se aspira, cada pueblo debe tomar las riendas de su propio destino y trabajar para conseguirlos, en vez de esperar que una megaestructura extranjera compuesta por una serie de Estados nación nos los regale.

Por Robert Neal Baxter

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