COVID-19: Occidente ante el ejemplo chino

Cuando China se vio afectada por la primera epidemia de coronavirus – la epidemia de SARS, registrada en 2003 – el gobierno local de la provincia china de Guangdong (Cantón) trató de esconder el asunto. En aquella época, el Partido Comunista de China apoyó inicialmente aquella política. Sólo cuando ya era imposible seguir escondiendo la existencia de la epidemia de SARS, el entonces presidente Hu Jintao decidió asumir el control del asunto. Se puso bajo cuarentena a 30.000 personas y China venció a la epidemia de SARS en dos meses.

El presidente Hu Jintao, obligado a lidiar con las increíbles diferencias económicas existentes dentro de su país, nunca llegó a controlar los poderes regionales. Ante la epidemia de SARS, la debilidad del presidente Hu quedó demostrada cuando éste siguió por mucho tiempo la actitud del gobierno provincial de Guangdong, corriendo así el riesgo de que la epidemia se extendiese por el resto del país. Además, Hu Jintao abordó el problema solo desde el ángulo de la soberanía china, temiendo que dar la alarma a la OMS se tradujera en un cierre del mercado internacional a los productos chinos.

voltairenet-org_-_1-1193-af93e
El presidente chino Xi Jinping dando instrucciones durante la cuarentena por la pandemia en curso de COVID-19, que ha golpeado especialmente a China.

En 2003, el año de la epidemia de SARS, China estaba aún en pleno proceso de reconstrucción. No veía el mundo en términos globales ni se proyectaba hacia el exterior.

En 2020, ante el surgimiento del nuevo coronavirus en Wuhan, la opinión pública china observó al presidente Xi Jinping recordando los errores cometidos por su predecesor Hu Jintao, quien se vio arrastrado por una serie de casos de corrupción. Viendo que las autoridades de la provincia de Hubei asumían la misma actitud derengatoria que las autoridades de Guangdong hace 17 años, los habitantes de la provincia afectada por el COVID-19 se preguntaron si el presidente Xi perdería el “Mandato del Cielo”, como su antecesor Hu Jintao.

La cultura política china se formó en el siglo XI antes de nuestra era, en tiempos de la Dinastía Zhou. Los chinos nunca adoraron a sus gobernantes como dioses, ni creyeron en el “derecho divino” de los reyes europeos. Por el contrario, los chinos siempre han pensado que, sin importar cómo hayan llegado al poder, sus líderes no serían capaces de gobernarlos si no dispusieran de un “Mandato del Cielo”, que podían perder si dejaban de comportarse de manera “virtuosa”.

Xi Jinping, quien ya había forjado su ejercicio del poder luchando contra la corrupción, no siguió al gobierno provincial de Hubei en la negación de la epidemia de COVID-19 y asumió rápidamente el control de la situación.

En Occidente, el poder va a manos del líder más convincente (según el sistema de Atenas) o del más fuerte (según el sistema de Roma). El sistema de China es diferente. En tiempos de la Dinastía Zhou, China contaba con un millar de regiones independientes. El emperador era un señor entre tantos otros, que a menudo eran mucho más poderosos que él. El poder imperial chino se construyó tratando de satisfacer los intereses de todos los señores con los que tenía que lidiar. Si el emperador perjudicaba los intereses de uno de ellos, el perjudicado podía volverse en su contra.

La contraparte de ese sistema es, evidentemente, una implacable severidad.

Hoy en día el presidente Xi Jinping, a la cabeza de 1.400 millones de ciudadanos, trata de organizar las relaciones internacionales según ese mismo principio. Él está obligado a respetar los intereses de todos sus interlocutores internacionales, sin excepción. En sus visitas a otros países, el presidente Xi presta tanto tiempo y atención a un pequeño principado como a una gran potencia. Por eso los europeos no logran entender qué fue a buscar el presidente chino en Mónaco, pequeño país al que dedicó una visita de 2 días antes de reunirse con el presidente francés Emmanuel Macron y con la canciller alemana Angela Merkel. El presidente Xi simplemente estaba siguiendo el principio de gobierno surgido en China desde los tiempos de la Dinastía Zhou. Cuando termina una visita a un país, siempre asegura que en los acuerdos que firma ambas partes “salen ganando” (win-win), o sea que siempre aportan algo, al menos simbólicamente, a los dos firmantes. El presidente chino expresa así su deseo de forjar relaciones internacionales armoniosas con la Humanidad entera “bajo el mismo techo”, en aplicación del principio conocido en chino como “Tianxia”.

El presidente Xi conoce perfectamente el precio de ese principio. Por eso lanzó un aviso oficial a la OMS sobre la epidemia de COVID-19, que ya había sido advertida en un correo electrónico de Taiwán, y adoptó sanciones contra las autoridades de Hubei que pusieron en peligro la salud de los demás chinos y del mundo. Y también sancionó a los 55 millones de habitantes (3% de la población china) de esa provincia que habían mencionado en las redes sociales la pérdida del “Mandato del Cielo”… poniéndolos en cuarentena.

El presidente chino esperaba mostrar así la buena voluntad de China y evitar que sus vecinos e interlocutores aislaran al país y se sintió defraudado por el cierre de las fronteras de EEUU a China y la cólera del presidente estadounidense Donald Trump contra la OMS. Pero entendió rápidamente que esas medidas, al igual que las que él mismo adoptó en China, no son de carácter médico sino de naturaleza política. Los EEUU estaban utilizando el COVID-19 para llevar adelante su guerra económica. El primer consejero de Trump en llamar la atención sobre la epidemia fue precisamente el economista Peter Navarro, artífice de ese enfrentamiento.

El presidente Donald Trump maneja la retórica antichina como un argumento para su guerra comercial, mientras que para sus adversarios del grupo “Amanecer Rojo” se trata de un dogma. Por consiguiente, la prensa china denuncia a los políticos estadounidenses, incluyendo al presidente Trump, pero cuando emite juicios irreversibles lo hace sólo sobre Mike Pompeo, Secretario de Estado.

Para Pekín, el Partido Comunista de China manejó la epidemia de COVID-19 de manera ejemplar: expulsó de sus cargos a los malos funcionarios, controló la epidemia con pleno respeto para los interlocutores de la OMS y China está aportando una importante ayuda humanitaria no sólo a los países en vías de desarrollo, sino también a varias potencias occidentales.

Los europeos no lo logran entender. Ven los resultados positivos de China ante la epidemia y su buena voluntad hacia el resto del mundo. Ellos mismos se han plegado a las medidas impulsadas por el grupo “Amanecer Rojo” (confinamiento general obligatorio, gestos barrera, uso obligatorio de mascarillas quirúrgicas para la población…) y ahora tienen la impresión equivocada de que han seguido el ejemplo de China.

Hace 75 años que los pueblos de Europa Occidental desdeñan su propia cultura y adoptan ciegamente todo lo que viene de Washington y de Hollywood. Ahora, sin darse cuenta, han aceptado a China como posible referencia intelectual o, en todo caso, como un socio confiable.

Por Thierry Meyssan

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s