¡El pensamiento de Argala vive!

Hace 41 años, una bomba colocada por mercenarios del Estado Español destruyó el cuerpo de Argala. Pero no su pensamiento. Este es el legado que nos dejó y que sigue vivo, el cual – siguiendo la línea tomada por los hermanos Etxebarrieta y las Asambleas quinta y sexta – se puede resumir en la consigna de independencia y socialismo, lo que expresa que la revolución socialista y la lucha por un Estado vasco independiente deben formar un único proceso histórico.

Por un lado, sin revolución, incluso la independencia formal no es posible. Cataluña y otros muchos ejemplos que se pueden citar aquí así lo prueban. Menos aún la “re-euskaldunización” y el desmantelamiento de los aparatos estatales (policía, ejército, sistema de justicia, sistema educativo) impuestos por los Estados opresores.

Ahora bien, una revolución necesita una clase revolucionaria. Esto es, una clase que puede guiar el proceso revolucionario. En la era del imperialismo, que es nuestra época, no hay burguesía revolucionaria. Así, la única clase revolucionaria, si hay alguna, es el proletariado. En consecuencia, la revolución independentista debe ser una revolución proletaria o, lo que es lo mismo, una revolución socialista:

“El logro de la independencia exigía la derrota del Estado Español por lo menos en Euzkadi, es decir, una verdadera revolución política que sólo podía ser llevada a cabo por las capas populares bajo la dirección de la clase obrera, única capaz de asumir hoy en Euzkadi con todas sus consecuencias, la dirección de un proceso de tal envergadura. Precisamente, este asumir la cuestión vasca por la clase obrera es lo que ha posibilitado el resurgimiento nacional de Euzkadi.” (Argalaren autobiografia politikoa, 1977)

Por un lado, la revolución socialista solo puede ser una lucha contra toda opresión llevada adelante por los oprimidos y dirigida por el proletariado. En una nación oprimida, por lo tanto, la revolución socialista será una lucha contra la opresión nacional o no será. Sin embargo, la liberación nacional puede realizarse, en principio, tanto mediante un Estado independiente como mediante un Estado multinacional, ambos construidos sobre las ruinas de los Estados opresores. Y entre estas dos opciones, la elección de Argala para Euskal Herria es clara: independencia.

Mural abertzale en Baiona (Iparralde, País Vasco Norte)

Esta opción de la independencia no era, por supuesto, una ocurrencia metafísica basada en la justicia eterna, los derechos eternos de los pueblos o algo así. Era la conclusión de un análisis concreto de la situación concreta del Pueblo Trabajador Vasco, ya que una larga opresión nacional ha socavado las características fundamentales de la nación vasca, especialmente el idioma, hasta el punto en que su supervivencia está en juego. Por lo tanto, combatir la opresión nacional, de verdad, requiere acciones urgentes y darle al problema nacional la prioridad adecuada. Y a lo largo de la Historia no se ha visto que las supuestas “vanguardias proletarias” del Estado estén listas para ello.

Por el contrario, el pueblo vasco ha tenido ocasión de comprobar a lo largo de la Historia que una revolución socialista a nivel estatal no es la solución automática de su opresión nacional; que los partidos obreros españoles están demasiado impregnados del nacionalismo burgués español.

“Mis posteriores relaciones, como representante de ETA, con representantes de diversos partidos obreros revolucionarios españoles, no sirvieron sino para confirmar esta visión. Dichos partidos no entendían la cuestión vasca sino como un problema, un problema molesto que conviene hacer desaparecer. Siempre me pareció ver que la unidad de ‘España’ era para ellos tan sagrada como para la burguesía española. Jamás llegaban a entender que el carácter nacional que adoptaba la lucha de clases en Euzkadi fuese un factor revolucionario; por el contrario, no era para ellos sino una nota discordante en el proceso revolucionario español que aspiraban orquestar.

Dejando de lado si esos ‘partidos obreros revolucionarios’ eran tales o si sus dificultades para entender el problema nacional vasco era un síntoma de un oportunismo más amplio, hay que añadir a todo esto lo que supone para nuestro pueblo estar dividido entre dos Estados opresores:

“El exilio me ofreció la ocasión de conocer directamente la problemática existente. Hasta entonces, mi opción frente a este tema obedecía más a razones históricas e ideológicas que a un conocimiento real de la Euzkadi continental actual. No obstante, la experiencia no hizo sino confirmar mis hipótesis y dotarlas de una base más científica. Euzkadi continental es una zona de casi nula industrialización; las bases de su economía la constituyen las actividades del sector primario y las turísticas. Con una población que no sobrepasa el cuarto de millón de habitantes y marginada completamente de los centros económicos franceses, sufre una aguda emigración de mano de obra joven. Aunque el euskara es ampliamente conocido en las zonas rurales, e incluso algo en la costa, su participación junto a Francia en dos guerras de liberación nacional contra las Potencias Centrales y la inexistencia de clase social alguna capaz de marcar una dinámica nacional propia, ha tenido como consecuencia que hasta hace aún pocos años la conciencia nacional fuese propiedad exclusiva de determinados sectores intelectuales. Pero la onda expansiva de la lucha de Euzkadi peninsular, junto a la labor de dichos sectores intelectuales, ha producido una toma de conciencia cada vez mayor.”

Y ni que decir tiene, el aumento de la conciencia nacional en Ipar Euskal Herria (Euskal Herria Norte) como reflejo de la lucha en Hegoalde perdería toda su fuerza si los revolucionarios del sur adoptáramos una estrategia estatalista.

Según esta estrategia independiente y socialista, por lo tanto, la revolución socialista – que es básicamente la destrucción del Estado burgués y la construcción de un Estado obrero – es al mismo tiempo la lucha por un Estado vasco independiente, abarcando dentro de sus fronteras a toda Euskal Herria, socialista y euskaldun. En otras palabras, la lucha de clases en Euskal Herria debe tomar la forma de una lucha por la liberación nacional.

Por supuesto, este pensamiento de Argala que permanece vivo no es un dogma, sino una guía para la lucha. No una guía, entiéndase bien, para predecir todos los escenarios posibles y todas las posibles alternativas tácticas. Eso no es posible. La teoría revolucionaria nos da “solo” los criterios sólidos necesarios para tomar las decisiones tácticas correctas a partir de este análisis. Eso es lo que nos aporta cómo valoramos la imprescindible contribución de Argala.

Por “Herritar Batasuna”

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