El proceso histórico mexicano: una sinfonía tocada en tiempos

El proceso mexicano de liberación nacional inició formalmente en 1810, desde entonces se ha enfrentado a diversos desafíos, a pesar de todo ha logrado sobrevivir y continuar. Es por lo cual que el maestro Vicente Lombardo Toledano, fundador del Partido Popular Socialista de México (PPSM), afirmó que la Revolución Mexicana es “una sinfonía tocada en tres tiempos: la independencia (1810), la Reforma (1854) y la Revolución (1910)”.

Los Estados Unidos Mexicanos son una nación relativamente joven, con poco más de dos siglos de existencia, que ha luchado por su supervivencia al resistir diversas agresiones imperialistas y guerras internas. Entre las agresiones externas que han marcado más la vida de la nación está la intervención estadounidense de 1846-1848, que dio como resultado la pérdida de más de la mitad del territorio nacional y el constante intervencionismo en la política doméstica de México por parte del vecino del norte. Asimismo, la intervención francesa de 1862 retrasó la aplicación de las políticas liberales y laicistas del presidente Benito Juárez. Por último, la dictadura porfirista y su política entreguista de los recursos naturales también contribuyeron al freno del desarrollo económico nacional. A pesar de estos acontecimientos, y como resultado de la Revolución Mexicana de 1910, el país logró importantes avances, al por fin modificar las fuerzas productivas feudales heredadas de la conquista española, que perduraban desde 1521, y pasar de lleno al modo de producción capitalista.

Mapa de las pérdidas territoriales sufridas por México a costa de EEUU a partir de 1848.

Como producto inmediato de la Revolución y durante alrededor de 62 años, el país logró avanzar bastante en el desarrollo de sus fuerzas productivas, a través de una política de industrialización, lo que por ende significó la creación de empresas nacionales. Así pues, el Estado jugó el rol protagónico en esta tarea, planificando la economía y dirigiendo la vida política. A pesar de su fuerte naturaleza autoritaria en muchos momentos de su Historia, el Estado mexicano producto de la Revolución fue fundamental en la organización del desarrollo productivo. La máxima del maestro Lombardo de “nacionalizar es descolonizar” junto con la “doctrina Estrada” en política exterior limitaron también la penetración del imperialismo y sus monopolios en el país. El México post-revolucionario transitó pues por un camino de muchos zig-zags, de momentos brillantes como en la era cardenista, y otros no tanto; sin embargo había una marcada tendencia hacia la independencia económica y política.

Dicho proceso emancipatorio fue interrumpido drásticamente en 1982 cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI), en el poder desde la Revolución, terminó definitivamente por caer en manos de la camarilla neoliberal. Este período se inauguró con la administración del presidente Miguel de la Madrid, quien traicionó todos sus compromisos de campaña en los que se comprometió a no incurrir en reformas neoliberales. Casi inmediatamente se iniciaron una serie de privatizaciones de empresas nacionales, con la finalidad de debilitar al Estado, dando así paso a un período donde se vivieron grandes retrocesos en todos los aspectos; los presidentes tecnócratas (1982-2018) entregaron al capital extranjero las principales fuentes de riqueza, al mismo tiempo que formaban una oligarquía, lo que dio como resultado el retroceso inexorable en los rubros económicos, sociales y políticos.

Fueron 36 años de una desastrosa, entreguista y criminal administración pública de verdadero sometimiento al imperialismo estadounidense. Sin embargo, durante este difícil período, el pueblo mexicano siguió resistiendo. Inmediatamente y a partir de 1989 se crearon diferentes organizaciones para soportar la embestida, actuaban de distintas formas y contenían distintas siglas, y aunque a veces no coincidan, la conclusión era la misma: acabar con el neoliberalismo, un modelo económico injusto que generó más de 52 millones de pobres y donde 16 familias concentraban más de 150.000 millones de dólares.

Así pues, en 2018 las fuerzas progresistas lograron ganar el gobierno por medios electorales, aglutinados en el multiclasista Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) convertido en partido político; el nuevo presidente, Andrés Manuel López Obrador, quien se ha referido a este proceso como “la Cuarta Transformación”, y si bien aunque cambió la palabra “revolución” por “transformación”, retoma la continuidad del proceso mexicano, como bien lo señalase el maestro Lombardo. Desde que el actual gobierno asumió el cargo, se ha enfrentado a una serie de problemas heredados por el régimen anterior (1982-2018). Los avances han sido lentos debido a que se ha tenido que reorganizar al Estado, modificar la estructura económica de libre mercado y controlar la penetración del capital extranjero. Solo de esta manera se logrará derrotar definitivamente a los neoliberales, quienes siguen contando con infinidad de recursos y buscan por todos los medios entorpecer a esta Administración.

Una multitud de mexicanos sale a celebrar la victoria electoral de Andrés Manuel López Obrador en 2018.

El presidente López Obrador no solo se enfrenta ante el desafío de consolidar el inicio de la 4T, sino su propio partido político MORENA, el cual no es un partido ni de clase, ni revolucionario; pero es el único instrumento anti-neoliberal en el plano electoral por el momento. Este partido deberá evolucionar asimilando el anti-imperialismo y la democracia popular si es que pretende cumplir con la tarea histórica que el pueblo le ha conferido mediante el voto. Desafortunadamente esto es algo que parece no ser entendido por buena parte de la militancia de dicho instituto político, y sobre todo por sus cúpulas.

Así pues, es fundamental comprender que el presidente Obrador ha retomado el camino de la Revolución Mexicana truncada, pero este objetivo no puede ser logrado en 6 años de gobierno, a los que la Constitución lo limita y le niega el derecho a la reelección. Es por esto que es fundamental que Obrador y la Cuarta Transformación asuman la tarea de la politización de sus cuadros para asegurar la continuidad del proceso emancipatorio que se comenzó en 2018. Falta mucho por hacer todavía en esta etapa histórica de desarrollo y sería un enorme error engañarse al pensar que la victoria electoral es la culminación de la lucha. La reacción nacional, tanto en la oposición como dentro del movimiento, acecha continuamente, al igual que el imperialismo en lo externo, muchas veces bajo el disfraz de movimientos pseudo-populares o revolucionarios. Sin embargo, y a pesar de las adversidades, la Cuarta Transformación avanza; el cuarto episodio de la sinfonía pudiese ser la antesala del socialismo en México, debido a que podría sentar las bases materiales al desarrollar las fuerzas productivas necesarias para modificar el modo de producción. Así pues, el futuro será socialista o no será. Esto no dependerá ni de Obrador, ni de MORENA, sino del pueblo mexicano.

Por Francisco Barajas Hernández

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