La nueva fuerza hegemónica que se abre paso en Oriente Próximo

Este mes, por primera vez en la Historia, un barco emiratí ha atracado en un puerto israelí, estableciendo la ruta marítima Haifa-Jebel Ali (Dubai) que unirá el Sudeste Asiático con Israel, haciendo parada en Emiratos Árabes Unidos y facilitando acuerdos comerciales de miles de millones de dólares cada año para ambos países. A ello se le suma un acuerdo preliminar para que la empresa israelí de oleoductos “EAPC” transporte crudo emiratí hacia Europa desde Dubai hasta el Mar Rojo, el Golfo de Aqaba y de ahí a través del puente terrestre MED-RED hasta Ashkelon, evitando la necesidad actual de cruzar el Canal de Suez. Y así, Emiratos Árabes Unidos arrebata a Egipto el papel de “interlocutor de los árabes” en el conflicto con Israel y establece una ruta de transporte de petróleo hacia el Mediterráneo mucho más rentable que refuerza la posición israelí, pero también la emiratí en toda la región y en el comercio global.

Los nuevos acuerdos con Israel, en el marco de la política exterior de los Emiratos Árabes Unidos, responden al interés de convertirse en una fuerza hegemónica en Oriente Próximo con relevancia internacional. Una posición que lleva años disputando con Turquía y Arabia Saudí. Pero los emiratíes, sabiendo dónde están los aliados realmente poderosos, están jugando sus cartas de manera mucho más inteligente que sus rivales.

Arabia Saudí pretende presentarse como una monarquía reformista, que se abre poco a poco al mundo corrigiendo sus errores pero manteniendo su identidad. El discurso, sin embargo, a pesar de haberse valido de “influencers” de todo el mundo que venden su imagen, cuerpo y dignidad para blanquear a un régimen familiar medieval por unos cuantos riyales, no ha calado en el exterior. La opinión pública internacional sigue viendo en Arabia Saudí un régimen brutal, primitivo, salvaje, tribal, patrocinador del terrorismo de carácter islamista y causante de la mayor crisis humanitaria del momento en Yemen.

Turquía ni siquiera se esfuerza en complacer al público occidental. Los discursos de Erdogan son cada vez más duros, apelando al otomanismo, a los pueblos túrquicos y a la defensa del Islam. Para ello no duda en desafiar a la Unión Europea e incluso a EEUU y Rusia en Libia, Siria, Irak, Palestina (aunque con matices) y el Alto Karabaj. Ello lleva a que Erdogan – y su gabinete – sea percibido en Occidente como una amenaza, como un dictador, y a nivel regional como un enemigo de cualquiera que no se adhiera a sus ideas y ambiciones neo-otomanas.

Los Emiratos Árabes Unidos, sin embargo, no han necesitado de grandilocuencias para poco a poco, manteniendo un perfil bajo, lograr crear una imagen favorable, de Estado moderno, tanto dentro como fuera de su entorno. Incluso, habiendo sido los emiratíes uno de los promotores de la oposición al gobierno de Bashar al-Assad en Siria, fueron también de los primeros países en reabrir su embajada en Damasco en 2019 (tras cerrarla en 2012). La medida fue tomada para contrarrestar a la cada vez mayor influencia iraní en la República Árabe Siria y pensando a largo plazo cara a introducir sus empresas en la reconstrucción del país, tras la inevitable victoria del Estado sirio frente a una oposición liderada por Al-Qaeda, los Hermanos Musulmanes y Turquía; enemigos todos ellos de Abu Dhabi. Los emiratíes también mantienen cierto grado de comunicación con Siria y permiten operar a empresarios cercanos al Gobierno sirio sujetos a sanciones a través de empresas emiratíes.

Cuando Emiratos Árabes Unidos entró en Yemen lo hizo junto a Arabia Saudí, apoyando al gobierno de Abd Rabbuh Mansur Hadi. Pero poco a poco, y al mismo tiempo, hacía fuertes a los independentistas de Yemen del Sur, que además de combatir a los hutíes (aliados de Irán) también se revuelven contra el gobierno respaldado por Arabia Saudí y sus aliados de Al-Islah (Hermanos Musulmanes). Y estos nuevos aliados de Abu Dhabi, Al-Hirak al-Januby, a pesar de solo querer independizar un territorio relativamente pequeño, controlan Adén (de facto, aunque con limitaciones); la capital comercial de Yemen y cuyo control es determinante para llegar por mar al estratégico Estrecho de Bab el-Mandeb.

En Libia, los emiratíes se han unido a Khalifa Haftar y el gobierno de Tobruk, no porque crean en sus objetivos, sino porque el mariscal libio es una herramienta útil para contrarrestar la influencia de Turquía y Qatar mediante los Hermanos Musulmanes en el norte de África. Y la estrategia parece estar funcionando frente a un gobierno islamista de Sarraj tremendamente desgastado. Una estrategia que también ha funcionado en Sudán, donde el nuevo gobierno tras el derrocamiento de Omar al-Bashir ahora es favorable a Abu Dhabi. O en Somalia, donde Somlilandia y Puntlandia son territorios que desestabilizan el Gobierno Federal de Mogadiscio, afín a Turquía y Qatar y enfrentado a los planes emiratíes de dominar por ambas costas la entrada al Estrecho de Bab el-Mandeb.

Siendo un país con poco más de 9 millones y medio de habitantes, en los Emiratos Árabes Unidos han aprendido a proyectar su poder hasta convertirse en uno de los principales actores de Oriente Medio. Han sabido adaptar su política hacia el pragmatismo para lograr sus objetivos; calculando en sus acciones la respuesta internacional que van a tener. Así pues, han basculado entre sus aliados y sus intereses, entre sus ambiciones y las amenazas que surgen, entre la monarquía confesional sin justificación teocrática y el islamismo; principalmente el de los Hermanos Musulmanes, que son la eterna amenaza regional. Sin apenas hacer ruido, Emiratos Árabes Unidos se ha consolidado como un actor regional clave para Oriente Próximo, y Bin Zayed se ha asegurado la supervivencia en el cargo… aunque caigan sus aliados.

Por Alberto Rodríguez García para “RT en Español”

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