Los desafíos del pueblo de Armenia

El pasado 9-10 de noviembre se firmó una declaración tripartita entre el primer ministro armenio Nikol Pashinian y los presidentes de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, y Rusia, Vladimir Putin, que estableció el inmediato cese del fuego y el fin de la guerra que duró 44 días y se llevó la vida de miles de armenios, azerbaiyanos – y mercenarios al servicio del Ejército azerí – provocando además la destrucción de ciudades y aldeas, y dejando como consecuencia cientos de desaparecidos y prisioneros de guerra.

El 11 de enero de 2021, en Moscú, Putin recibió a Pashinian y Aliyev en el Kremlin. La reunión duró más de cuatro horas y al finalizar se firmó una nueva declaración trilateral. Se anunció que los viceprimeros ministros de Rusia, Armenia y Azerbaiyán presentarán – en un futuro cercano – planes para el desarrollo de la región en disputa, que se desbloquearán los caminos en Karabaj, que Armenia tendrá conexión ferroviaria con Rusia e Irán a través del territorio de Azerbaiyán, y Bakú, a su vez, tendrá acceso ferroviario a la República Autónoma de Najicheván.

“Considero que la reunión de hoy es sumamente importante y útil, ya que logramos acordar y firmar una declaración conjunta sobre el desarrollo de la región”, dijo Putin tras las negociaciones en Moscú.

Por su parte, el primer ministro armenio reiteró su lamento por no haber podido resolver el tema de los prisioneros armenios retenidos en Bakú, ni tampoco los escollos que permanentemente pone la parte azerbaiyana en relación a los desaparecidos y a la búsqueda de cuerpos en campo abierto. Pashinian dijo que los planes económicos son interesantes y realmente beneficiosos para los pueblos de la región, pero duda que los mismos puedan llevarse adelante exitosamente sin resolver antes las cuestiones humanitarias.

El presidente azerí, contagiado de su hermano mayor, el autoproclamado sultán Erdogan, intenta combinar su personalidad y en sus dichos algo de humanismo, sensatez y mano dura, pero sus acciones lo desenmascaran a diario. Claro que este falsificador – como tantos otros – pasa casi desapercibido entre el ejército de hipócritas que conviven en las altas esferas de la política regional e internacional.

“Todo esto inspira la confianza de que el conflicto de Nagorno Karabaj quedará en el pasado. Debemos pensar en el futuro, en cómo convivir como vecinos”, dijo Aliyev, seguramente sin siquiera creer él en lo que estaba diciendo.

En Azerbaiyán, Aliyev goza de las mieles de la victoria y profundiza su verborrea chovinista, que le permite entretener al pueblo mientras él y su clase continúan saqueando las riquezas del país.

En Armenia, Pashinian y los suyos, aquellos quienes llegaron al poder en mayo de 2018 a través de la “revolución de terciopelo” – que no fue otra cosa que un golpe de Estado constitucional – están pagando las consecuencias de la política interna y externa aplicada a lo largo de sus dos años y medio de gobierno.

El periodista devenido a primer ministro Nikol Pashinian, cuyo diario recibió por años subsidios de la USAID (organización al servicio de la CIA) y de Soros, supo aprovechar el hartazgo generado en la mayoría silenciosa de la población armenia respecto a los gobiernos de Kocharian y Sarkisian, quebró la hasta allí poderosa maquinaria conformada por el Partido Republicano Armenio y sus aliados (Partido “Armenia Próspera”, la Federación Revolucionaria Armenia-Tashnagtsutiún, Partido “Orinats Yerkir”, Partido Demócrata Cristiano y otras fuerzas menores), asumió la dirección del país (con el apadrinamiento de los EEUU y la Unión Europea) y puso en marcha el plan para separar a Armenia de Rusia para transformarla en un eslabón más de la cadena pro-occidental, que tiene como sus principales enemigos a Rusia, Irán y China.

Algunos intentos del envalentonado occidentalista Pashinian no consiguieron el “esperado apoyo masivo” de un pueblo, que más allá de algunas quejas, sabe que su principal aliado – por no decir único – es Rusia y su pueblo, a quienes lo unen más de tres siglos de andar los mismos caminos, disfrutar las mismas alegrías y enfrentar los mismos enemigos.

Fue así como, entre otras cosas, no pudo quitar de la parrilla televisiva armenia los canales de Rusia, ni tampoco sacar la base militar rusa fronteriza existente en la ciudad armenia de Gyumrí – ex Leninakán, emplazada a lo largo de la frontera entre Armenia y Turquía.

Estos, y otros reveses, no le impidieron avanzar en algunos aspectos de su plan de gobierno, ideado y monitoreado desde el mismo centro de poder que organizó “revueltas populares” (golpes de Estado) en Ucrania, Georgia y Moldavia, entre otras repúblicas ex-soviéticas, o intentó hacerlo – sin éxito – en Bielorrusia y Venezuela.

El rol activo en estos movimientos de las embajadas de los EEUU, de algunas organizaciones regionales europeas e incluso de embajadas de países europeos emplazadas en esos países, y la participación en ellas de las ONG locales – financiadas por Soros y por cuanta fundación occidental exista – demuestra a las claras el verdadero objetivo de cada “cambio de gobierno” promovido desde Occidente. Y la “revolución de terciopelo” liderada por Pashinian fue parte de todo este entramado.

La guerra (quizá inesperada para muchos pero que con el correr de las semanas resulta más que evidente que no lo era para las autoridades armenias) fue determinante no sólo para obligar a Pashinian a cambiar parte de sus objetivos (aunque a desgana), sino también para demostrar cuánto daño le hicieron a Armenia y su pueblo quienes se repartieron el poder y las riquezas a lo largo de las tres décadas de existencia de la Tercera República de Armenia, la “post-soviética”.

El gobierno de Nikol Pashinian es consecuencia directa de las anteriores administraciones – encabezadas por Levon Ter Petrosian, Robert Kocharian y Serzh Sarkisian – y su innegable continuidad en cuanto al rumbo elegido.

En estos 30 años, cada uno de los gobiernos armenios – sus ministros, diputados y partidos políticos que los apoyaron – de manera sistemática fueron horadando la poderosa estructura estatal que habían recibido de la Armenia Soviética. Destruyeron no sólo la industria, el comercio y los sistemas públicos de educación y salud, sino también la formación y la voluntad de todo un pueblo, que a lo largo de siete décadas de socialismo había delineado un espíritu solidario, humanista, pacifista y patriótico, que lo llevó a defender lo suyo – Armenia Soviética, la Región Autónoma de Nagorno Karabaj y la Unión Soviética toda, a compartir sus logros con otros pueblos, en el caso armenio, también con las comunidades de la diáspora; y a pensar un futuro común y de bienestar para todos, sin olvidar el pasado, pero educando a las nuevas generaciones para no repetir errores ni caer en las redes del nacionalismo que siembra odios, rencores y sed de revancha.

Hoy, quienes destruyeron en su momento o se alegraron con la disolución de la Unión Soviética, intentan seguir poniendo la culpa de los males actuales en aquel Estado plurinacional que logró pacificar y hermanar pueblos a lo largo de 70 años.

Antes, iban y venían, cruzaban fronteras internas, visitaban familiares, vacacionaban y salían a trabajar a cualquiera de esas 15 repúblicas sin cuestionarse si eso era tuyo o mío. Compartían los frutos de la tierra, del agua, las riquezas naturales y la producción industrial sin preguntarse si esa porción de territorio, ese río o ese yacimiento era ruso, armenio, azerbaiyano o uzbeko. Unidos iban forjando una nueva vida, distinta, inédita, con contradicciones, pero con la seguridad de que la paz, la amistad y la solidaridad entre ellos no era algo malo, sino aquello que les permitía crecer, desarrollarse individual y colectivamente. Juntos enfrentaron al fascismo y al imperialismo; juntos fueron solidarios y compartieron sus éxitos con los pueblos de los países subdesarrollados que intentaban cortar las cadenas de la dependencia; juntos lucharon por la paz y nos enseñaron que otro mundo era posible.

En esa misma región del planeta desde donde hasta hace un par de décadas atrás nos llegaban los rayos que iluminaban un futuro mejor para todos, hoy allí se reinstalaron la injusticia, la pobreza, el hambre, el desamparo, la inseguridad, el odio entre vecinos, el revanchismo, el chovinismo y todas aquellas ideas supremacistas, discriminadoras y racistas de las que se nutren los nacionalismos y los nacionalistas.

Hoy se está al borde de una nueva guerra por “si esta casa está de tu lado de la frontera o del mío”, por “si el recorrido de esta ruta va totalmente por mi país o también por el tuyo”, por ver a quién pertenece o quién cuida esa “frontera imaginaria”, que antes unía y hoy divide, separa…

Y este doloroso presente, gasolina para el motor que alimenta las fabulaciones de nacionalistas propios y ajenos, para nosotros no es más que la exteriorización de nuestra faceta de seres humanos primitivos.

¿Quiénes somos nosotros?

Somos quienes nos reivindicamos internacionalistas; quienes no negamos nuestras identidades nacionales, pero no las utilizamos como barreras, sino como puentes; somos patriotas al momento de enfrentar al imperialismo que quiere someternos o al capitalismo que quiere diluirnos para seguir explotándonos más y mejor; nos consideramos hermanos y hermanas de todos y todas, y hacemos nuestras sus luchas contra la explotación y la opresión; queremos y peleamos por la paz, la amistad y la solidaridad entre los pueblos; somos quienes no olvidamos ni perdonamos, quienes queremos justicia y no revancha.

El destino de Armenia y su pueblo no se define por la renuncia de Pashinian ni por el derrocamiento de su gobierno, ni tampoco por el regreso de sus antecesores al lugar del que fueron echados.

Así como neoliberalismo, imperialismo, sionismo, panturquismo, nacionalismo, fascismo y fundamentalismo son los distintos nombres de un mismo mal: el capitalismo, también Ter Petrosian, Kocharian, Sarkisian (Serzh y Armén), Vazken Manukian, Nikol Pashinian y otros, significan más de lo mismo para Armenia y su sociedad. Ellos no tienen la solución, sino que son parte del problema.

El pueblo de Armenia necesita romper la actual disyuntiva coyuntural y avanzar en la verdadera discusión y debatir sobre “qué hacer” y “con quiénes”. Hay pueblos en aquella región del planeta que ya entendieron de qué se trata y hace años pusieron manos a la obra. Será cuestión de comenzar a tejer redes, que nos permitan retomar y retornar al camino del renacimiento iniciado el 29 de noviembre de 1920.

Por Adrián Lomlomdjian

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