Rojava: silencio, se rueda

Cuando a Diamantino García, el cura del proletariado del campo andaluz, la Junta de Andalucía le concedió la medalla de plata en 1993, sentenció con honestidad y sarcasmo: “Qué estaré haciendo mal para que los mismos que ordenan detenerme, los mismos que promueven las situaciones de injusticia contra las que yo lucho, ahora me den una medalla”. Algo parecido debió sentir el socialdemócrata alemán August Bebel cuando uno de sus discursos fue aplaudido por la derecha más reaccionaria. “¿Qué has hecho, viejo imbécil, para que la canalla te aplauda?”, se diría a sí mismo. A la misma pregunta nos podríamos remitir ante el anuncio hecho por la ex-Secretaria de Estado de EEUU, Hillary Clinton, y su hija Chelsea, de que producirá una serie de televisión que llevará por título “The Daughters of Kobani: A Story of Rebellion, Courage and Justice”. La productora de Clinton, Hidden Light Productions, ha comprado los derechos del libro en el que se basará la serie televisiva, de la periodista norteamericana Gayle Tzemach Lemmon. En el libro se explica la lucha de la milicia de mujeres kurdas YPJ (“Yekîneyên Parastina Jin”, Unidades de Protección Femeninas) durante la Batalla de Kobane (Ayn al Arab) que se desarrolló entre el verano de 2014 y la primavera de 2015, que enfrentó al Estado Islámico contra unas fuerzas combinadas de milicias kurdas y de grupos denominados “rebeldes”. Gayle Tzemach Lemmon considera que la victoria de Kobane apuntaló la igualdad de género en Oriente Medio, mientras que para Hillary Clinton “es una historia extraordinaria de mujeres valientes, desafiantes, que luchaban por la justicia y la igualdad”. Posiblemente, y siguiendo los pasos de Obama, las Clinton firmen un contrato con Netflix.

Remitiéndonos al cura Diamantino y al viejo Bebel, cabría preguntarse qué habrán hecho no solo las YPJ, sino en general su contraparte masculina YPG renombradas como FDS (Fuerzas Democráticas Sirias) para que alguien con el historial de Hillary Clinton se interese en producirles una serie. Como Secretaria de Estado del ex-presidente Obama, se implicó de lleno en la agresión a Libia y a Siria en 2011; sus declaraciones tras el vil asesinato de Muammar el Gaddafi (“We came, we saw, he died”) indican no solo su entusiasmo por asesinatos especialmente brutales, sino un supremacismo militarista, racista e imperialista desprovisto de reparos. Aunque no esté del todo claro su papel – y en general el de los EEUU – en la creación del llamado Estado Islámico, lo cierto es que los diferentes grupos fanáticos islamistas en Siria, entre ellos Al-Qaeda en sus diferentes denominaciones durante estos años (desde Jabhat al Nusra hasta Hayat Tahrir Al Sham) encontraron durante su mandato un apoyo en determinados casos indirecto, en otros directo, claro y preciso. En cuanto a su denodado empeño en aparecer como una adalid de los derechos de las mujeres, Nancy Fraser opina que “Clinton representa un tipo de feminismo neoliberal centrado en romper el techo de cristal. Eso significa eliminar los obstáculos que impiden a mujeres más bien privilegiadas, con buena formación, y que ya poseen grandes cantidades de capital cultural y de otro tipo, subir en los escalafones de gobiernos y empresas. Las principales beneficiarias de este feminismo son mayoritariamente mujeres privilegiadas, cuya posibilidad de ascender depende en buena medida del enorme grupo que se encarga del servicio doméstico y el cuidado familiar, también muy feminizado, además de muy mal pagado, muy precario y racializado. Y a la vez, Hillary Clinton, como su marido, está muy implicada con Wall Street, con la desregulación financiera y la neoliberalización de la economía”.

Hace ya más de un siglo que Lenin publicó su magistral análisis del imperialismo como fase superior del capitalismo. Desde entonces, han sido muchos los intentos por derribar y reducir a cenizas la teoría leninista del imperialismo desde supuestas posiciones progresistas; esos intentos disfrutaron de éxitos efímeros sustentados en modas intelectuales que vienen y van, ¿alguien se acuerda hoy y es capaz de reivindicar el “Imperio” de Negri y Hardt? Sin embargo, señalar la fortaleza de la teoría leninista del imperialismo en la actualidad no quiere decir de ninguna de las maneras que no haya una necesidad constante de actualizar ni de apuntar nuevos fenómenos que han de ser incorporados. Lenin, por ejemplo, no pudo desgranar los diferentes desarrollos en la esfera política, y sobre todo, cultural de esa nueva y superior fase del capitalismo.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el inicio de la Guerra Fría, pero sobre todo con la implosión de la URSS y las democracias populares europeas, los EEUU han venido desarrollando una poderosa industria cultural de alcance global con la intención de crear un sentido común, un consentimiento y una legitimidad. En este contexto de pandemia y de auge de las plataformas digitales, Netflix se ha destacado en la producción y difusión de productos culturales que tratan de dibujar los contornos de un poder imperialista norteamericano aparentemente comprometido con los derechos humanos y la democracia, y con un sector determinado del establishment norteamericano diferente al que ha venido sosteniendo el ex-presidente Donald Trump, que pretende ocultar el racismo y la discriminación cooptando a personas de esos colectivos oprimidos y otorgándoles determinadas cotas de poder.

Al respecto, la cuestión kurda dentro de la guerra de agresión que viene sufriendo la República Árabe Siria se ha convertido en la gran apuesta cultural y de propaganda de los EEUU con la que mantener su injerencia en los asuntos del Estado sirio y en general en la región del Asia Occidental. La que podríamos denominar como la “apuesta kurda” le proporciona al imperialismo norteamericano la opción de apoyar a un bando dentro de esa guerra acorde con los supuestos valores de defensa de los derechos humanos y la democracia que dicen defender. Hoy, en 2021 y a diez años de iniciada la guerra, los EEUU difícilmente pueden seguir apostando por unos “rebeldes moderados” que en realidad nunca existieron y que salvo excepciones son ya un “producto” difícil de vender en Occidente de acuerdo con la particular visión capitalista de los derechos humanos y la democracia. Sin embargo, la apuesta por las FDS sí cumple esa función: el exceso de imágenes de mujeres combatientes, la preocupación por el medio ambiente o el supuesto desarrollo y extensión de cooperativas irían en ese sentido, es decir, proporcionar una imagen que vender a Occidente, creando un reflejo distorsionado de una realidad social y cultural compleja y no homogénea de la población kurda en el norte y noreste de Siria.

Esta imagen proyectada lógicamente contrastaría con la de una República Árabe Siria, el Partido Baaz y el presidente Bashar al Assad como un fósil o más bien como una excrecencia de la Guerra Fría en la que se vendrían a condensar los “autoritarismos” soviético y el propio del socialismo panarabista y que tiene que ser extirpado por el bien de la democracia y los derechos humanos. “Imperialismo humanitario”, como lo definió Jean Bricmont.

La cuestión es que ese producto vendría no ya solo a ocultar una realidad tan excesivamente idealizada y romantizada que ha terminado por retorcerse y por plegarse sobre sí misma, sino también una realidad de ocupación norteamericana de territorio soberano sirio con bases militares situadas en el noreste, es decir, en la zona petrolera y gasística de Siria. Esa ocupación militar norteamericana utiliza a la Administración Autónoma del Noreste de Siria (AANES) y a las FDS para el saqueo del petróleo y el gas sirio que es transferido vía Kurdistán iraquí – controlado por el clan Barzani – a Israel y a Turquía. Sí, a la misma Turquía que ha venido masacrando a la población kurda, que ha venido negando sistemáticamente sus derechos políticos o culturales y la misma Turquía que tiene al histórico líder del PKK, Abdullah Öcalan, encerrado de por vida.

En resumen, estamos hablando de una potencia militar extranjera, cuya presencia no está respaldada por la dichosa legalidad internacional, y que utilizando a unas milicias y una estructura política está llevando a cabo la explotación colonial de unos recursos que no le pertenecen. Para el gobernador de Hassakah, Ghassan Halim Khalil, las FDS estarían transfiriendo – robando – diariamente la cantidad de 140.000 barriles; mientras en el caso de Israel, el nexo se encontraría en el empresario norteamericano-israelí Mordechai Kahana, activo prácticamente desde el minuto uno del inicio de la guerra de agresión contra Siria en operaciones “humanitarias” a través de la ONG “Amaliah”, implicando en ellas tanto a autoridades turcas como israelíes. La empresa que explota estos recursos es la norteamericana “Delta Crescent”, creada ad hoc para este fin; aunque realmente, los EEUU no perciben un gran beneficio económico del comercio del petróleo sirio, de lo que se trata, como le reconocía un mando norteamericano en la zona al periodista Kenneth R. Rosen, es de impedir a la República Árabe Siria acceder a sus recursos, provocando que el Estado sirio no pueda prestar sus servicios a la población. En definitiva, boicotear la reconstrucción de la República Árabe Siria que, no lo olvidemos, está sufriendo las durísimas consecuencias de la “Ley César” impidiendo, entre otras cosas, el acceso a medicamentos al Estado sirio en plena pandemia.

Igualmente, de un tiempo a esta parte son continuos los abusos de las FDS y de las autoridades autónomas contra la población, especialmente contra las comunidades árabes y siríacas, con los recientes bloqueos a Qamishli y Hassakah, que han impedido la venta y consumo de productos básicos como el pan, secuestros y reclutamientos forzosos, ataques al derecho a la educación reprimiendo al profesorado que no acepta el currículum impuesto, kurdificación de zonas en las que o bien no son mayoría o son una mayoría minoritaria, etc.

Mientras tanto, muchos de los aspectos que se presentan como novedosos en la llamada “revolución” de Rojava ya venían desarrollándose en la República Árabe Siria desde hace décadas, lejos de los focos y del interés del establishment norteamericano, más bien, todo lo contrario. Dejando de lado cualquier tentación a idealizar y al romanticismo, en Siria se viene trabajando en la igualdad entre hombres y mujeres desde prácticamente su independencia, pero sobre todo desde la llegada del Baaz al poder, y en un contexto nada idílico y complicado de predominio de la organización tribal en determinadas zonas rurales con el consiguiente peso patriarcal; contexto del que la población kurda en Siria no escapa, muy a pesar de lo que se quiera proyectar en Occidente.

Mientras tanto, son muchas las mujeres sirias que han tenido un protagonismo destacado en la lucha contra el terrorismo fanático islamista combatiendo y dándolo todo en el campo de batalla, lejos del interés de grandes productoras y de las plataformas digitales de entretenimiento; como el ejemplo impagable de la mártir Lina Ibrahim, poetisa y escritora, combatiente de las Fuerzas de Defensa Nacional de la República Árabe Siria, fallecida en enero de 2019 tras ser gravemente herida en combate. ¿Por qué las historias de unas mujeres combatientes importan más que otras? Silencio, se rueda…

Por Antonio Torres para “Revista La Comuna”

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