Nación Andaluza ante el apoyo español al golpismo en Venezuela

En el día de hoy el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, ha reconocido a Juan Guaidó como “presidente encargado” de Venezuela. Ante este hecho, desde Nación Andaluza – organización independentista, socialista y feminista andaluza – queremos afirmar:

Desde NA manifestamos nuestra solidaridad con la República Bolivariana de Venezuela. La izquierda independentista andaluza sólo reconoce a Nicolás Maduro como legítimo presidente venezolano.

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El reconocimiento del Gobierno español se produce el mismo día que el de Alemania, Francia y el Reino Unido. Esta coincidencia no es casualidad. Supone un nuevo gesto de la obediencia española a los intereses del imperialismo, a las oligarquía europeas y al IBEX 35. Que Sánchez haya afirmado que Guaidó debe “convocar elecciones en el menor plazo de tiempo posible, libres, democráticas, con garantías y sin exclusiones” es una muestra de hasta dónde el imperialismo es capaz de llegar en su necesidad de controlar el mundo violando la soberanía nacional de los pueblos.

Ya el 17 de octubre de 2017, desde NA emitíamos un comunicado avisando de las serias amenazas de la Unión Europea y sus patronos estadounidenses de no reconocer los resultados electorales y agitar a las bandas violentas a sueldo contra la Venezuela bolivariana. Por desgracia, los hechos nos dan la razón, como no podía ser de otra manera cuando hablamos de las potencias imperialistas.

Desde NA, organización por la liberación nacional y social de Andalucía, mantenemos como un principio básico el apoyo al derecho a la libre determinación de los pueblos. Igual que luchamos por la independencia de Andalucía y contra el régimen colonial que el Estado Español nos mantiene desde hace siglos, al igual que apoyamos las luchas por el derecho a la autodeterminación de otros pueblos hermanos del Estado Español, asimismo, defendemos la soberanía y la libre determinación del pueblo venezolano. Señalamos también que la defensa de la Revolución Bolivariana significa defender la soberanía nacional de todos los pueblos que resisten al imperialismo.

Es el momento de ejercer la máxima unidad anti-imperialista. Seguimos insistiendo en la necesidad de que nuestra militancia, personas adheridas y simpatizantes manifiesten en las calles y en todos los ámbitos posibles nuestro apoyo y solidaridad con la Venezuela bolivariana agredida por el imperialismo.

Desde Andalucía hasta Venezuela, ¡viva la lucha anti-imperialista!

¡Por la autodeterminación de los pueblos y el socialismo!

Andalucía, 4 de febrero de 2019

Permante de NACIÓN ANDALUZA (N.A.)

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Lo simbólico como excusa

No hace mucho pudimos leer en un artículo de análisis sobre la situación de Adelante Andalucía tras la contienda electoral del 2 de diciembre y las últimas maniobras de Errejón y los suyos; dicho artículo se cerraba con una severa advertencia: no caer “en la trampa de las viejas y derrotadas banderas rojas, los puños alzados y los dientes apretados”. Haciendo un chiste fácil, al autor del artículo se le olvidó apelar a La Pantoja en aquel desafiante paseo agarrada del por entonces alcalde de Marbella, Julián Muñoz, con su “dientes, dientes, que eso es lo que les jode”. Ya en serio, lo que nos llama poderosamente la atención es esa insistencia en lo simbólico de determinados sectores de Podemos, especialmente aquellos identificados con el errejonismo.

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Teresa Rodríguez y Antonio Maíllo, dirigentes de Podemos e IU en Andalucía respectivamente, comparecen como Adelante Andalucía tras las elecciones andaluzas del pasado 2D de 2018. (FOTO: “20 Minutos”)

No pretendemos centrarnos en qué táctica o estrategia debería seguir Adelante Andalucía porque eso es algo que, hoy por hoy, corresponde a quienes decidieron construir y constituir Adelante Andalucía como herramienta política, aunque sí aportar una serie de elementos críticos que no podemos dejar pasar por alto, y es que sigue sin haber un análisis autocrítico y un reconocimiento público por parte de los diferentes sectores de Adelante Andalucía respecto a lo sucedido el pasado 2 de diciembre. En relación a los resultados en este artículo se sigue manteniendo una imagen idílica de una autonomía política de la que realmente y en la práctica no se da; y una visión excesivamente positiva sobre su función social, parece que el escenario político andaluz se ha trastocado tanto que aquel régimen neoliberal y corrupto del PSOE-A nunca jamás existió. Igualmente, nos parece la peor de las excusas argumentar que dada la situación y las encuestas, demasiado bien ha salido la experiencia de Adelante Andalucía en comparación con lo que puede ser en otros lugares del Estado Español; analizar la hemorragia de votos hacia la abstención se ve que no entra dentro del relato a difundir.

Tras estas cuestiones previas procedemos a centrarnos en el objeto del presente artículo: la obsesión simbólica. Si algo caracteriza a estos sectores son las continuas duras críticas, llenas de resentimiento, a una simbología, una liturgia y unas tradiciones a las que califican una y otra vez de “derrotadas”, ¿derrotadas por quién? ¿Por quienes invadieron sus organizaciones y aparatos para condenarlas a la desaparición?

Estos sectores están obsesionados con que el cambio surge de la superficialidad, del simbolismo, y por supuesto, del discurso, sin ir más allá. El problema, según ellos, está en que algunos nos obstinamos en defender símbolos derrotados, y debemos agarrarnos impetuosamente a los símbolos vencedores – véase la bandera monárquica española – o, en el caso del errejonismo andaluz, además de la rojigualda, combinarla con una buena dosis de “blanquiverdeo”. En esta visión de la política no hay contradicciones, un proyecto político españolista puede complementarse – por supuesto, desde la subalternidad – con uno andaluz. Todo es simplemente cuestión del relato que se construya, las realidades, la materialidad de las relaciones pasadas y presentes entre el Estado Español y Andalucía están a función del mismo incluso; y por supuesto, lo mismo vale respecto a la materialidad y a la realidad de las relaciones sociales, a las relaciones de clase. La realidad es que un proyecto político cuyo eje sea la emancipación del pueblo andaluz es radicalmente excluyente con una defensa del Estado Español, cuya Historia, función y realidad material no es dúctil ni alterable, sino que hunde sus raíces en la conquista y subyugación de distintos territorios a la Corona de Castilla, es una cárcel de pueblos que los somete, y en el caso andaluz lo hace de una forma peculiarmente agresiva, de una forma política, cultural, social, y económica.

Hacer de lo simbólico lo central sí que es una caída al abismo de la derrota, creer que las luchas históricas, los símbolos que tantas victorias han traído, son algo a repudiar, es sólo un síntoma de lo que están dispuestos a desprenderse con tal de ganar, que es su única obsesión. Si se está dispuesto a renunciar a todo (simbología, tradiciones, luchas, cuestionamiento de la monarquía, críticas al “establishment”, etc.) con tal de ganar, dirán cambiarlo todo para no cambiar absolutamente nada. Ganar, ¿pero ganar qué y para qué? Porque si el ejemplo novedoso es Carmena y su alianza con Errejón, evidentemente nos tenemos que preguntar si ganar significa aceptar, como hizo Carmena, los dictados de Montoro, reducir la deuda, sí, pero a cambio de no profundizar en políticas sociales, aceptar y participar de proyectos urbanísticos como los de la “Operación Chamartín”, mantener la privatización de servicios, etc. Se habla, se repite que hace falta ganar, como si simplemente esto fuera una carrera de 100 metros lisos. La imagen de un Forrest Gump corriendo porque sí, resignificando su carrera, es inevitable.

En realidad, lo que esconde este debate es una renuncia absoluta a la construcción de contrahegemonía para abrazar por completo los postulados y los paradigmas hegemónicos, es, en realidad, ponerse a los pies del régimen hegemónico. Es alarmante ver cómo a algunos se les llena la boca con Gramsci y olvidan lo troncal de su pensamiento, que es la contrahegemonía, el construir un polo opuesto al hegemónico, construir mayorías sociales para derrotarlo; en definitiva, construir (contra)poder popular, alo que hacía ligar a Gramsci, con otro maldito símbolo del pasado de banderas rojas y puños alzados (no sabemos si apretando dientes o no): Lenin.

La culpa, la excusa es el símbolo, la excusa se construye y se resignifica. Aproximarse a la realidad, tener una comprensión global es sin duda un gesto inútil, como esos sectores nos recuerdan una y otra vez. Las tesis de Errejón llevan tiempo en la primera línea de Podemos, no por nada, Pablo Iglesias las asumió en la práctica tras Vistalegre II, de ahí el teatro constante, de ahí la falta de contenidos y de diferencias reales y prácticas entre unos y otros, de ahí que, en última instancia, todo esto sea el enésimo y aburrido juego de tronos de la nueva política española. La diferencia es que ahora, una vez conseguido hundir el barco a través de la extenuante indefinición, lo abandonan llamando a superar Podemos. Suponemos que ahora también que han sido derrotadas las banderas moradas, las manos en alto y las bocas sonrientes, y como la clave está en lo superficial, se debe superar Podemos y cambiar radicalmente la simbología, la liturgia y la apariencia, acusando al rival de anquilosarse e instalarse en viejas banderas derrotadas. Lo simbólico y el discurso poseen poderes mágicos y la capacidad de hacer ganar o perder, si es que ya significa eso algo para esos 834.000 parados en Andalucía, según datos de la EPA del último trimestre de 2018.

La política reducida al marketing, la política como producto en la quimera de las sociedades de “clases medias”, mientras, en Andalucía sigue existiendo un espacio sin cubrir que apele a la soberanía nacional como instrumento de transformación de una realidad de miseria y opresión y al protagonismo de la clase obrera y sectores populares. Algunos ven el peligro en banderas rojas y puños en alto, nosotros en renunciar a acabar con la miseria, la opresión, la dependencia y la explotación del ser humano por el ser humano. Levantaremos la verdiblanca y la bandera roja, alzaremos el puño – no sabemos si apretando dientes o no, eso dependerá de las circunstancias – pero porque simbolizan un proyecto político transformador, no porque estemos más a gusto con nosotros mismos al hacerlo, o necesitemos taparnos con banderas como quien se tapa con una manta una fría noche de invierno.

Por Manuel Ares y Antonio Torres

Andalucía, un campo de batalla cultural

“Si queremos comprender de qué modo el pasado se ha convertido en presente, hemos de comprender también nuestras completas relaciones con ese pasado, que incluyen tanto la necesidad histórica de transformarlo como el deseo de mantener, de establecer e incluso inventar una continuidad.” (Eric Hobsbawm)

El imprevisible – o no tanto – resultado de las pasadas elecciones andaluzas del 2 de diciembre ha dejado un escenario de fortaleza electoral de las derechas más extremas, ante la fuga de votos del social-liberalismo del PSOE y de la nueva socialdemocracia de Adelante Andalucía hacia la abstención. Guste o no, la derecha extrema – o, por qué no, fascista – de Vox está marcando la agenda política y los debates, condicionando la formación de un nuevo gobierno de la Junta que tendrá, por primera vez en más de 35 años, un presidente que no pertenece al PSOE; y ya, metidos en esta tesitura, la máxima de no hablar, de no nombrar a Vox con el fin de no darles una visibilidad – el famoso elefante de Lakoff – no sirve, ese momento ya pasó; inevitablemente hay que hablar de Vox y de su discurso en Andalucía y para Andalucía, porque ya es una realidad con la capacidad de afectar políticamente al conjunto del Pueblo Trabajador Andaluz.

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Manifestación celebrada en Málaga el 3 de diciembre de 2017 con motivo del Día Nacional de Andalucía.

Pero hablar de Vox no solo supone armar un discurso eficaz, sino también una praxis acorde a una ética revolucionaria. Abordar la cuestión en definitiva supone un ejercicio creativo de organización obrera y popular andaluza, y de asumir prácticamente el objetivo de una República Andaluza libre y soberana tajo a tajo, calle a calle, pueblo a pueblo. Frente a la tentación alarmista y su discurso conservador de mantener el “statu quo” andaluz generado en la Transición y hoy amenazado por las derechas extremas, hemos de tener presente que la amenaza derechista ha sido posible y se ha materializado gracias al régimen andaluz del PSOE – consecuencia del régimen postfranquista español – y de su constitución como partido referente de gran parte del pueblo trabajador y de la clase obrera andaluza. Volver al punto de partida que dio lugar a un régimen corrupto, neoliberal, soberbio, con un concepto utilitarista de las señas de identidad andaluzas y sometido a la oligarquía y cualquier poder ajeno a los intereses del Pueblo Trabajador Andaluz, no puede ser ya una opción.

La batalla cultural, sentido común y buen sentido

Por tanto, Andalucía se ha constituido en un campo de batalla entre unas derechas extremas desatadas y un bloque social-liberal y socialdemócrata cuyo objetivo ahora mismo es el de regresar a una situación previa al 2 de diciembre de 2018, si acaso con algunas mejoras cuya concreción y alcances no se definen. Esta dialéctica, como ya hemos dicho, en el mejor de los casos solo sirve para mantener el “statu quo” andaluz, no para superarlo.

La tarea pues del conjunto de la izquierda soberanista y transformadora andaluza ha de ser el de irrumpir en esa batalla, con su propia artillería, con su propio armamento, pero antes de continuar, o mejor dicho para armar nuestro arsenal y dar la batalla con ciertas aspiraciones de éxito necesitamos hacer la distinción gramsciana entre sentido común y buen sentido, así como definir el concepto de batalla cultural y cómo estos conceptos actúan en la escena política andaluza.

Para el dirigente comunista sardo Antonio Gramsci, en sus “Cuadernos de la cárcel”, el sentido común era definido sintéticamente como “la filosofía de los no filósofos”, es un conocimiento vulgar, pasivo, inducido, acrítico y aparentemente natural.

Decía Gramsci:

El “sentido común” de una sociedad determinada está hecho de la sedimentación de diversas concepciones del mundo, de tendencias filosóficas y tradiciones que han llegado fragmentadas y dispersas a la conciencia de un pueblo. De ese “sentido común” se tomarán referencias y ordenamientos que justifiquen o reprueben los actos de la vida pública y privada”.

Como consecuencia, el sentido común es el sentido de la clase dominante, el sentido común de los capitalistas y de las relaciones sociales de producción capitalistas que lo imponen y lo naturalizan desde los diferentes aparatos de reproducción ideológica del Estado y de la llamada sociedad civil capitalista. Sin embargo, en el sentido común puede haber “elementos sanos” surgidos de una conciencia autónoma y crítica de las condiciones materiales de existencia: se trata del buen sentido. Este buen sentido se conforma de realidades tozudas que pueden ser negadas o marginadas pero que persisten. Para Gramsci, este buen sentido se ocultaba en el sentido común, pero tendía a visibilizarse en los momentos de crisis.

La batalla cultural es, pues, resumiendo, la lucha por una nueva visión, por nuevas maneras de ver la vida, por unos nuevos valores ajenos a la ideología capitalista naturalizada por el sentido común. La batalla cultural es una lucha revolucionaria que no solo se puede concebir desde los discursos o la mera confrontación de ideas, sino que la praxis es determinante en esa batalla. Sin praxis el sentido común capitalista quedará intacto, porque hay quienes quieren reducir la batalla cultural a lo simbólico o al discurso, negando toda relación dialéctica con la acción política revolucionaria. No olvidemos que las batallas forman parte de una guerra, las batallas culturales son parciales y forman parte de una globalidad: el fin de la miseria, la explotación y la opresión. Esta cuestión es sumamente importante porque desde la izquierda estatal española hegemónica se pretende reducir la batalla cultural a meras poses provocadoras con las que irritar ocasionalmente a la derecha; en el fondo, ni conciben las batallas culturales dentro de una globalidad revolucionaria ni hay una verdadera lucha (política) por la hegemonía, y es en este punto, en el de la hegemonía, en el que Gramsci – inevitablemente – entronca con Lenin con el desarrollo de una dirección social por parte de una clase, en este caso, la clase obrera; entronca con aquel Lenin que en 1905 (“Dos tácticas de la socialdemocracia en la Revolución Democrática”) defendía que correspondía al proletariado hegemonizar la lucha contra la autocracia zarista y arrastrar al resto del pueblo oprimido. Entronca, en definitiva, con el Lenin que afirmaba en los “Cuadernos filosóficos”: “La práctica es superior al conocimiento (teórico), porque posee no sólo la dignidad de lo universal, sino también la realidad inmediata”.

 

El sentido común en Andalucía es el impuesto por la gran oligarquía imperialista española, un sentido común que normaliza en lo material la configuración histórica de una Andalucía marginada, dependiente y oprimida gracias a la manipulación de los marcadores identitarios andaluces. El objetivo es desposeer al pueblo andaluz, especialmente a la clase obrera, de elementos culturales o simbólicos que les permitan tomar una conciencia crítica de su situación y organizar un poder político que atente contra el poder de esa oligarquía y planifique desde la democracia y la soberanía su vida económica, social y cultural.

En “Sociología de la Transición andaluz”, el histórico andalucista José María de los Santos consideraba que la manipulación de los marcadores identitarios andaluces se apoyaba en dos pilares: la sobreestimación y la subestimación.

“Pues bien, centrándonos en el tema de la cultura andaluza, hemos de poner de relieve que uno de los síntomas más elocuentes del estado de dependencia y de la correspondiente situación de anomia, radica en el hecho de que la cultura andaluza haya sido tradicionalmente sobreestimada, es decir, confundida con lo español – Andalucía sería la más España de las Españas – y simultáneamente subestimada, es decir, considerada como simple prolongación de la cultura castellana.”

Matizando estas palabras, la sobreestimación redundaría en una consideración positiva, tan positiva que incluso lo andaluz ya no sería confundido automáticamente con lo español, sino que tendría una consideración incluso universal; mientras que la subestimación tendría una consideración negativa, es decir, no solamente como una mera prolongación de Castilla, sino como un subproducto de ésta de dudoso gusto, tanto en lo ético como en lo estético. En definitiva, estamos hablando de dos mecanismos que permiten bloquear la toma de conciencia del pueblo andaluz – conciencia nacional – y desarmar de elementos culturales que supongan una impugnación a la situación de dependencia, marginación, subdesarrollo y opresión.

¿Por qué España no comprende a Al-Andalus ni a Andalucía?

Evidentemente, se podrían sacar a la luz toda una serie de temas que han generado duras polémicas públicas desde aquel mitin de Vistalegre hasta el pacto de Vox con el PP en Andalucía; especialmente polémico ha sido todo lo relacionado con los derechos de las mujeres o la violencia de género. En este punto hay que hacer notar algo preocupante: lo poco que se discute sobre el programa económico de Vox y su apuesta radicalmente neoliberal, y con esto no se pretende restar importancia al machismo y a la misoginia de Vox, en absoluto, pero sí llamar la atención sobre la gravedad de una propuesta económica, con la importancia que evidentemente tiene, así como ser un elemento esencial para su correcta caracterización política e ideológica.

Sin embargo, en toda esta vorágine de proposiciones reaccionarias no han pasado desapercibidas las propuestas de Vox en lo que respecta a Andalucía y su actual estatus, como otras cuestiones más simbólicas como el traslado del 28 de febrero al 2 de enero como día oficial de la Comunidad Autónoma. Ya durante la campaña electoral, los de Santiago Abascal venían cargando no solo contra el Estado de las Autonomías, sino contra una presunta “islamización” de Andalucía, llegando al delirio de tratar al califa Abderramán III como si siguiera existiendo aún, y todo culminado con el uso y abuso del término “reconquista” y un Santiago Abascal galopando, cual Pelayo o Cid Campeador – por cierto, un personaje muy distorsionado por el ultranacionalismo español – o como el típico señorito terrateniente hijo de la conquista castellana.

La incapacidad de España como proyecto político, y por tanto como proyecto nacional, de asumir un pasado no cristiano – y católico, ni castellano – ni siquiera no estrictamente latino, en definitiva, un pasado no ordenado por los esquemas de lo que hoy es considerado europeo y occidental, es un auténtico trauma para las élites españolas, incluidas las que se definen como “progresistas”. Ante ese trauma, frecuentemente hay dos reacciones: una, el rechazo violento y hostil – propio del ultranacionalismo español; y otra, la ignorancia y la incomodidad, propia de quienes se empeñan en recrear un proyecto nacional español democrático y progresista que es imposible. Entre ambas maneras de afrontar este hecho, existen los grises, los términos medios y las equidistancias, evidentemente, pero sí que hay un elemento común a ambas: el prejuicio, que es alimentado por los diferentes relatos sobre qué pasó en la Península Ibérica y por qué entre el año 711 y 1492. El actual proyecto nacional español se debe, en su esencia fundacional, a la lucha librada en ese período contra una invasión árabe-musulmana, como un organismo se defiende contra un virus, contra un cuerpo extraño que le causa una enfermedad.

En su último libro “Cuando fuimos árabes”, el islamólogo Emilio González Ferrín se lamenta de la cerrazón académica por no considerar a Al-Andalus ni a lo andalusí como parte de lo español. Como el propio González Ferrín ha explicado ya en diferentes ocasiones, se trata del relato impuesto, de un relato que trata de justificar un presente con el pasado. Se trata de un relato que es transversal, asumido por reaccionarios que aborrecen toda herencia no cristiana y no europea, aunque el Islam es tan europeo como los cristianismos; o asumido por pretendidos progresistas, tanto en cuanto esa herencia les separa de una Europa modélica, considerada “campeona de la democracia y de los derechos humanos”, y les acerca a un Magreb y un Oriente caracterizado por la intolerancia; ni que decir tiene que la exaltación de la diversidad, entre ellas la cultural y la étnica, es una pura pose para ese españolismo con pretensiones progresistas. Los lamentos de González Ferrín bien nos recuerdan a los de Blas Infante respecto a la relación España-Andalucía en “La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía”.

Si la España progresista – o mejor dicho, que pretende ser progresista, otra cosa es que lo consiga – no puede oponer un relato muy diferente al del ultranacionalismo reaccionario español, porque no sabe, no puede o no quiere, será tarea de la izquierda andaluza asumirlo, porque en Andalucía el relato español se desarticula, se rompe el espinazo, ya que partiendo de la materialidad, es decir, de la situación de Andalucía como país marginado y oprimido, fácilmente llegamos a la conclusión de que la explicación española falla, incluida la pretendidamente progresista.

Al-Andalus y Andalucía, sin ser exactamente lo mismo – es decir, sin ser una simple prolongación la una de la otra – y como excepcionalidades no comprendidas ni asumidas por el proyecto nacional español que, no lo olvidemos, no deja de ser en última instancia un proyecto político de clase, de diferentes fracciones burguesas que cristalizaron en un momento determinado su proyecto político.

Al final, tanto Íñigo Errejón como César Rendueles, cada uno a su manera en sus agónicas llamadas a “resignificar España” desde un punto de vista progresista, lo único que están contrastando es la imposibilidad de articular un proyecto nacional español de izquierdas o progresista.

Nuestra guerra no es solo contra Vox, cuya existencia es coyuntural y va a estar sometida a las tácticas y a los momentos de la gran oligarquía española, sino contra la opresión nacional y por la desaparición de todo rastro de opresión y explotación, partiendo de nuestro marco nacional andaluz. En esa guerra es fundamental, como decíamos al principio de este artículo citando al historiador Eric Hobsbawm, saber relacionarnos con nuestro pasado, porque de esa relación depende nuestra victoria; no solo de la batalla cultural planteada, sino de nuestra guerra de liberación nacional, y entiéndase esta afirmación dentro de una guerra sin armas, puramente dialéctica, aunque conviene otra vez recordarlo, no exenta de una praxis transformadora.

Armas e ideas para una batalla y una guerra asimétricas

“Çolôh. Çolôh i moqqeaôh
Çolôh i rodeaôh por tô’lô laô
Neçeçitamô muniçión
Armamentôh y un cañón de combuttible”

(Tabletom, “Me estoy quitando”)

Si tenemos un problema político que se expresa en una multiplicidad de fenómenos, sin visión política, sin una visión totalizadora, será imposible atajarlo. El antropólogo Isidoro Moreno ha venido insistiendo desde hace mucho en los factores de bloqueo en la toma de conciencia nacional andaluza. Por nuestra parte queremos insistir en la cuestión política, es decir, en la falta de un referente popular, de izquierdas, transformador, soberanista y de masas en Andalucía y en cómo la ausencia de ese referente incide directamente en la toma de conciencia andaluza y afectando a factores evidentes como la confusión manipulada de lo andaluz por lo español. Mientras no exista ese referente con esas características, los bloqueos continuarán y se agudizarán. Al respecto, es necesario distinguir entre diferentes espacios de organización y no convertir en significantes vacíos algunos términos como “partido”, “movimiento”, “unidad popular”, “bloque político”, etc., tan de moda en la izquierda españolista, inventándose expresiones como “partido-movimiento” que vienen a definir una organicidad amorfa que es terreno abonado para los oportunismos más rastreros.

Elemental o consustancial a ese referente político es el de no dejarse arrastrar por la izquierda española. Venimos de diferentes experiencias en las que diferentes organizaciones de la izquierda andaluza se han sumergido en el “universo Podemos” para desaparecer, en unos casos, o para pintar de blanco y verde las opciones electorales. Ni una táctica ni la otra nos han hecho avanzar lo más mínimo. Esto no quita que se pueda, en un momento dado, llegar a pactos con determinados sectores de la izquierda española, pero desde la igualdad y el reconocimiento mutuo, nunca desde la subordinación.

Sabemos que somos muy pesados, pero no nos cansamos: el discurso sin praxis no es nada y en esta cuestión el problema no solo radica en la izquierda posmoderna, también en la izquierda que se reclama revolucionaria y anticapitalista, que cae de lleno en la trampa del carácter performativo del lenguaje, como si fuera algo mágico. Es una cuestión de ética revolucionaria, es decir, el discurso ha de ir al compás de una praxis que haga avanzar la conciencia nacional y de clase, y esto, aunque a algunos no les guste, es puro leninismo. Nuestra clase y los sectores oprimidos de nuestro pueblo han de tener claro que el objetivo de una Andalucía libre y socialista es algo real y que ayuda en el día a día a mejorar sus condiciones de vida. La soberanía nacional y la República del Pueblo Trabajador Andaluz empiezan en el centro de trabajo, en la escuela, el instituto o la universidad; empieza en el barrio, en el pueblo o en la comarca.

No se le niega validez a las teorías de Lakoff sobre tratar de no entrar en la agenda del enemigo – en su caso eran los conservadores del Partido Republicano de EEUU – y de tratar de huir de sus marcos discursivos, para así no quedar atrapados y sin la libertad para marcar nuestra propia agenda y nuestro propio marco; pero esa validez no es permanente, ni se puede aplicar a todo momento y lugar, y en definitiva, depende mucho de las diferentes correlaciones de fuerza. Cuando un partido como Vox tiene en su mano la gobernabilidad de la Junta de Andalucía y tiene prácticamente secuestrado al nuevo Ejecutivo andaluz, lógicamente, su marco discursivo hay que criticarlo, hay que hablarlo y hay que contestarlo. La habilidad estará en, efectivamente, no caer en su agenda, en no caer en que Vox nos marque el son, la letra y la música de lo que debemos decir y hacer en todo momento, porque lo más efectivo siempre será la tarea de organización obrera y popular andaluza, más allá de lo puntual. Con nuestra praxis cambiamos y enfrentamos las relaciones de poder, la realidad y los discursos, nunca al revés.

Por último, apelamos al “best seller” en los últimos tiempos de la izquierda en el Estado Español, nos referimos a “La trampa de la diversidad” de Daniel Bernabé, concretamente a cómo en general la izquierda ha asumido la trampa neoliberal de adaptar su discurso a una amorfa “clase media”, que no es clase sino más bien una aspiración social. Esa trampa ha hecho que los discursos de la izquierda se hayan hecho débiles en una equivocada pretensión por llegar a esa “clase media” que se cree mayoritaria y que se deja guiar por el sentido común de la clase dominante, mientras tanto crece la desafección de quienes están por debajo de esa “clase media” y los reaccionarios endurecen sus discursos. Como nos suele recordar Juan Manuel Sánchez Gordillo, la izquierda o es anticapitalista y encarna un proyecto de sociedad alternativo (socialismo/comunismo) o no es izquierda. Siguiendo con Sánchez Gordillo: o la izquierda lucha consecuentemente por la soberanía nacional andaluza o no es izquierda.

Para hacer frente al órdago de las derechas extremas no podemos legitimar la posición actual de Andalucía surgida de la Transición y del régimen postfranquista español de 1978, porque es justamente esa posición la que ha creado este momento político. Por eso, frente al 2 de enero, la respuesta no puede ser reivindicar el 28 de febrero sino el 4 de diciembre. Por eso, frente al desmantelamiento de la “autonomía”, la respuesta no puede ser defender una autonomía que no existe, sino reivindicar nuestra autodeterminación y soberanía nacional como garantías de una verdadera autonomía que no poseemos. Por eso, frente a las propuestas neoliberales, la respuesta no puede ser un neoliberalismo de rostro humano, sino poner las bases de la superación del capitalismo, el socialismo, el poder obrero y popular andaluz. Por eso, frente a la misoginia, el machismo y la transfobia, la respuesta no puede ser la exaltación neoliberal e insolidaria de las identidades, sino feminismo revolucionario. Por eso, frente al racismo, la xenofobia y el odio, internacionalismo proletario, porque somos la misma clase obrera. Y contra la islamofobia: más Al-Andalus, más Averroes, más Ben Gabirol, más Bin Firnas, más Itimad, más Ibn Maymum, más Wallada, más Aisha, más Ben Humeya, más Ben Hafsún, etc.

Por Antonio Torres

Contra VOX viviremos (vivirán) mejor

Está circulando, pidiendo adhesiones, un “Manifiesto” apócrifo (sin firma), cuya autoría se atribuye a “personalidades de la izquierda procedentes del mundo universitario a las que se han sumado otras del sindicalismo y de movimientos sociales” (no se dice, por ahora, quiénes ni qué representan), mostrando su “máxima preocupación porque PSOE-A y Adelante Andalucía sean incapaces de colaborar en el momento histórico más delicado para la democracia en nuestra tierra en los últimos 40 años”. Hacen un llamamiento a PSOE-A y Adelante Andalucía para que “se reconozcan como actores del pueblo progresista andaluz y abran un nuevo e inmediato tiempo de colaboración ante la amenaza de la ultraderecha”.

Es significativo que estas “personalidades” no hayan promovido manifiestos críticos con las políticas neoliberales desarrolladas durante los casi 40 años de régimen pesoísta, sobre todo en los últimos 10 años de fuerte deterioro de los derechos sociales, que son las que han producido la gigantesca abstención que ha permitido el triunfo de lo que llaman “las derechas” en las últimas elecciones, ni inviten a la más mínima autocrítica. Y que pretendan ahora que Podemos Andalucía se suicide colaborando estrechamente a tapar las vergüenzas políticas (incluida la pestilente corrupción) y el derechismo de esas casi cuatro décadas de gobiernos del PSOE. Pretenden utilizar la emergencia en las instituciones de la ultraderecha, que siempre ha existido pero que tiene ahora un partido independiente y provocador, como una gran capa que todo lo tapa. Y muchos picarán, ingenuamente, en el anzuelo.

Lo que se pretende, en realidad, es salvar a doña Susana y, una vez más, a los partidos que ya traicionaron la posibilidad de ruptura con el franquismo. No se puede luchar contra los lodos de ahora (la aparición electoral de la ultraderecha y la mayor derechización de la derecha dura) sin denunciar aquellos polvos (no solo de la Transición sino también de los 40 años siguientes) que produjeron los mal nombrados “grandes partidos de izquierda”. Para construir, o reconstruir, una verdadera izquierda andaluza lo primero sería no alimentar la ficción de que el PSOE actual es un partido de izquierda. No lo es, aunque sí ha sido el pesebre en que se ha alimentado (no solo económicamente) mucha gente y gran parte de las “personalidades” autoproclamadas progresistas. Lo siguiente, no separar luchas sociales por la defensa de derechos con lucha nacional andaluza por el reconocimiento de nuestro derecho colectivo a decidir por nosotros mismos – entre otros objetivos, para que no ocurra (como ahora) que el futuro de nuestras instituciones políticas se negocie y decida en Madrid.

Pienso que se inaugura una época en que proliferarán los Manifiestos encabezados por “personalidades”. Es revelador que apenas los haya habido, al menos promovidos por ellas, mientras ha gobernado Andalucía el PSOE, a pesar de los recortes salvajes, de la corrupción y de la promoción de un capitalismo a la vez favorable a las grandes corporaciones transnacionales, la banca, la industria militar y los grandes lobbies turísticos y a los intereses de los amiguetes (de lo que, por ejemplo, “Canal Sur” es un buen exponente). Los manifiestos reaparecen ahora. Ya dijo Felipe González [N. de la R.: copiando a Deng Xiaoping] que da igual gato blanco o gato negro porque lo importante es que cace ratones. Aplicado a nuestra situación, darían igual las barbaridades y políticas de derecha que se hayan perpetrado, y se sigan defendiendo, porque lo único importante es afirmar que se está contra la ultraderecha (que esas barbaridades han cooperado en reactivar) y declararse antifascista. El poco más de 6% sobre el censo electoral que ha conseguido VOX justificaría, supuestamente, tocar a rebato por lo que llaman “emergencia democrática”. Sin duda, hay que defender los derechos ya conquistados (cosa que muchos no han hecho durante los gobiernos pesoístas) y denunciar la derechización general de partidos e instituciones. Pero sin hacer de esta defensa el único objetivo político ni suspender otras luchas por ampliar esos mismos y otros derechos. No tengo más remedio que recordar aquella frase dirigida a la “gauche divine” (la izquierda de salón) acuñada en la Transición política: “Contra Franco vivíamos mejor”. Ahora habría que reconvertirla en “Contra VOX viviremos (vivirán) mejor”… Porque no pocos se ahorrarán el análisis y, aún más, la autocrítica.

Por Isidoro Moreno

Comunicado de NA ante el Día Nacional de Andalucía: “Desde Fermín Salvochea a García Caparrós”

El 4 de diciembre de 1977 más de 2 millones de andaluzas salían a las calles de nuestra nación para exigir autogobierno y el acceso de Andalucía a una autonomía plena.

La elección de esta fecha no fue casual. Los organizadores e impulsores de las manifestaciones de 1977 quisieron unir la reivindicación de autogobierno con las demandas históricas andaluzas en pos de la soberanía.

Las manifestaciones de 1977 enlazan con la Revolución Andaluza de 1868, donde un 4 de diciembre las milicias populares gaditanas de los “Voluntarios de la Libertad”, dirigidas por Fermín Salvochea, se levantan contra el Estado Español y proclaman la República Federal Andaluza. El movimiento insurreccional se extiende rápidamente por Andalucía, siendo reprimido brutalmente por el Ejército español. Más de 3.000 asesinados y otros miles encarcelados fue la condena a Andalucía por reclamar su autogobierno.

El 4 de diciembre de 1977, Andalucía tampoco se libra de la represión del Estado Español, siendo asesinado por las Fuerzas de Seguridad del Estado el malagueño Manuel José García Caparrós, de un disparo por la espalda. La Historia nos enseña que cada vez que el pueblo andaluz reclama su derecho a la soberanía, el Estado Español responde con la máxima violencia de la que se puede hacer gala: el asesinato, la represión policial, judicial y política. Ya pasó en 1936 con el asesinato de Blas Infante, o en 1976 con el de Javier Verdejo – cuando la juventud andaluza se oponía al neofranquismo que se estaba preparando.

Pero la represión contra las andaluzas insumisas que no aceptan la actual situación colonial que sufre el pueblo andaluz sigue estando vigente. La Ley Mordaza, que los gobiernos y partidos “progresistas” españoles no se atreven a derogar, condenó al andaluz Fran Molero a pena de cárcel por exigir los derechos más elementales.

Para NA, el 4 de diciembre no es un día de fiesta ni celebramos nada. Es un día de lucha por la soberanía y por los derechos de la clase trabajadora y las clases populares; un día para luchar por la República Andaluza de Trabajadores; por la libertad de Fran Molero y de todas las represaliadas por el Estado Español, por todas las paradas, por las trabajadoras precarias, por los miles de andaluces en situación o riesgo de pobreza, por nuestros jubilados, por una educación y una sanidad de calidad, por el derecho a la vivienda…

Sin embargo, somos conscientes de que el camino no es fácil, que la lucha, la constancia y el sacrificio van a ser los valores que nos van a hacer avanzar hacia los objetivos de una Andalucía libre.

Y aunque NA está presente en las elecciones de este domingo 2 de diciembre y el voto de la Andalucía rebelde puede ser un espaldarazo a nuestra línea política, el futuro de Andalucía no se está jugando en las urnas. Pasa por las luchas en las calles, en los centros de trabajo, en los centros de enseñanza, codo con codo con la clase trabajadora y enfrentando al Estado y sus instituciones con desobediencia y con la voluntad de caminar hacia la liberación de Andalucía.

Por estos motivos estuvimos ayer en Málaga conmemorando el Día Nacional de Andalucía, y por eso llamamos a toda nuestra militancia, adheridas y simpatizantes, a asistir a los distintos actos conmemorativos de los sucesos del 4D de 1868 y 1977, recordando a Fermín Salvochea, a Manuel José García Caparrós y a todas aquellas andaluzas que han sufrido la represión del Estado Español.

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Asimismo, llamamos a todas las andaluzas en Cataluña y aliadas de la causa nacional andaluza en los Països Catalans a participar en el acto que está teniendo lugar hoy 1 de diciembre en L’Hospitalet de Llobregat organizado por NA, la CUP, el sindicato COS y el colectivo “Feminisme Revolucionari de L’Hospitalet”.

¡VIVA ANDALUCÍA LIBRE, SOCIALISTA Y FEMINISTA!

¡HACIA LA LIBERACIÓN DE ANDALUCÍA!

Permanente de la CN de Nación Andaluza

Andalucía no es Castilla de la Frontera

Así comienza la entrevista de un diario nacional-católico español a una historiadora cordobesa en defensa de quien pretende amputar a Córdoba el nombre, la Historia y la propiedad de su Mezquita. Sus tesis negacionistas son espejo del escudo de la provincia: castillos y leones presididos por una corona con su cruz. Idéntico al del lugar de procedencia de la ex-ministra Tejerina y de sus estudiantes aventajados. Para las dos, Córdoba solo existe como ciudad española a partir de su conquista castellana y católica. Para las dos, parece que nunca hubiera sido capital de la Bética, de la Spania bizantina y, muchísimo menos, de Al-Andalus.

¿Qué es Andalucía para usted?

Desde su conquista por el rey Fernando III y sus sucesores, Andalucía es la parte más meridional del Reino de Castilla.

¿Entonces Andalucía es solamente la parte de una nación que no tiene identidad propia?

Desde la etapa medieval tiene una clara identidad dentro del Reino, de manera que se la conoce como la frontera. Podríamos decir que Andalucía es la tierra de frontera.

¿Esa situación geográfica marca el ser del andaluz como un individuo fronterizo?

Más allá del andaluz como tal, que no existe, esa frontera marca la vida de la gente que vive en Andalucía.

Porque para las dos, Andalucía solo es Castilla de la Frontera, un territorio conquistado a los moros donde no viven andaluces ni andaluzas, sino malos españoles que todavía no hemos aprendido a hablar ni rezar como es debido. No alcanzan a comprender por qué somos tan diferentes a los que nos repoblaron con la piel, la religión y la lengua correcta. Para las dos, Andalucía es una falla histórica, el producto de un error inexplicable. Y por eso también nos equivocamos al no votar a la derecha centralista del “a por ellos” y de los que cuelgan banderas “cara al sol”.

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Mucho me temo que las equivocadas son ellas. Andalucía no es una frontera sin memoria, sino una memoria sin fronteras. Como decía Blas Infante, en Andalucía no hay extranjeros porque nuestra identidad es el abrazo, no la concertina. El mestizaje y no el desprecio a la diferencia. La cultura compartida y no la sangre excluyente. La dignidad del que reparte lo poco que tiene. Y la memoria milenaria que habita en el alma y en la garganta de quienes se negaron a marcharse y olvidar. De ahí que frente a cuantos nos bombardean con insultos y ofensas – “no merece siquiera que le responda”, me dijo mi hijo de 14 años tras mostrarle la intervención de Jorge Verstrynge – la única respuesta cabal sea la de reconstruir nuestra Historia mutilada en los colegios y universidades donde, por ejemplo, se siguen ninguneando los nombres de monarcas, filósofos, médicos y mujeres andalusíes. Y si esto es grave en el resto del Estado Español, resulta imperdonable en Andalucía.

Ningún informe PISA explicará la supervivencia de la cultura morisca o negra en nuestra forma de pensar y sentir; la prisión general del pueblo gitano, segregando a hombres y mujeres para exterminar la especie como ratas; la entrega de suelo andaluz a colonos extranjeros con la prohibición de aparearse con los jornaleros que morían de hambre a su vera… Solo conociendo nuestra verdadera Historia comprenderemos por qué lo peor del caciquismo español y lo mejor de nuestras revoluciones se parieron en Andalucía, desde la revolución republicana de La Gloriosa en 1868 a las manifestaciones del 4 de Diciembre de 1977. Y de esta ignorancia impuesta y consentida, que aún nos considera Castilla de la Frontera, también es culpable la Junta de Andalucía.

Por Antonio Manuel

La valía internacional del programa de Nación Andaluza

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Iñaki Gil de San Vicente, teórico marxista vasco.

Nación Andaluza ha decidido participar en las elecciones autonómicas del 2 de diciembre por varias razones obvias: divulgar mediante soluciones concretas que existe una identidad nacional andaluza; hacer presente la extrema gravedad de los problemas que asfixian a su pueblo; atraer y aglutinar sectores populares; mostrar que sí existen alternativas viables… Al margen ahora de los resultados que obtenga, hay que convenir que su decisión fortalece los profundos movimientos democrático-populares que van creciendo en el Estado Español y entre ellos los de los pueblos oprimidos nacionalmente. Son las concretas condiciones de su nación trabajadora las que le han llevado a dar ese paso, y la militancia de NA las conoce mejor que nadie.

En Euskal Herria, uno echa en falta la radical lucidez de su programa electoral que, entre otras virtudes, tiene también la de mostrar que, en lo esencial, sus propuestas pueden y deben ser debatidas y luego adaptadas en lo necesario por otros independentismos socialistas, e incluso muchas de ellas por las izquierdas de naciones no oprimidas. Por “radical lucidez”, en este caso, entiendo la no elaboración de un programa máximo de inmediata destrucción del poder capitalista y la inmediata formación de una República Socialista, sino la certidumbre política de que Andalucía necesita ya un programa factible de mínimas conquistas urgentes; un programa que enseñe mediante la pedagogía del ejemplo colectivo que la dialéctica de la libertad se enriquece en cada lucha diaria por pequeña, aislada e invisible que aparente ser. Por “factible” entiendo precisamente eso: que son perfectamente alcanzables mediante la sistemática y planificada acción sociopolítica consciente de que, más temprano que tarde, deberá desbordar la marea autoritaria en ascenso.

El programa tiene 14 apartados con 166 reivindicaciones concretas que surgen del debate colectivo sobre las contradicciones que destrozan la vida y el futuro del pueblo trabajador de Andalucía. De aquí esa radical lucidez a la que me he referido y que muchas/os abertzales echamos en falta precisamente ahora que se acercan elecciones para 2019. El programa de NA es un programa táctico de esencia popular, obrero, campesino, antipatriarcal, socioecológico, internacionalista, etc. que también plantea reivindicaciones asumibles por sectores de la pequeña burguesía y por las mal llamadas “clases medias”, arruinadas y con ambigua conciencia nacional, pero siempre bajo la clara estrategia independentista y socialista. Consiguientemente, es un programa para la mayoría inmensa porque de principio a fin marca la nítida separación entre la propiedad capitalista inseparable de la dominación española, y la necesidad objetiva de que Andalucía sea ella propietaria de sí misma.

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Una a una y todas en su conjunto, las 166 propuestas llegan de un modo u otro al borde de la cuestión clave: las múltiples formas de propiedad burguesa que, amparadas en última instancia en el Estado Español, impiden el desarrollo de las potencialidades emancipatorias insertas en esas contradicciones que deben superarse. Conforme se auto-organiza y expande la dialéctica de la libertad, se descubre lo ineluctable del choque entre las luchas concretas estratégicamente coordinadas y orientadas, y el poder sociopolítico del capital. Si las 166 propuestas fueran limitadas y pobremente tácticas, separadas por un abismo insondable de la opresión nacional de clase que sufre Andalucía, y si carecieran de unidad estratégica, entonces serían asumibles por el reformismo y su mentalidad sumisa. Pero no es así. Al contrario, esa unidad estratégica las cohesiona internamente y refuerza su naturaleza inasimilable incluso analizadas una a una.

La idoneidad del programa de NA es incuestionable porque demuestra que existen soluciones reales a los problemas que angustian a la vida popular. Bajo el dictado de la industria mediática, del mercado del voto y de todas las formas de manipulación, se multiplica la precariedad de la existencia que depende de factores externos incontrolables, de la incertidumbre de un salario de miseria que empequeñece cada día, del plomizo lastre de unas instituciones corruptas e impenetrables por su densa burocracia. En este contexto, es fundamental proponer al pueblo obrero y campesino, a la mujer trabajadora aplastada en todos los sentidos, debatir sobre un programa con soluciones concretas que él mismo puede mejorar y ampliar en su vida concreta, cotidiana e inmediata.

Por ejemplo, es decisivo mostrar cuánto mejora y por qué su quehacer diario de las clases explotadas y su futuro practicando la recuperación de la lengua andaluza, menospreciada incluso con racismo por la cultura y la política española. Este ejemplo es uno de tantos cientos que surgen de los 166 puntos propuestos.

Acabando, con esta decisión NA está ahondando sobre todo en una de las profundas quiebras que minan al Estado Español desde, al menos, el siglo XVII: la de la debilidad de la “burguesía nacional” española para asentar un orden mínimamente democrático desde incluso los actuales parámetros neoliberales. Si yo fuera andaluz, les votaría, pero como no lo soy, asumo la valía internacionalista de su programa.

Por Iñaki Gil de San Vicente