Cuando el españolismo usa Al-Andalus para negar Andalucía

Desde hace meses ha vuelto a salir a la palestra el viejo debate sobre Al-Andalus y su hipotético encaje en la Historia del Estado Español, como efecto secundario del ascenso institucional de la derecha españolista abiertamente ultra y filofranquista, sedimentada en Vox.

Este debate sobre Al-Andalus – que ahora suena como novedoso – no es, sin embargo, más que una reproducción de otro que durante la posguerra sostuvieron Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz, en el que discutían entorno a los orígenes históricos del “ser español”, aunque ahora se han actualizado argumentos y referencias con los nuevos conocimientos que tenemos a propósito de la Edad Media peninsular. Américo Castro situaba la aparición de “lo español” en Al-Andalus, asumiendo su relación conflictual con los reinos del norte peninsular como parte esencial del proceso. Sánchez Albornoz lo ubicaba en tiempos de la invasión romana de la Península Ibérica, señalando la existencia de Al-Andalus como un “elemento pernicioso para España” (1). Uno y otro asumían que, más allá de la evidente configuración del Estado Español a principios del siglo XIX, existía una “nación española” pretérita, al menos desde el siglo VIII, cayendo ambos en un esencialismo y chovinismo español palmario.

Este debate es de gran importancia para el andalucismo revolucionario, puesto que el marco en el que se establece parte de las siguientes premisas:

  • España es algo más que un Estado creado hace unos dos siglos: es una nación.
  • Andalucía no es sino una parte de esa nación. Su Historia no es más que una “historia regional”. No es fruto de un proceso histórico propio, sino parte de un conjunto nacional más amplio: España.

De ahí que desde la historiografía oficial hayamos escuchado muchas veces la afirmación, tan evidente como falaz, de que “Al-Andalus no es Andalucía”. Evidente, porque hay unos elementos de discontinuidad manifiestos entre ambas realidades históricas que no es necesario señalar aquí. Falaz, porque oculta una segunda parte de la afirmación que no se pronuncia: “Al-Andalus no es Andalucía porque Al-Andalus es España”. Esta segunda parte no suele expresarse tal cual, pero se explicita en un discurso que iguala la presencia andalusí en distintos puntos de la Península (Córdoba y Xixón, por ejemplo) para negar Andalucía como formación social históricamente determinada, subsumiéndola a una pretendida Historia española. De esta forma, la afirmación “Al-Andalus no es Andalucía” se ha utilizado para negar el enorme peso en la formación social andaluza del periodo andalusí. El debate sobre si Al-Andalus ha de considerarse más o menos español implica la negación del Al-Andalus andaluz. Un ejercicio de negación que sólo se explica como correlato necesario para un ejercicio de afirmación españolista. El mismo ejercicio que a mediados del siglo XX hicieron, con distintos matices, Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz.

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Entrada principal de la Fortaleza Andalusí de Gormaz (Soria)

En la actualidad, sorprende que desde ámbitos de la izquierda soberanista andaluza se haya entrado en este debate difundiendo y dando por buenas algunas de sus argumentaciones. Sorprende porque situarse en este marco supone aceptar las premisas – al evitar cuestionarlas – del mismo, lo que implica:

  • La negación de Andalucía como formación social históricamente determinada y de su opresión nacional.
  • La negación del derecho del Pueblo Trabajador Andaluz a auto-organizarse políticamente.
  • La negación del derecho a la autodeterminación de Andalucía.

No pretendo usurpar el derecho de otras naciones (por ejemplo, de la Occitania del Languedoc, en el sureste del Estado Francés) a reivindicar su pasado andalusí. Todo lo contrario. A estas alturas hacerlo es un sano ejercicio antifascista y de memoria de todos los pueblos que un día fuimos parte de Al-Andalus. Pero lo que ningún andalucista revolucionario puede aceptar es que el estudio y la justa interpretación del pasado de otro pueblo niegue al Pueblo Trabajador Andaluz.

Al-Andalus forma parte del devenir histórico de las distintas naciones cuyo solar hollaron sus gobernantes. Y de manera específica, es parte del proceso que conforma Andalucía como formación social históricamente determinada. No de una inexistente “nación española” que las burguesías estatalistas no han alcanzado a construir durante los siglos XIX y XX. El hecho de que su historiografía siga discutiendo sobre el papel del propio Al-Andalus es ejemplo de la imposibilidad histórica de engarzar un proyecto nacional español.

Siendo la andalusí una formación social de extensión territorial muy variable (como lo eran todos los reinos del Mediterráneo y de Europa en la Edad Media), reúne unas características específicas que hacen que para el Pueblo Trabajador Andaluz hablar de la sociedad andalusí sea, en cierto modo, hablar de sí mismo. Si bien Al-Andalus ocupó la inmensa mayoría de los territorios peninsulares y algunos del actual sureste del Estado Francés – una circunstancia que la historiografía españolista obvia sistemáticamente porque rompe su relato sobre la pretendida españolidad andalusí – es absolutamente ahistórico intentar siquiera equiparar el peso que tuvo en la conformación de las sociedades gallega o catalana actuales, por ejemplo, con el peso que tuvo en la sociedad andaluza.

Hay distintas razones que justifican este peso de Al-Andalus en Andalucía, que es incluso reconocido – en ocasiones – por la historiografía oficial (2):

  1. Razones geográficas: no hará falta acompañar de un mapa esta argumentación. En todo el Mediterráneo no hay lugar de las extremidades meridionales europeas más cercano al continente africano que el Estrecho de Gibraltar. Para encontrar una proximidad similar tenemos que irnos al Bósforo turco o los Dardanelos griegos, que separan Europa de Asia Menor.
  2. Razones cronológicas: la realidad material siempre impone sus leyes. La presencia de Al-Andalus en la actual Galiza, en Nafarroa o en la Catalunya pirenaica no alcanza, en el mejor de los casos, el siglo. Cualquier lugar de la actual Andalucía fue andalusí durante al menos 500 años. La ciudad desde la que escribo, durante casi 800. No se trata de dar “acreditaciones” de andalusí a unas u otras naciones (porque Andalucía es una nación, aunque sin Estado propio), sino de ubicar el peso del proto-Estado andalusí en el devenir histórico andaluz. Y Al-Andalus (y su conquista) ha dejado una impronta indeleble en nuestra configuración como país.
  3. Razones geopolíticas: tal y como afirma Taylor: “Las capitales han llegado a representar simbólicamente a sus Estados, con una serie de construcciones arquitectónicas distintivas” (3). Las capitales de Al-Andalus – en la Córdoba Omeya (siglos VIII-XI), en la Sevilla almorávide y almohade (siglos XII-XIII) y en la Granada nazarí (siglos XIII-XV) – siempre han estado al sur de Sierra Morena. La capital de Al-Andalus era el lugar desde el que se establecían impuestos, se dictaban leyes, se ordenaban ofensivas militares en Al-Andalus y donde residía el juez (cadí) mayor. Y todas las capitales andalusíes estaban en la actual Andalucía. La importancia de la ubicación geográfica del centro político, administrativo, judicial y simbólico de Al-Andalus no es poca, si pensamos que desde 1492 no ha habido en la Península Ibérica capital de un reino o Estado que se sitúe al sur del río Tajo.
  4. Razones económicas: durante el Emirato y el Califato independiente, la administración y recaudación de impuestos estaban fuertemente centralizadas en la capital andalusí (4), y las “coras” (provincias) al sur de Sierra Morena eran las que sostenían con sus impuestos la mayoría de gastos fiscales del gobierno.
  5. Razones administrativas: la división administrativa también fue diferenciada. Mientras en la actual Andalucía y algunos espacios limítrofes la organización territorial se divide en coras – que indican una organización territorial más consolidada – en Toledo, Badajoz o Lleida no existen coras, sino que es una ciudad (y los contingentes militares acantonados en la misma) la que articula la organización territorial (5). Ciudades cuyo gobierno, de carácter más militar que civil y con una amplia autonomía política, era entregado a linajes aristocráticos – sobre todo a partir del siglo X – que se habían resistido históricamente a la hegemonía andalusí a cambio del envío de contribuciones fiscales y de la prestación de apoyo militar (6).
  6. Razones poblacionales: la intensidad de las civilizaciones urbanas en la Andalucía del siglo VIII era ya una constante milenaria, y con ellas las primeras formas de propiedad privada, jerarquización social y explotación del ser humano por un semejante. Desde la temprana aparición del Neolítico andaluz en relación al resto de la Península Ibérica, pasando por Los Millares en la Edad del Bronce, El Argar en la Edad del Cobre, la formación social tartéside hasta la Bética del Imperio Romano, la tradición urbana del espacio que habitamos entre Sierra Morena y el Mediterráneo ha facilitado la explotación, gestión y ordenación humana del solar andaluz y su constitución de dos maneras distintas y alternas en la Historia: durante unos períodos históricos, como “espacio de poder” desde el que gestionar otros espacios y/o arbitrar relaciones internacionales peninsulares o mediterráneas, con una base fundamentada en el comercio; durante otros periodos, como “espacio al servicio de otros espacios” que abastece de productos agrarios, semielaborados y materias primas a la metrópoli que ejerce como potencia conquistadora.

En el presente, la importancia de las ciudades andaluzas se condensa en las agro-ciudades, un fenómeno específico andaluz – herencia directa de nuestro pasado andalusí – que se consideran núcleo urbano por su elevado número de habitantes en un espacio reducido, pero cuya ocupación predominantemente agrícola de sus habitantes son propias de una población rural.

A estas razones responden, a su vez, una serie de manifestaciones concretas:

La denominación de Andalucía: Andalucía ha sido la denominación que desde la propia conquista se ha dado a los territorios de Al-Andalus situados al sur de Sierra Morena y los andaluces han sido reconocidos en esta denominación. Caro Baroja narra cómo los habitantes del Reino de Granada (que sobrevivió casi tres siglos a la derrota de las Navas de Tolosa), ya expulsados, eran llamados en el norte de África “los andaluces”, a diferencia de los moriscos aragoneses o castellanos (7). El propio Luis del Mármol Carvajal, en su “Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada” (1598), titula el capítulo primero: “Que trata de la provincia de la Andalucía, que los antiguos llamaron Bética, y cómo el Reino de Granada es una parte della”. Economistas andaluces de principios del siglo XVII, como Melchor de Soria o Martínez de Mata, también utilizan la misma denominación. Y el poeta castellano Francisco de Quevedo denunciaba la política impositiva de Felipe IV en su “Padrenuestro glosado”, entorno a 1630, de esta forma:

“En Navarra y Aragón
no hay quien tribute un real
Cataluña y Portugal
son de la misma opinión
sólo Castilla y León
y el noble pueblo andaluz
llevan a cuesta la cruz.
Católica Majestad
ten de nosotros piedad…”

Manifestaciones culturales: la influencia en la música popular andaluza es evidente; la más conocida en el flamenco. La propia etimología del término del cante andaluz nos remite a los “felah mengub”, que en árabe significa “campesinos huidos o expulsados” (8). Por no hablar de sus palos (los tangos, que hasta hace no mucho eran considerados erróneamente cantes de ida y vuelta) (9), bailes (como la zambra granadina) o la terminología utilizada (desde el “ole”) cuya etimología árabe es abundante (10).

Manifestaciones arquitectónicas: la toponimia de influencia árabe es enormemente común en Andalucía. Muchísimo más que al norte de Sierra Morena. Si nos fijamos en una denominación similar, como Alcalá (del árabe “al-qal’at”, es decir, el castillo), de los 13 municipios del Estado Español cuyo nombre es Alcalá, 6 de ellos son andaluces (11). Casi la mitad, mientras que Andalucía, por superficie del Estado, le correspondería tener solo 2 denominaciones con el término “Alcalá”.

Manifestaciones literarias: el cordobés Al-Saqundi defendió a principios del siglo XIII – en una muestra de chovinismo andalusí – la superioridad del Al-Andalus gobernado por los almohades, frente a los bereberes del norte de África, en su “Risala fi fadl al-Andalus”. Entonces, Al-Andalus ocupaba las actuales Andalucía, el País Valencià y las Baleares. Pues bien, en su descripción comienza elogiando a Sevilla (entonces capital andalusí), Córdoba, Jaén, Granada, Málaga y Almería. Sólo después hace referencia a Murcia, Valencia y Mallorca.

Manifestaciones militares: en el año 965, Al-Hakam II ordena la construcción de la fortaleza califal de Gormaz (Soria), que dominaba parte del valle del río Duero. La construcción de una fortaleza de tales dimensiones tenía un valor militar, pero también simbólico para el Estado andalusí. Quien haya podido visitarla podrá comprobar – además de su evidente abandono – cómo sus murallas están orientadas al norte, mientras que una impresionante puerta principal (en la imagen del artículo) con su arco califal enmarcado por un alfiz, apunta hacia el flanco sur – junto con otras de carácter secundario – es decir, hacia Córdoba.

El debate sostenido por la historiografía oficial sobre Al-Andalus surge de una premisa: la negación del pueblo andaluz. Cualquier acercamiento al tema desde posiciones andalucistas revolucionarias o simplemente progresistas debe partir de la denuncia de los intentos de asimilación histórica de Al-Andalus al Estado Español, de la correcta valoración del peso esencial de Al-Andalus en la Historia Nacional de Andalucía, así como de las consecuencias que su conquista tuvo en la presente opresión nacional de Andalucía. Y, por supuesto, del reconocimiento del derecho del resto de naciones con un pasado andalusí a estudiarlo y reconocerse en él, así como en sus especifidades. Un ejercicio de memoria enfrentado al intento constante de utilizar la Historia de Al-Andalus para justificar la legitimidad del actual Estado Español – producto de los esfuerzos de la oligarquía para crear con él un mercado unificado – como instrumento de opresión del Pueblo Trabajador Andaluz.

Granada, 26 de Agosto de 2019

Por Carlos Ríos

BIBLIOGRAFÍA:

  • Caro Baroja, J. (1979), “Los Moriscos del Reino de Granada”, Istmo, Madrid.
  • Colin Flint, Peter J. Taylor (2002), “Geografía política. Economía-mundo. Estado-nación y localidad”, Trama, Madrid.
  • Domínguez Ortiz, A. (2002), “Andalucía ayer y hoy”, Sarriá, Málaga.
  • Gómez Martínez, J. L. (1972), “Américo Castro y Sánchez Albornoz, dos posiciones sobre el origen de los españoles”, Nueva Revista de Filología Hispánica, tomo XXI, nº2.
  • González, M. A. (2016), “Manual de los cantes de Granada”, EUG, Granada.
  • Infante, B. (1980), “Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo”, Junta de Andalucía – Consejería de Cultura, Sevilla.
  • Manuel, A. (2018), “Flamenco. Arqueología de lo jondo”, Almuzara, Córdoba.
  • Manzano Moreno, E. (2006), “Conquistadores, emires y califas. Los omeyas y la formación de Al-Andalus”, Crítica, Barcelona.

NOTAS:

  1. (Gómez Martínez, 1972: 16)
  2. (Domínguez Ortiz, 2002: 83)
  3. (Taylor, 2002: 152)
  4. (Manzano, 2006: 294)
  5. (Manzano, 2006: 431)
  6. (Manzano, 2006: 432)
  7. (Caro, 1976: 240)
  8. (Infante, 1980: 166)
  9. (González, 2016: 86)
  10. (Manuel, 2018: 155)
  11. Según el Nomenclátor Geográfico Básico de España.
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Lo que no quieren que sepamos sobre Blas Infante

Una noche como la del 10 de agosto de 1936 terminó con el asesinato de Blas Infante Pérez a manos del Ejército español. Caída la noche lo sacaron del Cine Jáuregui para hacer su último viaje. En su puerta nos damos cita todos los años distintas organizaciones de la izquierda soberanista y revolucionaria para rendirle un sincero homenaje. Para recordar y recordarnos a aquellos que entregaron su vida por la libertad de Andalucía y a las propuestas que hicieron para sacar al Pueblo Trabajador Andaluz de la barbarie en la que lo sumió el colonialismo español como expresión peninsular hegemónica del imperialismo.

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Blas Infante con el zorro Dimas en “Dar al Farah” (la Casa de la Alegría), su residencia de Coria del Río.

Pero recordar a Blas Infante implica también recordar sus planteamientos políticos, que es algo que al régimen le desagrada profundamente. No es de extrañar, puesto que el pensamiento que desplegó el llamado andalucismo que dirigía Blas Infante supone un cuestionamiento radical de la Andalucía de principios del siglo XX (pero también de la Andalucía de principios de este siglo XXI). Todo ello a pesar de que la detención de Infante el 2 de agosto de 1936 en su casa de Coria del Río obligó a su esposa a quemar todos los escritos que consideró comprometedores. Por ello, los escritos que han llegado hasta nuestros días son tan solo una parte, sesgada por su lado más revolucionario e independentista, del pensamiento infantiano.

Habiendo sido recientemente la efeméride del asesinato, y ante la previsible y finalmente realizada acción de minimización y caricaturización del pensamiento político de Blas Infante, es necesario recordar algunos elementos clave para entender su pensamiento, que precisamente el régimen intenta ocultar a toda costa.

Blas Infante no era “autonomista”

La recuperación de la soberanía política andaluza fue una de las claves de su pensamiento. Cualquier semejanza de esa soberanía con la Andalucía autonómica actual es un chiste fácil, puesto que el régimen actual es una descentralización de la administración estatal española, sin autonomía efectiva alguna (ni económica, ni política, ni fiscal).

“Nosotros no tenemos, por ahora, otras denominaciones que las de ‘República Andaluza’ o ‘Estado Libre o Autónomo de Andalucía’ para llegar a expresar aquella ‘Andalucía soberana, constituida en democracia republicana’ que dice el artículo primero de la Constitución elaborada para Andalucía, por la Asamblea de Antequera, hace medio siglo, en 1883.” (La verdad sobre el Complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, 1931)

El modelo previo que constituía para Blas Infante un punto de partida para la verdadera autonomía andaluza era la Constitución Andaluza de 1883, que en el artículo que cita Infante continúa diciendo: “[…] y no recibe su poder de ninguna autoridad exterior al de las autonomías cantonales que la instituyen por este pacto”. Nada que ver con la Andalucía actual, en la que las leyes se hacen como desarrollo y concreción de las leyes españolas y nunca en contraposición a ellas. Siguiendo con un esquema vertical en el que es desde la corte centralista de Madrid donde se dictan las orientaciones esenciales de todos los aspectos que afectan a nuestra vida cotidiana (educación, salud, medio ambiente, economía, infraestructuras…). Como ejemplo podemos citar la anulación en 2011 del artículo del Estatuto de Autonomía de 2007 referido a las competencias sobre la Cuenca Hidrográfica del Guadalquivir.

Blas Infante no era defensor de la integridad del Estado

Blas Infante maduró su pensamiento desde su primera obra “Ideal Andaluz”, radicalizándolo hasta los últimos años (1933-1936) en los que abre una etapa posibilista. Pero en toda su trayectoria negó cualquier entidad nacional al Estado Español. Lo reconoció como institución existente (un Estado) y como una realidad geográfica (utilizándolo muchas veces como sinónimo de Península Ibérica). Nunca como entidad nacional y así lo expresa cuando dice “[…] Andalucía fue siempre pueblo cultural, guía libre de otros pueblos de España…”.

Los esfuerzos de Mª Ángeles Infante por declarar cada vez que le acercan un micrófono que su padre no era separatista no pueden enterrar los escritos y el proceder de Blas Infante. Su visión del Estado Español fue – especialmente – meridianamente clara en la década de 1920. Lo manifestaba en el “Manifiesto de Córdoba” (redactado en la Asamblea de Córdoba de 1919, del que fue uno de sus principales inspiradores:

“Declarémonos separatistas de este Estado que, con relación a individuos y pueblos, conculca sin freno los fueros de la justicia y del interés y, sobre todo, los sagrados fueros de la Libertad; de este Estado que nos descalifica ante nuestra propia conciencia y ante la conciencia de los pueblos extranjeros. […] Ya no vale resguardar sus miserables intereses con el escudo de la solidaridad o la unidad, que dicen nacional.”

Y también lo manifestó en un artículo aparecido en “El Regionalista” en 1919, que no está firmado pero que es de su inconfundible autoría:

“Andaluces: si el Estado centralista español fue y es, como dicen sus sostenedores, la España viva, execrad siempre de esa España. Renegad de ella.

¿Por qué llamáis patria a esa España? ¿Qué paternales desvelos tenéis a España que agradecer?”

Y lo expuso también en 1923, durante un mitin ante la Cámara de Inquilinos de Sevilla, organizado por su amigo anarquista Pedro Vallina: “El Estado Español no es expresión jurídica de una forma social, sino poderes representativos de una clase dictadora”.

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Monumento a Blas Infante como “Padre de la Patria Andaluza” en Jerez de la Frontera.

Además, la utilización de España para Blas Infante es un elemento táctico, que viene a ocultar y evitar la persecución política de la que el andalucismo revolucionario de Infante fue objeto, escondiendo la profundidad de su pensamiento. En una entrevista al diario “El Sol” en 1931, decía:

“La dictadura (de Primo de Rivera), pese al sigiloso proceder que observábamos – proceder que solo descifró en España el señor (Francesc) Cambó al decirme en una charla de tren que ‘liberalista’ quería decir ‘separatista’, nos destrozó a nuestras sociedades, deportó a los adheridos de Córdoba y clausuró nuestras escuelas (los Centros Andaluces).”

Es de esta manera que podemos entender algunas de las contradicciones aparentes del pensamiento infantiano en este sentido. Lo escribe el propio Blas Infante en una carta enviada al escritor catalanista Joaquim Casas-Carbó en 1936:

“Nosotros hemos practicado la táctica política. No hay más que una táctica: acomodación de la conducta política (u ordenada al beneficio de la Comunidad), según las exigencias o permisiones de las circunstancias vigentes. Durante un cuarto de siglo hubimos de dirigirnos atentos a un aprovechamiento completo o exhaustivo de aquellas permisiones, elaboradas por nosotros mismos, o suscitadas por el azar, que a nuestra acción se iban ofreciendo.”

La Andalucía libre de Blas Infante era una Andalucía internacionalista

Blas Infante se preocupó por el devenir mundial de los grandes acontecimientos de su época. Una de sus obras políticas de mayor profundidad política, “La dictadura pedagógica”, es formulada como una disgresión andaluza del concepto marxista de la dictadura del proletariado, que acababa de ponerse en marcha tras la Revolución de Octubre de 1917. La visión nacional andaluza que formula Blas Infante no puede ser, a su vez, más internacionalista. Y por eso expresa:

“Mi nacionalismo, antes que andaluz, es humano. Creo que, por el nacimiento, la naturaleza señala a los soldados de la Vida el lugar en donde han de luchar por ella. Yo quiero trabajar por la Causa del espíritu en Andalucía porque en ella nací. Si en otra parte me encontrare, me esforzaría por esta Causa con igual fervor.”

Expresó una adhesión al nuevo modo de producción económica socialista, pero también de ordenación de la sociedad:

“Hay dos clases de comunistas: la de aquellos que aspiran, mediante el esfuerzo propio, a engrandecer su vida para darla toda a la comunidad; y la de aquellos que esperan en que una colectividad, formalmente comunista, venga a satisfacer las exigencias de su propia vida individual.” (La dictadura pedagógica, 1923)

Pero supo ver en Lenin el “dictador pedagógico” que elevara la conciencia de las masas:

“Nosotros aseguramos que, además, es la dictadura del proletariado la más transitoria de todas. ¿No veis a Lenin, apenas iniciada la revolución de la conciencia rusa, pasada la reacción contra el régimen zarista, convertido ya en dictador pedagógico?” (La dictadura pedagógica, 1923)

Blas Infante era profundamente anticapitalista

Su asesinato la noche del 10 al 11 de agosto de 1936 fue justificado y legalizado por el franquismo con una sentencia de muerte posterior que lo acusaba de “formar parte de una candidatura de tendencia revolucionaria en las elecciones de 1931 y en los años sucesivos hasta 1936 se significó como propagandista de un partido andalucista o regionalista andaluz”. Esta imagen de Blas Infante choca con la imagen que nos transmiten desde la Junta de Andalucía, el sistema educativo e instituciones análogas. Tras los “40 años de paz” franquista nos han intentado vender un Blas Infante adocenado e inofensivo también en lo económico. Así es como quiere el régimen que recordemos al mayor intelectual andaluz de la primera mitad del siglo XX.

Sin embargo, nada más alejado de la realidad. Su apoyo es incondicional a la reforma agraria y a la alteración profunda de la propiedad de la tierra, lo que atentaba contraponiendo los intereses de la burguesía agraria andaluza (tan importante en el sostenimiento del Estado Español desde la segunda mitad del siglo XIX) a los del pueblo trabajador. Ya en una fecha tan temprana como 1913 manifiesta:

“Ha llegado la hora de que el privilegio muera: no puede persistir la terrible impunidad que divide a los hombres en señores y esclavos; no puede perdonarse ese crimen monstruoso que premia el vicio y castiga la virtud, que otorga al ocio todos los placeres e inflige al trabajo todas las virtudes. Ha llegado la hora de que el hombre se emancipe del yugo del hombre.”

Polemizó abiertamente con el otro andalucismo existente en la época, porque lo cierto es que desde los primeros momentos en que el andalucismo comienza a formularse (en las primeras décadas del siglo XX) empieza también a definirse en dos líneas opuestas: la conservadora españolista y la revolucionaria soberanista. La segunda estaba dirigida por Blas Infante. El andalucismo regionalista y conservador estaba encabezado por José Gastalver.

Gastalver se oponía a la reforma agraria y afirmaba que en Andalucía “el problema es de producción de riqueza y no de distribución de la misma”. En la Andalucía donde las diferencias sociales y la desigualdad atenazaban a los trabajadores, también había burgueses como Gastalver que querían fundamentarse en un regionalismo que pisoteara a los trabajadores para alzarse políticamente y conseguir un trozo del pastel político. Además, el andalucismo de Gastalver era abiertamente estatalista y francamente oportunista. Elementos todos ellos que se reproducen en cierto andalucismo aún hoy. Todo ello hizo declarar a Blas Infante en una carta escrita al director del diario “El Liberal” en 1919: “Si él es regionalista, nosotros no lo somos; y si lo somos nosotros, él no los es”; haciendo una clara oposición dialéctica entre el andalucismo conservador de Gastalver y el andalucismo revolucionario de Infante. Bien harían algunos andalucistas e incluso soberanistas en revisar el proceder de Gastalver para averiguar que ya hace 100 años sabe el andalucismo revolucionario la forma de proceder para liberar a este pueblo.

Pero el programa anticapitalista de Infante no se circunscribió solamente al mundo rural andaluz. En una intervención que hace ante la Cámara de Inquilinos de Sevilla (asociación de trabajadores que buscaban hacer un frente común de lucha frente a las subidas de alquiler de las viviendas que establecían los propietarios) plantea que la problemática del Pueblo Trabajador Andaluz desposeído responde, evidentemente, a los mismos razonamientos tanto en el campo como en la ciudad: la colonización del País Andaluz, su sometimiento al Estado:

“Con este problema de la habitación, ocurrirá lo mismo que sucede con esa cuestión sombría que dicen ‘problema agrario andaluz’, y que no es tal problema agrario, sino el más fundamental problema de un pueblo que desconoció el feudalismo en los tiempos medievales; reducido, ahora, a esclavitud feudal, por haberle sido arrebatada desde hace siglos, la tierra que perteneció a sus padres, por la conquista, o por el despojo. Sobran ya, con respecto a este problema, las informaciones de hechos y las soluciones de doctrina. Casi todos los años, envía el Gobierno la consabida comisión del Instituto de Reformas Sociales, que venga a calmar, con sus promesas de estudio y de próximos remedios, la fiebre de rebeldía que se apodera de los campesinos, sin campos, durante las épocas de la recolección.

Pero, jamás ha llegado, ni llegará nunca a resolver nada, desde el centro depredador. Y así, durante cinco siglos… ¡Pobre Andalucía, sin tierras en el campo, y en las ciudades sin habitación!”

El “hombre nuevo” y el “nuevo pueblo andaluz” de Blas Infante

La transformación territorial, política y económica de Andalucía tienen en el pensamiento de Blas Infante un elemento de coherencia en la dimensión ética y moral que para él ha de tener la Nueva Andalucía. Esta es una constante que aparece especialmente en su obra “La dictadura pedagógica” de 1923 (las citas incluidas a partir de ahora son de esta obra), aunque atraviesa todo el pensamiento infantiano. Una constante que entronca de forma directa y sorprendente con las reflexiones que desde el marxismo se han hecho sobre la ética de la revolución y el revolucionario. Ernesto “Che” Guevara afirmaba, por ejemplo, que “el comunismo es un fenómeno de conciencia”. Blas Infante lo plantea así:

“Somos o aspiramos a ser comunistas de la primera especie [antes citada]. Y decimos, aspiramos a ser, porque nuestra modestia se resiste a conferirnos con este nombre de comunistas, expresión cuyo concepto verdadero es la esencia de una pura y excelsa santidad.”

Hay, además, un paralelismo evidente entre la necesaria revolución cultural que Lenin se planteara para el medio rural ruso y el concepto que formula Blas Infante:

“Este es el problema: porque repetimos nuestro dogma. Todas las creaciones orgánico-sociales que vinieran a establecer cualquier revolución, encaminada hacia el fin de instaurar el comunismo social, serían completamente inútiles, en el estado de conciencia social que alcanzan actualmente los individuos humanos. El grado actual de desarrollo de los instintos vendría a reflejarse enseguida en la organización social, pese a todas las combinaciones y previsiones orgánico-revolucionarias; y en definitiva, una misma esencia; un mismo alma; y a la postre una semejante estructura orgánica, vendría a tener la sociedad que así se construyera.”

Para él, la semilla generadora de la nueva sociedad es la ética. Repite la misma idea, formulada de otra manera: “El ideal que venga a crear la sociedad comunista ha de ser, pues, de índole religiosa o moral”.

Estos y otros muchos aspectos del pensamiento de Blas Infante son objeto del desprecio y de la ocultación de las instituciones y las élites intelectuales.

Por Carlos Ríos

Sea por Andalucía libre

Blas Infante es un caleidoscopio. O un “hombre de muchos senderos” en lenguaje homérico. Lo puedo identificar con, al menos, tres arquetipos de Jung y algún académico lo ha definido en mi presencia como “revolucionario moderado”, aunque confieso que he oído definiciones mucho menos complacientes con su figura. En cualquier caso no es un personaje homogéneo ni lineal. Estuvo siempre atento a las grandes transformaciones de su tiempo y, por eso mismo, con una elaboración intelectual y política continua y cambiante.

De ahí que la imagen que acude a mi mente cuando pienso en Infante es la de un caleidoscopio, un instrumento que permite ver imágenes simétricas en permanente transformación, un geómetra de la belleza (con un lenguaje endiablado en ocasiones), un hombre de verano, contradictorio a veces, heterodoxo siempre, con más luz que sombras.

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En estas fechas, aniversario de su asesinato, la diversa comunidad andalucista se congrega para homenajear la memoria de Blas Infante con diferentes actos de reconocimiento. Las instituciones andaluzas, por su parte, cumplen el rito de celebrar su cumpleaños porque en los días de agosto nuestros gobernantes están de vacaciones, hace un sol inclemente y resulta incómodo ir al kilómetro 4 de la carretera de Carmona y mezclarse con la gente.

El mejor homenaje a cualquier persona singular, desde mi punto de vista, es acercarse a su pensamiento. Por eso quiero reconocer en esta ocasión al Infante más político, al que marca nítidamente su posición ante la realidad y formula una propuesta para cambiarla. Hay muchos “Infantes”: el simbólico, el partidario, el intelectual, el jurista, el masón, el escritor… Hoy quiero detenerme en el político que inspira y redacta el Manifiesto de Córdoba de 1919.

Unos apuntes mínimos sobre el contexto para entender mejor el texto: es tiempo de graves conflictos y revolución en Europa: la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. También en España: la Primera Restauración Borbónica, sustentada en el bipartidismo turnista entre conservadores y liberales, estaba al borde del colapso y carcomida por la corrupción; la conflictividad social era intensa. Y en Andalucía un sistema económico extractivo, débil, casi colonial, generaba un sistema social en el que la mayoría de la población era analfabeta, estaba mal alimentada, tenía que emigrar o trabajar en el campo, a destajo y en las condiciones que marcaban los caciques. La conflictividad social era el signo más destacado de este tiempo.

El conocido como Manifiesto Andalucista de Córdoba es uno de los textos infantianos que menos envejece, no deja de ser sorprendente su vigencia 100 años después. Según su encabezamiento, es un “texto acordado por el Directorio Andaluz de Córdoba el día 1 de enero de 1919 y refrendado por la Asamblea Autonomista reunida en Córdoba el 25 de marzo del mismo año”.

En forma de carta abierta dirigida a los representantes en todas las instituciones políticas y sociales y “a todos los habitantes del territorio andaluz”, el texto tiene tres fundamentos: abolición de los poderes centralistas, Andalucía libre y Federación Hispánica.

Define y explica Andalucía como nacionalidad mucho antes de la Transición, de la Constitución de 1978 y del “café para todos”. Solicita para Andalucía “la facultad de constituirse en democracia autónoma, ordenadamente, organizando sus poderes legislativo, ejecutivo y judicial”. Esta autonomía plena significa capacidad de decisión, autogobierno y autodeterminación expresada hace 100 años. Las razones son las mismas 100 años después: una comunidad de objetivos, una memoria y un pueblo singular. La autonomía de Andalucía es compatible en el texto con una organización del Estado solidaria y plurinacional – cien años hace, aunque no se lo crean. El Manifiesto considera que el centralismo, que resguarda sus intereses “con el santo escudo de la solidaridad o unidad, que dicen nacional”, como problema y el federalismo, en la línea de Pi y Margall, como solución.

Pero el texto es profundamente político no sólo porque hable de política, sino porque es global y social, que, al cabo, de eso se trata: de reconocer la realidad, completa y compleja, y priorizar los cambios necesarios para mejorar la vida de la gente, jerarquizando los compromisos y las urgencias.

El Manifiesto aborda el sistema económico de Andalucía, “nuestros urgentes problemas”: el hambre como problema y la tierra como solución, “absorber en beneficio de la comunidad municipal el valor social del suelo”; establecimiento de cooperativas municipales de consumo, empresas públicas “agrícolas e industriales”; “escuelas prácticas de artes, de agricultura y de ingeniería, en armonía con las necesidades de la región”. Plantea un Estado Regional del Bienestar: autonomía de los centros de enseñanza, instrucción gratuita y obligatoria, “un ejército de maestros y profesores”, “un ejército de médicos e higienistas”. Reconoce la “independencia civil y social” de la mujer, derogando toda subordinación desde la mayoría de edad.

En el texto hay, también, un claro acercamiento a la clase obrera, que en Andalucía era fundamentalmente jornalera y campesina, y que estaba, entonces, alejada de los postulados andalucistas: “Invocamos a todas las clases, principalmente a las obreras (…) Vengan los obreros, sobre todo los campesinos, a defender la aplicación del sagrado principio de tierra y libertad”.

Cien años después, tantas vidas y tantos esfuerzos después, las y los andaluces han elegido un gobierno formado por quienes no creyeron ni lucharon por la autonomía (la derecha del “andaluz, este no es tu referéndum”, ¿recuerdan?) sostenidos por unos pocos enemigos declarados de la autonomía; un gobierno formado por quienes son abolicionistas de lo público en beneficio del negocio privado (en educación, sanidad, agricultura, industria, comercio…), sostenidos por unos pocos enemigos de la independencia de las mujeres.

Desde luego, siempre es tiempo de recordar las victorias, siquiera para no perderlas.

¡Sea por Andalucía libre, Iberia y la Humanidad!

Por Pilar González Modino

Secretaria General del Partido Andalucista (2008-2012)

La trampa envenenada del tópico: conciencia nacional y de clase en Andalucía

Recientemente, la conocida empresa de gestión de recursos humanos (ETT) “Adecco” hacía público un informe sobre absentismo laboral en el que destacaba que durante 2018 un total de 735.000 trabajadores no habrían acudido ningún día del año a su puesto de trabajo, lo que suponía un incremento de 52.000 personas respecto a 2017. La tasa de absentismo habría crecido en un 5’3% en 2018, frente a un crecimiento del 5% en 2017. El informe añadía que la tasa de absentismo se habría situado en un “nivel histórico” desde 2009.

Más allá de fríos datos que ocultan las causas del absentismo y que de alguna manera pretende culpabilizar a los trabajadores/as y apretar las ya de por sí apretadas tuercas de la clase obrera, están las causas de ese absentismo: accidentes y enfermedades, la salud de muchísimas personas que se deteriora – la mayoría de las veces por causas laborales, esto es algo que el propio informe recoge – o la necesidad de conciliar vida laboral y familiar.

No olvidemos que, según dicho informe, el coste del absentismo laboral en 2018 alcanzó la cifra de más de 85.000 euros. Conviene no olvidarlo, como no lo olvidan quienes han elaborado el informe.

La cuestión es que esos datos concretados por territorios del Estado Español ha sido noticia: Andalucía se situaba como el segundo territorio del Estado, tras las islas Baleares, con la tasa más baja de absentismo laboral, frente a las tasas más altas situadas en la Comunidad Autónoma Vasca y en la Comunidad Foral de Navarra. Rápidamente, fueron muchas las personas, trabajadoras y trabajadores andaluces, que creyeron ver la refutación definitiva del tópico y del estereotipo nacionalista español respecto a los andaluces y andaluzas. Los números, que nunca mienten, nos daban la razón: no somos un país de vagos y holgazanes, de subvencionados y estómagos agradecidos que se gastan el dinero en los bares de tapas y cervecitas, un país de personajes atrapados en un bucle de romerías y ferias que no termina nunca, no, somos un pueblo laborioso y trabajador, y a continuación, venían los típicos argumentos que, como autodefensa frente al insulto y al desprecio del nacionalismo español, la clase obrera andaluza ha ido elaborando históricamente sobre la dureza de trabajar en el campo o de cómo los trabajadores andaluces hemos contribuido al poderío industrial de otras zonas del Estado Español como Catalunya o Euskal Herria; o de Europa, como Francia, Alemania, Bélgica, Suiza, etc.

Evidentemente, el tópico se rompía, pero es más, en otros informes anteriores a éste sobre absentismo laboral, el tópico había quedado ya desmentido. La cuestión es lo que no plantea ese informe y todas las noticias que han aparecido sobre esos datos y es por qué, es decir, ¿por qué en Andalucía hay una menor tasa de absentismo laboral? Nadie habla del tema. Los medios de comunicación destacaban lo anecdótico del tema, cuando – insistimos – no es el primer informe que afirma la baja tasa de absentismo laboral en Andalucía, mientras, la clase obrera andaluza que se ha hecho eco de la noticia veía por fin desmentido el tópico y limpiada su imagen.

El propio informe de “Adecco” reconocía que el absentismo laboral estaba motivado fundamentalmente por las bajas por enfermedad, ya tenemos una pista: los trabajadores andaluces se dan menos de baja y concilian menos, añadimos. Si tomamos esta vía habrá que preguntarse por qué nos damos de baja y conciliamos menos, lanzamos una hipótesis: porque no nos lo podemos permitir. Sigamos, ¿y por qué no nos lo podemos permitir? Apuntamos tres motivos: a) la extensión de unas relaciones laborales precarias; b) un “modelo productivo” que las propicia y las facilita; c) la debilidad del movimiento sindical, o más, la falta de referentes sindicales combativos, salvo excepciones. Podríamos apuntar un cuarto motivo: la normalización de una “cultura empresarial” en Andalucía caracterizada por el autoritarismo, pero esta cuestión es mucho más escurridiza y difícil de analizar.

Siguiendo con estos planteamientos es lógico que si tenemos en cuenta los tres motivos expuestos, la tasa de absentismo sea la que es en Andalucía. El miedo a ser despedido en un marco de relaciones laborales precarias, de paro y marginación, en definitiva, en un marco en el que tener un empleo – aunque sea precario y aunque no garantice no caer en la exclusión – es vital, para al menos sentir o percibir la integración social. Para “Adecco”, evidentemente, el análisis de los diferentes marcos sociales y económicos y su relación con las tasas de absentismo no es algo a tener en cuenta, pero si cogemos el mapa salta a la vista: a mayor exclusión y marginación social, menor tasa de absentismo, y viceversa, salvo excepciones que evidentemente confirman la regla. Tampoco para “Adecco” es importante estudiar cómo la presión de un ambiente precario influye en las trabajadoras y trabajadores para ir a trabajar estando enfermos o no conciliar.

Que Andalucía es “campeona” – como se llegó a calificar en un informe de CCOO Andalucía o el propio banco “BBVA” el año pasado – en precariedad laboral no solo en el Estado Español, sino en Europa, es un hecho probado. Informes sobre la precariedad laboral en Andalucía y cómo ésta es un rasgo del “mercado laboral”, abundan. Al respecto, queremos llamar la atención sobre una cuestión: la costumbre de reducir en dichos informes la precariedad únicamente a la temporalidad o a los contratos a tiempo parcial: también hay fijos a tiempo completo en precario, es decir, en situaciones de una indefensión y vulnerabilidad absoluta en su relación con el empresario, con sueldos precarios, con precarias condiciones de seguridad laboral, etc.

La relación entre la precariedad laboral y los “modelos productivos” desarrollados en los diferentes territorios del Estado Español está igualmente bien estudiada. Sectores como la agricultura, la hostelería, el comercio o la construcción destacan por emplear en precario, especialmente a mujeres y jóvenes. Ni que decir tiene que esos sectores destacan en la economía andaluza y emplean al grueso de la clase obrera andaluza.

Por último, la falta de un gran referente sindical combativo en Andalucía completa el cuadro. Salvo excepciones como las del SAT, CGT, CNT o la de otros sindicatos combativos, la hegemonía del sindicalismo de gestión y concertación de CCOO y UGT es aplastante; por otro lado, el “modelo productivo” implementado en Andalucía ofrece un marco en el que incluso el sindicalismo de CCOO y UGT tampoco consigue organizar a importantes sectores de trabajadores y trabajadoras que están prácticamente abandonados y desconectados de cualquier referente sindical. Ni que decir tiene que un sindicalismo de clase y combativo supone un respaldo importante a la hora de ejercer derechos efectivamente y evitar abusos, y como en el caso que nos ocupa, poder disfrutar de una baja por enfermedad o conciliar con garantías de no sufrir represalias.

Todos estos elementos confluyen en una verdad incómoda para el españolismo de izquierdas en sus diferentes expresiones, como es la relación entre conciencia de clase y conciencia nacional andaluza. Decía Carlos Arenas Posadas en “Poder, economía y sociedad en el Sur. Historia e instituciones del capitalismo andaluz” que las popularizadas consideraciones de Ortega y Gasset (“Teoría de Andalucía”) sobre la “pereza andaluza” se dio en un momento especialmente conflictivo, en un momento de especial auge de organización y lucha del movimiento obrero andaluz; con ironía, pero con certeza, Arenas Posadas destacaría que la holgazanería en Andalucía era – y es, añadimos por nuestra parte – cosa de la burguesía. Nada es casual, el nacionalismo español ha construido un relato sobre Andalucía y los andaluces que hemos interiorizado; hemos interiorizado tanto el cómo nos ven que no somos capaces de vernos como realmente somos, tanto en el pasado como en el presente. Es esa interiorización del tópico, utilizando este informe de “Adecco” sobre tasas de absentismo laboral para negarlo, lo que nos impide ir más allá y analizar las causas, los porqués, quedándonos en lo anecdótico.

Es frecuente en sectores de la izquierda soberanista andaluza teorizar sobre estas cuestiones pero no tanto sacar conclusiones políticas al respecto: que la alienación cultural tiene una función política, de dominación y sometimiento. No podemos contemplar lo nacional, en este caso la opresión nacional, como exclusivamente una construcción cultural, sino como algo más global, dentro del inevitable marco de la lucha de clases. No se trata de calles que discurren paralelas y que en un momento dado se cruzan, se trata de concebir la lucha de clases como el propio trazado urbano por el que discurren las calles.

La verdad incómoda para las diferentes expresiones de la izquierda españolista es evidente: existe un marco nacional andaluz de lucha de clases, no atenderlo significa renunciar a jugar un papel político determinante en la organización y en la lucha de la clase obrera andaluza. Plantear medidas aisladas e inconexas, como “cambiar el modelo productivo” pero sin aspirar a un modelo político propio y soberano para implementarlo, como ya escuchamos en la campaña electoral andaluza en diciembre de 2018, es un brindis al sol; igualmente, negar el hecho nacional andaluz en aras de un “internacionalismo proletario” abstracto, que niega las realidades concretas y no las analiza, es simplemente un suicidio político, un aborto de transformación social no ya revolucionaria, sino también progresista.

Por último, existe otra verdad incómoda, y es el nacionalismo y el chovinismo de la izquierda españolista que acepta tópicos y estereotipos sobre Andalucía, que solo ve la paja en el ojo ajeno – especialmente cuando ese alguien es catalán – pero no la viga en el propio.

Por Antonio Torres

Cayo Lara y la imposibilidad de un proyecto nacional español progresista

En defensa de un proyecto nacional español progresista hemos tenido últimamente las propuestas posmodernas y populistas de Íñigo Errejón y César Rendueles, dentro de esa misma escuela populista posmoderna pero referenciándose más en Marx y en sus “Escritos sobre España” tenemos a Clara Ramas San Miguel, por supuesto, obviamos los exabruptos de Santiago Armesilla por su escaso valor teórico; pero ha sido Cayo Lara, con una intervención contundente, sin medias tintas, en la localidad cordobesa de Palma del Río, quien ha zanjado en la teoría y en la práctica este debate, y lo ha hecho evidentemente con un cierre reaccionario y nacionalista español, pero no solo eso, sino que deja claro cuál debe ser el rol del Pueblo Trabajador Andaluz en ese proyecto: sumisión y dependencia.

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Cayo Lara fue Coordinador Federal de IU entre 2008 y 2016. (FOTO: El Español/Crónica Global)

Para quien no sepa de lo que estamos hablando, antes de seguir leyendo este artículo rogamos tomen nota de las declaraciones de Cayo Lara, tal y como recogieron los compañeros de la Revista “La Comuna”, pinchando aquí. Declaraciones que, por cierto, se han viralizado.

Habrá quien piense que esa imposibilidad de implementar un proyecto nacional español progresista choca una y otra vez con los escollos catalán y vasco, probablemente también con el escollo gallego, estará en lo cierto; sin embargo, para la realización teórica y práctica de ese proyecto nacional español progresista no hay mayor escollo que Andalucía, esa anomalía, ese estorbo molesto, ese peso muerto que solo puede vivir con una máquina asistida que en vez de oxígeno insufle dinero a un pueblo incapaz de desarrollarse por sus propios medios.

No hay más remedio que reconocerlo: España creó el problema nacional andaluz.

Andalucía, siempre incomprendida, que expresa como ningún otro lugar del Estado Español, y quizá de Europa, ese poema de “Los Nadies” de Eduardo Galeano:

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la
Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folclore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no figuran en la Historia universal, sino en la crónica
Roja de la prensa local.
Los nadie, que cuestan menos que la bala que los mata.

Algunas consideraciones a tener en cuenta sobre Cayo Lara:

Independencia nacional, solidaridad e internacionalismo

No, no vamos a acudir a los textos de Marx sobre Irlanda, ni a los debates entre Lenin y Rosa Luxemburgo sobre la “cuestión nacional”, ni siquiera a la propia historia del movimiento comunista en el Estado Español, que el propio Lara debería conocer, ni a por qué se fundó en 1932 el PCC y en 1936 el PSUC, ni a quién fue Joan Comorera, ni a los llamados de la III Internacional a los comunistas del PCE para encabezar la lucha de liberación nacional de Euskadi, Galicia, Cataluña o Marruecos; no, no nos hará falta hacer memoria, algo que tanto incomoda a algunos. El actual movimiento nacional catalán, como en el pasado, es amplio y en él pugnan diferentes visiones, algo consustancial a todo movimiento nacional real y de masas; a pesar de la existencia de visiones reaccionarias y derechistas, evidentemente, a día de hoy prima el contenido democrático, es decir, prima su contenido como movimiento contra el régimen post-franquista español, como movimiento contra el Estado de la gran oligarquía española. Negar políticamente este hecho supone o equivocarse de enemigo o, peor aún, ponerse del lado de la élite económica y política imperialista española.

La posverdad del PER

En la posverdad sobre el antiguo PER, hoy PROFEA (Plan de Fomento del Empleo Rural), se suelen mezclar sin criterio, tal y como hace Cayo Lara, el propio PER, la renta agraria, el subsidio agrario, etc. El caso es mostrar la imagen de un país como Andalucía de subvencionado, vago, que incluso disfruta de la buena vida que da el recibir dinero a cambio de nada. El PER es un programa destinado al mundo rural de Andalucía y Extremadura. El PER se paga con el dinero que el Estado Español recibe de los fondos correspondientes a la Política Agraria Común (PAC) y lo reciben entre otros, y sobre todo, grandes terratenientes: si no que pregunten a la Casa de Alba, a la familia Domecq o a los bancos más importantes del Estado Español, entre otros. De los 3.500 millones de euros que recibe Andalucía de la PAC, el 80% van a parar a los grandes terratenientes. En cuanto al subsidio agrario y la renta agraria, lógicamente, para ser cobrados es necesario cumplir una serie de requisitos, entre ellos trabajar y cotizar; y más allá de la posverdad, lo cierto es que en 2013 este subsidio suponía solamente el 2% del gasto estatal en desempleo, y lo cobraban el 23% de los trabajadores agrarios eventuales. Al contrario de lo que sostiene Cayo Lara, las trabajadoras y trabajadores del medio rural andaluz no necesitan del dinero de Catalunya para vivir.

¿Reforma agraria? ¿La tierra para quien la trabaja?

Y es que a las trabajadoras y trabajadores del medio rural ni les gusta la limosna ni sienten especial predilección por ser mantenidos sin trabajar porque tienen dignidad. Si existe el PER es por la sencilla razón de que hay que mantener el actual modelo de explotación capitalista en el medio rural andaluz sin que salten chispas ni haya una explosión social. La solución no es otra que la nacionalización de los latifundios para que las jornaleras y los jornaleros puedan trabajar. Pero no, Cayo Lara no fue a Palma del Río a defender la reforma agraria, ni la nacionalización de los latifundios en manos de terratenientes, multinacionales o bancos, ni que la tierra sea para quien la trabaja, no… Fue a otra cosa que explicaremos a continuación.

El discurso del odio

Cayo Lara fue a Palma del Río a crear incertidumbre, a crear miedo y, peor aún, a sembrar el odio entre pueblos. ¿Desde cuándo la izquierda tiene que sembrar el odio entre pueblos? La respuesta es clara: el proyecto nacional español progresista es un cascarón vacío, por tanto, acaba asumiendo en la práctica el actual statu quo imperialista español y su discurso del enfrentamiento entre pueblos.

Es frecuente escuchar a militantes de Podemos o de IU afirmar que el movimiento independentista catalán “ha desatado el fascismo y el nacionalismo español”, ¿pero acaso el discurso del odio de Cayo Lara no lo fomenta?

Cayo Lara de la mano de Duran i Lleida

Curiosamente, a quien beneficia el discurso de Cayo Lara es a lo más reaccionario del desaparecido “universo CiU”, concretamente al discurso de esa buena vida rural andaluza pagada con el esfuerzo de los “empresarios de bien” catalanes que defendía el líder de la extinta UDC, Josep Antoni Duran i Lleida. Curiosamente, o no tanto, las palabras de Cayo Lara vienen a reforzar a los sectores más atrasados del movimiento nacional y democrático catalán, aquellos sectores del PDECAT o de ERC que asumen el mito de la buena vida rural andaluza a costa del esfuerzo de los catalanes y catalanas; en definitiva, refuerza a ese sector del independentismo que basa sus argumentos en superar sus vínculos con pueblos atrasados como el andaluz, que supuestamente lastran el desarrollo social y económico catalán.

¿La dependencia y el subdesarrollo son progresistas?

Esta pregunta se transforma en afirmación rotunda a tenor de las palabras de Cayo Lara. Mantener a Andalucía en el extractivismo y en el “neoextractivismo”, es decir, el turismo, mientras que para que no haya un estallido social se colocan parches y remiendos. El proyecto nacional español progresista al no contemplar la cuestión nacional andaluza acaba por no tener una alternativa política, y por tanto termina por reproducir lo que hay: un modelo económico extractivo que no beneficia al pueblo trabajador sino a terratenientes y multinacionales, basado en la explotación de una clase obrera cada vez más precaria y que refuerza la opresión sobre las mujeres trabajadoras, y mucho más si encima son inmigrantes.

No contemplar la cuestión nacional andaluza significa negar al Pueblo Trabajador Andaluz la salida de este círculo vicioso; es negar la posibilidad de que podamos decidir diversificar nuestra economía y vivir dignamente de nuestro trabajo. Quien le niegue la soberanía nacional a Andalucía, le niega su futuro.

Defender el rol de Andalucía en el Estado Español y en Europa

No nos cansamos de decirlo: la izquierda española no tiene más programa político para Andalucía que una mera gestión “humana” de lo realmente existente: el régimen post-franquista español y nuestro papel subalterno dependiente. Habrá quien piense que son unas declaraciones aisladas y de una persona con poco peso político dentro de IU. Sin embargo, ni la dirección estatal ni – lo que es más significativo – la dirección andaluza han salido públicamente a desautorizar las palabras de Cayo Lara. Silencio. Un silencio cómplice y vergonzoso.

Jesús Larrañaga y los comunistas malagueños de 1936

Es de sobra conocida aquella afirmación de Calvo Sotelo en la que decía preferir una España roja a una España rota. La que no es tan conocida es la respuesta que le dio el dirigente del Partido Comunista de Euskadi (EPK) Jesús Larrañaga a esas palabras:

“Se equivoca el señor Calvo Sotelo, porque una España roja será una España rota. Y Cataluña será libre. Y Galicia será libre. Y Euzkadi será libre.”

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Patrulla de milicianos antifascistas frente a la fachada del Ayuntamiento de Málaga (verano de 1936)

Definitivamente, Cayo Lara poco tiene que ver con el legado de mujeres y hombres como Larrañaga, que dieron su vida en la lucha contra el fascismo, por la democracia y el socialismo. Tampoco Cayo Lara tiene nada que ver con aquellos militantes del PCE de la “Málaga la Roja” de 1936 que, junto a UGT, CNT, PSOE y FAI firmaron un pacto en cuyo punto nº15 se defendía el derecho de autodeterminación de Andalucía:

“Las organizaciones abajo firmantes estiman que debe concederse a nuestra Región el derecho de autodeterminación fundando los órganos para gobernarse libremente dentro de la Constitución, al igual que y en el concierto de las otras regiones hermanas de Iberia.”

Definitivamente, Cayo Lara está más cerca de Calvo Sotelo que de aquellos comunistas que lucharon contra el fascismo.

Por Antonio Torres

Nación Andaluza ante el apoyo español al golpismo en Venezuela

En el día de hoy el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, ha reconocido a Juan Guaidó como “presidente encargado” de Venezuela. Ante este hecho, desde Nación Andaluza – organización independentista, socialista y feminista andaluza – queremos afirmar:

Desde NA manifestamos nuestra solidaridad con la República Bolivariana de Venezuela. La izquierda independentista andaluza sólo reconoce a Nicolás Maduro como legítimo presidente venezolano.

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El reconocimiento del Gobierno español se produce el mismo día que el de Alemania, Francia y el Reino Unido. Esta coincidencia no es casualidad. Supone un nuevo gesto de la obediencia española a los intereses del imperialismo, a las oligarquía europeas y al IBEX 35. Que Sánchez haya afirmado que Guaidó debe “convocar elecciones en el menor plazo de tiempo posible, libres, democráticas, con garantías y sin exclusiones” es una muestra de hasta dónde el imperialismo es capaz de llegar en su necesidad de controlar el mundo violando la soberanía nacional de los pueblos.

Ya el 17 de octubre de 2017, desde NA emitíamos un comunicado avisando de las serias amenazas de la Unión Europea y sus patronos estadounidenses de no reconocer los resultados electorales y agitar a las bandas violentas a sueldo contra la Venezuela bolivariana. Por desgracia, los hechos nos dan la razón, como no podía ser de otra manera cuando hablamos de las potencias imperialistas.

Desde NA, organización por la liberación nacional y social de Andalucía, mantenemos como un principio básico el apoyo al derecho a la libre determinación de los pueblos. Igual que luchamos por la independencia de Andalucía y contra el régimen colonial que el Estado Español nos mantiene desde hace siglos, al igual que apoyamos las luchas por el derecho a la autodeterminación de otros pueblos hermanos del Estado Español, asimismo, defendemos la soberanía y la libre determinación del pueblo venezolano. Señalamos también que la defensa de la Revolución Bolivariana significa defender la soberanía nacional de todos los pueblos que resisten al imperialismo.

Es el momento de ejercer la máxima unidad anti-imperialista. Seguimos insistiendo en la necesidad de que nuestra militancia, personas adheridas y simpatizantes manifiesten en las calles y en todos los ámbitos posibles nuestro apoyo y solidaridad con la Venezuela bolivariana agredida por el imperialismo.

Desde Andalucía hasta Venezuela, ¡viva la lucha anti-imperialista!

¡Por la autodeterminación de los pueblos y el socialismo!

Andalucía, 4 de febrero de 2019

Permante de NACIÓN ANDALUZA (N.A.)

Lo simbólico como excusa

No hace mucho pudimos leer en un artículo de análisis sobre la situación de Adelante Andalucía tras la contienda electoral del 2 de diciembre y las últimas maniobras de Errejón y los suyos; dicho artículo se cerraba con una severa advertencia: no caer “en la trampa de las viejas y derrotadas banderas rojas, los puños alzados y los dientes apretados”. Haciendo un chiste fácil, al autor del artículo se le olvidó apelar a La Pantoja en aquel desafiante paseo agarrada del por entonces alcalde de Marbella, Julián Muñoz, con su “dientes, dientes, que eso es lo que les jode”. Ya en serio, lo que nos llama poderosamente la atención es esa insistencia en lo simbólico de determinados sectores de Podemos, especialmente aquellos identificados con el errejonismo.

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Teresa Rodríguez y Antonio Maíllo, dirigentes de Podemos e IU en Andalucía respectivamente, comparecen como Adelante Andalucía tras las elecciones andaluzas del pasado 2D de 2018. (FOTO: “20 Minutos”)

No pretendemos centrarnos en qué táctica o estrategia debería seguir Adelante Andalucía porque eso es algo que, hoy por hoy, corresponde a quienes decidieron construir y constituir Adelante Andalucía como herramienta política, aunque sí aportar una serie de elementos críticos que no podemos dejar pasar por alto, y es que sigue sin haber un análisis autocrítico y un reconocimiento público por parte de los diferentes sectores de Adelante Andalucía respecto a lo sucedido el pasado 2 de diciembre. En relación a los resultados en este artículo se sigue manteniendo una imagen idílica de una autonomía política de la que realmente y en la práctica no se da; y una visión excesivamente positiva sobre su función social, parece que el escenario político andaluz se ha trastocado tanto que aquel régimen neoliberal y corrupto del PSOE-A nunca jamás existió. Igualmente, nos parece la peor de las excusas argumentar que dada la situación y las encuestas, demasiado bien ha salido la experiencia de Adelante Andalucía en comparación con lo que puede ser en otros lugares del Estado Español; analizar la hemorragia de votos hacia la abstención se ve que no entra dentro del relato a difundir.

Tras estas cuestiones previas procedemos a centrarnos en el objeto del presente artículo: la obsesión simbólica. Si algo caracteriza a estos sectores son las continuas duras críticas, llenas de resentimiento, a una simbología, una liturgia y unas tradiciones a las que califican una y otra vez de “derrotadas”, ¿derrotadas por quién? ¿Por quienes invadieron sus organizaciones y aparatos para condenarlas a la desaparición?

Estos sectores están obsesionados con que el cambio surge de la superficialidad, del simbolismo, y por supuesto, del discurso, sin ir más allá. El problema, según ellos, está en que algunos nos obstinamos en defender símbolos derrotados, y debemos agarrarnos impetuosamente a los símbolos vencedores – véase la bandera monárquica española – o, en el caso del errejonismo andaluz, además de la rojigualda, combinarla con una buena dosis de “blanquiverdeo”. En esta visión de la política no hay contradicciones, un proyecto político españolista puede complementarse – por supuesto, desde la subalternidad – con uno andaluz. Todo es simplemente cuestión del relato que se construya, las realidades, la materialidad de las relaciones pasadas y presentes entre el Estado Español y Andalucía están a función del mismo incluso; y por supuesto, lo mismo vale respecto a la materialidad y a la realidad de las relaciones sociales, a las relaciones de clase. La realidad es que un proyecto político cuyo eje sea la emancipación del pueblo andaluz es radicalmente excluyente con una defensa del Estado Español, cuya Historia, función y realidad material no es dúctil ni alterable, sino que hunde sus raíces en la conquista y subyugación de distintos territorios a la Corona de Castilla, es una cárcel de pueblos que los somete, y en el caso andaluz lo hace de una forma peculiarmente agresiva, de una forma política, cultural, social, y económica.

Hacer de lo simbólico lo central sí que es una caída al abismo de la derrota, creer que las luchas históricas, los símbolos que tantas victorias han traído, son algo a repudiar, es sólo un síntoma de lo que están dispuestos a desprenderse con tal de ganar, que es su única obsesión. Si se está dispuesto a renunciar a todo (simbología, tradiciones, luchas, cuestionamiento de la monarquía, críticas al “establishment”, etc.) con tal de ganar, dirán cambiarlo todo para no cambiar absolutamente nada. Ganar, ¿pero ganar qué y para qué? Porque si el ejemplo novedoso es Carmena y su alianza con Errejón, evidentemente nos tenemos que preguntar si ganar significa aceptar, como hizo Carmena, los dictados de Montoro, reducir la deuda, sí, pero a cambio de no profundizar en políticas sociales, aceptar y participar de proyectos urbanísticos como los de la “Operación Chamartín”, mantener la privatización de servicios, etc. Se habla, se repite que hace falta ganar, como si simplemente esto fuera una carrera de 100 metros lisos. La imagen de un Forrest Gump corriendo porque sí, resignificando su carrera, es inevitable.

En realidad, lo que esconde este debate es una renuncia absoluta a la construcción de contrahegemonía para abrazar por completo los postulados y los paradigmas hegemónicos, es, en realidad, ponerse a los pies del régimen hegemónico. Es alarmante ver cómo a algunos se les llena la boca con Gramsci y olvidan lo troncal de su pensamiento, que es la contrahegemonía, el construir un polo opuesto al hegemónico, construir mayorías sociales para derrotarlo; en definitiva, construir (contra)poder popular, alo que hacía ligar a Gramsci, con otro maldito símbolo del pasado de banderas rojas y puños alzados (no sabemos si apretando dientes o no): Lenin.

La culpa, la excusa es el símbolo, la excusa se construye y se resignifica. Aproximarse a la realidad, tener una comprensión global es sin duda un gesto inútil, como esos sectores nos recuerdan una y otra vez. Las tesis de Errejón llevan tiempo en la primera línea de Podemos, no por nada, Pablo Iglesias las asumió en la práctica tras Vistalegre II, de ahí el teatro constante, de ahí la falta de contenidos y de diferencias reales y prácticas entre unos y otros, de ahí que, en última instancia, todo esto sea el enésimo y aburrido juego de tronos de la nueva política española. La diferencia es que ahora, una vez conseguido hundir el barco a través de la extenuante indefinición, lo abandonan llamando a superar Podemos. Suponemos que ahora también que han sido derrotadas las banderas moradas, las manos en alto y las bocas sonrientes, y como la clave está en lo superficial, se debe superar Podemos y cambiar radicalmente la simbología, la liturgia y la apariencia, acusando al rival de anquilosarse e instalarse en viejas banderas derrotadas. Lo simbólico y el discurso poseen poderes mágicos y la capacidad de hacer ganar o perder, si es que ya significa eso algo para esos 834.000 parados en Andalucía, según datos de la EPA del último trimestre de 2018.

La política reducida al marketing, la política como producto en la quimera de las sociedades de “clases medias”, mientras, en Andalucía sigue existiendo un espacio sin cubrir que apele a la soberanía nacional como instrumento de transformación de una realidad de miseria y opresión y al protagonismo de la clase obrera y sectores populares. Algunos ven el peligro en banderas rojas y puños en alto, nosotros en renunciar a acabar con la miseria, la opresión, la dependencia y la explotación del ser humano por el ser humano. Levantaremos la verdiblanca y la bandera roja, alzaremos el puño – no sabemos si apretando dientes o no, eso dependerá de las circunstancias – pero porque simbolizan un proyecto político transformador, no porque estemos más a gusto con nosotros mismos al hacerlo, o necesitemos taparnos con banderas como quien se tapa con una manta una fría noche de invierno.

Por Manuel Ares y Antonio Torres