Señor Zoido, déjeme contarle algo

Por Irina Riot

Estimado señor Zoido, Ministro del Interior por la gracia del PSOE, ferviente católico, cofrade, provida y taurino.

Es menester de un Ministro del Interior, según la Ley de 1998 que ampara su cargo, entre otros, el deber de diseñar e implementar, de conformidad con la Ley, las políticas públicas de protección, promoción, respeto y garantía de los Derechos Humanos.

Sin embargo, y pese a tan noble mandato, no espero yo de usted gran cosa, aunque el señor Fernández Díaz, tan lleno de odio y viejos resentimientos, le ha dejado un listón difícilmente superable. Por eso no quisiera sumar más deberes a su apretada agenda, sólo contarle un par de detalles sobre quién es Zozulya, ese jugador ucraniano que merece portadas de televisión y apoyo desde el mismísimo Gobierno español. Ese chico de Kiev que ha servido para que toda la caverna ataque el valiente acto del pueblo vallecano y su afición. Una vez más cambian ustedes el cuento, volviendo radicales a quienes solo piden cordura, memoria y respeto, y amparando a criminales en nombre de la corrección política de la que tanto hacen gala los suyos pero que esconde muchos muertos en el armario. De paso, déjeme pues contarle también quién es el club que le ampara y el presidente de ese circo de la LFP que es el señor Tebas, con el que seguro ya se habrá tomado alguna caña.

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Debía usted estar muy ocupado casando a Fran Rivera y divorciando a Nati Abascal como para enterarse de que allá por 2014 hubo en Ucrania una revolución popular de signo liberal y pro-euroatlántica que se llamó Maidan. Esa revolución pronto tomó tintes muy oscuros cuando la ultraderecha de ese país se puso a la cabeza arrasando con todo, aupada por las grandes oligarquías fruto de la descomposición y crisis en la que se vio sumido el país tras la caída de la URSS y a la orden de los partidos neoliberales preparados para poner en marcha las recetas del FMI en ese país. Hubo, no obstante, una región – el llamado Donbass – que no aceptó el cambio violento de gobierno que aupó en Kiev a los radicales de ultraderecha y sus aliados ni las condiciones que desde allí se les imponían. Y así empezó la guerra.

Señor Zoido, le invito a que pase una tarde por Lugansk. Que vea a las ancianas arrastrando carritos de la compra que no van a llenar y durmiendo en casas sin luz ni calefacción. Que vea los colegios vacíos y los maestros en paro esperando que vuelvan los niños. Le invito a que le enseñen las fotos que a mí me enseñaron de las familias quemadas vivas huyendo de batallones de jóvenes hooligans reconvertidos a paramilitares asesinos, borrachos de odio y de muerte. Que pasee por las granjas llenas de minas y por las casas bombardeadas con esvásticas pintadas en las puertas. Eso es Zozulya, señor Zoido. Un hijo del odio, de un nacionalismo xenófobo que los ricos metieron en la cabeza a base de fútbol y racismo a jóvenes simples y fáciles de engañar, como Zozulya, para ponerlos a la cabeza de una guerra que ha condenado a Ucrania, a ese país que dice defender, a exilios, muerte y décadas de pobreza hasta que puedan siquiera levantar cabeza. Ese es, señor Zoido, Zozulya, sólo que cambió el fusil por el balón y un contrato en Sevilla.

Déjeme también que le cuente a usted, acérrimo sevillista, qué es el Betis. El Betis es un club que ampara y palmea a un tipo como Rubén Castro, para el que se piden 8 años de cárcel por maltratador y criminal machista, mientras en la grada le siguen gritando que ella, su – presunta – víctima, era una puta y que él hizo bien. Aunque bueno, siendo usted sevillista, conocerá de sobra también al Prenda, Biris y amigos, y cómo violaron a una mujer entre 5 hombres para compartirlo luego en sus teléfonos móviles para regocijo de la manada.

Y por último, déjeme que le recuerde también quién es su amigo Javier Tebas, millonario presidente de la Liga de Fútbol Profesional (LFP), el ultraderechista orgulloso de serlo, el que fuera cadenero de Fuerza Nueva cuando en la década de 1980 asesinaban a estudiantes de izquierdas en Madrid, como Yolanda González, cuyo asesino, Emilio Hellín Moro, por cierto, ha trabajado hasta hace bien poco en su propio Ministerio.

Aunque todo esto usted ya lo sabe, por supuesto, aunque supongo que al final uno se acostumbra a vivir entre tanta infamia y tanta mierda debajo de la alfombra, sobre todo cuando no ha conocido nada diferente ni más digno ni mejor. Sería el deber ético y democrático de un Ministerio del Interior acabar con esta cadena de indignidad – de fascismo sin depurar, de machismo sin condenar, de caciquismo y señoritos, de poca vergüenza – que se remonta muchas décadas atrás, pero ya he aprendido que precisamente allá donde se esconde lo más vergonzante y oscuro es donde se ponen los mejores perros guardianes.

Pero hay algunas y algunos que no nos resignamos. Por eso, aunque trabaje 12 horas, he sacado un ratito para escribirle esta carta. Y en ese reducto numantino que es Vallekas, donde no hay criminales de guerra, ni fascistas millonarios, sino gente normal, trabajadora, valiente y digna, que tiene memoria para recordar la infamia (la de Tebas y sus predecesores aquí en nuestras y la del neonazi ucraniano y sus semejantes a 5.000 kilómetros) no hemos dejado que pase – ni que cobre – su amigo Zozulya. Si quiere jugar en Madrid, invítele usted a una partida en su jardín, y aplíquense la lección de que no siempre el más grande gana el partido y que hay pequeñas victorias que pueden ser enormes, como esta de un barrio, de los más pobres de Madrid, que ha puesto en jaque a toda la maquinaria del fútbol moderno y sus amiguetes.

Aunque le joda, señor Zoido, déjeme que se lo recuerde: siempre nos quedará Vallekas.