China le declara la guerra a la contaminación

Por Iramsy Peraza Forte

China libra una guerra sin tregua contra la contaminación del aire que, especialmente en invierno, afecta a varias ciudades del gigante asiático, generando una enorme preocupación entre los habitantes.

f0077079

Durante los últimos días, importantes urbes de la segunda mayor economía del mundo se han visto afectadas por una densa contaminación del aire y niebla que, además de afectar la salud de los ciudadanos, impiden el total despliegue de las actividades económicas.

Consciente de que la protección del medio ambiente constituye una pieza clave para su total desarrollo, el Gobierno chino decidió reforzar la protección del entorno y aumentar la supervisión y la responsabilidad en 2017.

Para ello, el Consejo de Estado de la República Popular China emitió un plan integral sobre conservación de energía y reducción de emisiones para el período 2016-2020.

El proyecto está compuesto por 11 medidas dedicadas a impulsar el “trabajo de ahorro de energía y reducción de emisiones, incluida la disminución de la tasa de consumo de carbón, la promoción del consumo de energía en áreas clave, la intensificación del control de emisiones contaminantes, el desarrollo de la economía circular, la mejora del apoyo técnico, el incremento del apoyo en política financiera y la mejora de la gestión”.

Las autoridades chinas enfrentan una guerra contra las grandes emisiones de carbón y los vehículos altamente contaminantes, considerados como las causas principales de la elevada concentración de materia de partículas tóxicas respirables, conocidas como PM 2.5, que causan el smog.

La nueva directriz, emitida por el gabinete chino, entre otras cuestiones, limitará para 2020 el consumo de energía total del país a 5.000 millones de toneladas de carbón.

En los últimos años China ha logrado mantener un crecimiento estable del PIB y alcanzar el estatus de segunda potencia mundial. A pesar de estos innegables avances, la estructura económica del país, cargada de industria pesada y dependiente energética de combustibles fósiles, le ha causado algunos escollos como lo es el de la polución.

Es por eso que la atención al tema ambiental se ha ubicado como uno de los principales asuntos en busca de cumplir las metas que tiene el Gigante Asiático como nación.

Medidas inminentes

De acuerdo con informaciones del Ministerio de Protección Ambiental, cerca del 62% de las 338 ciudades monitoreadas han sufrido los efectos de la contaminación del aire en el último invierno. La permanencia de una fuerte niebla y el smog constituyen un grave problema para varios territorios del norte de China que han desplegado acciones inminentes para tratar de combatir ese flagelo.

En la capital, por ejemplo, las autoridades planean la creación de una fuerza policial ambiental para supervisar sus 16 distritos y tratar de mejorar la calidad del aire de la ciudad en 2017.

El subjefe del Partido Comunista de China (PCCh) y alcalde de Beijing, Cai Qi, se comprometió a tomar medidas más severas para hacer cumplir las regulaciones sobre las emisiones de gases contaminantes.

La única planta de energía alimentada por carbón de la ciudad será cerrada después de la temporada que requiere calefacción y el consumo de ese gas mineral se recortará en un 30%, hasta menos de 7 millones de toneladas en 2017.

Además, este año unos 300.000 vehículos viejos y altamente contaminantes saldrán de circulación, 500 fábricas manufactureras de gama baja serán cerradas y otras 2.560 se modernizarán para cumplir los elevados estándares de tratamiento de la polución.

También la Comisión Municipal de Educación de la capital china anunció la pronta instalación de sistemas de filtración del aire en algunas escuelas y jardines infantiles de la ciudad.

Según afirmó Cai, Beijing continuará construyendo estrechas relaciones en la lucha contra la contaminación atmosfética con sus vecinos, la provincia de Hebei y la municipalidad de Tianjin, también afectados por los últimos episodios de smog.

Mientras, Chen Jining – ministro de Protección del Medio Ambiente, señaló que su institución está evaluando los planes de emergencia de 20 ciudades para el manejo de la densa contaminación del aire, con vistas a mejorar su capacidad de respuesta.

China emite un plan quinquenal sobre ahorro de energía y reducción de emisiones contaminantes

BEIJING, 5 de Enero (Xinhua) – El Consejo de Estado de la República Popular China emitió hoy un plan integral sobre conservación de energía y reducción de emisiones para el período 2016-2020.

135958687_14836647652391n

El plan está compuesto por 11 medidas detalladas para impulsar el trabajo del ahorro de energía y reducción de emisiones en China, incluida la disminución de la tasa de consumo de carbón, la promoción del consumo de energía en áreas clave, la intensificación del control de emisiones contaminantes, el desarrollo de la economía circular, la mejora del apoyo técnico, el incremento del apoyo en política financiera y la mejora de la gestión.

De acuerdo con el plan, el consumo de energía total de China será limitado a 5.000 millones de toneladas de carbón equivalente para 2020. Esto se traducirá en una reducción del 15% del uso de energía por unidad del PIB para el año 2020.

El PIB de China creció un 6’7% en los primeros tres trimestres de 2016, en camino para alcanzar la meta del Gobierno, pero el país también enfrenta desafíos como la degradación medioambiental.

135958687_14836647653411n

Cerca del 62% de 338 ciudades chinas monitorizadas por el Ministerio de Protección Ambiental sufrieron de contaminación del aire el pasado miércoles. El carbón es la principal fuente de energía en China, y representó el 64% del consumo total de energía en 2015.

Muchas ciudades chinas han sufrido smog frecuente en invierno en los años recientes, lo que ha generado una gran preocupación pública. Las emisiones originadas por el carbón son consideradas como una de las causas de la elevada concentración de materia en partículas tóxicas respirables, conocidas como PM 2.5, que causan el smog.

FUENTE: “Manos Fuera de China”

El socialismo como única solución al drama ecológico

Por Jose Gutiérrez Soler

“El universo no está obligado a estar en perfecta armonía con la ambición humana”

(Carl Sagan)

No es la intención de este escrito el aburrir con cifras y porcentajes, esas cifras y porcentajes suelen ser otra clase de eufemismo sobre el problema a tratar. Pues ningún ser humano ha conocido o siquiera visto todos los árboles del Amazonas, por lo cual quiere decir que desde 1970 se ha deteriorado más del 56% de su masa y territorio de bosque, es cuanto menos una vaga forma de describir el dama sufrido en el Amazonas. pero aun así, si se desea, una rápida búsqueda en Google puede hacernos perder el sueño de una noche. El objetivo de estas líneas es expresar que existe una solución, y esta solución empieza por un cambio en nuestra sociedad.

EXISTEN SOLUCIONES

La ciencia y la tecnología han avanzado lo suficiente como para solventar casi todos los problemas medioambientales que tenemos, nuevas técnicas de reciclaje, reducciones de dióxido de carbono a la atmósfera en vehículos, energías renovables, motores eléctricos y un larguísimo etcétera hasta llegar incluso a la clonación de animales extintos.

No estamos ya frente a una tecnología incapaz de detectar los estragos de la contaminación, no nos encontramos frente a escasos datos sobre cambios en el clima y en los hábitos de los animales por culpa del deterioro del medio ambiente. Podríamos llenar plazas enteras con todos los estudios y documentos divulgativos acerca de los problemas y de las posibles soluciones del medio ambiente.

Tenemos a nuestro alcance todo el potencial de las energías renovables, de ganadería y agricultura responsable, sabemos como repoblar bosques enteros, cómo revertir la disminución de poblaciones en peligro, cómo paliar enfermedades modernas y producidas por nuestra huella ecológica… En definitiva, el ser humano dispone de medios de tener un planeta más habitable y que nos aporte mejor calidad de vida.

EL CAPITALISMO COMO INICIO Y FIN DEL PROBLEMA

Ya sabemos que existen infinidad de soluciones; algunas a largo plazo, otras drásticas e inmediatas, que acelerarían la recuperación medioambiental y reducirían nuestra huella ecológica. Pero es el momento de las preguntas: ¿quién, cómo y cuándo pondrá en práctica estas medidas? Si se le pregunta a una persona de Senegal o Mali, podremos ver en su rostro una expresión de sorpresa, ignorancia y posiblemente indignación. Pero si le preguntamos a una persona del “Primer Mundo” podremos ver las mismas expresiones, ya que individualmente, las personas no pueden hacer prácticamente nada. Incluso hasta personas que reciclen sus propios excrementos y fabriquen sus propios relojes de pulsera con cáñamo y pilas solares, serán sólo eso, casos aislados en un entramado internacional, no se verán como ejemplo a seguir y por supuesto no se verán como parte de la solución.

La hegemonía cultural impide que ese tipo de cambios de hábitos sean socialmente aceptados. El Corte Inglés se gasta mucho dinero en publicidad para permitir que nos hagamos nuestra propia ropa, o que nos fijemos que ciertos fabricantes se basan en la obsolescencia programada.

Por lo que incluso las cooperativas sociales, las redes de consumo, los huertos ecológicos, etc. son ejemplos minoritarios, ajenos a la gran masa social, y aunque muchos de ellos desarrollan labores extraordinarias, son sólo luchas aisladas, las cuales no tienen la suficiente fuerza para cambiar a las grandes potencias, y mucho menos a la conciencia colectiva en cuanto al consumo. Hay que fijarse en este tipo de inciaitivas, pero a la vez entender que si no formaran parte de algo más grande, un algo que remueva conciencias, tan sólo son opciones minoritarias. Y se quedarán en eso, porque el capitalismo no permitirá que ese tipo de iniciativas sean reales, y si por arte de magia lo fueran, las acapararían y las convertirían en oportunidades de negocio.

El capitalismo no quiere gastarse ni un solo céntimo en reducir su huella ecológica, para este sistema socio-económico todo aquello que no es productivo es prescindible, todo aquello que no sirva para encapsular y proteger su piedra angular (“el beneficio”) será tratado de manera confusa, trivial e incluso falsamente.

La columna vertebral del capitalismo es la plusvalía, sin ella ese sistema se descompone y se destruye, y los grandes en este juego hacen todo lo posible para mantener su nivel de plusvalía en valores cada vez más altos. Por ello, invertir en ecologismo es reducir su nivel de plusvalía, y entra en conflicto visceral con el propio principio del capitalismo.

Y si quedara alguna duda: ¿cuántas guerras, destrucción y muerte hemos contemplado en los últimos 20 años, tan sólo para mantener unas décimas el precio del barril de petróleo? Si el capitalismo es capaz de hacer eso, ¿qué le importa un pingüino escuálido muriéndose de hambre?

LA SOCIEDAD CAPITALISTA COMO CÓMPLICE

Aun así, sabemos que hay mínimos ejemplos y algún que otro reducto aislado, de ciertas empresas y países que innovan o promocionan en ecologismo. Ikea, por ejemplo, en su reglamento interno tiene dispuesto que en su consejo de administración tiene que haber un número de puestos reservados para ingenieros medioambientales. Estas personas son las encargadas de supervisar todos los procesos y productos de Ikea para reducir la huella ecológica y promover el reciclaje. En la ciudad de Utrecht (Países Bajos) existe un prototipo de vehículo social que genera electricidad al moverse. No sólo es que se mueva de forma gratuita, sino que además genera un excedente energético, y dicho excedente se conecta al suministro de la ciudad,a horrando costes para el ayuntamiento.

Aun así, en el caso de Ikea, no deja de ser otra cara de su campaña de marketing, y en el caso de los Países Bajos, no es más que una medida ínfima y socialdemócrata de su gobierno. En ambos casos veremos que fuera de los ejemplos anteriormente comentados, se pueden encontrar miles de casos de explotación y ruindad.

El problema de base es que la sociedad capitalista no desea solucionar el drama medioambiental. Nos encontramos ante un panorama devastador, ya que la clase trabajadora del Primer Mundo no tiene tiempo, después de sus más de 8 horas diarias de producción, como para ocuparse de unos pájaros con nombres en latín que han variado su migración por culpa del cambio en las corrientes de aire, y la clase trabajadora del Tercer Mundo no tiene recursos ni para su propia supervivencia.

Por ello, centraremos nuestra atención en quien tiene recursos y no hace nada: la clase trabajadora del Primer Mundo, todo ese conjunto de personas que viven en un exceso de plástico, productos químicos, fertilizantes agresivos, semillas transgénicas y medicamentos basados en la tortura animal.

Dudo muchísimo que cualquier persona después de ver cómo se procesa una salchicha industrial se coma una con las mismas ganas que antes, o que se maquille con ciertas cremas basadas en la experimentación y tortura de animales. Y ambos casos son bien conocidos gracias a que hoy en día vivimos en la sociedad de la información. Pero nos lo presentan como cosas que ocurren en otros países, en otras empresas, otros gobiernos y otras marcas. En definitiva, ajeno a su día a día. Ajeno a la rutina de ir al mismo supermercado por no tener tiempo de ir a las tiendas locales, ajeno a la explotación infantil en la ropa, por no poder permitirse comprar en otro sitio que no sea H&M, ajeno a la cantidad de petróleo usado en transportar pepinos de Nueva Zelanda y que sean más baratos que los de la zona rural más próxima.

El capitalismo, como en feminismo, moral, religión y otros aspectos, ataca al ecologismo como algo fuera de nuestras posibilidades, para que la impotencia dé paso a la aceptación de dichos problemas y situaciones como algo dentro de lo normal, como algo arraigado en nuestros genes, algo no prioritario de cambiar, porque lo importante es el terrorismo (que mata muchos menos que el hambre) y la estabilidad de los mercados (de SUS mercados).

EL SISTEMA ECONÓMICO SOCIALISTA COMO INICIO

Lejos de ser la solución definitiva, un cambio en los modos de producción son el plan de choque para salvar la actual biodiversidad y el actual clima, ya que “salvar el planeta” es algo egoístamente humano. El planeta seguirá ahí después de que lo inundemos de radiación y dióxido de carbono, después de que no exista ni un ser humano o animal vivo, tal como lo conocemos hoy día.

Una economía que no esté basada en el beneficio económico de una élite, es la única que podrá invertir de manera efectiva y generalizada en reciclaje, reforestación, limpieza de ríos, drenaje de embalses, potabilizadoras de agua, riegos sostenibles, semillas sin modificaciones nocivas, alimentación más saludable… Y así, un largo etcétera.

Sólo una economía con visión de futuro para la sociedad y no para su cuenta bancaria puede plantear planes a medio y largo plazo para cuestiones fundamentales como las energías renovable, el transporte limpio, la vivienda sin impacto medioambiental, o los cultivos beneficiosos para cada terreno. Y repitiéndonos, esto es sólo posible en el socialismo, ya que un sistema capitalista no tendrá margen de maniobra en sus beneficios para atender a dichas cuestiones, por muy buena voluntad que tengan sus gobernantes de turno.

Es vital hacer hincapié en esta idea de que bajo ningún sistema socio-económico capitalista podremos encontrar soluciones a largo plazo. Es importante para no caer en ilusiones de la socialdemocracia como que, con unos buenos gestores, esto puede cambiar. El gran capital, que es quien gobierna realmente, tal vez pueda dar algunas migajas a ciertos países y espejismos verdes en ciertos momentos, pero en el día a día, la maquinaria de la plusvalía se engrasa con la degradación del planeta, ya que ser responsable ecológicamente es caro.

LA SOCIEDAD SOCIALISTA COMO SOLUCIÓN

Decíamos antes que las medidas económicas y las políticas socialistas son sólo el principio, y eso se debe a que la sociedad tiene que hacer suyos ciertos hábitos de consumo, ciertos valores morales y, en definitiva, cambiar su modus vivendi frente al planeta.

Si la sociedad no rompe sus esquemas sobre cómo explotar recursos naturales, investigar nuevos medicamentos, concebir jardines o incluso diseñar casas, poco de lo que imponga un gobierno o Estado se perpetuará durante mucho tiempo, ya que al final, nuestros Estados son un reflejo de nuestras sociedades.

El cambio puede que sea generacional, así que tenemos que partir de la base de que este es un proyecto a largo plazo, pero que o se empieza ya, o el trabajo será más duro y los resultados puede que no sean tan efectivos.

Y para no caer en dar un mensaje abstracto sin posibilidad de implantarlo o defenderlo localmente, hay que estudiar el medio ambiente local y global, ver los problemas más serios y transmitir a las fuerzas políticas y otros agentes sociales un programa viable pero ambicioso, con medidas que puedan – al menos – paliar la degradación constante de nuestro entorno, un programa que pueda elevar la conciencia ecológica de nuestra clase trabajadora, un programa con medidas políticas que sean el germen de un cambio social, un programa que realmente sea revolucionario en nuestro tiempo y en nuestro entorno.

Puede que en la Andalucía de 2016 tras 10 minutos en coche uno ya pueda ver árboles y algún que otro riachuelo, según en qué ciudad, pero si nos fijamos bien es raro hoy en día encontrar un tomate que sepa a tomate, una lechuga con tierra, coquinas en la orilla y mariposas en los parques. Además, y como siempre, la miseria viaja sólo de ida a ciertos lugares del mundo, y en África podemos encontrar bosques de cables, lagos de placas informáticas, ríos de teléfonos móviles obsoletos, montañas de podredumbre y desperdicios del “Primer Mundo”, residuos de un consumo vetado para los que tienen que convivir con las consecuencias.

Si nos quitamos el velo del egoísmo y el miedo a ver lo que tenemos frente y alrededor nuestro, veremos tal cantidad de degradación del medio ambiente que ya seremos incapaces de dar marcha atrás, veremos que ya no sólo estamos condenando, como sociedad, a miles de millones de personas a la desgracia económica, sino que además les estamos robando todas las posibilidades a nuestras generaciones futuras. Es por ello que el ecologismo es una parte fundamental de la lucha, puede que sea de las más importantes, porque ataca directamente al corazón del capitalismo, a su deshumanizada tarea de extraer la vida de la clase trabajadora y su entorno en beneficio propio.

¡LA LUCHA POR EL MEDIO AMBIENTE Y EL ECOLOGISMO ES UNA LUCHA REVOLUCIONARIA!