Manifiesto de los comunistas del Estado Español ante las próximas elecciones

Más vale no hacerse ilusiones. El escenario electoral repleto de actores, tan enfrentados y aparentemente tan diferentes, se erige una vez más para ocultar una misma y dramática verdad. Ninguno de los partidos del Parlamento tiene propuesta alguna capaz de cambiar las condiciones de vida y de trabajo de la cada vez más inmensa clase obrera, para la que nunca acabó la crisis y sobre la que pretenden descargar, nuevamente, las consecuencias de un nuevo estallido.

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Un soldado del Ejército Rojo coloca la bandera soviética sobre el Reichstag de Berlín.

Todos saben que está a la vuelta de la esquina, pero de eso – tampoco – nadie habla. La crisis rompió en pedazos el espejismo reformista de “mejoras” o de “bienestar” sin tocar el núcleo duro de la estructura de poder. Y para hablar mínimamente en serio de soluciones habría que decir alto y claro que el gran capital europeo, para intentar salvar sus bancos y sus multinacionales del naufragio, además de los rescates con dinero público, nos ha impuesto la camisa de fuerza del déficit y del pago de una deuda construida, precisamente, por esos rescates. Y sobre todo, porque si se hablara claro, la gente entendería y actuaría en consecuencia, y no están dispuestos. El vergonzoso ejemplo de la “nueva izquierda” – Syriza en Grecia – o el más cercano del “cambio” de Pedro Sánchez apoyado por Unidos Podemos, nos ahorra más argumentos.

La oligarquía europea, hegemonizada por Alemania, asegura sus políticas en el Estado Español a través del engranaje institucional que garantizó, con la monarquía y la Constitución de 1978, la continuidad de la dominación de la oligarquía financiera y terrateniente y de las estructuras de poder del franquismo, con el añadido de los nuevos ricos de las privatizaciones de PSOE y PP. Las contrarreformas laborales, de las pensiones, la privatización de todo lo rentable, de los desahucios, la opresión de las mujeres trabajadoras, la sobreexplotación de la clase obrera inmigrante, son políticas salvajes que impone la Unión Europea y que aplican gobiernos capitalistas de todo color político. La exhibición de patrioterismo por los mismos que hipotecan toda soberanía a los pies de la UE y de la OTAN y el criminal recurso al enfrentamiento entre los pueblos en el caso de Cataluña, con el silencio cómplice de la supuesta “izquierda”, ha mostrado en primer plano la reedición de todo el esperpento del Régimen del 78. Frente a él, ni siquiera una lección de dignidad y de voluntad de lucha tan impresionante como la que ha ofrecido el pueblo catalán ha sido capaz de romper – él solo – el muro del Régimen del 78. El marco general del capitalismo que afecta a todas las estructuras sociales y políticas, al tiempo que alimenta el recurso al fascismo y a la guerra para controlar el acceso barato a materias primas y anular competidores. Y es esa lucha feroz la que intensifica las contradicciones interimperialistas y abre oportunidades de victorias. La creciente agresividad de la OTAN y el incipiente Ejército Europeo son ejemplos de esas tensiones crecientes entre el imperialismo europeo y el estadounidense. Hechos estos de gran trascendencia para quienes estamos convencidos de que no hay otra salida que la que abren los procesos revolucionarios y de que, en ese camino, tiene importancia decisiva la división y la confrontación interimperialista.

Quienes apoyamos este Manifiesto creemos que es precisamente esa izquierda pusilánime y engañosa, que resalta aspectos colaterales para evitar enfrentar a los auténticos responsables de tanto dolor y tanta desesperación, una de las principales responsables del resurgimiento de la extrema derecha como expresión de la confusión y la canalización de la rabia del pueblo estafado.

Y para no enfrentarla no sirven histéricos llamamientos a formar “frentes antifascistas” liderados por los mismos que han defraudado toda esperanza de transformación. La derrota popular gestada en la Transición se hizo sobre la base del debilitamiento hasta la extenuación del poder de la clase obrera y el sometimiento de sus principales organizadores a los dictados de la burguesía. Y se consiguió, unas veces mediante el soborno, otras usando la represión y siempre fomentando la desmemoria. La ruptura de la continuidad histórica de las luchas obreras y populares es la principal herramienta ideológica de la dominación. La destrucción de la conciencia de que cada generación, para poder enfrentar los problemas que cada época depara, necesita recoger y actualizar el tesoro de experiencia y de lucha de quienes le precedieron, es su arma de destrucción masiva de la conciencia colectiva y facilitar su dominación. Otra es fomentar la división dentro de la clase, de forma que el enfrentamiento entre sectores de la misma confunda, distraiga y divida.

La ofensiva es múltiple: la multiplicación de las diferentes situaciones laborales, la individualización y el vaciamiento del poder de la negociación colectiva, el racismo para enfrentar a la clase obrera de diferentes nacionalidades o la más reciente, que intenta usar la legítima lucha de las mujeres trabajadoras contra el patriarcado para contraponer a mujeres en abstracto contra hombres. Todas ellas son cargas de profundidad de la burguesía contra su mayor enemigo: la clase obrera unida, en toda su diversidad, e independiente, es decir, consciente de sí misma y de su poder. La lucha antifascista organizada y coherente, pueblo a pueblo, barrio a barrio, en las fábricas o en las universidades, debe ser el resultado de la unificación de las luchas obreras y populares contra el enemigo común. Y debe ir dirigida tanto a levantar un muro popular frente al fascismo, como a rescatar de sus filas la rabia y la desesperación obrera de tanto engaño. Y para ello no sirven discursos vacíos.

Es necesario identificar y llamar a la lucha contra los verdaderos enemigos del pueblo. La construcción del poder obrero y popular debe hacerse sobre la base de ineludibles propuestas de ruptura.

  • Ruptura con las estructuras de poder del franquismo travestidas en el Régimen del 78, cuyos pilares son la monarquía y la Constitución de 1978. Sólo la confluencia de las luchas obreras y populares por la República con la de los diferentes pueblos del Estado Español por el ejercicio de su derecho a la autodeterminación puede crear una correlación de fuerzas favorable para llevar a cabo una tarea histórica pendiente desde hace más de 40 años. Y junto a ella, la lucha por la amnistía que vacíe las cárceles de presos políticos antifascistas.
  • Negar el pago de una deuda infame construida a base de transferir fondos públicos a los grandes bancos y rebelarse ante el dictado del déficit, con la reducción del gasto en servicios públicos que conlleva. Todo ello en el marco de la confluencia con otros pueblos de Europa con el objetivo común de romper con el euro y con la UE, así como con su parafernalia de guerra dirigida contra otros pueblos o contra nosotros mismos: la OTAN y el Ejército Europeo. La expropiación de la banca y de las empresas estratégicas, y la planificación de la economía colocando las necesidades humanas como máxima prioridad social, son herramientas indispensables.

Los elementos políticos que aquí señalamos no saldrán en los debates, ni en las tertulias electorales. Son, sin embargo, cruciales, y constituyen los pilares del programa político que debe permitir a la clase obrera y a los pueblos del Estado Español empezar a construir sólidamente su propio poder, dejando atrás ilusiones y espejismos que tan caros estamos pagando.

Las organizaciones firmantes de este Manifiesto nos hemos comprometido a iniciar un proceso de debate y de unidad de acción que nos permita avanzar juntas para recuperar lo perdido y continuar la lucha hasta realizar la plena emancipación social.

FIRMANTES:

COMUNISTAS

 

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El sionismo más violento se disputa el poder en Israel

¿Votarías? Es el dilema al que se enfrentan miles de palestinos atrapados en un país dominado por el odio y el supremacismo sionista.

El 9 de abril, Israel celebra unas elecciones legislativas cuyo resultado, aunque parece difícil de prever, es de todo menos esperanzador para los palestinos.

Uno de los temas que más se ha repetido en la campaña electoral de los diferentes partidos de derecha judía es el racismo anti-árabe, y más concretamente anti-palestino. Si bien saltó a los medios la polémica por el spot en el que la candidata Ayelet Shaked banalizaba el fascismo, lo cierto es que éste no ha sido el vídeo más lamentable de los sionistas.

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La dirigente ultraderechista israelí Ayelet Shaked banaliza con el fascismo en un spot electoral. Shaked es Ministra de Justicia del régimen sionista desde mayo de 2015.

Para promocionar su campaña electoral, Anat Berko del Likud difundió un vídeo en el que simulaba que iba a ser secuestrada por su marido, disfrazado de palestino. Entonces, empezaba a enumerar sus “éxitos” en la lucha contra la resistencia palestina, para terminar mofándose de los árabes y su idioma.

El principal opositor a Benjamin Netanyahu, Benny Gantz (del Partido Azul y Blanco o “Kahol Lavan”), a pesar de presentarse como la opción moderada de centro-izquierda, ha llevado el lenguaje beligerante al siguiente nivel. En su spot electoral se limita a mostrar un funeral palestino mientras un número en mitad de la pantalla asciende hasta llegar a 1.364. Esta cifra es el número de palestinos (supuestamente militantes) de cuya muerte fue responsable Gantz durante la “Operación Borde Protector”, en la que las fuerzas israelíes bombardearon salvajemente Gaza entre julio y agosto de 2014.

Por si esta exaltación de la muerte no fuese suficientemente repulsiva, de acuerdo a la ONU, de los 2.104 palestinos que murieron en los bombardeos de 2014, 1.462 de ellos eran civiles; 495 niños y 253 mujeres. Estas son las muertes de las que Benny Gantz está tan orgulloso. Gantz también forma coalición con el Telem de Moshe Ya’alon, el mismo que prefiere al ISIS antes que a Irán en su vecina Siria. Sería anecdótico de no ser porque el Partido Azul y Blanco es la fuerza que está disputando la hegemonía del Likud.

¿Cómo alguien puede considera esta fuerza moderada o mínimamente centrista? Sencillo: porque lo que hay enfrente es aún peor. La anexión unilateral del Golán sirio, hacer capital de Israel el Jerusalén ocupado o afirmar que Israel es solo para los judíos son algunos elementos del discurso más radical y reaccionario de Netanyahu; involucrado en al menos 3 casos de corrupción y malversación.

Por si este supremacismo no fuese ya de por sí alarmante, el Likud de Netanyahu quiere formar coalición con el partido supremacista, racista y violento Poder Judío “Otzma Yehudit”, que aboga por la expulsión de todos los árabes de Israel – incluyendo Gaza y Cisjordania. Sus políticas de segregación racial quieren prohibir incluso cualquier tipo de matrimonio o relación entre árabes y judíos. Estos son los aliados de Netanyahu, actual Primer Ministro de Israel.

En este contexto, los palestinos no le ven el sentido a participar en unas elecciones que solo sirven para legitimar el sistema israelí y afianzar su espejismo de democracia liberal.

Los palestinos, que tradicionalmente han sido parte de la vida política incluso más que la población israelí, con índices de participación electoral que superaban el 75%, ya no le ven el sentido a seguir participando. Desde 1967 la participación ha caído en picado, y solo un 63% de los palestinos votaron en 2015.

Lo máximo a lo que aspiran los árabes es a un 16% de la representación mientras que el 84% de los votantes son judíos. Casi 3 millones de palestinos en Cisjordania y alrededor de 2 millones más en Gaza no van a poder votar, lo que reduce la representación de la población nativa a una minoría en su propia tierra.

Esto sucede en un país donde el racismo es endémico. En una sociedad podrida que expulsa y margina a los nativos. Una sociedad podrida que va a las colinas a disfrutar de cómo su aviación bombardea a civiles gazatíes. Una sociedad podrida que busca eliminar cualquier resquicio de la Historia y cultura palestina. No son raros los casos de agresiones a ciudadanos solo por hablar árabe en lugar de hebreo. Los sionistas no solo odian a los musulmanes; también desprecian a los cristianos ortodoxos y a los drusos. Desprecian a cualquiera que no comulgue con sus ideas de superioridad judía.

No ha habido en la Historia de Israel una sola coalición de gobierno que integre a fuerzas árabes. Incluso, en este “circo electoral” se ha intentado sabotear a la coalición de islamistas y nacionalistas árabes Balad-Raam (“Lista Árabe Unificada”). A principios de marzo, el Comité Electoral Central israelí intentó evitar que esta fuerza pudiese presentar candidatos a las elecciones.

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Benjamin Netanyahu, Primer Ministro de Israel, da una rueda de prensa en Jerusalén el pasado 3 de abril. (FOTO: Ronen Zvulun/REUTERS)

El electorado palestino está huérfano de hogar y de representantes. Aun yendo a votar, se espera que Balad-Raam no saque más de 4 asientos en la Knesset (Parlamento israelí), de 120 asientos. La otra fuerza izquierdista, Hadash-Tal, formada a partir de varios partidos de izquierda y el Partido Comunista Israelí, tampoco tiene una capacidad real de realizar cambios. Solo se espera que saque entre 7 y 8 escaños. A niveles prácticos, la izquierda en Israel está muerta.

Aida Touma-Sliman, una de las principales figuras de Hadash-Tal, llama al voto útil contra los sionistas radicales. Sin embargo, ¿cuán útil es el voto? Tras años luchando en la Knesset no ha logrado nada. Su partido solo pudo llorar mientras veía cómo se aprobaba la “Ley del Estado Nación” que reconocía a Israel como Estado únicamente judío, y eliminaba la cooficialidad del árabe.

¿Sirve de algo votar?

Este es el debate entre los árabes y los palestinos estas elecciones. Mientras que la mayoría, fruto de la desidia, llama al boicot para no legitimar el sistema israelí, gente como el artista Tamer Nafar llaman a votar, aunque sea para no terminar en una situación peor.

En una canción que se viralizó, Tamer Nafar reflejaba las dos visiones de los palestinos de cara a las elecciones. Por un lado están el desasosiego y la indiferencia, la visión de la rebelión como única vía: “Israel está utilizando a los árabes para parecer liberal, pero es el mismo gobierno que bombardea Gaza”.

En el otro lado, se enfrenta a sí mismo con un rayo de esperanza para lograr algo, por muy poco que sea: “No subestimes su fascismo. Mira lo que hicieron a nuestros abuelos (…) Yo quiero hacer el boicot, pero he decidido que no quiero estar fuera. Por mis hermanos y hermanas en 1967, voy a votar. Por la Marcha del Retorno, voy a votar. No tiene sentido tirar una herramienta cuando apenas tenemos herramientas”.

Hay quienes pueden tildar a Nafar de idealista, pero… ¿cuál es la otra opción?

Israel es un Estado que ha violado y viola reiteradamente las resoluciones de la ONU. Para los palestinos, ahora mismo resulta imposible negociar con un ocupante orgulloso de sus crímenes. En este contexto… ¿votarías?

¿Votarías en un país cuyos últimos 6 gobernantes han sido sionistas que abogan por la destrucción de Palestina? ¿Votarías en un país que ha sido liderado por criminales de guerra como Ariel Sharon? ¿Votarías en un país que ensalza el odio desmesurado de Avigdor Liebermann? ¿De Gantz? ¿De Gabi Ashkenazi? ¿De Moshe Ya’alon? ¿De Netanyahu? ¿Votarías en un país que cada día se expande con asentamientos de colonos ilegales que no respetan tus derechos más básicos?

Para los palestinos, estas elecciones son solo un paso más hacia la oscuridad de un túnel que parece no tener luz al final.

Por Alberto Rodríguez García

Lo simbólico como excusa

No hace mucho pudimos leer en un artículo de análisis sobre la situación de Adelante Andalucía tras la contienda electoral del 2 de diciembre y las últimas maniobras de Errejón y los suyos; dicho artículo se cerraba con una severa advertencia: no caer “en la trampa de las viejas y derrotadas banderas rojas, los puños alzados y los dientes apretados”. Haciendo un chiste fácil, al autor del artículo se le olvidó apelar a La Pantoja en aquel desafiante paseo agarrada del por entonces alcalde de Marbella, Julián Muñoz, con su “dientes, dientes, que eso es lo que les jode”. Ya en serio, lo que nos llama poderosamente la atención es esa insistencia en lo simbólico de determinados sectores de Podemos, especialmente aquellos identificados con el errejonismo.

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Teresa Rodríguez y Antonio Maíllo, dirigentes de Podemos e IU en Andalucía respectivamente, comparecen como Adelante Andalucía tras las elecciones andaluzas del pasado 2D de 2018. (FOTO: “20 Minutos”)

No pretendemos centrarnos en qué táctica o estrategia debería seguir Adelante Andalucía porque eso es algo que, hoy por hoy, corresponde a quienes decidieron construir y constituir Adelante Andalucía como herramienta política, aunque sí aportar una serie de elementos críticos que no podemos dejar pasar por alto, y es que sigue sin haber un análisis autocrítico y un reconocimiento público por parte de los diferentes sectores de Adelante Andalucía respecto a lo sucedido el pasado 2 de diciembre. En relación a los resultados en este artículo se sigue manteniendo una imagen idílica de una autonomía política de la que realmente y en la práctica no se da; y una visión excesivamente positiva sobre su función social, parece que el escenario político andaluz se ha trastocado tanto que aquel régimen neoliberal y corrupto del PSOE-A nunca jamás existió. Igualmente, nos parece la peor de las excusas argumentar que dada la situación y las encuestas, demasiado bien ha salido la experiencia de Adelante Andalucía en comparación con lo que puede ser en otros lugares del Estado Español; analizar la hemorragia de votos hacia la abstención se ve que no entra dentro del relato a difundir.

Tras estas cuestiones previas procedemos a centrarnos en el objeto del presente artículo: la obsesión simbólica. Si algo caracteriza a estos sectores son las continuas duras críticas, llenas de resentimiento, a una simbología, una liturgia y unas tradiciones a las que califican una y otra vez de “derrotadas”, ¿derrotadas por quién? ¿Por quienes invadieron sus organizaciones y aparatos para condenarlas a la desaparición?

Estos sectores están obsesionados con que el cambio surge de la superficialidad, del simbolismo, y por supuesto, del discurso, sin ir más allá. El problema, según ellos, está en que algunos nos obstinamos en defender símbolos derrotados, y debemos agarrarnos impetuosamente a los símbolos vencedores – véase la bandera monárquica española – o, en el caso del errejonismo andaluz, además de la rojigualda, combinarla con una buena dosis de “blanquiverdeo”. En esta visión de la política no hay contradicciones, un proyecto político españolista puede complementarse – por supuesto, desde la subalternidad – con uno andaluz. Todo es simplemente cuestión del relato que se construya, las realidades, la materialidad de las relaciones pasadas y presentes entre el Estado Español y Andalucía están a función del mismo incluso; y por supuesto, lo mismo vale respecto a la materialidad y a la realidad de las relaciones sociales, a las relaciones de clase. La realidad es que un proyecto político cuyo eje sea la emancipación del pueblo andaluz es radicalmente excluyente con una defensa del Estado Español, cuya Historia, función y realidad material no es dúctil ni alterable, sino que hunde sus raíces en la conquista y subyugación de distintos territorios a la Corona de Castilla, es una cárcel de pueblos que los somete, y en el caso andaluz lo hace de una forma peculiarmente agresiva, de una forma política, cultural, social, y económica.

Hacer de lo simbólico lo central sí que es una caída al abismo de la derrota, creer que las luchas históricas, los símbolos que tantas victorias han traído, son algo a repudiar, es sólo un síntoma de lo que están dispuestos a desprenderse con tal de ganar, que es su única obsesión. Si se está dispuesto a renunciar a todo (simbología, tradiciones, luchas, cuestionamiento de la monarquía, críticas al “establishment”, etc.) con tal de ganar, dirán cambiarlo todo para no cambiar absolutamente nada. Ganar, ¿pero ganar qué y para qué? Porque si el ejemplo novedoso es Carmena y su alianza con Errejón, evidentemente nos tenemos que preguntar si ganar significa aceptar, como hizo Carmena, los dictados de Montoro, reducir la deuda, sí, pero a cambio de no profundizar en políticas sociales, aceptar y participar de proyectos urbanísticos como los de la “Operación Chamartín”, mantener la privatización de servicios, etc. Se habla, se repite que hace falta ganar, como si simplemente esto fuera una carrera de 100 metros lisos. La imagen de un Forrest Gump corriendo porque sí, resignificando su carrera, es inevitable.

En realidad, lo que esconde este debate es una renuncia absoluta a la construcción de contrahegemonía para abrazar por completo los postulados y los paradigmas hegemónicos, es, en realidad, ponerse a los pies del régimen hegemónico. Es alarmante ver cómo a algunos se les llena la boca con Gramsci y olvidan lo troncal de su pensamiento, que es la contrahegemonía, el construir un polo opuesto al hegemónico, construir mayorías sociales para derrotarlo; en definitiva, construir (contra)poder popular, alo que hacía ligar a Gramsci, con otro maldito símbolo del pasado de banderas rojas y puños alzados (no sabemos si apretando dientes o no): Lenin.

La culpa, la excusa es el símbolo, la excusa se construye y se resignifica. Aproximarse a la realidad, tener una comprensión global es sin duda un gesto inútil, como esos sectores nos recuerdan una y otra vez. Las tesis de Errejón llevan tiempo en la primera línea de Podemos, no por nada, Pablo Iglesias las asumió en la práctica tras Vistalegre II, de ahí el teatro constante, de ahí la falta de contenidos y de diferencias reales y prácticas entre unos y otros, de ahí que, en última instancia, todo esto sea el enésimo y aburrido juego de tronos de la nueva política española. La diferencia es que ahora, una vez conseguido hundir el barco a través de la extenuante indefinición, lo abandonan llamando a superar Podemos. Suponemos que ahora también que han sido derrotadas las banderas moradas, las manos en alto y las bocas sonrientes, y como la clave está en lo superficial, se debe superar Podemos y cambiar radicalmente la simbología, la liturgia y la apariencia, acusando al rival de anquilosarse e instalarse en viejas banderas derrotadas. Lo simbólico y el discurso poseen poderes mágicos y la capacidad de hacer ganar o perder, si es que ya significa eso algo para esos 834.000 parados en Andalucía, según datos de la EPA del último trimestre de 2018.

La política reducida al marketing, la política como producto en la quimera de las sociedades de “clases medias”, mientras, en Andalucía sigue existiendo un espacio sin cubrir que apele a la soberanía nacional como instrumento de transformación de una realidad de miseria y opresión y al protagonismo de la clase obrera y sectores populares. Algunos ven el peligro en banderas rojas y puños en alto, nosotros en renunciar a acabar con la miseria, la opresión, la dependencia y la explotación del ser humano por el ser humano. Levantaremos la verdiblanca y la bandera roja, alzaremos el puño – no sabemos si apretando dientes o no, eso dependerá de las circunstancias – pero porque simbolizan un proyecto político transformador, no porque estemos más a gusto con nosotros mismos al hacerlo, o necesitemos taparnos con banderas como quien se tapa con una manta una fría noche de invierno.

Por Manuel Ares y Antonio Torres

La valía internacional del programa de Nación Andaluza

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Iñaki Gil de San Vicente, teórico marxista vasco.

Nación Andaluza ha decidido participar en las elecciones autonómicas del 2 de diciembre por varias razones obvias: divulgar mediante soluciones concretas que existe una identidad nacional andaluza; hacer presente la extrema gravedad de los problemas que asfixian a su pueblo; atraer y aglutinar sectores populares; mostrar que sí existen alternativas viables… Al margen ahora de los resultados que obtenga, hay que convenir que su decisión fortalece los profundos movimientos democrático-populares que van creciendo en el Estado Español y entre ellos los de los pueblos oprimidos nacionalmente. Son las concretas condiciones de su nación trabajadora las que le han llevado a dar ese paso, y la militancia de NA las conoce mejor que nadie.

En Euskal Herria, uno echa en falta la radical lucidez de su programa electoral que, entre otras virtudes, tiene también la de mostrar que, en lo esencial, sus propuestas pueden y deben ser debatidas y luego adaptadas en lo necesario por otros independentismos socialistas, e incluso muchas de ellas por las izquierdas de naciones no oprimidas. Por “radical lucidez”, en este caso, entiendo la no elaboración de un programa máximo de inmediata destrucción del poder capitalista y la inmediata formación de una República Socialista, sino la certidumbre política de que Andalucía necesita ya un programa factible de mínimas conquistas urgentes; un programa que enseñe mediante la pedagogía del ejemplo colectivo que la dialéctica de la libertad se enriquece en cada lucha diaria por pequeña, aislada e invisible que aparente ser. Por “factible” entiendo precisamente eso: que son perfectamente alcanzables mediante la sistemática y planificada acción sociopolítica consciente de que, más temprano que tarde, deberá desbordar la marea autoritaria en ascenso.

El programa tiene 14 apartados con 166 reivindicaciones concretas que surgen del debate colectivo sobre las contradicciones que destrozan la vida y el futuro del pueblo trabajador de Andalucía. De aquí esa radical lucidez a la que me he referido y que muchas/os abertzales echamos en falta precisamente ahora que se acercan elecciones para 2019. El programa de NA es un programa táctico de esencia popular, obrero, campesino, antipatriarcal, socioecológico, internacionalista, etc. que también plantea reivindicaciones asumibles por sectores de la pequeña burguesía y por las mal llamadas “clases medias”, arruinadas y con ambigua conciencia nacional, pero siempre bajo la clara estrategia independentista y socialista. Consiguientemente, es un programa para la mayoría inmensa porque de principio a fin marca la nítida separación entre la propiedad capitalista inseparable de la dominación española, y la necesidad objetiva de que Andalucía sea ella propietaria de sí misma.

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Una a una y todas en su conjunto, las 166 propuestas llegan de un modo u otro al borde de la cuestión clave: las múltiples formas de propiedad burguesa que, amparadas en última instancia en el Estado Español, impiden el desarrollo de las potencialidades emancipatorias insertas en esas contradicciones que deben superarse. Conforme se auto-organiza y expande la dialéctica de la libertad, se descubre lo ineluctable del choque entre las luchas concretas estratégicamente coordinadas y orientadas, y el poder sociopolítico del capital. Si las 166 propuestas fueran limitadas y pobremente tácticas, separadas por un abismo insondable de la opresión nacional de clase que sufre Andalucía, y si carecieran de unidad estratégica, entonces serían asumibles por el reformismo y su mentalidad sumisa. Pero no es así. Al contrario, esa unidad estratégica las cohesiona internamente y refuerza su naturaleza inasimilable incluso analizadas una a una.

La idoneidad del programa de NA es incuestionable porque demuestra que existen soluciones reales a los problemas que angustian a la vida popular. Bajo el dictado de la industria mediática, del mercado del voto y de todas las formas de manipulación, se multiplica la precariedad de la existencia que depende de factores externos incontrolables, de la incertidumbre de un salario de miseria que empequeñece cada día, del plomizo lastre de unas instituciones corruptas e impenetrables por su densa burocracia. En este contexto, es fundamental proponer al pueblo obrero y campesino, a la mujer trabajadora aplastada en todos los sentidos, debatir sobre un programa con soluciones concretas que él mismo puede mejorar y ampliar en su vida concreta, cotidiana e inmediata.

Por ejemplo, es decisivo mostrar cuánto mejora y por qué su quehacer diario de las clases explotadas y su futuro practicando la recuperación de la lengua andaluza, menospreciada incluso con racismo por la cultura y la política española. Este ejemplo es uno de tantos cientos que surgen de los 166 puntos propuestos.

Acabando, con esta decisión NA está ahondando sobre todo en una de las profundas quiebras que minan al Estado Español desde, al menos, el siglo XVII: la de la debilidad de la “burguesía nacional” española para asentar un orden mínimamente democrático desde incluso los actuales parámetros neoliberales. Si yo fuera andaluz, les votaría, pero como no lo soy, asumo la valía internacionalista de su programa.

Por Iñaki Gil de San Vicente

El voto internacionalista: a Nación Andaluza

Existe un viejo dicho – posiblemente de procedencia anarquista – que viene a decir que si votar sirviese para algo, ya habría sido prohibido por la burguesía.

Las burguesías no lo han prohibido. Votar no trae las grandes revoluciones ni los más importantes cambios sociales, pero sí puede posibilitar que se puedan crear pequeños espacios de poder popular en ayuntamientos u otro tipo de instituciones. Pero como comentaba, no lo han prohibido. Lo que sí han hecho es hacer de las elecciones un circo mediático en el cual periódicos, televisiones, películas de larga duración, etc., van poco a poco creando un caldo de cultivo propicio para que sean las candidaturas del “establishment” las únicas que tienen opciones de acceder al poder real. Usando un símil futbolero: el capital solo permite jugar el partido en su campo, poniendo ellos el árbitro, el balón y hasta a la persona que maneja el marcador.

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Pulsa aquí para leer el programa completo de Nación Andaluza para las elecciones del próximo 2 de Diciembre.

Para acabar con el capital, entonces, queda claro que votando no hay sino remotísimas opciones de poder lograrlo. Ni con el capital, ni con la opresión nacional que sufrimos los pueblos, ni con el terrorismo patriarcal. Todo ello es un conjunto que viene de forma indivisible con el capitalismo español. Para terminar con estos males que acabamos de mencionar, sólo la vía revolucionaria – la vía de la desobediencia y la vía de la movilización en la calle es la adecuada. Cuando desde la izquierda nos dicen que es posible conseguir los grandes logros por la vía electoral e institucional, sencillamente nos toman el pelo y nos mienten. Y lo que es peor: nos desmovilizan.

Ese ha sido históricamente el papel del “eurocomunismo” y la socialdemocracia: mentir para desmovilizar. Por eso muchas personas llevamos tanto tiempo sin votar en Euskal Herria, mi país. Porque castigar con la abstención al eurocomunismo y la socialdemocracia es no permitirles que sigan con su labor de engaño al pueblo trabajador.

Pero no hablábamos de mi país. No es el momento.

Quienes nos reivindicamos como comunistas sabemos que se debe hacer un análisis de la realidad concreta, en el momento histórico concreto y en el espacio geográfico concreto. Queremos decir con esto que ni el momento ni el lugar es el mismo en Andalucía, que en Euskal Herria, en Catalunya o en Venezuela.

Por eso, los comunistas que no analizan la realidad concreta en su espacio geográfico concreto – y funcionan a base de consignas – acaban dirigiendo sus organizaciones de manera autoritaria hasta destrozarlas y quedarse más solos que la huna.

En la Andalucía concreta del momento histórico actual, desde la óptica comunista, revolucionaria, independentista y feminista, solo puede haber un voto.

El Pueblo Trabajador Andaluz necesita como el comer de organizaciones propias, que no sean la sucursal de ningún partido que desde Madrid dirige la estrategia a llevar adelante. Organizaciones que se tomen en serio la independencia nacional, que hagan del feminismo una brújula de su quehacer diario: un movimiento que se convierta en vanguardia del pueblo luchador, como históricamente ha demostrado serlo el pueblo andaluz.

Por eso, como ciudadano vasco, internacionalista y comunista, pienso que esas cualidades en Andalucía sólo las tiene Nación Andaluza.

Por eso, desde mi internacionalismo que no pretende entrometerse en los asuntos de otras naciones, sino tan solo mostrar mi apoyo a quienes considero mis iguales en las tierras de Rafael Alberti, Federico García Lorca y un larguísimo etcétera de personalidades y grandes luchadores, me atrevo a pedir el voto para Nación Andaluza:

¡El internacionalismo obliga!

Por Andoni Baserrigorri

#ElesNão: el auge de los Bolsonaros

En la Universidad Nacional de Rosario, en Argentina, conocí a un consultor político muy diferente, Fernando Aguilar: un argentino campeón latinoamericano de go – juego milenario chino de tablero. Nuestro amigo tiene una particularidad muy interesante: utiliza los conocimientos del go en la asesoría política, y en esta oportunidad me valdré de sus conceptos para tratar de analizar lo que está sucediendo con algunos fenómenos políticos de la región y el mundo.

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El ex-capitán Jair Bolsonaro, candidato ultraderechista a la Presidencia de la República Federativa de Brasil.

El go es un juego de estrategia cuyo objetivo es conquistar territorios, rodeando a nuestro adversario y entendiendo que vamos a tener que convivir con él en el mismo espacio físico, ya que en la partida no se eliminan los oponentes, solo se ganan espacios.

El triunfo que se registró en la primera vuelta de las elecciones brasileñas del ultraderechista Jair Bolsonaro no fue una sorpresa, lo adelantaban las encuestas, pero sí sorprendió mucho el caudal de votos obtenidos, que lo dejaron incluso al borde de conquistar la Presidencia de Brasil en primera vuelta.

Este candidato, en cuyo pensamiento encontramos posiciones fascistas, favorables a la tortura y la violación de los derechos humanos, homofóbicas, racistas y misóginas, entre otros tantos “galardones” que marcan su carrera política, cuenta con un apoyo popular abrumador.

Pero si bien el auge de un personaje como Bolsonaro es preocupante, no podemos olvidar otros fenómenos de crecimiento de opciones lindantes al fascismo y a la discriminación, quizás no tan extremistas como la del líder brasileño, pero sí que encienden una luz de alarma que debemos atender.

El crecimiento del fascismo y de las derechas más conservadoras, con tintes xenófobos, es un fenómeno que revivió desde hace algunos años en Europa y que parece llegar ahora nuevamente a América Latina. Pero para que esto ocurra, para que esos territorios se conquisten, tiene que haber un espacio vacío.

Los gobiernos progresistas de América Latina en los últimos años se ocuparon (por lo general y con matices, de acuerdo al país) de la baja del desempleo, de reducir la pobreza y de generar derechos para construir sociedades más igualitarias – leyes de matrimonio para personas del mismo sexo, legalización del aborto, normativas de protección a trabajadores, mejoras en educación, salud, en igualdad de género y en políticas sociales, fundamentalmente.

“El rigor es conservador y la creatividad, progresista”, dice Luis Arroyo en su libro “El poder político en escena”. Y en ese rigor ha basado su estrategia la derecha regional. En primera instancia haciendo política desde la Justicia, denunciando hechos de corrupción (probados, presuntos y falsos, todos les sirven por igual); en segundo término, desacreditando el sistema político y la figura del actor político, sumado a la generación de “outsiders” que llegan a la política negando ser políticos para “salvar” el sistema (generalmente personajes millonarios que aseguran que administrarán el Gobierno en forma idéntica a sus empresas); en tercer término la seguridad, prometen terminar con la delincuencia aplicando mano dura.

Estos elementos se ven amplificados por lo general, por los grandes medios de comunicación, que mayoritariamente en América Latina están en manos de empresarios de derecha, y que también juegan su papel con las tan antiguas como novedosas “fake news”.

Ante este escenario gran parte de la ciudadanía, que ya hizo suyos determinados logros y no cree que pueda perderlos, hastiada de ver en los grandes medios de comunicación cómo el sistema político se corrompe y se enriquece, temiendo por su seguridad física ante el incremento de la violencia que nos muestra diariamente la crónica roja, opta como gobernante – citando al asesor demócrata estadounidense George Lakoff – por el padre estricto que nos pueda liberar de estos martirios y allí están ellos, los Bolsonaros del mundo, dispuestos a llevar a los pueblos a una nueva era hitleriana.

Será rol no solo de los sectores políticos progresistas, sino de la sociedad civil organizada el recordar la Historia de América Latina y sus padecimientos, el bregar por sociedades más igualitarias, en donde la raza, la opción sexual o la pobreza no sean impedimentos, en donde nadie sea más que nadie, en donde se puedan mantener las libertades y todos valgamos igual.

Por Marcel Lhermitte

Consultor en Comunicación Política y Campañas Electorales

Periodista, licenciado en Ciencias de la Comunicación y Magister en Comunicación Política y Gestión de Campañas Electorales. Ha asesorado a decenas de candidatos y colectivos progresistas fundamentalmente en Uruguay, Chile y Francia.

En las elecciones: ¡hacia la liberación de Andalucía!

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El 30 de septiembre de 2018, la Comisión Nacional de Nación Andaluza se reunió en sesión extraordinaria para abordar, entre otras cuestiones, la preparación de las candidaturas de NA a las elecciones autonómicas. Sobre esta cuestión queremos manifestar públicamente:

En estas semanas hemos podido constatar la simpatía que en amplios sectores de la izquierda soberanista andaluza ha levantado nuestra decisión de presentarnos a estas elecciones autonómicas. Un hecho que nos hace pensar que hemos acertado en nuestra decisión pero que – somos conscientes – implica una mayor responsabilidad y precisión en el proceso que iniciamos.

Desde las Asambleas Locales de NA estamos empezando a tejer lazos de colaboración y unidad popular con colectivos locales e individualidades que se han mostrado dispuestas a trabajar con nosotras, codo con codo, para conseguir candidaturas amplias de la izquierda independentista, anticapitalista y feminista. Vamos a seguir profundizando en los próximos días en la ampliación y profundización de este trabajo.

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Por desgracia, las conversaciones que solicitamos iniciar con Asamblea de Andalucía y Jaleo!!! no se han podido llevar a cabo, puesto que ambos colectivos han declinado la invitación de Nación Andaluza a participar en la construcción de unas candidaturas amplias de carácter soberanista y anticapitalista para estas elecciones. Desde NA lamentamos esta oportunidad perdida.

La Comisión Nacional de NA ha elegido de entre las propuestas presentadas como lema general de la campaña: “Hacia la liberación de Andalucía”. Entendemos que no hay mejor resumen de nuestros objetivos y nuestra razón de ser: la lucha por la liberación social, nacional y feminista del Pueblo Trabajador Andaluz.

En las elecciones andaluzas, ¡hacia la liberación de Andalucía!

Comisión Nacional de NACIÓN ANDALUZA

Granada, 30 de Septiembre de 2018