Relaciones sexuales y moral comunista

Cada época histórica – y, por lo tanto, económica – en el desarrollo de la sociedad tiene su propio ideal de matrimonio y su propia moral sexual. Bajo el sistema tribal, con sus lazos de parentesco, la moral era diferente a la que se desarrolló con el establecimiento de la propiedad privada y del gobierno del marido y el padre – el patriarcado. Los diferentes sistemas económicos tienen diferentes códigos morales. No sólo cada etapa del desarrollo de la sociedad, sino cada clase tiene su correspondiente moral sexual – basta con comparar la moral de la clase terrateniente feudal y de la burguesía en una misma época para ver que esto es cierto. Cuanto más firmemente se establecen los principios de la propiedad privada, más estricto es el código moral. La importancia de la virginidad antes del matrimonio legal nació del principio de la propiedad privada y la renuencia de los hombres a pagar por los hijos de otros.

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Retrato de la camarada Alexandra Kollontai en una época aproximada a la redacción de este texto.

La hipocresía – la observancia externa del decoro y la práctica actual de la depravación – y el doble código – un código de conducta para el hombre y otro para la mujer – son los dos pilares de la moral burguesa. La moral comunista debe, ante todo, rechazar resueltamente toda la hipocresía heredada de la sociedad burguesa en las relaciones entre los sexos, y rechazar el doble estándar de moralidad.

En el período de la dictadura del proletariado las relaciones entre los sexos deben ser evaluadas sólo de acuerdo con los criterios mencionados anteriormente: la salud de la población trabajadora y el desarrollo de los lazos internos de solidaridad dentro del colectivo. El acto sexual no debe ser visto como algo vergonzoso y pecaminoso, sino como algo tan natural como las otras necesidades de un organismo sano, como el hambre y la sed. Tales fenómenos no pueden ser juzgados como morales o inmorales. La insatisfacción de los instintos sanos y naturales sólo deja de ser normal cuando se superan los límites de la higiene. En tales casos, se amenaza no sólo la salud de la persona en cuestión, sino también los intereses del colectivo de trabajo, que necesita la fuerza, la energía y la salud de sus miembros. La moral comunista, al reconocer abiertamente la normalidad del interés por el sexo, condena el interés insano y antinatural por el sexo – excesos, por ejemplo, o relaciones sexuales antes de la madures, que agotan el organismo y reducen la capacidad de los hombres y las mujeres para el trabajo.

Como la moral comunista se preocupa por la salud de la población, también critica la moderación sexual. La preservación de la salud incluye la plena y correcta satisfacción de todas las necesidades del ser humano; las normas de higiene deben funcionar con este fin, y no suprimir artificialmente una función tan importante del organismo como el deseo sexual – véase la obra de August Bebel titulada “La mujer y el socialismo” de 1879. Así, tanto la experiencia sexual temprana – antes de que el cuerpo se haya desarrollado y fortalecido – como la restricción sexual deben considerarse igualmente perjudiciales. Esta preocupación por la salud del género humano no establece ni la monogamia ni la poligamia como la forma obligatoria de las relaciones entre los sexos, porque los excesos pueden ser cometidos en los límites de la primera, y un cambio frecuente de compañeros no significa en modo alguno la intemperancia sexual. La ciencia ha descubierto que, cuando una mujer tiene relaciones con muchos hombres al mismo tiempo, su capacidad para tener hijos se deteriora; y las relaciones con un número de mujeres drenan al hombre y afectan negativamente a la salud de sus niños. Dado que el colectivo de trabajadores necesita hombres y mujeres fuertes y saludables, tales formas de organización de la vida sexual no son de su interés.

Es aceptado que el estado psicológico de los padres en el momento de la concepción influye sobre la salud y la capacidad de vida del bebé. Así, en interés de la salud humana, la moral comunista critica las relaciones sexuales que se basan en la atracción física por sí sola y no son acompañadas por amor o pasión fugaz. En interés de la colectividad, la moral comunista también critica a las personas cuyas relaciones sexuales se construyen no sobre la base de la atracción física, sino del cálculo, hábito o incluso afinidad intelectual.

En vista de la necesidad de fomentar el desarrollo y el crecimiento de los sentimientos de solidaridad y de fortalecer los lazos del colectivo de trabajadores, debe establecerse sobre todo que el aislamiento de la “pareja” como unidad especial no responde a los intereses del comunismo. La moral comunista requiere la educación de la clase obrera en la camaradería y la fusión de los corazones y las mentes de los miembros separados de este colectivo. Las necesidades e intereses del individuo deben estar subordinadas a los intereses y fines del colectivo. Por una parte, los lazos familiares y matrimoniales deben ser debilitados, y por otra, los hombres y las mujeres deben ser educados en la solidaridad y la subordinación de la voluntad del individuo a la voluntad del colectivo. Incluso en esta etapa presente, la República Obrera exige que las madres aprendan a ser madres no sólo de su propio hijo o hijos, sino de todos los hijos de los trabajadores; no se reconoce a la pareja como una unidad autosuficiente, y por lo tanto no se aprueba que las esposas abandonen el trabajo por el bien de esta unidad.

En cuanto a las relaciones sexuales, la moral comunista exige en primer lugar el fin de todas las relaciones basadas en consideraciones financieras o económicas. La compra y venta de caricias destruye el sentido de la igualdad entre los sexos, y socava así la base de la solidaridad, sin la cual la sociedad comunista no puede existir. Por consiguiente, la censura moral se dirige a la prostitución en todas sus formas y a todo tipo de matrimonio de conveniencia, incluso cuando es reconocido por la ley soviética. La preservación de la reglamentación del matrimonio crea la ilusión de que el colectivo obrero puede aceptar a la “pareja” con sus intereses especiales y exclusivos. Cuanto más fuertes sean los lazos entre los miembros del colectivo, en su conjunto, menor será la necesidad de reforzar las relaciones maritales. En segundo lugar, la moral comunista exige educar a la generación más joven en responsabilidad ante el colectivo y en la conciencia de que el amor no es lo único en la vida – esto es especialmente importante en el caso de las mujeres, porque se les ha enseñado lo contrario durante siglos. El amor es sólo un aspecto de la vida, y no se debe permitir que eclipsen las otras facetas de las relaciones entre lo individual y lo colectivo. El ideal de la burguesía era la pareja casada, cuyos miembros se complementaban de tal manera que la personalidad del individuo se desarrolle al máximo, y el individuo con sus muchos intereses tenga contacto con una gama de personas de ambos sexos. La moral comunista alienta el desarrollo de muchos y variados lazos de amor y amistad entre las personas. El viejo ideal era “todo para el ser querido”; la moral comunista exige todo para el colectivo.

Aunque las relaciones sexuales son vistas en el contexto de los intereses de la colectividad, la moralidad comunista exige que las personas sean educadas en la sensibilidad y la comprensión y sean psicológicamente exigentes tanto para con ellos como para con sus parejas. La actitud burguesa hacia las relaciones sexuales como una simple cuestión de sexo debe ser criticada y reemplazada por una comprensión de toda la gama de la experiencia amorosa gozosa que enriquece la vida y da lugar a una mayor felicidad. Cuanto mayor sea el desarrollo intelectual y emocional del individuo, menos lugar habrá en su relación para el lado fisiológico del amor, y más satisfactoria será la experiencia del amor.

En el período de transición, las relaciones entre hombres y mujeres deben, a fin de satisfacer los intereses del colectivo de trabajadores, basarse en las siguientes consideraciones:

  1. Todas las relaciones sexuales deben basarse en la inclinación mutua, el amor, enamoramiento o pasión, y en ningún caso en motivaciones financieras o materiales. Todos los cálculos en las relaciones deben estar sujetos a condena sin piedad.
  2. La forma y duración de las relaciones no está regulada, pero la higiene de la raza y la moral comunista exigen que las relaciones no se basen solamente en el acto sexual y que no vayan acompañadas de excesos que amenacen la salud.
  3. Aquellos con enfermedades, etc., que podrían ser heredadas, no deben tener hijos.
  4. Una actitud celosa y propietaria hacia la persona amada debe ser reemplazada por una comprensión camaraderil y una aceptación de su libertad; los celos son una fuerza destructiva que la moral comunista no puede aprobar.
  5. Los lazos entre los miembros del colectivo deben fortalecerse. El estímulo de los intereses intelectuales y políticos de la generación más joven ayuda al desarrollo de emociones sanas y satisfactorias en el amor.

Cuanto más fuerte es el colectivo, más firmemente se establece el modo de vida comunista. Cuanto más estrechos sean los lazos afectivos entre los miembros de la comunidad, menor será la necesidad de buscar un refugio de la soledad en el matrimonio. Bajo el comunismo, la fuerza ciega de la materia es subyugada a la voluntad del colectivo de trabajadores, fuertemente unido, y por incomparablemente poderoso. El individuo tiene la oportunidad de desarrollarse intelectual y emocionalmente como nunca antes; en este colectivo, nuevas formas de relaciones están madurando y el concepto de amor se extiende y se amplía.

Por Alexandra Kollontai

(Extracto de “Tesis sobre la moral comunista en el ámbito de las relaciones conyugales”, 1921)

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Cuatro razones por las que el porno no debe cambiar, sino desaparecer

“En una sociedad sin educación sexual era obligatorio que el porno cambiara”. Fundido a negro y emerge la demoledora frase: “Ahora mandamos nosotras”.

Así termina el spot publicitario del Salón Erótico de Barcelona, que abre sus puertas a principios de octubre. Con “erótico”, los promotores se refieren con un eufemismo a “pornográfico”.

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Captura del spot publicitario del Salón Erótico de Barcelona (SEB), que tendrá lugar a principios de octubre en la capital catalana.

El salón ha sido patrocinado durante años por un burdel, y fue famoso por reclutar a trabajadores “voluntarios” a cambio de poder asistir a los espectáculos en directo. Una celebración del neoliberalismo sexual más agresivo, donde los fans tienen la oportunidad de ver con sus propios ojos a las actrices y actores de sus sueños en carne y hueso (y aceite), realizando todo tipo de “performances”, concediendo entrevistas entre stands repletos de las últimas novedades en robótica y juguetería sexual.

El mensaje del minuto y medio de hipocresía, marketing y moralina del vídeo promocional de 2018 se resume de la siguiente forma. Como los españoles (y, cada vez más, las españolas) reciben toda su educación sexual de un porno machista y misógino, y al no existir una alternativa seria en la escuela ni en casa, la industria del porno ha tomado la iniciativa de reformularse. Ahora, el porno trabajará para transmitir los valores del buen sexo, que es feminista. Así se conseguirá cambiar actitudes y evitar en el futuro casos como los de “La Manada”.

En una hábil estrategia de lavado de cara, la industria porno nos quiere hacer creer que se ha convertido al feminismo y se ofrece a educar sexualmente a los y las jóvenes mejor para ir hacia una sociedad más justa e igualitaria.

Sin embargo, aquí van mis 4 razones por las que el porno no tiene que ser feminista, sino que tiene que desaparecer.

1) El porno es una industria, no una ONG

Como otras industrias devoradoras, la del sexo se rige por leyes de oferta y demanda, no por valores como la justicia o la dignidad. En una sociedad hiperglobalizada, con un capitalismo desenfrenado que nos ha llevado al borde del colapso (los pobres son más pobres, los ricos son más ricos que nunca), lo último que debemos esperar de una industria del calibre que tiene la pornografía en el Estado Español son lecciones de ética, y mucho menos, de ética sexual.

Muchos que leen esto sabrán que hay porno para todos los gustos. De todos los colores y medidas, en grupo, con miembros de la familia, con adolescentes, con niños. Con individuos de todas las nacionalidades, de animación, con disfraces. Ahora lo que vende es el feminismo, por tanto, pretendamos que es posible ser feminista y consumir porno, y añadamos la categoría al pastel de todo lo demás que se ofrece. Lobos vestidos de oveja. Zapatero a tus zapatos. Pornógrafo a tus billetes.

2) El porno mueve masas

La industria de la pornografía ha cambiado de modelo: del DVD, revista o contenido de pago hemos pasado a las páginas de porno “gratis” donde lo que importa es la cantidad, no la calidad ni la naturaleza del contenido. Cuantos más terabytes de vídeos ofrezcas, más gente lo verá, más tráfico se generará y más dinero se podrá ingresar en publicidad. La clave del negocio es atraer a enormes cantidades de usuarios.

Centenares de millones de personas de todo el mundo llevan ya bastante tiempo viendo contenidos que no son ni feministas ni justos. Lo que todos sabemos pero la industria no menciona (ni en el spot del SEB ni en sus plataformas web) es que el porno crea adicción en los cerebros de los que lo ven – hay chicos que llevan desde los 8 años viendo estos contenidos en su pantalla.

Como sucede con toda adicción, el cerebro siempre quiere más: más fuerte, más intenso. La misma dosis no sirve al niño que busca la palabra “pechos” en Google que al quinceañero que ya lleva más de un lustro obteniendo su ración de excitación sexual de la inagotable fuente que es Internet.

Pretender cambiar los gustos de todos estos consumidores para que un día todos vean porno no violento y no machista es ingenuo. Pero la realidad es que no es un objetivo real de la industria. Muchas actrices que producen porno “feminista” hacen escenas de porno mainstream (o sea, duro y machista) en paralelo, porque dan ganancias superiores.

3) El porno es prostitución

En su etimología, la palabra “pornografía” proviene de dos vocablos griegos: “Porne” (prostituta) y “graphos” (escritura). No estamos hablando ni de arte, ni de cine, ni de erotismo, ni de celebración del sexo. La única cosa que se celebra, como su etimología indica, es la prostitución: el poder mercantil del que paga sobre la que es penetrada.

La prostitución en sí misma es incompatible con una sociedad justa e igualitaria. El porno y la mentalidad progresista (con su discurso de justicia social) no pegan ni con Super Glue.

4) El porno alimenta la trata de personas

En 2018 hay más esclavos en el mundo que nunca antes en la Historia. Cuando decimos “esclavos”, no hablamos sólo de gente recogiendo algodón, cosechando cacao o construyendo grandes estructuras en Dubai, sino que también hablamos de mendicidad y trabajo forzado, y aquí en Europa – especialmente – de explotación sexual.

La trata de personas es un negocio que se codea con el tráfico de armas y de drogas. Aunque tenga la etiqueta legal, el porno mainstream en demasiadas ocasiones oculta abusos, amenazas, violencia, controles de sanidad fraudulentos, manipulación, consumo de drogas y suicidios. De hecho, sabemos que parte del porno que vemos en Internet, en sí mismo puede ser la grabación de violaciones con las que los tratantes “domestican” a sus víctimas.

En los burdeles y clubes del Estado Español hay porno 24 horas, para que las mujeres en prostitución sepan cómo tienen que actuar para complacer a los clientes, que entran por la puerta con fantasías cada vez más perversas: aquellas que no se atreven a cumplir con su pareja.

Podemos y debemos hacer eventos de concienciación, conferencias y caminatas por la libertad para denunciar la crisis humanitaria que la trata significa, pero aquello a lo que damos “clic” en la privacidad de nuestro dormitorio o cuarto de baño no puede contradecir nuestras palabras.

Afrontar el problema

El spot del Salón Erótico de Barcelona ya es un evento en sí mismo. Algo así como el de la Lotería de Navidad o el del cava “Freixenet”. En 2016, lo protagonizó la vocera del porno blanqueado Amarna Miller y el clip se llevó el León de Plata del Festival de Cannes. Entonces, el mensaje era otro: “Todos veis porno, aunque pretendáis ser religiosos, conservadores o decentes. Dejaros de hipocresía”. Lamentablemente, tenían razón, muchos somos hipócritas.

Tenemos un “demogorgon” con los testículos bien metidos en el fondo de nuestras familias, escuelas, comunidades. Ningún grupo se salva, este monstruo afecta a padres, jóvenes y niños de todos los contextos. Pero miramos a otro lado, ¿porque quién es el valiente que va a tirar la primera piedra?

Tenemos que despertar, dejar atrás la destrucción a la que arrastra la pornografía. Educar a nuestros hijos e hijas en una sexualidad sana (¡nunca es demasiado pronto para comenzar a hablar de ello!), ser más transparentes y atrevernos a hablar de lo que no va bien, levantando nuestra voz contra la injusticia del porno, la prostitución y la trata de personas.

Por David Pérez Aragó

El feminismo es incompatible con la defensa de la prostitución

En los últimos días hemos escuchado numerosas voces relevantes de la izquierda y del feminismo declarándose a favor de la regulación de la prostitución como trabajo, frente a la postura abolicionista del Gobierno. Esto podría hacernos pensar que el feminismo está dividido en este tema. Sin embargo, si miramos el asunto desde un prisma internacional, observamos que el movimiento feminista está ganándole terreno a esta forma de violencia machista.

Como explica la activista Kajsa Ekis Ekman, hace veinte años Suecia legisló contra la compra de sexo, y desde entonces Noruega, Islandia, Francia y Canadá han seguido el mismo camino. El modelo nórdico/abolicionista consiste en multar a los puteros y ofrecer a las prostituidas ayudas integrales y salidas laborales. El modelo ha sido todo un éxito y hoy el Parlamento Europeo reconoce que el modelo nórdico es el más eficaz en combatir la trata y para proporcionar alternativas vitales a las mujeres prostituidas. Francia apostó por el modelo nórdico tras un estudio comparado. El modelo regulacionista (adoptado por los Países Bajos, Alemania y Nueva Zelanda) se considera un fracaso, porque aumenta la trata y disminuyen los derechos de las mujeres prostituidas y de todas las mujeres.

Incluso en España está aumentando el apoyo al abolicionismo gracias a sobrevivientes de la prostitución, activistas y teóricas. Hoy en España gobierna un partido que se declara abolicionista. Lo fundamental es que se habla del putero, de la demanda. Aunque se escuchen defensas de la regulación, hay acuerdo social en torno a varios puntos: queremos acabar con la trata, queremos poner fin a la explotación sexual de las mujeres, queremos aumentar los derechos de las mujeres, y la sociedad repudia al putero. Se está consiguiendo situar el foco sobre el putero, mostrando el machismo y la inmundicia de los compradores de sexo.

Está comprobado que el modelo nórdico es la opción que más reduce la trata, disminuye la demanda de prostitución y beneficia a los derechos de las mujeres. Por tanto, el abolicionismo o modelo nórdico ha mostrado ser la manera de lograr los objetivos que ambas partes de este debate dicen perseguir. El regulacionismo (legalización) ha empeorado las vidas de las mujeres prostituidas allá donde ha sido implementado, ha beneficiado a los proxenetas y ha aumentado la cantidad de puteros, normalizando su actuar.

Este tema no es cuestión de corrientes de pensamiento y no ha de resolverse mediante un diálogo “entre feminismos”. No cabe ningún debate acerca de la legitimidad de una de las formas más brutales de violencia machista. La prostitución es la esclavitud del siglo XXI, una praxis racista, que supone la colonización del cuerpo de las mujeres pobres. Los derechos humanos de las mujeres solo están del lado de la abolición. Y el ejemplo nórdico muestra que la abolición es viable, pues estos países han logrado avances que antes se tildaban de imposibles. Hoy existe en España un fuerte movimiento feminista capaz de exigir el fin de la prostitución. No cabe sostener posiciones de mínimos, ni es el tiempo para apostar por “lo menos malo”. Lo posible y lo bueno coinciden en esta ocasión.

En Alemania, quienes abogaban por la legalización prometían que regulando la prostitución como si fuese “un trabajo cualquiera” se incrementarían los derechos de las “trabajadoras sexuales”. El discurso era el mismo que defiende el regulacionismo español. Sin embargo, la experiencia alemana de legalización ha incrementado la demanda de prostitución y ha convertido a Alemania en un destino de turismo sexual. En toda Europa los supuestos “sindicatos de trabajadoras sexuales” se han desvelado como lobbies al servicio de la causa regulacionista, que beneficia a los proxenetas.

Ingeborg Kraus explica:

“Tenemos burdeles con ‘tarifa plana’: por 70 euros se ofrece a los clientes una cerveza, una salchicha y mujeres ilimitadas (…) También se observa una reducción en la cantidad media que se les paga a las mujeres prostitutas: 30 euros por coito. Mientras, ellas tienen que pagar 160 euros por una habitación y 25 euros de impuestos al día. Es decir, tienen que prestar servicio a 6 hombres antes de empezar a ganar dinero. En las calles, esta tarifa media se reduce hasta empezar desde los 5 euros (…) La violencia contra las mujeres se ha convertido en violencia estructural, lo que significa que la sociedad y las instituciones (políticas, educativas o judiciales) han dejado de cuestionarla. Está internalizada”.

La autora sostiene que la violencia de las prácticas ha aumentado: “Antes estaba prohibido solicitar sexo sin protección. Hoy los clientes preguntan por teléfono si pueden orinar en tu cara, si pueden hacerlo sin protección, etc.

Si realmente nos preocupan los derechos de las mujeres prostituidas, debemos apostar por el modelo nórdico.

Por Tasia Aránguez Sánchez

Gays con fobias

Aunque parezca contradictorio, sí, hay homofobia en la comunidad LGTBIQ+, es la homofobia interiorizada que sufrimos en la comunidad y suele estar acompañada de otras microfobias como la gordofobia, la plumofobia, etc.

La plumofobia no es más que la no aceptación de la diversidad, es el intento de un sistema heteropatriarcal de heteronormalizar un movimiento que no se identifica con ello en su mayoría.

Para muchos, la pluma da “mala imagen” al colectivo. Pues bien, el “gaypitalismo” (término para designar, desde una perspectiva anticapitalista, la incorporación de los discursos LGTBIQ+ y la diversidad sexual al capitalismo, haciendo especial hincapié en el modelo de hombre gay, cis, blanco y de clase media-alta) no nos representa a todxs.

Cuando suelen decir “el orgullo no nos representa a todos”, sus argumentos no pasan de “hay muchas locas”. No suelen querer drags, no les importa la mercantilización del orgullo, incluso llegan a desconocer los acontecimientos de Stonewall. Lo que no les suela molestar son los tíos cachas semidesnudos drogándose, porque es lo que les pone cachondos.

Las “apps” de ligar

La homofobia, junto con el machismo, la plumofobia o el racismo, también están en las aplicaciones para ligar como “Grindr” o “Tinder”, etc., creando eufemismos envenenados como “no chocolate” o “no rice”, refiriéndose a que no quieren hablar con negros o asiáticos, como vemos en la siguiente foto:

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Las maricas misóginas, posiblemente las más peligrosas, supieron adaptar el machismo. Casi todos tienen un odio irracional hacia la mujer, de forma parecida a los heterosexuales más machistas, llegando a considerar que no necesitan a la mujer en absoluto y discriminando todo lo que tenga que ver con lo femenino. Para ellos, un gay con aptitudes femeninas es un gay de “menor nivel”.

Aunque muchas veces se tolere a la marica graciosa, que se pone una peluca y hace chistes de forma amanerada, ese mismo “público” no quiere que se case e incluso detesta la idea de la adopción.

En mi opinión, el hecho de que no veas atractivo – de cierto modo – a una persona con pluma no significa que tengas fobia, que no son fobias, son prejuicios, del mismo modo que no eres racista por no sentir atractivo hacia una persona blanca, lo es no querer ningún tipo de relación con esa persona por tener pluma.

Mostrar la pluma abiertamente es decirle al mundo que eres homosexual, y como le pasa a las personas transexuales, son los que reciben insultos, palizas e incluso son asesinadas.

En un artículo de José Luis Serrano se dice que “cuando criticamos la pluma, criticamos a los que fueron torturados por hacer visible su homosexualidad. Si no hubiera sido por ellos, jamás habríamos existido. Seguiremos practicando sexo a escondidas expuestos al chantaje. La pluma nos hace visibles. La pluma es nuestra raza.”

Por Kevin Guerra

El marxismo pro-prostitución es revisionista y un disparate misógino

Por Jonah Mix

“Un fantasma recorre Twitter: el fantasma del liberal con avatar de hoz y martillo”

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Comunismo: quizá lo entiendas como eso que los simpatizantes de Bernie Sanders te dicen que no son. O si tienes suerte, lo entiendes como la ideología que aboga por el derrocamiento de la burguesía y el establecimiento de una sociedad dirigida por la clase obrera, en la cual la producción se basa en términos de necesidad humana.

Como probablemente no lo conozcas es como una ideología que defiende el trabajo asalariado, la explotación y la mercantilización. Sin embargo, lamentablemente se ha vuelto común para los comunistas – tanto dentro como fuera de la red – hacer exactamente esto al apoyar la prostitución.

Sí, hombres que reivindican ser guerreros contra la dominación de una clase sobre otra celebran una industria en la cual una clase… bueno, domina a otra. Andrea Dworkin estaba en lo cierto como siempre cuando dijo: “Sólo cuando el cuerpo de las mujeres se vende con fines lucrativos los izquierdistas abogan por el libre mercado”.

Antes de comentar por qué este nuevo amor por el capitalismo sexual es un absurdo despreciable, déjenme decirles: no espero que todos los que lean esto sean comunistas. No me considero un comunista ortodoxo, aunque tengo una fuerte admiración y apoyo por los movimientos revolucionarios que surgieron en el siglo pasado. Sí espero que la mayoría de la gente que lea esto tenga una noción básica de Historia, Lógica y Ética, pues es todo lo que necesita para darse cuenta de lo estúpida que es esta idea del “marxismo pro-prostitución”.

Empecemos con Historia. No se puede negar que los principales gobiernos comunistas vieron la prostitución como un sistema contrarrevolucionario. Uno de los primeros actos de Fidel Castro en el poder fue deportar o arrestar a los proxenetas extranjeros y a los puteros que abusaron de las mujeres cubanas pobres en La Habana. En China, Mao estableció la reeducación y la capacitación para el trabajo de ex-prostituidas y prohibió el proxenetismo.

Enver Hoxha, uno de los grandes defensores de la igualdad de las mujeres en la Historia comunista, se esforzó mucho por abolir la prostitución en los ambientes militares de Albania, incluso poniendo en riesgo su propio poder. Caramba, el mismo Marx afirmó varias veces que la prostitución es la expresión de la opresión del trabajador por el capitalismo, y Lenin lo vio de la misma manera etiquetando a ese mundo como anticomunista.

Eso sí, esto por sí solo no prueba nada. El marxismo es una ciencia inmortal, constantemente sujeta a replanteamientos y reformulaciones (que no revisiones). Aun siendo absolutamente posible que tanto Marx como Mao, Hoxha, Castro y Lenin estuvieran equivocados acerca de la prostitución, incluso considerando que esos hombres hubieran sido varias veces responsables de algunas atrocidades, pregunto: ¿por qué los varones marxistas pueden examinar las decisiones tomadas por líderes comunistas y llegar a ver su apoyo a la liberación de las mujeres como la única posición que vale la pena criticar?

He encontrado hombres que defienden fervientemente el “Gran Terror” de Stalin pero condenan a Mao por su “putofobia”. Hombres que no pueden cuestionar una palabra de Pol Pot pero se apresuran a despreciar a Fidel por su “negatividad sexual”. No se tiene por qué creer en las historias de terror de la propaganda occidental para ver aquí una crisis de prioridades. Pero si hay algo aún más descaradamente anticomunista que el revisionismo histórico de este marxismo pro-prostitución es su tergiversación de la teoría marxista para justificar la venta del cuerpo de las mujeres.

Aquellos con los que he hablado – tanto fuera como dentro de la red – no tardan en soltar las mismas (y falsas) consignas liberales: el “modelo nórdico” no funciona, la legalización reduce la trata, las mujeres prostituidas puden sindicarse, etc. Quizás lancen algunos términos de moda como “autonomía” o “consentimiento”, como si el marxismo permitiera que estas ideas fueran coherentes dentro del capitalismo, el imperialismo y el colonialismo.

Un nuevo giro repentino de los comunistas pro-prostitución es la afirmación de que la despenalización de la prostitución implica que “las trabajadoras sexuales se apoderan de los medios de producción”. ¡Cierto! El sueño de Marx de una sociedad justa dirigida por trabajadores es el de una mujer pobre anunciando sus servicios a tipos blancos de clase media en SegundaMano. ¡La revolución ya está aquí!

La misoginia en una reivindicación como la suya es casi difícil de entender. Afirmar que la prostitución de cualquier tipo es apoderarse de los medios de producción implica que las manos, la boca y los genitales de una mujer sean de por sí los medios de producción susceptibles de ser expropiados. Quite la jerga comunista y obtendrá esto: “El cuerpo de la mujer es una máquina para producir sexo. Los hombres emplean esa máquina colocando dinero o recursos en ella. El sexo resultante es un producto para ser consumido”.

Dígame, ¿cuál es la diferencia entre esta visión supuestamente marxista y progresista y la de los “activistas por los derechos de los hombres”? La visión de cualquier ser humano como medio de producción es fundamentalmente anticomunista. En todo caso, es la síntesis de una lógica capitalista que pretende tratar a los seres humanos como recursos.

El hecho de que los autoproclamados “marxistas” se alineen con posturas antifeministas que ven el sexo como un recurso producido por el cuerpo de las mujeres para el consumo masculino habla del deplorable estado en el que se encuentra el auténtico socialismo revolucionario.

En la práctica, estos llamados “comunistas” (que son realmente capitalistas sexuales) no estás seguros de cómo funcionaría la prostitución en una sociedad comunista. Y no deberían estarlo, porque cualquier respuesta sincera es horripilante.

Un vistazo rápido de antecedentes: las naciones socialistas tienen economías de planificación centralizada estructuradas para atender las necesidades de la gente. Si bien la idea de que los trabajos están repartidos mecánicamente por una oficina sombría sin interés ni pasión es un mito, todos los países que siguen la estructura marxista-leninista controlan la estructura y la función del mercado de trabajo. Las escuelas se diseñan a menudo para clasificar a los estudiantes a una edad temprana en base a sus diferentes habilidades y los cupos para estudiantes de Ingeniería, Medicina, Carpintería, Arquitectura y demás son determinados a nivel nacional por los Comités de Planificación.

No hay nada malo en esto, por supuesto, ¿pero qué significa eso para la existencia de la prostitución en estas sociedades? ¿Apoyan estos marxistas pro-prostitución un comité de planificación que decide el número de “trabajadoras sexuales” a la par que el número de trabajadores agrícolas o de la construcción? ¿Cómo calcularía el Estado cuántas mujeres necesitan estar disponibles para que los trabajadores puedan follar? ¿Las escuelas empezarían a dirigir a las niñas hacia la prostitución desde bien temprano si no mostraran aptitud para otras ocupaciones?

Si hubiera escasez de mujeres en la prostitución, ¿podría el Estado reasignar a otras para llenar las vacantes? ¿Podrían las mujeres negarse a follar con hombres y mantener su estatus y su seguridad dentro de la República Obrera? Estas no son preguntas de listillo. No son conjeturas. Son elementos básicos de lo que los comunistas pro-prostitución están defendiendo. Y si usted no puede contestar a estas preguntas sencillas sin sonar como el cabecilla de una compleja red de trata de blancas, pregúntese el por qué.

El apoyo de los marxistas a la prostitución traiciona todo el núcleo del proyecto comunista: crear una sociedad en la que nadie vive a costa de la explotación de otra persona. Ignora la rica Historia de la resistencia comunista a la explotación de las mujeres, tergiversa la ideología de Marx para justificar un nivel de cosificación que incluso la mayor parte de los capitalistas no pueden igualar y no proporciona ni siquiera una explicación básica de cómo esta utópica “industria del trabajo sexual” podría funcionar ajena a la violación y a la trata de personas.

El por qué los marxistas han adoptado una posición a partes iguales misógina, incoherente y absurda es diíficl de explicar más allá de la rancia misoginia. Después de todo, incluso si la prostitución fuera un trabajo como cualquier otro, el apoyo entusiasta que recibe de la izquierda sería injustificado. Pero es el rol central en el mantenimiento de la relación de poder entre hombres y mujeres el que lleva ese respaldo desde lo innecesario hasta lo activamente opresivo.

No hay manera de concebir el sexo como un trabajo sin reducir los cuerpos de las mujeres a una máquina productora de sexo para ser empleada por hombres. Definitivamente, no necesitamos marxistas que defiendan una visión que celebra la mercantilización de nuestras relaciones y trata a los cuerpos humanos como medios para un fin. Eso ya lo tenemos, y se llama capitalismo.

Hoy, 8 de marzo

Por Elena Pedrinazzi de la Hoz

cartel2burss2bde2bstrahov-braslavskiy2b-2bmujeres2bemancipadas2bayudar2ba2bconstruir2bel2bsocialismo-2b1926-2bcel-2b82bde2bmarzoEl despertador suena y su mano se aventura a deslizarse bajo las sábanas para apagarlo. Dice que su cuerpo “está hecho” al horario y a rajatabla lo cumple cuando de un momento a otro está entrando en la cocina para hacer café. No enciente la televisión, en su lugar prefiere tejer sueños de tela e hilo y acariciar el cielo con sus benditas manos. Sabe qué día es pero también que su día no va a resultar diferente.

Hoy como cada día despertará por, trabajará por, vivirá por. Hoy como cada día aguantará tantas y tantas cargas en su cansada espalda. Hoy, como cada día, volverá con su mirada perdida en a saber qué sueños imposibles, en a saber qué otra vida que le hubiera gustado vivir si le hubieran dejado. Hoy intenta descansar lo que no descansó en todos los años de su vida y luchar – sí, luchar, aún le queda tiempo – para que otras no tengamos que pasar por todo lo que ella ha pasado. No necesita lazos lilas para recordar ninguna batalla, pues cada uno de los dolores de su cuerpo resulta para ella una herida de guerra. No tiene más armas que sus manos pero, sin embargo, va cada día a pelear con la vida con más coraje que cualquier guerrero. Es una guerrera, una heroína, una diosa para cualquier religión.

Ella. La batalla constante, el abrazo caliente, la sonrisa eterna con piel de serpiente. Ella no merece un día de conmemoración, ella merece una vida de lucha en su honor, el mundo a sus pies.

Hoy es el día de la Fiesta, el día del recuerdo. Se celebra la igualdad, el gran paso de las mujeres en la Humanidad, la lucha por el alcance de nuestros derechos como personas libres e iguales a los hombres. Sin embargo, no puedo evitar el amargo sabor que me deja una celebración donde la hipocresía se convierte en el traje habitual. Donde se celebran luchas que en determinado momento fueron reprimidas, insultadas, humilladas, despreciadas; al igual que las luchas que actualmente lidiamos. Donde personas que nos niegan, nos ridiculizan constantemente, nos apartan, nos manejan a su antojo, hoy se engalanan y nos felicitan por nuestra labor como mujeres. No queremos construirnos a su imagen y semejanza, no queremos que encabecen nuestra lucha sino que nos acompañen, ni que nos definan, ni que nos paguen menos por el mismo trabajo, ni que decidan por nosotras, por nuestro cuerpo. No queremos ser usadas, maltratadas, asesinadas. Y, por supuesto, no queremos pedir permiso sino arrebatarlo.

Y para mi madre, para nuestras hermanas: el universo.

Women’s March: ¿victoria o instrumentalización del feminismo?

Por Xandra Martínez

El pasado 20 de enero los EEUU investían al presidente electo Donald Trump. Al día siguiente, miles de personas atestaron las calles de Washington y de otras 600 ciudades del mundo para reivindicar los derechos de las mujeres.

Podríamos pensar que estamos viviendo un despertar, que la sororidad está en alza, y que las mujeres del mundo somos quienes debemos de unirnos y salir a las calles de Berlín, Bombay, Sydney, París, Lisboa, Estocolmo, Tokio, Madrid – y así hasta 600 ciudades – simultáneamente, para gritar por el fin del patriarcado, del capitalismo salvaje y de la discriminación racial.

Podríamos incluso alegrarnos de la capacidad de reacción, de la unidad entre colectivos dispares, de la presencia de caras conocidas que dan voz al pueblo, o de la notable cobertura mediática de estas manifestaciones.

Pero, tal vez, alegrándonos de esta acción del “feminismo global” sin profundizar en lo que se esconde detrás, pecamos de ilusas y corremos el peligro de convertirnos en herramientas útiles para el establishment.

Históricamente, el capital ha sabido utilizar a su favor las luchas transversales del pueblo, edulcorándolas y dirigiéndolas hacia sus objetivos, vaciándolas de contenido y alienando a la población combativa Mientras jugamos con las reglas que el sistema marca, no incomodamos.

Ganamos así el derecho a que sus medios nos den voz, a colocar nuestro debate en la palestra, a que se escuche el discurso y se sume gente a la causa.

En este tipo de situaciones, participan activistas que son quienes aprovechan la oportunidad de utilizar los altavoces que se les ofrecen para intervenir con un discurso combativo, que de otro modo la mayor parte de las manifestantes no organizadas no tendrían acceso. La intervención de Angela Davis constituye un ejemplo. Conseguir que parte de la población movilizada tome conciencia será un pequeño éxito.

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No obstante, la mayoría de los discursos que se difunden desde los medios están vacíos de contenido y tan solo pretenden la agitación puntual y momentánea, evitando crear una conciencia que se pudiese volver en su contra al identificar el enemigo real a combatir.

No siento simpatía por Donald Trump, pese a que pienso que no es el primer (ojalá que sea el último) dirigente de un país que defiende absolutas barbaridades; la diferencia es que esta vez nos vienen metiendo el miedo en el cuerpo desde que se presentó a las elecciones. Como resultado llegamos a esta situación inaudita, en la que medio mundo se manifiesta en contra de un presidente que no ha tomado aún ninguna medida.

Defiendo que salgamos a la calle, que nos organicemos, que rechacemos a dirigentes que nos violan. Por eso debimos tomar las calles cuando el presidente israelí Moshe Katsav fue declarado culpable de violación y abuso sexual, o cuando Dominique Strauss-Kahn, entonces presidente del FMI, fue acusado de violación.

Tenemos que unirnos y colapsar las ciudades en pos de los derechos y la justicia social. No podemos permitir la construcción de muros que nos separen en ciudadanos de primera y de segunda.

Teníamos que haber colapsado nuestras ciudades cuando Bill Clinton construyó el muro con México, cuando Ariel Sharon hizo lo propio con el Muro de Cisjordania, cuando Mariano Rajoy levantó una valla en Melilla, cuando Europa eleva muros para aislar a los refugiados de una guerra promovida, una vez más, por EEUU y la OTAN. A tenor de esto, si nos preocupa la falta de paz y libertad, el mundo debería haberse movilizado cuando se le otorgó el Premio Nobel de la Paz a Obama mientras los EEUU representaban un papel protagonista en las guerras de Irak y Afganistán.

No debemos tolerar las políticas racistas y discriminatorias, pero los EEUU no necesitan cambiar de presidente para tener buenos ejemplos de discriminación racial. Las mujeres migranters viven allí situaciones especialmente duras: vulnerables a la violencia machista en los hogares, experimentan también altos niveles de abuso y explotación en sus empleos; todo bajo la constante amenaza de ser denunciadas a las autoridades de inmigración. Esto, no obstante, no provoca marchas multitudinarias de protesta. Tampoco en el Estado de Israel, donde pasan los años y se perpetúa el apartheid sin que miles de personas recorran múltiples ciudades del mundo en protesta.

Da que pensar. Sobre todo cuando en esta marcha participan entre las activistas personajes como Hillary Clinton o John Kerry, que defienden los derechos humanos a su manera. utilizando al Estado Islámico en la intervención de los EEUU en Siria. También Linda Sarsour, que tuvo un papel activo en esta movilización, manifestó “no querer ser parte de una generación en la que suceden cosas horribles bajo su mirada”; ella, una de las cabezas visibles de los Hermanos Musulmanes en EEUU y defensora activa de los “rebeldes en Siria”, ella que mira hacia otro lado cuando éstos violan, torturan, decapitan y lapidan a mujeres cada día en toda la geografía siria.

Da que pensar también, cuando 56 de los colectivos que participaron en la marcha obtienen financiamiento de George Soros, magnate que subvencionó los movimientos que desembocarían en el gobierno reaccionario de Moldavia y en la llegada al poder de la extrema derecha en Ucrania.

Es cuanto menos llamativo que una convocatoria feminista termine con la actuación de una estrella de la canción como Madonna, quien durante toda su carrera ha exhibido su cuerpo normativo contribuyendo a la cosificación que promueve el patriarcado.

Evidentemente, tanto la militancia feminista de base como el feminismo de clase estuvieron presentes, no obstante el protagonismo fue de actrices, cantantes y personas públicas, dejando en un segundo plano a las activistas que trabajan diariamente en este campo. El hecho de que las caras públicas monopolicen el discurso en este tipo de convocatorias resta, una vez más, intesidad y realidad a las demandas; se pierde el mensaje de la izquierda anti-imperialista y anticapitalista. Se convierte así la convocatoria en una demostración de fuerza entorno al Partido Demócrata con unos objetivos políticos claramente definidos.

Profundizando en la manera en la que se organizó esta manifestación surge la desconfianza. Los que mueven los hilos del sistema se quieren apoderar (otra vez) de nuestra lucha, y tienen unos objetivos muy diferentes a los de la convocatoria de esta manifestación. Ahora depende de nosotras no hacerles el juego. Las activistas debemos continuar denunciando, convocando, señalando. Debemos dejar nuestro mensaje. Identificar al enemigo y conocer el precio de las alianzas con éste.

Ojalá mil marchas más en el mundo; pero marchas en las que las desposeídas tengan la voz, en las que el poder no mueva los hilos. Por el pueblo de los EEUU, pero también por el de Palestina o Siria. Por las víctimas del patriarcado, del imperialismo, del capitalismo. Por el derecho a decidir en nuestros cuerpos, a no ser mercancía. No buscaremos la financiación de los poderosos, sino la voluntad y la fuerza de las que sufrimos el sistema día a día y trabajamos para construir una vida radicalmente diferente.