Los símbolos fascistas no tienen lugar en la sociedad

Dos turistas chinos han sido detenidos recientemente en Berlín por hacer el saludo nazi mientras posaban para dos fotógrafos frente al “Reichstag”, el Parlamento de Alemania, el pasado sábado 12 de agosto. Tres días después, el Museo contra la Agresión Japonesa en el Almacén Sihang de Shanghai realizó un comunicado criticando a cuatro jóvenes chinos por vestir uniformes del Ejército Imperial Japonés y posar para fotos en el almacén, defendido exitosamente por fuerzas chinas contra los invasores japoneses a finales de 1937, y calificando su acto como “blasfemia imprudente”.

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Los jóvenes son ciudadanos de un país en el cual más de 35 millones de personas murieron o fueron heridas en la Segunda Guerra Mundial y está, de forma inadvertida, reabriendo viejas heridas.

El mundo se ha enfrentado a brutales y radicales cambios desde aquellos días de horror sin fin. Y casi todo ha cambiado, desde el interior de los hogares hasta los exteriores de los edificios, desde nuestros medios de transporte hasta la manera en la que compramos. Quizás la única cosa que no ha cambiado sea que cada sociedad tiene sus tabúes – algunos religiosos, otros históricos. Y cada sociedad establece lo que supone la ruptura de esos tabúes.

En muchos casos, es a lo que nos oponemos, y no lo que apoyamos, lo que determina quiénes somos. Una postura o un conjunto de ropa pueden ser correctos en una sociedad pero tabú en otra cultura, porque los seres humanos, quienes, dependiendo de su Historia y de su cultura, tienen sus propios objetos de reverencia y su propio conjunto de tabúes.

Las agujas del reloj siguen moviéndose señalando el cambio del tiempo, pero las heridas de la Historia y de aquellos que causaron esas heridas nunca deberían ser olvidadas. Esa es la razón por la que las acciones de jóvenes y turistas no pueden ser atribuidas a su ignorancia sobre las leyes alemanas o su falta de entendemiento de la Historia reciente de su propio país, especialmente porque ocurren en lugares históricos.

Las acciones de esos jóvenes deberían traernos a la mente lo que ocurre en el Santuario de Yasukuni de Tokio, donde los “héroes de guerra” de Japón desde la Restauración Meiji – a finales del siglo XIX, incluidos 14 criminales de guerra de Clase A de la Segunda Guerra Mundial – son honrados. Los asistentes visten uniformes del Ejército Imperial Japonés y pueden ser vistos con facilidad por los alrededores del santuario como modo de prestar ofrenda a los “héroes de guerra” y a los “verdaderos patriotas” – es decir, señores de la guerra – de Japón.

Los alemanes, por otro lado, han prohibido todos los símbolos nazis y han declarado sus acciones como “ofensa criminal”. Han reconstruido su nación condenando las atrocidades cometidas por los nazis y han puesto en vigor estrictas leyes para castigar a la gente que use esos símbolos, sea cual sea la razón. Gracias a ello, la resurrección de Alemania dentro de la comunidad internacional se completó.

En contraste, Japón nunca ha iniciado siquiera un proceso de auto-introspección, pese a que sea conocido como la Tierra del Zen – que se centra en la meditación o “dhyana”, que en sánscrito simboliza una serie de estados cultivados de la mente que llevarían hacia un “estado de perfecta ecuanimidad y precaución”. Uno se imagina cómo pueden los japoneses alcanzar este estado “perfecto” sin la auto-introspección.

Sin condenar oficialmente a nadie por sus crímenes de guerra, Japón no se puede convertir en una nación normal. Y si Japón pretende ser una nación normal construyendo un Ejército, ello supondrá de nuevo una amenaza a la paz regional e internacional.

El saludo nazi realizado por los dos turistas chinos y la vestimenta del Ejército Imperial Japonés por parte de 4 jóvenes en Shanghai deben ser puestas en el vergonzoso vertedero de la Historia. Los crímenes contra la Humanidad cometidos por los nazis y las fuerzas japonesas deben seguir recordándonos que nunca debemos bajar la guardia contra el fascismo y sus símbolos.

Si el desarrollo pacífico de las últimas décadas debilita nuestra memoria acerca de los horrores del fascismo y las guerras, posiblemente acabaremos abriendo viejas heridas o infligiendo nuevas heridas en el siglo XXI.

Por Zhai Haijun

Periodista de “China Daily”

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Entrevista a Juan Ramos (14/4/1982): “El eurocomunismo reduce al militante a pegar carteles y pedir votos”

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Juan Ramos fue secretario general del PCC entre 1982 y 1988. Posteriormente fue secretario general del PCPE entre 1988 y 2002.

Juan Ramos Camarero, secretario general del Partido de los Comunistas de Cataluña (PCC) – formado a partir de una escisión del PSUC – nació hace 38 años en Íllora (Granada). Afincado en Cornellá de Llobregat (Barcelona), ejerció durante años su profesión de maestro industrial metalúrgico en la empresa “Siemens”, ingresando en la década de 1970 en Comisiones Obreras (CCOO) y en el PSUC, si bien trabajó dentro de los sindicatos verticales y fue a la vez jurado de su empresa. En ambos organismos ha desempeñado cargos de responsabilidad, ya que ha sido secretario general de la Confederación del Metal de CCOO, miembro de la Comisión Ejecutiva Nacional de CCOO en Cataluña y del Consejo Confederal de CCOO. Perteneció al Comité Ejecutivo del PSUC hasta su expulsión en diciembre de 1981. Fue diputado en las Cortes de junio de 1977 y en la actual legislatura, dimitiendo para presentarse a las elecciones al Parlamento catalán, resultando diputado.

La aparición del Partido de los Comunistas de Cataluña (PCC) es consecuencia de la ruptura del partido que más acendradamente había venido proponiendo la unidad de la izquierda. ¿No es ello una contradicción?

En modo alguno, porque no hemos sido nosotros quienes hemos querido irnos, nos han echado y en ese sentido no nos incumbe la responsabilidad histórica. Pero además, se maneja frecuentemente un concepto falso de unidad. Hay, en primer lugar, alianzas que se establecen a nivel de coincidencias para la defensa de las libertades democráticas o del Estatuto, y en eso nos aliamos, sin hacerlo de forma vergonzante, con partidos como Convergència o ERC. Pero también hay alianzas de clase, con vistas a recuperar la hegemonía de la izquierda en Cataluña, perdida en las últimas elecciones, y estas alianzas no deben llevarse a cabo sino en función de propuestas políticas concretas, no en base a alianzas naturales con los socialistas, pongo por caso, porque no las hay. Unidad no puede significar en modo alguno dejación de principios políticos.

Cosa que, según el PCC, ha hecho el PSUC

En efecto, el proceso de la Transición se ha llevado a cabo bajo la hegemonía de la derecha. Eso, y la necesidad de llegar a amplias capas de la población, ha comportado que los partidos de izquierda – y también el PSUC – hayan hecho dejación de sus principios estratégicos para acentuar propuestas políticas que, desde un cierto oportunismo, constreñían la acción política al aparato del Estado olvidando al militante. Nosotros pretendemos no caer en ese electoralismo.

Sin embargo, el partido se presenta con vocación electoral y no testimonial

Naturalmente, porque no somos un partido marginal ni ajeno a Cataluña. Tenemos 7.500 militantes y podemos demostrarlo. Eso significa una implantación real en la sociedad. Y no decimos que vamos a recuperar los porcentajes de votos obtenidos hasta ahora porque la división del PSUC nos afectará negativamente, pero sí que creemos que podemos recuperar buena parte de la militancia perdida entre el año 1977 y la escisión.

Una pérdida de militancia considerable, ya que el PSUC llegó a contar con más de 40.000 carnés en 1978.

Sí, de 40.000 se pasó a 17.000 en el V Congreso del PSUC y a unos 12.000 o 13.000 en el momento de la escisión. Y eso es responsabilidad colectiva, no vamos a decir que exclusiva de los eurocomunistas, aunque ellos han tenido parte importante de culpa, porque el eurocomunismo representa un giro ideológico con consecuencias en el terreno organizativo. El eurocomunismo abandona la formación política e ideológica para hacer del militante un instrumento que pega carteles o pide votos. Nuestro reto es invertir eso y conseguir que el militante tenga vida de partido, aporte y discuta, que se sienta dirigente. Si lo conseguimos es seguro que quienes han abandonado la militancia aburridos, volverán.

¿Cuáles desearía que fueran sus relaciones con los partidos del Este?

De colaboración. No seríamos un partido serio si no mantuviéramos una actitud crítica frente a las experiencias socialistas.

Pero esa actitud no puede confundirse con hacer causa común con los imperialistas. No tenemos adhesiones ciegas, pero reconocemos el papel desempeñado por los países socialistas en el avance hacia el socialismo y en la lucha por la paz y el desarme a nivel mundial.

FUENTE: Diario “El País” (14 de abril de 1982)

Las heridas de la Guerra de los Balcanes no acaban de cicatrizar

srebrenicaEl año pasado el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia dictó sentencia en los juicios que tuvieron lugar contra los serbios Radovan Karadžić y Vojislav Šešelj. La decisión judicial pasó muy desapercibida para los medios de comunicación, por lo que en algún lugar debe haber gato encerrado. Estamos hablando de acusaciones graves, como crímenes de guerra, genocidio y otros espantos que tanto escandalizan a los “humanistas” y las ONG.

En Europa a nadie le interesa recordar la destrucción de la antigua Yugoslavia, la ingente cantidad de matanzas cometidas y la intervención en ellas de la Unión Europea – especialmente Alemania – y de la OTAN.

Tras la liquidación de Yugoslavia en 1992 a Radovan Karadžić le nombraron presidente de la República Srpska, que entonces la prensa renombró como “República Serbia de Bosnia”. Algunos serbios, como Karadžić, creyeron que una vez que el mapa se dividió en pedazos podían continuar dividiendo y subdividiéndolo en trozos cada vez más pequeños.

Lo mismo que Gaddafi en Libia o Bashar al-Assad en Siria, el imperialismo puso a los serbios la etiqueta de “malvados” y no les dio tregua en ninguno de los rincones: ni en Bosnia, ni en Croacia, ni en Montenegro… ni en Serbia.

No hace falta explicar que el flamante Tribunal, sus jueces y fiscales, son un rebaño de peleles con toga impuestos por los imperialistas después de los bombardeos sobre la población con armas de uranio y que los primeros y principales criminales fueron matarifes como Javier Solana, entonces Secretario General de la OTAN.

Para no alargar la explicación, aquí hablaremos sólo de Karadžić, a quien dicho Tribunal condenó por todos los delitos de los que le acusaba el fiscal excepto uno, que es justamente el que merece la pena analizar ahora. Se trata del genocidio cometido en siete municipios de Bosnia (Bratunac, Focha, Kljuc, Prijedor, Sanski Most, Vlasenica y Zvornik) que se debían sumar al más importante y conocido de todos los genocidios: el de Srebrenica.

En cualquier guerra es necesario el empleo de voces fuertes como “genocidio” u “holocausto” para justificar y edulcorar grandes matanzas y bombardeos como los de la OTAN. Pero uno de los crímenes de genocidio se cayó del cartel, no porque no hubiera un gran número de muertos sino porque no hay constancia de que Karadžić tuviera alguna participación en ellos.

En tales casos hay que preguntar que si Karadžić no fue, quién ordenó entonces los crímenes en masa que se cometieron. Pero también hay que deducir que si Karadžić no fue, entonces la OTAN bombardeó al bando equivocado y debió bombardear al bando contrario. Finalmente, la absolución de Karadžić en el genocidio de los siete municipios deja en el aire también la cuestión del gran genocidio de Srebrenica, del que recientemente se celebró un aniversario solemne.

Pero la gran matanza de Srebrenica es uno de esos tabúes históricos que casi todos los pueblos del mundo arrastran sobre su conciencia como si fuera su pecado original. En este caso la culpabilidad oficial recae sobre Serbia y ese tipo de imputaciones con membrete no se pueden borrar fácilmente, a no ser que el pecador – además de matar – quiera cometer un segundo pecado: no admitir quién es el asesino.

Pues bien, Serbia aprobó recientemente un nuevo código penal entre cuyos delitos hay uno de esos que los historiadores de pacotilla califican como “negacionismo” y consiste en no admitir una verdad oficial, en este caso que en Srebrenica se cometió una gran matanza y que los culpables de ella son ellos mismos, los serbios.

Este tipo de delitos son delitos sobre delitos y cuando una verdad oficial se tiene que refrendar castigando al que afirma algo distinto, también hay gato encerrado. La verdad no necesita ningún código penal. Pero si la verdad necesita un código penal en Serbia, necesitará otro en Bosnia, y otro en Croacia, y otro en… en todas partes.

Ahora bien, ¿quién es el que necesita ese tipo de incriminaciones? Desde luego que no se trata de Serbia. La criminalización de los “negacionistas” de la matanza de Srebrenica es una imposición expresa de la Unión Europea para sacar al país del ostracismo en el que lo dejaron después de la guerra.

Por lo demás, aquella matanza es como las armas de destrucción masiva en Irak o los ataques químicos del Ejército sirio en Khan Sheykhun. Lo que podemos y debemos decir sobre ella es lo siguiente: que fue utilizada por los imperialistas para liquidar los Acuerdos de Dayton y con ellos liquidar a la propia Serbia, un país agredido por el imperialismo que arrastra el estigma de los malditos como “Estado genocida” por más que los peleles del Tribunal Penal Internacional no se hayan atrevido a tanto.

Pero, ¿acaso eso importa a estas alturas de la historia? ¿Quién se acuerda ahora de este tipo de crímenes y matanzas? Los que siguen llorando.

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Por cierto, casi se nos olvida. En su libro “Paz y Castigo”, el portavoz del Tribunal Florence Hartman relata un incidente que pone de manifiesto la proximidad de los jueces y fiscales del Tribunal con los diferentes centros de inteligencia de las grandes potencias. Cuando al fiscal Jeffrey Nice algún periodista se atreve a preguntarle si iniciaría una acusación contra quienes ordenaron los bombardeos de la OTAN en 1999, responde:

“Les aseguro que nosotros, la OTAN y los principales países occidentales somos los mismos que el Tribunal […] Les puedo asegurar que Louise Arbour [fiscal principal] sólo acusará a ciudadanos yugoslavos y a ningún otro.”

Más datos a tener en cuenta que no podemos pasar por alto: no crean que un tipo de la calaña del fiscal Nice es un vulgar picapleitos. Se trata de un veterano miembro del MI6, el servicio secreto británico.

Lo mismo podemos decir de los demás jueces y fiscales, cuidadosamente seleccionados para la ocasión.

FUENTE: “Movimiento Político de Resistencia”

Es hora de que los japoneses asuman la verdad histórica

Por Zhao Luoxi

foreign201704111508000293277068086Aunque el escritor japonés Haruki Murakami menciona brevemente la Masacre de Nanjing en las más de mil páginas que tiene su última novela “Matar al Comendador”, el libro y su autor han sido blanco de la ira de las fuerzas derechistas japonesas. De hecho, los principales portales noticiosos de Japón están llenos de críticas contra la novela del afamado literato.

Esta no es la primera vez que una novela de Murakami ha sido criticada por los derechistas japoneses. Aparte de las reflexiones existentes en algunas de sus obras anteriores sobre los crímenes cometidos por Japón durante las agresiones de guerra, Murakami ha repetido – en varias ocasiones, e incluso durante el 70º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial – la importancia de abordar la verdad histórica y sugirió que Japón continuara disculpándose por sus crímenes de guerra hasta que China y Corea se dieran por satisfechas. Por su parte, el cineasta y animador japonés Hayao Miyazaki también ha transmitido una filosofía antibelicista en sus obras, siendo criticado por la derecha japonesa. Incluso Kenzaburo Oe, ganador del Premio Nobel de Literatura, ha sido calificado como “traidor” por su postura contra la guerra y contra la enmienda a la Constitución japonesa.

La sociedad japonesa nunca ha carecido de voces progresistas y justas. Sin embargo, la cacofonía creada por las fuerzas derecistas ha sido ensordecedora. Lo que preocupa es que hay cada vez más ciudadanos japoneses que sucumben a la propaganda derechista que distorsiona los hechos históricos.

Lo que Shinzo Abe busca es blanquear la historia del Japón agresor y atroz. Asegura que no ha leído el texto completo de la Declaración de Potsdam, pretendiendo ignorar la declaración fundamental que conformó el orden mundial de la posguerra. El año pasado buscó la reconciliación unilateral con los EEUU al visitar Pearl Harbor – que Japón atacó en 1941 – tras invitar al entonces presidente estadounidense Barack Obama a visitar Hiroshima, mientras Abe se hacía el sordo ante las críticas de sus vecinos contra su revisión manipuladora de la Historia de Japón.

Muchos factores sociales han llevado a la sociedad japonesa a inclinarse hacia el conservadurismo. Las personas nacidas después de la Segunda Guerra Mundial representan el grueso de la población del Japón actual, y mientras el recuerdo de las agresiones perpetradas se desvanece, los japoneses parecen indiferentes ante la nefasta Historia bélica de su país.

Después de que Abe lograse la reelección como Primer Ministro de Japón, la enseñanza de la verdad histórica en las escuelas y universidades japonesas se ha convertido en la excepción que confirma la regla. Lo que hoy se les enseña a los estudiantes japoneses son los atentados con bomba atómica contra Hiroshima y Nagasaki para demostrar que Japón fue una “víctima” de la Segunda Guerra Mundial. Jamás se asumen como iniciadores de esa guerra ni como violentos invasores, autores de atrocidades contra sus países vecinos.

En cuanto a la Masacre de Nanjing y a la cuestión de las mujeres jóvenes y niñas obligadas a servir como esclavas sexuales al Ejército Imperial Japonés – antes de y durante la Segunda Guerra Mundial – la derecha japonesa asegura que esos crímenes de guerra son “puras invenciones”.

Japón debe asumir la verdad histórica porque mientras no resuelva dicha problemática es imposible la reconciliación con sus vecinos.

Apreciamos que algunos japoneses, como los intelectuales y artistas Oe, Murakami o Miyazaki, hayan tenido la valentía de aceptar la verdad histórica y oponerse al olvidadizo discurso de la derecha japonesa.

Japón es ahora un país desarrollado y se ve a sí mismo como una nación democrática y pluralista. Pero si sus políticos continúan negando la Historia o el criterio de sus intelectuales, el pluralismo y la democracia nipones serán frágiles autoengaños.

Esperamos que los políticos japoneses escuchen las voces nacionales que predican la verdad histórica y actúan como imprescindibles guardianes de la conciencia social japonesa.

(Zhao Luoxi es investigador de política exterior de la Universidad de Relaciones Exteriores de China)

El PCF y las clases populares de los años 70 (parte 2)

 

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Antiguo logotipo del Partido Comunista Francés (PCF), adoptado en 1978.

Socialdemocracia, Mitterrand y la crisis del PCF de 1978-1986

La actitud de los dirigentes del PCF frente a la socialdemocracia es muy ambivalente. Cuando Marchais firma el Programa Común en 1972, sabe que es un juego peligroso, pero espera que la fuerza organizativa del PCF, significativamente más potente que la del PS, será una clave suficiente. Pero cuando los líderes se dan cuenta de que el PS les supera en votos en las elecciones de 1976, deciden romper con el Programa Común en 1977, ya que sienten que están perdiendo influencia. Pero esta ruptura no es de principios. El PCF adquiere posiciones asistencialistas sobre los excluidos y la pobreza entre 1977 y 1978, mantiene un discurso anti-intelectual entre 1978 y 1979 (que se enfrenta a quienes se oponen a esta estrategia de ruptura); a lo que se puede añadir un discurso anti-inmigración y un retorno al discuro moralista. Todo ello en una atmósfera asfixiantemente anticomunista. En 1978, una profunda crisis estalla en todo el Partido (no sólo en la dirección o en los círculos intelectuales), a la que siguen otros períodos críticos durante los siguientes 8 años. Porque en última instancia, el PCF, que criticó a Mitterrand, en 1981 decide pasar a gobernar con él… ¡incluso aunque no habían deseado su victoria! Pasa a cogestionar importantes reestructuraciones en la industria del acero y en otros bastiones industriales antes de dejar el gobierno en 1984. Situación que un militante resume con la expresión de “política del limpiaparabrisas”. Este ir y venir sin fin hará un gran daño al PCF, que en 8 años pierde a un tercio de sus militantes.

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Gráfico que refleja la caída progresiva del PCF en los diferentes procesos electorales celebrados en Francia entre 1981 y 2007.

El autor añade a estas crisis repetidas otras tesis a examinar, la falta de democracia y el autoritarismo de la dirección (sin duda reales), la línea prosoviética, pero también actitudes sobre la “izquierda” (la vía revolucionaria, la lucha de clases). Pero a partir del estudio de casos locales, Mischi observa que la controversia no se reproduce de la misma manera según el origen social. Las críticas a la línea de la dirección son expuestas públicamente por los intelectuales, mientras que los trabajadores abandonan el Partido en silencio, debaten en la célula y luego se van.

Deslegitimación subjetiva de las clases populares

Pero el autor también sostiene que la caída en el número de obreros no sólo se debe a una evolución objetiva (pérdida de bastiones, por ejemplo), a una evolución política (hacia la socialdemocracia principalmente), sino también a una línea de deslegitimación de la clase obrera. Según Julian Mischi, el PCF tenía un papel de “portavoz” de la clase obrera. Todas las clases populares podían identificarse con el Partido. El papel del PCF, que pone en primer plano a portavoces obreros, es crucial para la toma de conciencia de la propia clase. Escribe:

“A partir de 1980 y sobre todo a partir de 1990, el PCF aspira a representar no sólo a las clases populares, sino a Francia en su ‘diversidad’. La lectura de la sociedad en tréminos de clase desaparece detrás de temas como la ‘participación ciudadana’ o la recreación de los ‘vínculos sociales’. Los cargos públicos comunistas alaban la ‘democracia local’ destinada a cerrar la brecha entre la clase política y los ‘ciudadanos’. El proyecto inicial del Partido, de inspiración marxista, da paso a una retórica humanista ampliamente compartida en el mundo asociativo y político.”

El PCF abandona gradualmente las referencias a la clase obrera, a los mecanismos de promoción de obreros en el seno del Partido, al esfuerzo de destacar a obreros en los puestos dirigentes y como portavoces públicos.

El Partido se abrirá a las mujeres a partir de los años 70, pero atrayendo a profesoras y personal cualificado, pocas de ellas provenientes de la clase obrera; el otro tema que le atrae, la diversidad (por razones electorales desde finales de los 90), no se elabora sobre una base de clase.

Pero será bajo la dirección de Robert Hue, entre 1994 y 2003, cuando el PCF entre en su fase de liquidación y se convierta en un partido de cargos electos, eliminando las células de empresa, el centralismo democrático… Es lo que el autor denomina como “la mutación”.

Antiguos militantes del PCF que lo habían abandonado en los años 80 y 90 por la derecha vuelven y son tolerados a pesar de sus evidentes diferencias. De ser el Partido más centralizado, “el PCF se vuelve uno de los más descentralizados”.

El Islam, Blas Infante y nuestra liberación

Por Yasser Calderón

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Blas Infante, ataviado con la vestimenta típica, durante su viaje a Marruecos (1924)

Cuando todos los andaluces conozcan su verdadera Historia y esencia, será cuando logremos llegar a obtener el poder necesario para exigir el respeto a nuestra personalidad tan diferente de aquella que tratan de imponernos.

Los andaluces llamaron a sus vecinos bereberes. Legiones generosas corren el litoral africano predicando la unidad de Dios; Andalucía les llama. Ellos recelan. Vienen: reconocen la tierra y encuentran un pueblo culto, atropellado y ansioso de liberación. Acude entonces Tarik (con 14.000 hombres solamente). Pero Andalucía se levanta a su favor. Antes de un año, con el solo esfuerzo de Musa y otros 20.000 hombres, puede llegar a operarse por esta causa la conquista de gran parte de la Península. Concluye el régimen feudal germánico.

La etapa de Al-Andalus fue de libertad y brillo cultural. Por entonces, Andalucía era libre: hoy es esclava. Pero Infante, en su coherencia más allá de toda visceralidad pro-árabe, se mantiene crítico, juzga el rigor inexorable de los primitivos juristas musulmanes. Si bien al decirles primitivos, habría que dudar de su localización. Porque el período andalusí, no duda: hay libertad cultural; ¡Andalucía libre y hegemónica del resto peninsular! ¡Lámpara única encendida en la noche del Medioevo! Al decir de la lejana poetisa sajona Howsrita, ¡no hay manifestación cultural que en Andalucía, libre o musulmana, no alcance su expresión suprema! No puede llegar a existir mayor fuente de bienanza. ¡Y las artes! Andalucía, con nombre islámico.

La conquista cristiana fue intolerante y uno de los orígenes del latifundio. El robo, el asesinato; presididos por la cruz. Empiezan a quitarnos las tierras; distribuidas en grandes porciones entre los capitanes de las huestes conquistadoras. Y los andaluces, que tenían la tierra convertida en vergel, son condenados a la esclavitud de los señores. Fueron y son las enormes falanges de esclavos jornaleros y campesinos sin campo, campesinos expulsados. Pueblo conquistado, el pueblo andaluz; bastante tenía con plañir aquellos lamentos que expresó con palabras Abu Beka de Ronda: llorando al ver sus vergeles, y al ver sus vegas lozanas ya marchitas, y que afean los infieles con cruces y con campanas sus mezquitas.

El pueblo recién convertido por la presión de la intolerancia iniciada por Isabel, sometido a una persecución que después del triunfo de Juan de Austria, y a las terribles depredaciones que hicieron decir a Mámol que los soldados del rey eran tropas de delincuentes.

Se encienden las hogueras de “la Inquisición”: millares de andaluces, moriscos y musulmanes, son quemados en las salvajes piras. Los Austrias continúan la obra de Isabel. Así la tiranía eclesiástica destruyó la cultura de Andalucía, declaraba Infante a Francisco Lucientes, la importancia práctica de la Andalucía musulmana, su trascendencia política queda demostrada en la polémica continua que enfrenta hoy a los partidarios de la línea de Blas Infante y pro-andalusí y los de la clásica y tradicional. Hasta los partidos y todo el centralismo apagan una interpretación castellanizante.

La izquierda nacionalista se enrola con Infante. El caso resulta altamente revelador. La Historia es forzosamente un arma política (se reconozca o no). En este punto, navegan en igual barco la izquierda tradicional y Santiago Matamoros de Clavijo. Infante tenía razón; la identidad de Andalucía nace aquí: fundamento de nuestras características, voluntad de ser, el fundamento más próximo de Andalucía está en la Andalucía medieval; que la conquista vino a interrumpir. Con todo esto, moriscos, anarquistas, pacifistas, gitanos, jornaleros, desposeídos, acaban relacionados en una síntesis operativa.

NOTAS:

Este texto ha sido extraído del libro “El siglo de Blas Infante” y fue publicado en el boletín nº5 “INDEPENDENCIA” del ya desaparecido Sindicato Andaluz.

Antonio Luis (Yasser) Calderón Díaz es el coordinador general de Liberación Andaluza.

El PCF y las clases populares desde los años 70 (parte 1)

Por Michael Verbauwhede

El libro “El PCF y las clases populares de los años 1970” es de gran interés respecto a la cuestión de la organización de la clase obrera y las clases populares en un partido comunista de Europa Occidental. Además, plantea la cuestión del origen de clase de los cuadros comunistas, su práctica militante y la influencia de los cargos electos en la evolución del Partido. El libro pone énfasis en la cuestión de la participación en el gobierno y en los municipios.

A diferencia de muchos otros libros sobre el Partido Comunista Francés que se ocupan principalmente de la evolución ideológica y política del PCF desde la década de 1970 hasta la actualidad, el libro se centra en el desarrollo de la organización del Partido. Mischi resume su planteamiento:

“Todo mi trabajo trata de demostrar que las propuestas y declaraciones no son suficientes. Los dispositivos organizativos son muy importantes para atraer miembros, mantenerlos y politizarlos. En comparación con sus competidores trotskistas, la gran fuerza del PCF fue su organización implantada en la realidad de los entornos populares.”

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Dibujo realizado con motivo del XIX Congreso del PCF, celebrado en 1970.

Mischi no sólo estudia esa realidad a partir de las posiciones de la dirección, sino también de la base. En su trabajo de investigación analiza cuatro células: Longwy (sector del acero, Lorena), Saint-Nazaire (astilleros, Loira Atlántico), los suburbios de Grenoble y Allier (campesinos).

La evolución de la clase obrera, la influencia del crecimiento de la organización de la década de 1970 y el electoralismo

Julian Mischi, obviamente, parte de la evolución objetiva de la clase obrera. Pero sostiene que sigue siendo el corazón del proletariado. En otro libro publicado recientemente, Julian Mischi escribe:

“El discurso sobre el fin de la clase obrera se impone a medida que la representación de la clase obrera se va reduciendo a las figuras de la gran industria y a los sectores más militantes. Del desmantelamiento de las grandes concentraciones industriales y la crisis de las plazas fuertes del movimiento obrero desde la década de 1970 se llega a la rápida conclusión de la desaparición del sector obrero y sus militantes.”

En “El Comunismo Desarmado”, Mischi recuerda:

“El grupo de los obreros, aunque haya disminuido desde la década de 1970, no ha desaparecido. Compuesto por 6’8 millones de personas en el censo de 2011, es uno de los principales grupos, y representan el 23% de la población activa en Francia. Y si nos ceñimos únicamente a su componente masculino, ¡uno de cada tres hombres es obrero! La población obrera, por tanto, sigue siendo importante, aunque cambie su composición interna – al igual que las condiciones de vida y de trabajo. Sin embargo, para una gran mayoría de los franceses, la parte obrera de la sociedad es mucho menor de lo que realmente es.”

El cambio en la composición de la clase trabajadora tiene una influencia en la evolución del PCF: los grandes bastiones comunistas entran en crisis con la diversificación, la precarización y la fragmentación de la clase obrera. Su influencia en la lucha de clases disminuye mucho con la caída de la CGT, que pasa de 2 millones a 700.000 afiliados. Pero el PCF no lo ve venir y no lo tiene en cuenta. Y el PCF se pierde por completo en la cuestión de la inmigración no europea, a menudo descuidada por razones electorales. El PCF también reproduce las divisiones sociales existentes dentro y fuera de las fábricas.

La presencia del PCF disminuye en el sector privado y se centra cada vez más en las administraciones públicas, especialmente las locales. Mischi explica:

“Habiendo abandonado la reflexión sobre las relaciones de clase y sobre la organización de la lucha por aquellos que sufren la dominación, es natural que encuentren dificultades para tomar en cuenta la aparición de nuevas figuras populares – en especial los empleados del sector servicios y los descendientes de los trabajadores inmigrantes procedentes del Magreb.”

Pero Mischi plantea que la explicación de la caída del PCF por estas razones es insuficiente. Trata otras concepciones organizativas y políticas que desarmaron al Partido.

El libro permite tener una visión más equilibrada sobre la evolución política del PCF que las explicaciones políticas tradicionalmente aceptadas. Esta evolución, por supuesto, influye en la composición orgánica del Partido que, a su vez, influye en el rumbo político del PCF.

El PCF, cuyo prestigio culmina con la Liberación, declina electoralmente y organizativamente hasta el inicio de la década de 1970. Entre 1972 y 1977 experimentará una gran oleada de adhesiones debido a la política de unión con el PS, el “Programa Común”, que suscitó una gran esperanza. Esta política de unidad también conduce a la conquista de muchas alcaldías, con un PS que aumenta su influencia electoral. El punto culminante son los suburbios rojos (“banlieues rouges”) en la perfieria de París, con más de la mitad de las alcaldías en manos de los comunistas.

Esto tiene implicaciones en la evolución de la composición del PCF. Durante este período, hay un crecimiento cuantitativo, pero también cualitativo: crecen los empleados en las tecnologías de la información y las comunicaciones, técnicos, ingenieros, cuadros técnicos y profesores. En París, una cuarta parte de los militantes del PCF ejerce la docencia. Estas nuevas capas formarán parte de los puestos de dirección intermedios y crecen en la dirección del PCF, reemplazando a los dirigentes de origen obrero.

La conquista de una gran cantidad de alcaldías lleva a muchos cuadros comunistas al aparato municipalista. Con el declive de la organización, los recursos financieros dependen cada vez más de estos cargos electos, que van ganando peso en la organización tanto en cantidad como en influencia política.