Los símbolos fascistas no tienen lugar en la sociedad

Dos turistas chinos han sido detenidos recientemente en Berlín por hacer el saludo nazi mientras posaban para dos fotógrafos frente al “Reichstag”, el Parlamento de Alemania, el pasado sábado 12 de agosto. Tres días después, el Museo contra la Agresión Japonesa en el Almacén Sihang de Shanghai realizó un comunicado criticando a cuatro jóvenes chinos por vestir uniformes del Ejército Imperial Japonés y posar para fotos en el almacén, defendido exitosamente por fuerzas chinas contra los invasores japoneses a finales de 1937, y calificando su acto como “blasfemia imprudente”.

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Los jóvenes son ciudadanos de un país en el cual más de 35 millones de personas murieron o fueron heridas en la Segunda Guerra Mundial y está, de forma inadvertida, reabriendo viejas heridas.

El mundo se ha enfrentado a brutales y radicales cambios desde aquellos días de horror sin fin. Y casi todo ha cambiado, desde el interior de los hogares hasta los exteriores de los edificios, desde nuestros medios de transporte hasta la manera en la que compramos. Quizás la única cosa que no ha cambiado sea que cada sociedad tiene sus tabúes – algunos religiosos, otros históricos. Y cada sociedad establece lo que supone la ruptura de esos tabúes.

En muchos casos, es a lo que nos oponemos, y no lo que apoyamos, lo que determina quiénes somos. Una postura o un conjunto de ropa pueden ser correctos en una sociedad pero tabú en otra cultura, porque los seres humanos, quienes, dependiendo de su Historia y de su cultura, tienen sus propios objetos de reverencia y su propio conjunto de tabúes.

Las agujas del reloj siguen moviéndose señalando el cambio del tiempo, pero las heridas de la Historia y de aquellos que causaron esas heridas nunca deberían ser olvidadas. Esa es la razón por la que las acciones de jóvenes y turistas no pueden ser atribuidas a su ignorancia sobre las leyes alemanas o su falta de entendemiento de la Historia reciente de su propio país, especialmente porque ocurren en lugares históricos.

Las acciones de esos jóvenes deberían traernos a la mente lo que ocurre en el Santuario de Yasukuni de Tokio, donde los “héroes de guerra” de Japón desde la Restauración Meiji – a finales del siglo XIX, incluidos 14 criminales de guerra de Clase A de la Segunda Guerra Mundial – son honrados. Los asistentes visten uniformes del Ejército Imperial Japonés y pueden ser vistos con facilidad por los alrededores del santuario como modo de prestar ofrenda a los “héroes de guerra” y a los “verdaderos patriotas” – es decir, señores de la guerra – de Japón.

Los alemanes, por otro lado, han prohibido todos los símbolos nazis y han declarado sus acciones como “ofensa criminal”. Han reconstruido su nación condenando las atrocidades cometidas por los nazis y han puesto en vigor estrictas leyes para castigar a la gente que use esos símbolos, sea cual sea la razón. Gracias a ello, la resurrección de Alemania dentro de la comunidad internacional se completó.

En contraste, Japón nunca ha iniciado siquiera un proceso de auto-introspección, pese a que sea conocido como la Tierra del Zen – que se centra en la meditación o “dhyana”, que en sánscrito simboliza una serie de estados cultivados de la mente que llevarían hacia un “estado de perfecta ecuanimidad y precaución”. Uno se imagina cómo pueden los japoneses alcanzar este estado “perfecto” sin la auto-introspección.

Sin condenar oficialmente a nadie por sus crímenes de guerra, Japón no se puede convertir en una nación normal. Y si Japón pretende ser una nación normal construyendo un Ejército, ello supondrá de nuevo una amenaza a la paz regional e internacional.

El saludo nazi realizado por los dos turistas chinos y la vestimenta del Ejército Imperial Japonés por parte de 4 jóvenes en Shanghai deben ser puestas en el vergonzoso vertedero de la Historia. Los crímenes contra la Humanidad cometidos por los nazis y las fuerzas japonesas deben seguir recordándonos que nunca debemos bajar la guardia contra el fascismo y sus símbolos.

Si el desarrollo pacífico de las últimas décadas debilita nuestra memoria acerca de los horrores del fascismo y las guerras, posiblemente acabaremos abriendo viejas heridas o infligiendo nuevas heridas en el siglo XXI.

Por Zhai Haijun

Periodista de “China Daily”

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Es hora de que los japoneses asuman la verdad histórica

Por Zhao Luoxi

foreign201704111508000293277068086Aunque el escritor japonés Haruki Murakami menciona brevemente la Masacre de Nanjing en las más de mil páginas que tiene su última novela “Matar al Comendador”, el libro y su autor han sido blanco de la ira de las fuerzas derechistas japonesas. De hecho, los principales portales noticiosos de Japón están llenos de críticas contra la novela del afamado literato.

Esta no es la primera vez que una novela de Murakami ha sido criticada por los derechistas japoneses. Aparte de las reflexiones existentes en algunas de sus obras anteriores sobre los crímenes cometidos por Japón durante las agresiones de guerra, Murakami ha repetido – en varias ocasiones, e incluso durante el 70º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial – la importancia de abordar la verdad histórica y sugirió que Japón continuara disculpándose por sus crímenes de guerra hasta que China y Corea se dieran por satisfechas. Por su parte, el cineasta y animador japonés Hayao Miyazaki también ha transmitido una filosofía antibelicista en sus obras, siendo criticado por la derecha japonesa. Incluso Kenzaburo Oe, ganador del Premio Nobel de Literatura, ha sido calificado como “traidor” por su postura contra la guerra y contra la enmienda a la Constitución japonesa.

La sociedad japonesa nunca ha carecido de voces progresistas y justas. Sin embargo, la cacofonía creada por las fuerzas derecistas ha sido ensordecedora. Lo que preocupa es que hay cada vez más ciudadanos japoneses que sucumben a la propaganda derechista que distorsiona los hechos históricos.

Lo que Shinzo Abe busca es blanquear la historia del Japón agresor y atroz. Asegura que no ha leído el texto completo de la Declaración de Potsdam, pretendiendo ignorar la declaración fundamental que conformó el orden mundial de la posguerra. El año pasado buscó la reconciliación unilateral con los EEUU al visitar Pearl Harbor – que Japón atacó en 1941 – tras invitar al entonces presidente estadounidense Barack Obama a visitar Hiroshima, mientras Abe se hacía el sordo ante las críticas de sus vecinos contra su revisión manipuladora de la Historia de Japón.

Muchos factores sociales han llevado a la sociedad japonesa a inclinarse hacia el conservadurismo. Las personas nacidas después de la Segunda Guerra Mundial representan el grueso de la población del Japón actual, y mientras el recuerdo de las agresiones perpetradas se desvanece, los japoneses parecen indiferentes ante la nefasta Historia bélica de su país.

Después de que Abe lograse la reelección como Primer Ministro de Japón, la enseñanza de la verdad histórica en las escuelas y universidades japonesas se ha convertido en la excepción que confirma la regla. Lo que hoy se les enseña a los estudiantes japoneses son los atentados con bomba atómica contra Hiroshima y Nagasaki para demostrar que Japón fue una “víctima” de la Segunda Guerra Mundial. Jamás se asumen como iniciadores de esa guerra ni como violentos invasores, autores de atrocidades contra sus países vecinos.

En cuanto a la Masacre de Nanjing y a la cuestión de las mujeres jóvenes y niñas obligadas a servir como esclavas sexuales al Ejército Imperial Japonés – antes de y durante la Segunda Guerra Mundial – la derecha japonesa asegura que esos crímenes de guerra son “puras invenciones”.

Japón debe asumir la verdad histórica porque mientras no resuelva dicha problemática es imposible la reconciliación con sus vecinos.

Apreciamos que algunos japoneses, como los intelectuales y artistas Oe, Murakami o Miyazaki, hayan tenido la valentía de aceptar la verdad histórica y oponerse al olvidadizo discurso de la derecha japonesa.

Japón es ahora un país desarrollado y se ve a sí mismo como una nación democrática y pluralista. Pero si sus políticos continúan negando la Historia o el criterio de sus intelectuales, el pluralismo y la democracia nipones serán frágiles autoengaños.

Esperamos que los políticos japoneses escuchen las voces nacionales que predican la verdad histórica y actúan como imprescindibles guardianes de la conciencia social japonesa.

(Zhao Luoxi es investigador de política exterior de la Universidad de Relaciones Exteriores de China)