Días de agosto: Blas Infante, Moncho Reboiras

En estos días de agosto tórrido, de verano, son muchas las fechas que tenemos las y los internacionalistas en esa agenda que no acaba nunca, que debe revisarse, releerse y sobre todo, no olvidar, mucho menos olvidar a quienes allí aparecen.

Sobresalen entre esos nombres dos militantes soberanistas, independentistas, revolucionarios que fueron asesinados por el franquismo y el fascismo español. Uno cuando apenas empezaba este franquismo al que nos referimos, otro cuando agonizaba pero preparaba ya esa transición-trampa que nos regaló – por de pronto – 40 años más de franquismo.

blasinfante
Blas Infante (1885-1936)

El llamado “alzamiento nacional” fue especialmente cruel en Andalucía. Fueron miles los jornaleros y jornaleras que fueron asesinados. Junto a ellos, trabajadores de diferentes sectores, referentes de la cultura nacional andaluza (cómo olvidar a Federico García Lorca, aún en una cuneta olvidada de Granada) y hasta población civil en desbandada que, ante los crímenes ya conocidos del fascismo-falangismo, fue ametrallada y asesinada por miles en la carretera de Málaga-Almería.

Pero si hemos destacado a Blas Infante es porque era la esperanza de la resurrección de la Andalucía auténtica, la de los pueblos blancos, la del cante jondo, la que no olvidaba su pasado glorioso antes de la invasión de 1492…

Blas Infante, situándolo en su época, hablaba claramente de los dos ejes en los cuales se apoya la verdadera libertad de los pueblos: la soberanía, el derecho a la independencia y un régimen social alejado del capitalismo. Aunque no era exactamente comunista, hay que saber reconocerlo en los años que le tocó vivir y era más partidario de un socialismo libertario.

Una persona similar en bastantes aspectos a James Connolly, el auténtico héroe y referente de la Irlanda de esa época, si bien había otros aspectos que les diferenciaban. Era un peligro para España, así lo aseguraron sus verdugos y así era efectivamente, un peligro para esa España monárquica, aniquiladora de pueblos, corrupta y capitalista que venimos padeciendo desde hace ya más de 80 años… Por eso fue fusilado.

Causa vergüenza cómo su asesino intelectual, esa víbora llamada Gonzalo Queipo de Llano, aún ocupe un lugar de honor en la Historia oficial de esta España a la que nos referimos. Por eso la obligación de las internacionalistas es recordarlo y seguir insistiendo en esa Andalucía que sigue sin ser doblegada, la Andalucía trabajadora, militante y revolucionaria… Y no la que nos venden desde los medios de comunicación del sistema.

m_monchoreboiras
Moncho Reboiras (1950-1975)

Moncho Reboiras es el otro mártir al que nos referíamos. Moncho era comunista, antifascista, antifranquista, combativo, y militante de la Unión do Povo Galego (UPG), que en aquellos años era la referencia revolucionaria del Pueblo Trabajador Galego.

Fue objetivo prioritario de la Policía franquista, que conocía su abnegación y constancia en la militancia, así como su referencialidad. No pararon hasta dar con él.

Fue en Ferrol, “patria chica” de Franco, pero también pueblo proletario trabajador gallego, que en aquellos años duros de movilización y represión era una de las referencias de esa Galiza combativa a la que nos referimos.

Lo mataron sin contemplaciones. Tenían claro que su destino no iba a ser la cárcel, sino el cementerio. Para la Historia ha dejado unas palabras vibrantes: “Qué importa que nos maten si dejamos la semilla de la victoria”.

Lejos está Galiza de su liberación nacional y social. También Andalucía. También en Euskal Herria tenemos lejos nuestra revolución pendiente. Qué importa si los que estamos vivos y vivas en estos años de oscuridad no vemos esas revoluciones de liberación nacional, feministas y socialistas… La Historia nos ha reservado otra tarea: dejar las semillas de la victoria.

Ahí radica la tremenda importancia de lo que comentábamos al principio. Es importantísimo que esa llama no se apague. Que esas semillas de las que hablaba Moncho las recoja otra generación y puedan culminar esa revolución pendiente.

No siempre es la mejor época para luchar por el socialismo, pero siempre hay que hacerlo, decía Lenin.

Esa es la tarea. No se trata de nuestros egos ni peleas cainitas entre organizaciones. Ser comunista es algo mucho más grande. Se trata de nuestros pueblos y su futuro socialista.

Por Andoni Baserrigorri

Anuncios

Shangay Lily: una vida dedicada a dignificar a las minorías

Por Alfon Fernández Ortega

shangay-lily-y-alfon
El preso político Alfon Fernández Ortega junto al “artivista” malagueño Shangay Lily (fallecido en 2016)

Puede sonar extraño, pero para cualquiera que haya pasado una temporada en prisión es fácil de comprender; lo que hace aquí más perceptible el paso del tiempo es el clima y los fenómenos meteorológicos en general. Determina los detalles y la cotidianidad del día a día, desde el tiempo que tienes que calcular que tardará en secarse la ropa que hayas tendido hasta el lado del patio por el que pasear, teniendo en cuenta el lugar del sol y donde está la sombra. Los ejemplo que demuestran lo fundamental de la cuestión son muchos, pero basta recordar que aquí lo único que cambia en el espacio que habitas es la posición del sol, las horas de luz y la temperatura. El resto es uniformidad y artificio sensorial.

Paralelamente sucede que, ante la falta de estímulos, la mente recurre a un goteo constante de recuerdos de forma automática, y el clima también juega su papel. Mientras escribo esto, el mes de abril brota con sus cambios de temperatura, y aprovechando los días de calor la gente empieza a pasar más tiempo en el patio, a calzarse las chanclas o a broncear sus torsos al sol. Justo como hace un año. Entonces el tiempo parece materializarse en una bofetada, en un susurro que te recuerda que, joder, otro año más en esta casa. Y la mente recuerda, recuerda y recuerda sin parar. Recuerda los mismos gestos y comportamientos, como un ritual que saluda la llegada del sol, donde los pobres de este rincón del planeta se destapan ante él y dejan de añorarle. Son las mismas imágenes de hace justo un año, sólo han cambiado algunas caras. Y piensas que fue un día no muy distinto a los presentes, el día que llamaste a casas y te dieron la noticia: Shangay había muerto el día anterior. Desde entonces siempre ha estado presente, pero es ahora, cuando al año lo que te rodea es tan asquerosamente parecido a aquel penoso día, cuando su recuerdo se hace más intenso.

Es sin duda un recuerdo áspero, duro, molesto en el alma. Pero a pesar de ello, no me gusta rehuirlo. Me lleva al final de una historia que apareció y se cruzó en la mía y, como con todo lo que le rodeaba, dotarla de su valiente y decidida ternura. Pero no sólo fue eso, hubo mucho más. ¿Fiarme yo, un chaval del bloque y del parque, de universos en soportales y veranos madrileños en camisetas de tirantes, de uno de esos “chupatintas”?

Entonces le conozco, y veo con total nitidez su sinceridad y honestidad cuando se interesa por lo que tengo que contarle. En ese momento él no me veía sólo a mí, él buscaba respuestas para dar a conocer una realidad de millones, para dar voz a la juventud obrera que ni se resigna ni se avergüenza. Y es que de esto sabía mucho, pues tras toda una vida dedicada a dignificar a las minorías y defenderlas de los abusos le dotaba de una capacidad única para saber interpretar y transmitir las palabras de “los nadie”, de “los sin nada”. Para él no se trataba de posicionarse, de hecho, su existencia era una posición, y en esa posición descansaba su significante. Hablar de Shangay es hablar de lucha multidisciplinar, de combate ético contra lo establecido y de enseñanza y aprendizaje constante entre testimonios y experiencias.

En mi caso, me enseñó a no prejuzgar, a confiar en nuestra capacidad como generación, a ver más allá de los guetos cuando se concierta la pelea.

Dulce y cálido con su gente, implacable y feroz ante la injusticia de la desigualdad, Shangay hacía del mundo un lugar más acogedor y, sin duda, mejor del que quedó cuando nos dejó.

Que las palabras del “artivista” resuenen en nuestras conciencias, que tu legado sea palpable.

Prisión de Navalcarnero, abril de 2017