Los enfermos no son luchadores

Por Raúl Solís

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Pablo Ráez, el joven marbellí que murió recientemente víctima de la leucemia.

Se está poniendo últimamente de moda convertir a los enfermos en gladiadores. En una especie de atletas olímpicos a los cuales se les exige que luchen para curarse. Esta moda, que es ideología neoliberal pura y dura llevada al mundo de la salud, traslada la filosofía de baratillo de Paulo Coelho a la enfermedad. Se ve que el mundo emprendedor ya no da para más con esta filosofía, que se pasa la vida dividiendo a la sociedad entre ganadores y perdedores. Pablo Ráez no era un luchador porque era un paciente, una víctima arbitraria de algo tan injusto como sufrir leucemia.

Convirtiéndolo en un luchador se está depositando en él toda la responsabilidad para curarse, ocultando que para curarse de una enfermedad nada es más influyente que la inversión pública que se haga en investigación médica y en la calidad del sistema público de salud. Si no fuera suficiente la perversión, cuando la persona fallece porque no se ha curado, que en el lenguaje neoliberal es que no ha luchado lo suficiente, el responsable de perder la batalla es el propio enfermo. De una perversidad monstruosa.

Una enfermedad como la leucemia es arbitraria, nadie la ha elegido, es desgraciadamente azarosa. Por tanto, nadie elige tener que luchar contra la leucemia o cualquier otra enfermedad del ramo. Los enfermos son pacientes, víctimas que sufren y el éxito de su curación depende de un diagnóstico a tiempo, de un buen tratamiento, de que se gaste dinero público en investigación y de que sean atendidos por un buen equipo médico.

Igual que este sistema, obsesionado con convertirlo todo en fracasos o éxitos individuales, ha convertido a los emprendedores en una especie de héroes que luchan por salir del paro en soledad sin decir que lo más importante para que un emprendedor tenga éxito es el dinero de partida que le preste su familia para empezar, se lanza ahora a aislar también la enfermedad y a convencernos de que luchar es suficiente para curarse. Da igual que vivas en Senegal que en Suecia, que lo hagas en una chabola o en un chalet de La Moraleja, que tengas acceso a un sistema de salud público y de calidad o que te pidan la tarjeta de crédito al entrar en el hospital.

Nadie sale a flote de ninguna cuestión importante de la vida luchando en soledad ni aplicando un libro de citas célebres de Paulo Coelho. Nadie sale airoso de un cáncer luchando como si fuera un atleta olímpico. Nadie se convierte en un empresario de éxito sólo teniendo una buena idea de negocio. Nadie consigue sus objetivos sólo soñándolos. Nadie abandona la exclusión social sólo riéndole a la vida. Nadie arregla su relación de pareja mirando de otra forma a su pareja. Nada, absolutamente nada, se soluciona con una frase de azucarillo.

Ya está bien de convertir cualquier faceta de nuestra vida en un hecho individual del que sólo dependemos de nosotros mismos. Nadie se hace a sí mismo, que es la frase preferida de la insolidaridad, el individualismo y la falta de empatía. Nos hacemos unos a otros, en la salud y en la enfermedad. En lugar de exigirle a las personas enfermas que luchen, sería más útil que lucháramos nosotros por ellos y por nosotros, por todos, y que, por lo menos, dejáramos de votar opciones políticas que recortan de manera homicida en investigación científica y en el sistema público de salud.