Bandung: el despertar de los pueblos coloniales y la corrupción de las élites africanas

El año 1955 marcó un hito en la Historia de la Humanidad a raíz de una reunión de políticos de la época en la ciudad de Bandung (Indonesia), muy cerca de la capital, la ciudad de Yakarta.

En esa ciudad se dieron cita U Thant, Primer Ministro de Birmania (la actual Myanmar); Jawaharlal Nehru, Primer Ministro de India; el coronel Gamal Abdel Nasser, Presidente de Egipto; y el anfitrión, que era Ahmed Sukarno, Presidente de Indonesia. De esa reunión nació el Movimiento de Países No Alineados, que alcanzaría en años sucesivos una enorme importancia, ya que introducía un elemento de estabilidad entre los dos bloques en que se había dividido el mundo luego de la Segunda Guerra Mundial.

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El revolucionario cubano-argentino Ernesto “Che” Guevara y el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser se reúnen durante la Conferencia de Bandung, en Indonesia (1955)

Luego de esa guerra surgió el bloque socialista con la URSS a la cabeza; y el bloque imperialista liderado por los EEUU y sus aliados de la OTAN. Ciertamente que el grupo de no alineados no era homogéneo, ya que en él cohabitaban países claramente capitalistas como era Indonesia o Egipto con otros como Yugoslavia, que era socialista. La sola formación del nuevo bloque significó un gran impulso para el proceso de descolonización que había comenzado en Asia y África, y que culminó con la descolonización de las antiguas colonias portuguesas de África a raíz de la Revolución de los Claveles en Portugal en 1974, con la Revolución Argelina, y finalmente con la caída del régimen del Apartheid en Sudáfrica y Namibia. De esa manera se completaba el cuadro de la descolonización africana al menos de manera formal.

Los países colonizadores del continente negro eran el Reino Unido, Bélgica, Francia, Portugal, España, Alemania e Italia. Estos dos últimos perdieron sus colonias por la derrota que sufrieron en las dos guerras mundiales. Alemania perdió Togo y Namibia, que pasaron a ser un fideicomiso del Imperio Británico tras la Primera Guerra Mundial; e Italia, al ser derrotada en la Segunda Guerra Mundial, perdió Libia, Eritrea, Etiopía y Somalia.

Las colonias francesas declararon su independencia luego de una sangrienta guerra de liberación encabezada por el Frente de Liberación Nacional de Argelia, que llegó a un acuerdo con el gobierno del general Charles de Gaulle en Francia firmando los Acuerdos de Evian, rubricados por Ferhat Abbas en representación del FLN argelino y por el ministro Edgard Fauré por el Gobierno francés.

El gobierno de Charles de Gaulle se aseguraba en ese acuerdo de paz el manejo del petróleo y el gas de Argelia, que serían administrados por la multinacional francesa Total Fina durante 50 años, pasados los cuales lo haría al 50% con el Gobierno argelino.

Portugal, dado el carácter de izquierda de la Revolución de los Claveles, simplemente firmó acuerdos de reconocimiento de la soberanía de sus antiguas colonias de Mozambique, Angola y Guinea-Bissau, y el gobierno racista blanco de Sudáfrica entregó el poder político formalmente a Nelson Mandela – que acordó con el presidente blanco Frederik De Klerk que las minas de oro y diamantes de Sudáfrica seguirían administradas por las mismas empresas que los “afrikaner” habían creado al efecto.

Hasta aquí el relato del largo periplo que llevó a la independencia a las más importantes colonias africanas. Pero, ¿qué pasó con las élites africanas que encabezaron los primeros gobiernos nativos?

En Argelia su primer presidente fue Ahmed ben Bella, que marcó un rumbo socialista a su gobierno, llevando adelante una importante reforma agraria que transformaría el país, al menos en los ámbitos rurales. Sin embargo, no se dio un impulso a la industria, que se limitaba a algunas actividades de servicios y producciones artesanales.

En Angola hubo una sangrienta guerra civil que duró muchos años gracias a la nefasta intervención indirecta de los EEUU, que apoyaron a una guerrilla contraria al Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA) de Agostinho Neto – que fue el primer Presidente de la República Popular de Angola – que debió destinar cuantiosos recursos a la guerra contra el grupo de Jonas Savimbi, apoyado por los EEUU, hasta que finalmente fue derrotado y Savimbi caído en combate.

En Mozambique el FRELIMO estuvo liderado por Samora Machel, de formación marxista-leninista, y que tomó medidas para desarrollar la industria pesquera, la hidroelectricidad y el turismo. Pese a la muerte de este dirigente, no abandonó su carácter socialista, y actualmente viene aplicando una política de defensa del patrimonio nacional, y ha construido una gran presa que provee al propio país de electricidad y le permite vender energía eléctrica a países limítrofes. Se nacionalizó la industria pesquera.

Pero todo esto se fue apagando, empezando por un golpe de Estado en Argelia que acabó con Ben Bella y puso en su lugar al coronel Houari Boumedienne, que aunque formalmente siguió la política de Ben Bella, lo encarceló durante 11 años y abrió la puerta a la burocratización del nuevo Estado y a la corrupción de sus élites.

Otro tanto pasó en Angola. A la muerte de Agostinho Neto, que fue sucedido por su vicepresidente José Eduardo dos Santos, éste desató la mayor corrupción de África, donde los ministros de su gobierno cobraban “mordidas” del 30% y donde la hija de Dos Santos, Isabel dos Santos – que vive en Portugal – es la mujer más rica del país.

En Sudáfrica tenemos a Jacob Zuma – actual presidente – que está acusado de corrupción y está siendo investigado por el Parlamento sudafricano, siendo posible que no acabe su mandato.

¿Qué ha pasado? Creo sinceramente que los movimientos de liberación africanos han estado encabezados por una clase intelectual que se benefició del hecho de que las metrópolis formasen una clase dirigente que les ayudara a administrar la colonia, y sobre todo de que en estos países no existiera una clase obrera potente, con la única salvedad de Sudáfrica. Al no existir esa clase obrera que es, por cierto, la que nada tiene que perder porque nada tiene, ha sido fácil que el grupo que en un principio lideró la liberación se haya convertido en un grupo mesiánico que era obedecido con ciega confianza por las masas, y de allí a considerar que el nuevo Estado era de su propiedad hay solo un paso. Se ha convertido en una cleptocracia, que cada vez es más impopular, que sigue sumiendo en la miseria a sus pueblos, y que ya va siendo contestada por las masas que están viendo que solo llegarán a la verdadera independencia cuando derriben a los corruptos y a los corruptores.

Por Darío Herchhoren

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La democracia china pone a Occidente en la sombra

En momentos en que las crisis y el caos sacuden la democracia liberal de Occidente, puede ser instructivo examinar la democracia china y preguntarse cómo sale librado el sistema que pone los estándares actuales para el desarrollo y el progreso.

El XIX Congreso Nacional del Partido Comunista de China (PCCh) es una buena oportunidad para analizar la excepcional organización socialista desde las perspectivas histórica y global. Cada 5 años, los delegados del PCCh se reúnen para proyectar las estrategias tanto para el Partido como para el país en el siguiente lustro. Este año, el objetivo primordial es “Xiaokang”, la primera meta centenaria.

En los 3 años que vienen, es decir, a más tardar en 2020, el establecimiento de una sociedad moderadamente acomodada será la culminación de 100 años de trabajo por parte del PCCh. La segunda meta centenaria, la conmemoración del centenario de la fundación de la República Popular China en 2049, verá la realización del sueño chino de rejuvenecimiento nacional.

En agosto de 2017, el PCCh consultó con otros 8 partidos no comunistas de China y con personajes prominentes sin afiliación partidaria. Sus opiniones y recomendaciones fueron incluidas en un borrador de Informe al Congreso. Esta bien establecida práctica de consulta institucional es sólo una de las formas en que el PCCh garantiza la naturaleza democrática de la toma de decisiones.

Este sistema de cooperación y consulta entre múltiples partidos encabezado por el PCCh, un tipo totalmente nuevo de sistema político fundado en 1949, es muy diferente de los sistemas bipartidistas o multipartidistas de los países occidentales, y del sistema de partido único practicado en otros países.

A diferencia de la política occidental, competitiva y conflictiva, el PCCh y los partidos no comunistas cooperan entre sí, trabajando juntos para impulsar el socialismo y esforzándose por mejorar el nivel de vida del pueblo. Esa relación mantiene la estabilidad política y la armonía social, y además garantiza la eficiencia en la elaboración y la implementación de las políticas.

Siendo el partido dirigente, el PCCh recibe recomendaciones de otros partidos en cuanto a las principales política, planes, revisiones a la ley y otros asuntos, permitiendo a los miembros de otros partidos ostentar puestos oficiales.

La democracia consultiva institucionalizada es importante en China, cuyos sistemas políticos básicos también incluyen las Asambleas Populares y el autogobierno de base, como los Comités de Aldeas.

El sistema chino se dirige hacia la unidad social en vez de hacia las divisiones que vienen como una consecuencia inevitable de la naturaleza belicosa de la democracia occidental de hoy. Las incesantes difamaciones, disputas y reversiones de políticas que componen el sello distintivo de la democracia liberal han retrasado el progreso económico y social, pasando por alto los intereses de la mayoría de los ciudadanos.

La Constitución de la República Popular China declara que “el sistema de cooperación multipartidista y de consulta política bajo el liderazgo del Partido Comunista debe continuar existiendo y desarrollándose durante un largo tiempo que aún está por venir”.

En la política parlamentaria o presidencial, los partidos obtienen su legitimidad por turnos a través de elecciones, causando frecuentes cambios de régimen y, con frecuencia, giros de 180 grados en cuanto a las políticas. Con frecuencia, cualquier progreso logrado se pierde, y por eso reina la ineficiencia.

A sus 96 años, y con 89 millones de militantes, el Partido Comunista de China representa los intereses de la mayoría del pueblo y está dedicado a servir al pueblo, con el desarrollo centrado en el pueblo profundamente arraigado en la cultura del Partido. La diversidad del PCCh está claramente demostrada en la extensiva representación de los diferentes estamentos sociales entre los más de 2.200 delegados al XIX Congreso Nacional.

Puesto que en Occidente los partidos, cada vez más, representan a determinados grupos de interés y estratos sociales, la naturaleza de la democracia capitalista se hace más oligárquica. Las fracturas ya se empiezan a notar, con muchos resultados excéntricos o imprevistos en los últimos plebiscitos. Bajo el liderazgo de un PCCh sobrio y progresista, la democracia de estilo chino nunca ha sido más saludable, y China no tiene en absoluto la necesidad de importar los fallidos sistemas políticos de partidos de otros países.

Tras cientos de años, el modelo occidental ya está mostrando su edad. Es hora de una reflexión profunda sobre los males de una democracia tambaleante que ha precipitado tantas de las enfermedades que padece el mundo y ha resuelto tan pocas. Si la democracia occidental no quiere derrumbarse por completo, debe ser revitalizada, revaluada y reiniciada.

El PCCh ha llevado a la nación china a un crecimiento sin precedentes y a logros asombrosos, particularmente en la reducción de la pobreza. Podría ser descrito justamente como un milagro transformacional que ha traído una prosperidad y un optimismo que eran inimaginables hace apenas 40 años.

Después de 5 años de reforma intensiva, de una lucha anticorrupción sin precedentes y de una maduración del Estado de derecho, un Partido Comunista de China confiado en sí mismo y manteniéndose fiel a sus principios básicos se antoja adecuado para mantener al país en el curso correcto “durante un largo tiempo que aún está por venir”.

FUENTE: Xinhua” en español

¿Es China un país socialista? (tercera parte)

Mientras que en todo país capitalista el Ejército ha sido y es un instrumento para asegurar en última instancia los privilegios de una minoría explotadora, en China el Ejército está bajo control directo del Partido Comunista de China por medio de la Comisión Militar Central (CMC), y por lo tanto es garante del orden socialista. Ningún alto mando militar puede librarse de la disciplina del PCCh ni de la aplicación de la justicia, como demuestran los casos de los ex-vicepresidentes de la CMC Xu Caihou y Guo Boxiong, expulsados del Partido en 2014 y julio de 2015 respectivamente por sendos delitos de corrupción.

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En China, el suelo es propiedad del Estado, lo cual impide la gran concentración terrateniente, que es una característica fundamental de los países capitalistas. Según el economista marxista Samir Amin, “esta especifidad china nos impide caracterizar la China contemporánea como capitalista, porque el camino capitalista se basa en la transformación de la tierra en una mercancía”. Para finalizar, citaremos al gran economista marxista francés Tony Andreani, que identifica los siguientes pilares que sustentan el socialismo en China, definidos por él como “considerablemente ajenos al capitalismo”.

  1. El mantenimiento de un potente sector público, que juega un papel estratégico en la economía, y en el cual existe una – limitada, pero real – participación de los trabajadores en las unidades de gestión, a través de consejos de vigilancia y consejos obreros.
  2. Una potente planificación, que aunque sea de naturaleza indicativa (y no imperativa como en otras experiencias socialistas), resulta ser impresionantemente precisa año tras año.
  3. Una forma de democracia política que hace posibles unas decisiones colectivas, haciendo que la planificación sea el espacio en el cual la nación china elige un destino colectivo.
  4. Unos servicios públicos que condicionan la ciudadanía política, social y económica, que están totalmente o en su inmensa mayoría en manos del Estado, y que como tal están fuera de la lógica del mercado – aunque aún son muy limitados en comparación con los de algunos países capitalistas desarrollados.
  5. Una orientación económica neokeynesiana consistente en aumentar las rentas del trabajo y la promoción de una justicia social en una perspectiva igualitaria.
  6. La protección de la naturaleza, considerada como indisociable del progreso social y como uno de los objetivos centrales del desarrollo económico.
  7. La relaciones económicas con otros Estados, que descansan sobre el principio de ganar-ganar, la búsqueda de la paz y las relaciones equilibradas entre naciones y pueblos.
  8. La propiedad pública de la tierra y los recursos naturales.

En resumen, mientras que en los países de Europa las clase populares viven cada vez peor, en China las condiciones de vida de la población ha ido mejorando cada vez más desde la Reforma y Apertura, y ello en todos los indicadores sociales (salarios, esperanza de vida, mortalidad infantil, atención sanitaria, educación, seguridad social, acceso a la cultura, etc.). Esta diferencia entre el capitalismo neoliberal y el “socialismo de mercado” en China ha sido resumida brillantemente por el filósofo marxista italiano Domenico Losurdo. Hablando de las innegables desigualdades sociales existentes en China, Losurdo dice:

“Eso no hace lícito confundir el ‘socialismo de mercado’ con el capitalismo. Como ilustración de la diferencia radical que subsiste entre los dos, podemos intentar recurrir a una metáfora. En China estamos en la presencia de dos trenes que se separan de la estación llamada ‘Subdesarrollo’. Si uno de esos trenes es muy rápido, el otro es de velocidad más reducida; por causa de eso, la distancia entre los dos aumenta progresivamente, pero no podemos olvidar que los dos avanzan en la misma dirección; es también necesario recordar que no faltan los esfuerzos para acelerar la velocidad del tren, relativamente menos rápido y que, de cualquier modo, dado el proceso de urbanización, los pasajeros del tren más rápido son cada vez más numerosos. En el ámbito del capitalismo, por el contrario, los dos trenes en cuestión avanzan en direcciones opuestas. La última crisis destaca un proceso en acción desde hace varias décadas: el aumento de la miseria de las masas populares y el desmantelamiento del Estado social se encuentran a la par que la concentración de la riqueza en manos de una restringida oligarquía parasitaria.”

¿Es China un país socialista? (segunda parte)

A consecuencia de lo anteriormente dicho, en China hay un Estado con un carácter de clase obrero. Por ello, defiende los intereses generales de la clase obrera y del conjunto del pueblo, pese a todas las contradicciones que atraviesan a China.

Algunos alegarán que los capitalistas se han enriquecido en China. Pero es un hecho innegable que desde la Reforma y Apertura en 1979, la política del Gobierno chino se ha caracterizado por elevar constantemente el nivel de vida de la población. En la segunda entrega del análisis sobre el artículo de Vagenas, ya había ofrecido una serie de datos que lo demostraban sobradamente. Ahora dispongo de otros datos publicados recientemente que indican que entre 1990 y 2000, la renta per cápita en China se quintuplicó, pasando de 200 dólares a 1.000 dólares, y entre 2000 y 2010 volvió a crecer al mismo ritmo pasando de 1.000 a 5.000 dólares. Este progreso impresionante no ocurre en cualquier país.

Ahora, con la reciente aprobación del XIII Plan Quinquenal, el Gobierno chino se plantea reducir las desigualdades sociales mejorando la distribución de ingresos y aumentando “significativamente” los ingresos de la población con rentas bajas y medias.

El PCCh, que en sus estatutos se presenta como “destacamento de vanguardia de la clase obrera y, a la vez, del pueblo y la nación”, ejerce un papel dirigente en los rumbos de China, apoyándose en otros partidos patrióticos y en expertos o personalidades no comunistas, en el marco de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino. Se acepta e incluso se promueve la existencia de capitalistas, a condición de que contribuyan al desarrollo y al fortalecimiento del país, pero no están autorizados los partidos políticos en los que los capitalistas puedan organizarse como clase en sí.

El PCCh apoya en no pocas ocasiones las movilizaciones de la clase obrera en China y la actividad de los sindicalistas afiliados a la Federación Nacional de Sindicatos de China. Nótese por ejemplo que gracias al trabajo del PCCh, China es desde 2006 el único país del mundo donde la multinacional Wal-Mart ha tenido que aceptar secciones sindicales. Las asambleas de representantes de empleados y trabajadores son apoyadas por el PCCh, que fomenta la creación de comités del Partido en el sector no estatal – aunque los avances son costosos en este terreno – y formas de democracia obrera, aunque sea limitada, en las empresas estatales. También se han dado casos significativos en los que las fuerzas del orden han rechazado intervenir contra las luchas obreras.

Que el partido que defiende este tipo de políticas sea el partido gobernante en China tampoco es un detalle sin importancia. Probablemente, muchos se sorprenderán al leer declaraciones del Partido Comunista de China acerca de “apoyarse de todo corazón en la clase obrera para completar el sistema de administración democrática con la asamblea de representantes de los trabajadores como forma básica”.

El PCCh declara que su misión es servir al pueblo, y la prueba de que lo está haciendo es que goza de un notable apoyo popular. Según un estudio realizado por el “Pew Research Center” en 2012, el 83% de la población china se declaraba satisfecha con la situación económica del país – en los países de la UE sólo era del 16%. No está nada mal para un país donde “reina la miseria y la explotación que experimentan cientos de millones de trabajadores”, como dice Vagenas.

En China, los sectores estratégicos que controlan los aspectos esenciales de la vida económica están en manos del Estado: sector financiero, energía, metales ferrosos y no ferrosos, minas, sector de la construcción, petroquímica, telecomunicaciones, construcción naval, construcción aeronáutica, sector del automóvil, transporte, alimentación, distribución, producción farmacéutica, Defensa, etc.

El artículo 7 de la Constitución de la República Popular China dice que “el sector estatal de la economía, es decir, el sector económico de propiedad socialista de todo el pueblo, es la fuerza rectora de la economía nacional. El Estado asegura la consolidación y el desarrollo del sector estatal de la economía”.

No es fácil disponer de datos exactos en la actualidad, pero está claro que las empresas estatales siguen siendo las más rentables y las que más peso tienen en el PIB. Según datos de 2005, de las 500 mayores corporaciones en China, el 85% eran de propiedad estatal. De estas 500 empresas, las 10 más grandes eran de propiedad estatal y acumulaban el 47% del total de las ganancias. Desde 2005 esta situación no ha variado sustancialmente: de las 98 empresas chinas que figuraron en 2015 en la lista “Global 500” elaborada por la revista “Fortune” – que elabora cada año la lista de las 500 mayores empresas del mundo – 76 eran de propiedad estatal. Además, 4 de los 10 mayores bancos del mundo son bancos chinos de propiedad estatal.

Es igualmente muy difícil disponer de datos exactos sobre el porcentaje de propiedad pública en China, debido a la multiplicidad de formas de propiedad. Pero según el profesor Chen Zhiwu, de la Universidad de Yale, si sumamos la propiedad estatal, la propiedad colectiva y la propiedad mixta público-privada, en 2010 el Estado controlaba directa o indirectamente las tres cuartas partes de la riqueza de China.

¿Es China un país socialista? (primera parte)

ChinaEs necesario un debate amplio sobre esta cuestión. No se puede afirmar a la ligera y con los ojos cerrados que China es un país capitalista, basándose solamente en el hecho de que está recurriendo al capitalismo para desarrollarse. De hecho, el movimiento comunista debería abandonar la costumbre de anatemizar a determinados países socialistas que se apartan ligeramente de lo que se ha considerado y se considera la “auténtica” construcción del socialismo.

Por ejemplo, haría falta revisar el análisis del Movimiento Comunista Internacional sobre la Yugoslavia de Tito, acusada de “capitalista” (siendo precisamente la China de Mao uno de los actores más agresivos contra Yugoslavia) y ello independientemente de la valoración de cada uno de la figura de Tito. Es muy probable que el modelo yugoslavo de “autogestión” tuviera deficiencias y haya supuesto en algunos aspectos una ruptura con el marxismo-leninismo. Pero pasado el tiempo, después de la guerra civil en Yugoslavia y las agresiones de la OTAN, ¿deberíamos deducir que la Yugoslavia de Tito (y lo que quedó de ella) era un país “capitalista”? ¿Que no hubo nada salvable en aquella experiencia?

De la misma manera, no podemos considerar correcta la valoración del Partido Comunista de China (PCCh) sobre la URSS a partir de 1968. Este proceso de reflexión debería ser ampliado a China, Vietnam y Laos, acusados también de “capitalistas” (cuando no “imperialistas”). Este sano ejercicio ayudaría a determinar con acierto quiénes son los amigos y quiénes son los enemigos, en beneficio de la causa progresista, anti-imperialista y revolucionaria en el siglo XXI.

Considero que China sigue siendo un país socialista por los siguientes motivos:

En primer lugar, la República Popular China proclama que su objetivo es la construcción del socialismo y que es un Estado obrero. La Constitución de 1982 declara en su artículo primero que “la República Popular China es un Estado socialista de dictadura democrática popular, dirigido por la clase obrera y basado en la alianza obrero-campesina”.

Y después: “El sistema socialista es el sistema básico de la República Popular China. Está prohibido todo sabotaje por parte de cualquier organización o individuo contra el sistema socialista”.

Eso se debe, a su vez, a que el partido dirigente en China es un partido comunista. El preámbulo de los estatutos del PCCh establece que:

“El Partido Comunista de China, destacamento de vanguardia de la clase obrera y, a la vez, del pueblo y la nación en este país, y núcleo dirigente de la causa del socialismo con peculiaridades chinas, representa lo que se exige para el fomento de las fuerzas productivas más avanzadas de China, el rumbo por el que ha de marchar la cultura más avanzada del país, y los intereses fundamentales de los más amplios sectores de su pueblo. Tiene como ideal supremo y objetivo final la materialización del comunismo.”

A continuación, los estatutos del PCCh dicen que “se guía en su actuación por el marxismo-leninismo, el pensamiento de Mao Zedong, la teoría de Deng Xiaoping y el importante pensamiento de la Triple Representatividad”.

Estos detalles, que por supuesto no son suficientes, aun así son muy importantes y deben ser tenidos en cuenta si queremos determinar el carácter de clase de la República Popular China. Por puro sentido común, si los dirigentes chinos no quisieran perseguir el socialismo y el comunismo, no se molestarían en afirmar estas cosas.

Algunos dirán que los dirigentes chinos son burgueses y revisionistas que necesitan aparentar ser comunistas y emplear un lenguaje marxista para poder engañar al pueblo y proseguir con la “contrarrevolución”. Pero aún si fuera cierta esta teoría, las formas políticas e ideológicas que se vean obligados a adoptar los dirigentes chinos en el proceso de “contrarrevolución” no son un detalle sin importancia. El hecho de que la República Popular China siga declarando que es un país socialista y de que los dirigentes del PCCh sigan declarando su adhesión al marxismo-leninismo y que persiguen el objetivo del comunismo, indica precisamente que la correlación de fuerzas en China aún no permitiría a los supuestos revisionistas culminar el proceso “contrarrevolucionario”, y que por lo tanto China aún mantiene rasgos socialistas. Esto debería ser suficiente motivo para que todo comunista consecuente defienda con uñas y dientes lo que quede de socialismo en China, en lugar de echarla a las aguas del “mundo imperialista”.

Los defensores de la tesis de la “contrarrevolución” no deberían perder de vista que el revisionismo, que es producto de la influencia de la ideología pequeño-burguesa sobre el movimiento obrero, dejaría de ser revisionismo si no se produjera precisamente dentro de un medio obrero, en el cual la correlación de fuerzas existente no permite implantar una dominación abierta y total de la burguesía. Por esta misma razón, era completamente errónea la tesis del PCCh que afirmaba que la URSS se había vuelto “capitalista” y “social-imperialista”. Aún suponiendo que los dirigentes soviéticos que sucedieron a Stalin tuvieron la voluntad consciente de restaurar el capitalismo, tuvieron que hacerlo dentro de las estructuras de un Estado obrero. La verdadera contrarrevolución burguesa en la URSS no se produjo hasta 1989 y se extendió hasta 1991, y fue al final de aquel proceso cuando se pudo arriar la bandera roja con la hoz y el martillo en el Kremlin.

¿Para qué iba a tener la supuesta burguesía dirigente del PCCh un particular interés en seguir agitando la bandera roja en China? Nada nos permite afirmar que haya habido una contrarrevolución en China que haya supuesto un cambio esencial en el carácter de clase del Estado. Es cierto que en las últimas décadas ha habido puntos de inflexión en la línea del PCCh que para muchos representan una deriva preocupante. Pero la realidad es que el poder político no ha pasado a manos de la burguesía en el Estado ni en el Partido – o al menos no totalmente, si damos por buena la tesis de la “contrarrevolución”

Mientras que entre 1989 y 1991 el socialismo era destruido en Europa Oriental y en la URSS, el socialismo conseguía sobrevivir en China pese a los sucesos contrarrevolucionarios de la Plaza de Tiananmen en 1989, para mayor irritación del imperialismo. Esto es un hecho fundamental que hay que tener muy en cuenta en el debate sobre el carácter de clase de la República Popular China.

Por Alexandre García

Continúa en la segunda parte.

FUENTE: Manos Fuera de China

Llamamiento de Robert Mugabe a los ciudadanos de Zimbabwe

ZIMBABWE MUGABE
Robert Mugabe, presidente de Zimbabwe entre 1980 y 2017.

Mis compatriotas de Zimbabwe, escribo esta carta esperando que todos la leáis y la difundáis:

Mis días en este mundo están contados, pero sé que una vez que me haya ido, ni vosotros ni vuestros hijos me olvidarán jamás. Quiero que entendáis que la razón por la que he estado tanto tiempo en el poder, 36 años, ha sido porque quería empoderar a todos vosotros, los zimbabuenses negros. Ningún otro presidente en toda África ha hecho lo que yo he hecho por vosotros.

¿Sabéis que, en toda África, el único país en el que los negros son dueños de su propia tierra es Zimbabwe? Somos los únicos negros que poseen y administran los medios de producción. Poseemos nuestras empresas y nuestra tierra. Ese es el verdadero significado de la independencia. Independencia política y económica. He luchado contra viento y marea toda mi vida política para asegurar la consolidación de la independencia política y económica. No odio a la gente blanca, no, en absoluto. Lo que odio es que piensen que son mejores que nosotros, que piensen que pueden venir a nuestro país a llevarse nuestros recursos y quedarse nuestras tierras, a decirnos lo que tenemos que hacer. A todo eso, le digo: NO. Sin embargo, hoy estoy contento de que casi toda la tierra del país esté en manos negras, en manos zimbabuenses.

Está en vuestras manos usar la educación que os dí para desarrollar la tierra, para que sea productiva y os podáis alimentar. Una cosa de la que estoy orgulloso es que trabajé duro para asegurar que nuestros recursos naturales y nuestra tierra fuese entregada a sus legítimos propietarios: vosotros, el pueblo negro de Zimbabwe.

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Bandera nacional de Zimbabwe, adoptada en 1980.

Id a ver otros países de África. Aquí mismo, al otro lado del Limpopo, en Sudáfrica, Mandela vendió y entregó todas las tierras y la economía a los blancos. Los negros en Sudáfrica serán esclavos de los sudafricanos blancos para siempre mientras la tierra no esté en manos de sus legítimos dueños – los africanos. Así las cosas, el hombre negro continuará sufriendo en su propia tierra.

La auténtica riqueza está en vuestras manos, yo peleé para arrebatársela a los blancos que vinieron aquí para robárosla a vosotros. Sí, el mundo está furioso conmigo y ha castigado al país entero con sanciones, pero no me importa porque sé que hice lo correcto, estaba empoderando a mi pueblo. Debéis cuidar la tierra y las industrias que os he entregado.

Yo hice lo mío. La pelota está ahora en vuestro tejado. Haced lo vuestro. Me recordaréis y me daréis las gracias por lo que he hecho cuando me haya ido.

Vuestro presidente y líder, de África para los Africanos

Robert Gabriel Mugabe

Harare, 17 de noviembre de 2017

La fracción juvenil de Ástor García presenta unos estatutos falsos ante el Ministerio del Interior

375px-Logo_J-PCPEMuchas son las pruebas que a día de hoy nos llegan de la magnitud de la traición y las maniobras que tuvimos que sufrir por parte de los fraccionalistas hace meses. Por si todo lo dicho anteriormente no dejara claro el perfil de sus representantes, un nuevo hecho sacado a la luz refleja muy bien lo que son, porque como ya hicieran sus mayores fraccionarios, presentaron unos estatutos falsos ante el Ministerio del Interior, saltándose así cualquier criterio de soberanía de la militancia y riéndose una vez más de nosotros con vistas a quedar en una buena posición legal que les permitiera abordar la fracción con mejores garantías, en este caso robándonos el logo histórico de los CJC y apropiándose de sus siglas.

Unos estatutos son un conjunto de principios y normas para un Partido Comunista. Un marco de actuación elegido por la militancia en su Congreso cuyo contenido es inamovible en tanto la militancia no apruebe su modificación. La traición de la fracción a la militancia no se ha hallado sólo en la falta de escrúpulos o de principios a la hora de maniobrar para conseguir poder dentro del PCPE o los CJC, sino en la total complacencia con el Estado, su plena capacidad para integrarse al propio sistema y no suponer ninguna amenaza para el mismo.

Partiendo de la base de que son unos estatutos que nada o poco tienen que ver con los aprobados en el IX Congreso de los CJC, encontramos algunos rasgos significativos que pueden acercarnos a una valoración política de hacia dónde quieren redirigir algunos elementos ajenos al marxismo-leninismo a una organización con una trayectoria de lucha histórica en el Estado Español y que, a pesar de lo que muchas y muchos han pensado, nunca ha sido una anécdota en la lucha de clases. Así, hoy queda mucho más claro el por qué tras un año de la celebración del IX Congreso, la militancia de las bases aún no conocía los estatutos ni las tesis aprobadas.

En primer lugar, marcar el abierto carácter antidemocrático de la fracción al presentar unos estatutos que no han sido votados en ningún Congreso ni debatidos por parte de la militancia. Estos estatutos presentados son más propios de una sociedad mercantil que de una organización comunista, y tienen como objetivo presentarse ante el Estado como una organización mansa que no pone en peligro sus intereses de clase y, por tanto, ganar puntos para mantener las siglas.

Ya desde el inicio vemos cómo en la definición de los CJC dejan totalmente al margen los principios por los que se rige (“Los CJC se rigen por el centralismo democrático, usando el marxismo-leninismo; ciencia materialista y dialéctica, para analizar, conocer y transformar la realidad…”), la propuesta estratégica (“la dictadura del proletariado, base para la construcción del socialismo y el comunismo en España”) o su vinculación con el PCPE, partido por el que fueron creados y que dirige su estrategia política.

Por otro lado, se hace una exposición de las actividades, donde queda clara la intención de dejar a los CJC en un reducto de actividad estudiantil y sindical, dejando al margen el resto de frentes en los que la juventud de extracción obrera y popular se organiza para hacer frente a las distintas formas de explotación a las que no se somete el sistema capitalista, como pueden ser el feminista, el anti-imperialista o el ecologista.

Al tratar los distintos órganos, es chocante ver cómo una organización que se reclama “heredera de las mejores tradiciones de lucha comunista” cambia por “Asamblea General” y “Junta Directiva” los órganos políticos de los que se compone cualquier organización comunista como son el Comité o Consejo Central y el Secretariado. Como comentábamos al principio del artículo, es más propio de una empresa privada que de una organización revolucionaria.

Lo mismo podemos observar al sustituir la figura del o de la militante por la de mero “socio”, como si de una asociación de juegos de mesa estuviésemos hablando. La figura del y de la militante diferencia a una organización de otra. En los partidos de la socialdemocracia existe la figura del afiliado o afiliada, con una función prácticamente recaudativa, no son personas que construyan el Partido desde la base, debatan y estudien la línea política de su Partido, participen activamente en sus actividades o participen en los frentes de masas organizando a la clase trabajadora en la lucha por el poder obrero.

Todo esto deja muy claro su perfil y nos abre bien los ojos para, en el futuro, no cometer los mismos errores y convertirnos, de verdad, en la Juventud Comunista que el PCPE necesita y que la clase obrera y los estudiantes de este país mercen.

Comité Estatal de Dirección de la Juventud del PCPE (J-PCPE)