Chernobyl

No cabe duda de que las series se han convertido en el libro de los que no leen, que son legión y se han subido al machito. Ahora, en cualquier reunión social o cena de postín, se te sienta al lado un pelma que quiere dárselas de cultureta y se tira toda la velada dándote la tabarra con la serie que se ha embaulado bulímicamente durante el último fin de semana, que no duda en calificar como “la mejor de la Historia” (al menos hasta la semana que viene). Pues el consumidor bulímico de series es siempre un optimista tremendo; y a su condición gregaria suma un bajísimo nivel de exigencia. Por supuesto, si no has visto “la mejor serie de la Historia” de la última semana no molas nada de nada.

La nueva “mejor serie de la Historia” se titula “Chernobyl”: y se presenta con unas pretensiones naturalistas lindantes con lo que antaño se llamaba “docudrama”. Afirman los gurús que su recreación de la Unión Soviética de la década de 1980 es magistral; pero viéndola me ha parecido que más bien recrea la imagen tópica que sobre la Unión Soviética se ha consolidado en el imaginario occidental, de un feísmo y una pobretería acongojantes, con la añadidura de presentar a todos los personajes (tantos masculinos como femeninos) con una facha realmente horrenda; no como ocurre en el mundo capitalista y triunfante, donde todos somos guapísimos y vivimos como rajás. Resulta, por otro lado, muy llamativo que en ninguna de las críticas (siempre ditirámbicas) de la serie se haga mención de sus manipulaciones históricas burdas; prueba inequívoca de que las series se están convirtiendo en una poderosísima vía de infiltración ideológica. El gran villano de la serie es el “sistema soviético”. Pero lo cierto es que, cuando se produjo la catástrofe de Chernóbil, el sistema soviético estaba siendo desmantelado por ese lacayuelo sistémico llamado Gorbachov, tan agasajado en Occidente en pago por sus servicios. En la serie, Gorbachov aparece como un baldragas a merced de una burocracia política, impersonal y nebulosa, que funciona como una gran fábrica de mentiras (¡como si las burocracias del “mundo libre” actuasen de modo distinto!); pero se cuidan mucho de atribuirle ninguna responsabilidad personal. También resulta chistosa la división neta que la serie establece entre apparatchiks y científicos, presentando a estos últimos como adalides insobornables de la verdad, para exagerar la vileza de los primeros. Pero lo cierto es que los científicos con cargos de responsabilidad fueron siempre el meollo del cogollo del bollo del “sistema soviético”.

Todas estas bazofias palidecen, sin embargo, al lado de la endeble construcción de personajes que exhibe la serie. Personajes esquemáticos, sin progresión dramática ni matices psicológicos, meras carcasas o testaferros sin alma que los guionistas bosquejan con fines puramente utilitarios, para después arrojarlos en la cuneta, tan pronto como dejan de necesitarlos para sus manejos maniqueos. Personajes despersonalizados que no generan empatía con el espectador, cuyo heroísmo se nos presenta como un producto del miedo o del lavado de cerebro oficiado por el “sistema soviético”, nunca como una expresión de la abnegación y el sacrificio que han hecho indestructible el “alma rusa” frente a cualquier enemigo externo. Paradójicamente, estos guionistas sistémicos, incapaces de empatizar con sus personajes, nos brindan en cambio un capitulito grimoso con el que pretenden que el espectador lloriquee porque, para que no propagaran la contaminación atómica… ¡los desalmados soviéticos mataron sin piedad a todos los perritos y gatitos de Chernóbil! Pura alfalfa sistémica, que exige su cuota animalista.

En fin, que “Chernobyl” es la mejor serie de la Historia (al menos hasta la semana que viene).

Por Juan Manuel de Prada para “ABC”

Anuncios

Liu Shaoqi habría querido un acercamiento con la Unión Soviética

En 2015, leyendo la excelente biografía de Mao Zedong escrita por el periodista de la BBC Philip Short (Ed. Crítica, 1999) – nada sospechoso de “filosovietismo” – nos encontramos con el siguiente pasaje, que confirma lo que ya se sabía sobre Liu Shaoqi, Presidente de la República Popular China entre 1959 y 1968. A saber, que había querido retomar contactos con la Unión Soviética cuando ya había caído el grupo de Kruschev (y también antes), al igual que otros dirigentes como Zhou Enlai y Deng Xiaoping. Aquella fue una de las varias razones que sellaron el destino de Liu Shaoqi, mártir de la Revolución Cultural y comunista irreprochable, al igual que tantos otros grandes comunistas que fueron víctimas de la locura de un Mao ensoberbecido por el culto hacia su persona y que había perdido todo contacto con la realidad.

soong252c_liu_and_voroshilov
De izquierda a derecha: Liu Shaoqi, Presidente de la República Popular China (1959-1968); Kliment Voroshilov, Mariscal de la URSS y Presidente del Presidium del Soviet Supremo (1953-1960); Soong Ching Ling, viuda del prócer Sun Yat-sen y Vicepresidenta de la República Popular China (1959-1975)

Refiriéndose al “sistema de contrato por responsabilidad familiar” que ya se estaba experimentando en algunas zonas del campo chino, y que venía a negar la colectivización acelerada de la agricultura después del fracaso del “Gran Salto Adelante”, Short escribe que, en el año 1962:

“La labranza privada no era el único motivo de queja de Mao. Se sentía disgustado por la actitud conciliadora que Liu había adoptado ante EEUU y la Unión Soviética. Esta postura se había puesto de manifiesto en un artículo redactado por Wang Jiaxang, uno de los estudiantes retornados de la URSS que, a finales de la década de 1930, había ayudado a convencer a Stalin de la conveniencia del liderazgo de Mao, y que ahora encabezaba el Departamento de Enlaces Internacionales del Partido. En un período de aguda fatiga interna, había justificado Wang, China debía intentar en la medida de lo posible evitar complicaciones internacionales. Liu y Deng habían estado de acuerdo. La primavera mostró algunos signos de liberación en las tensiones con India y la URSS, y en junio se alcanzó un entendimiento con los estadounidenses para evitar nuevas fricciones sobre la cuestión de Taiwán. Para Mao, aquello apestaba a traición.”

424px-zhou_enlai_came_back_from_bandung_conference
Liu Shaoqi recibe a Zhou Enlai tras el regreso del segundo de la Conferencia de Bandung, en Indonesia (1955)

Cabe señalar que, más allá de una serie de errores (pues Liu Shaoqi no era un ser perfecto e infalible, sino un ser humano) como el apoyo al “Gran Salto Adelante” y la participación en la defenestración política de Peng Dehuai (otro mártir de la Revolución Cultural, que fue el primero en atreverse a criticar el “Gran Salto Adelante”), el autor de “Para ser un buen comunista” es descrito pocas páginas más adelante por Short de una manera que refleja la humildad de aquel gran comunista, dedicado enteramente al pueblo chino y con un gran sentido de la rectitud y la honradez:

“Parece ser que, hasta 1961, Mao no había albergado dudas de que Liu Shaoqi fuese la elección más correcta para actuar como delfín de su propio legado revolucionario. Liu era la organización personificada, un hombre apartado e intimidante, sin auténticos amigos, sin intereses extraños y con apenas sentido del humor; cuya fenomenal energía estaba consagrada en su totalidad al servicio del Partido; lo que en la práctica significaba que era capaz de convertir en realidad cualquier otra cosa que Mao desease. Era exigente consigo mismo y con su familia, rehuía de todo privilegio y cultivaba una imagen pública puritana que hablaba de jornadas de trabajo de 18 horas y un código de conducta tan rígido que, en una ocasión que descubrió que se le pagaba un yuan extra (unos 30 peniques del momento) por haber trabajado hasta pasada la medianoche, insistió en reembolsar hasta el último céntimo mediante deducciones de su salario.”

Perseguido y agredido físicamente por los guardias rojos durante la Revolución Cultural, estuvo bajo arresto domiciliario en su residencia de Zhongnanhai hasta el 17 de octubre de 1968, momento en que decidieron trasladarle hasta Kaifeng, capital de la provincia de Anhui, tras haber contraído una neumonía. Había perdido la capacidad del habla por las lesiones causadas por los guardias rojos y estaba siendo alimentado por vía intravenosa. En Kaifeng estuvo internado en un cuartel del Comité Local del Partido Comunista de China, por lo que recayó en la neumonía. Aquella vez se le denegó un permiso para ser ingresado en un hospital. Murió el 12 de noviembre de 1969. Mao Zedong no movió un sólo dedo para evitarlo.

En febrero de 1980, el XI Comité Central del Partido Comunista de China adoptó una resolución para rehabilitarle, rechazando como erróneas las acusaciones de “renegado, traidor y esquirol”, declarándolo como “un gran marxista y un gran revolucionario proletario”. El 16 de mayo del mismo año, el “Diario del Pueblo” publicó un editorial con el título “Restaurar los verdaderos colores del pensamiento de Mao Zedong que Liu Shaoqi defendió”. El 17 de mayo se celebró una gran ceremonia nacional para honrar su memoria. Sus cenizas fueron esparcidas en la costa de la ciudad de Qingdao, de acuerdo a sus últimos deseos.

FUENTE: “Manos Fuera de China”

La URSS no se hundió, la hundieron

Por “La Ardilla Negra”

En breve se cumplirán 100 años de la Revolución de Octubre. En diciembre de 1922 se fundó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Sesenta y nueve años más tarde, en diciembre de 1991, se disolvió en 15 repúblicas que, en la actualidad, representan 19 países.

Nos han contado muchas cosas de la URSS. Los que hemos crecido en países de economía capitalista hemos oído sobre todo que la Unión Soviética “se hundió” debido a que el socialismo no puede ser una alternativa válida a la economía de mercado. Nos han manipulado difundiendo la idea de que la URSS simbolizaba un Estado represivo y represor hacia su propia gente y hacia las sociedades de los países que estaban en su órbita de influencia política, económica y cultural: el Pacto de Varsovia y el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME o COMECON).

Nada más lejos de la realidad. La URSS no se hundió, la hundieron, la hicieron caer mediante un atosigamiento económico, informativo y cultural continuado durante generaciones, esa fue la esencia de la conocida como “Guerra Fría”.

Los primeros años de la URSS fueron de consolidación, de esperanza, de ilusión, un líder sólido y carismático de la Revolución de Octubre, Lenin, guió los primeros pasos de lo que sería la Unión Soviética. Pero la muerte de Lenin en 1924 provocó la subida al poder de Josif Stalin. Mientras que Lenin fundó un Estado socialista fundamentado en la utopía, con todas las ilusiones que ello comportó, a Stalin le tocó la ardua y dura tarea de consolidar ese Estado socialista.

El ejemplo que la URSS lanzó al mundo era simple y claro: se puede consolidar un sistema político, económico y social basado en la igualdad, en el compañerismo, en la colaboración mutua. Desde el camarada barrendero hasta el camarada ingeniero o el camarada general del Ejército Rojo consolidaron una sociedad en la que todos eran camaradas en pos de un objetivo común: fortalecer la URSS y conseguir un sistema económico justo, socialmente unificado y perdurable en el tiempo.

Enseguida el ejemplo soviético despertó recelos, desconfianza y miedo en las clases dirigentes de los países capitalistas. Estas clases sociales temieron que la filosofía soviética pudiera extenderse por el mundo porque, si eso pasaba, las fábricas y grandes latifundios en manos privadas serían socializados en beneficio del pueblo. El ejemplo soviético tenía que ser eliminado porque constituía un peligro latente. Por lo tanto, durante la década de 1920 y 1930 estas clases dirigentes financiaron periódicos y partidos ultraderechistas profundamente conservadores y con un marcado carácter anticomunista. Así fue como durante esos años, gracias al apoyo económico incondicional de las clases dirigentes de todos los países europeos, Mussolini y Hitler pudieron ascender al poder en Italia y Alemania respectivamente. Con partidos fascistas en el poder, los comunistas lo iban a tener muy mal. Recordemos las simpatías de la Casa Real británica hacia Hitler y su NSDAP, simpatías personificadas en la figura del rey Eduardo VIII.

Eduardo VIII, cuando aún era Duque de Windsor, pasando revista a las tropas de las SS en Austria (1937)

La clase dirigente británica simpatizaba, en su mayoría, con las políticas de Hitler, lo que quedaba de manifiesto incluso en eventos deportivos de alto copete.

Con Hitler en el poder, el NSDAP inició una política de rearme consentida por las potencias “democráticas” europeas.

El objetivo estaba claro:

  1. A través del Tratado de Versalles, frustrar al pueblo para fomentar el malestar y el descontento entre la población civil alemana.
  2. Apoyar la propaganda anticomunista y el ascenso del NSDAP para responsabilizar de todas las penurias a los comunistas y a la influencia soviética.
  3. Tolerar e incluso fomentar a marchas forzadas el rearme del castigado Ejército alemán.
  4. Lanzar a la Alemania nazi, en coalición con sus aliados fascistas, contra la Unión Soviética y acabar por la vía armada con su ejemplo, que tanto estaba influyendo en las clases obreras de toda Europa.

Pero la Guerra Civil Española y la astucia de Stalin cambiaron todos sus planes.

En España finalmente se impuso el fascismo, ayudado por las potencias supuestamente democráticas que se declararon neutrales como Francia y el Reino Unido. Mientras Hitler y Mussolini ayudaron sin reservas al bando nacional, Francia bloqueaba en los Pirineos las armas que llegaban para apoyar a la República. El 1 de abril de 1939 Franco daba por terminada la guerra proclamando, por radio, su victoria militar desde la ciudad de Burgos.

La Unión Soviética, el único país europeo que había apoyado abiertamente a la República Española, se vio sola frente a los fascismos y Stalin hizo una de las mayores jugadas de estrategia política que, sin lugar a dudas, pasó a la Historia: firmó un pacto de no agresión con la Alemania de Hitler el 23 de agosto de 1939.

Mucho criticaron las potencias “democráticas” occidentales este pacto, y con ello demostraron una hipocresía infinita. Después de haber estado alimentando (ideológica y militarmente) al ogro fascista para lanzarlo contra la URSS, ahora resultaba que gracias a la astucia de Stalin ese monstruo fuertemente armado enseñaba los colmillos a su retaguardia capitalista.

La jugada de Stalin logró que el Reino Unido y los EEUU se implicaran en la guerra contra Hitler. Si no se hubiera firmado este tratado, la URSS y los países fascistas se hubieran enfrentado militarmente mientras las “democracias” capitalistas se habrían mantenido al margen, aprovechando el desgaste de ambos bandos. Como ya es sabido, finalmente Hitler rompió el pacto de no agresión y decidió atacar a la URSS en junio de 1941, en lo que se conoció como Operación Barbarroja.

El plan inicial de liquidar a la URSS por la vía militar resultó un fracaso. A las clases dirigentes capitalistas de Europa les salió el tiro por la culata. En 1944 la influencia soviética llegaba hasta Berlín y ocupaba más de media Europa. Las clases capitalistas de todo el mundo se reunieron en la famosa Cumbre de Bretton Woods (EEUU) en julio de 1944.

A grandes rasgos, en esta cumbre se adoptaba el dólar estadounidense como patrón económico de referencia mundial (hasta entonces se usó el “patrón oro”), se fundó el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, se aprobó el Plan Marshall, etc. El trasfondo de la Cumbre de Breton Woods era el siguiente:

“Hemos intentado liquidar a la Unión Soviética por la vía armada y ha sido un fracaso. De hecho, ahora el comunismo llega hasta Berlín. Así que, las potencias capitalistas mundiales vamos a hacer una gran alianza para hundir a la URSS por la vía política, económica y social. Lanzaremos una ofensiva propagandística anticomunista para (con paciencia, tiempo y dinero) lograr derrocar a la Unión Soviética.”

Esa era la estrategia, y consiguieron su objetivo.

El famoso Plan Marshall, ideado para frenar el avance de la filosofía soviética por Europa, el “Estado del Bienestar” (pensiones, prestación por desempleo, ayudas, becas…) fue una artimaña para desprestigiar al sistema socialista.

Durante más de 40 años han estado financiando planes terroristas, golpes de Estado en terceros países, guerras, acciones de desprestigio, provocaciones continuas, tergiversaciones informativas… En definitiva, una larga lista de malas artes con un simple fin: liquidar a la Unión Soviética de forma definitiva. Recordemos la Operación Cóndor en América Latina o la Operación Gladio en la propia Europa.

Recomiendo el libro “Aquellos chicos tan majos” de José Antonio Egido, en el que desvela las auténticas intenciones de la inmensa mayoría de los disidentes anticomunistas de la URSS y los países socialistas de Europa del Este.

El poder nos podrá intentar manipular de la forma que crea conveniente, pero la Historia es la que es y no se puede cambiar: la URSS funcionaba, logró poner en órbita el primer satélite “Sputnik” en 1957, envió al primer ser humano al espacio (Yuri Gagarin) en 1961, y a la primera mujer (Valentina Tereshkova) en 1963.

Pero pese a que la URSS haya sido hundida y, más allá de sus logros científico-técnicos, el mayor legado que nos ha dejado la Unión Soviética ha sido su filosofía y su forma de entender el mundo. Expondré una anécdota para concluir esta entrada:

En junio del año 2000 Vladimir Putin visitó el plató del popular programa “Caiga Quien Caiga” de Telecinco, en Madrid. Cuando el reportero Tonino salió a su encuentro, se encontró al mandatario saludando a la totalidad del equipo técnico: al del sonido, al cámara, al de los cables y hasta al de los recados. Tonino no podía salir de su sorpresa: “El señor Putin no entiende nada. ¡Está saludando al personal de producción!”

El que no entendía nada era él, o por lo menos no entendía lo que significó la Unión Soviética en la forma de ver el mundo de más de las dos terceras partes de la Humanidad durante casi toda la totalidad del pasado siglo XX.