Lo que no quieren que sepamos sobre Blas Infante

Una noche como la del 10 de agosto de 1936 terminó con el asesinato de Blas Infante Pérez a manos del Ejército español. Caída la noche lo sacaron del Cine Jáuregui para hacer su último viaje. En su puerta nos damos cita todos los años distintas organizaciones de la izquierda soberanista y revolucionaria para rendirle un sincero homenaje. Para recordar y recordarnos a aquellos que entregaron su vida por la libertad de Andalucía y a las propuestas que hicieron para sacar al Pueblo Trabajador Andaluz de la barbarie en la que lo sumió el colonialismo español como expresión peninsular hegemónica del imperialismo.

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Blas Infante con el zorro Dimas en “Dar al Farah” (la Casa de la Alegría), su residencia de Coria del Río.

Pero recordar a Blas Infante implica también recordar sus planteamientos políticos, que es algo que al régimen le desagrada profundamente. No es de extrañar, puesto que el pensamiento que desplegó el llamado andalucismo que dirigía Blas Infante supone un cuestionamiento radical de la Andalucía de principios del siglo XX (pero también de la Andalucía de principios de este siglo XXI). Todo ello a pesar de que la detención de Infante el 2 de agosto de 1936 en su casa de Coria del Río obligó a su esposa a quemar todos los escritos que consideró comprometedores. Por ello, los escritos que han llegado hasta nuestros días son tan solo una parte, sesgada por su lado más revolucionario e independentista, del pensamiento infantiano.

Habiendo sido recientemente la efeméride del asesinato, y ante la previsible y finalmente realizada acción de minimización y caricaturización del pensamiento político de Blas Infante, es necesario recordar algunos elementos clave para entender su pensamiento, que precisamente el régimen intenta ocultar a toda costa.

Blas Infante no era “autonomista”

La recuperación de la soberanía política andaluza fue una de las claves de su pensamiento. Cualquier semejanza de esa soberanía con la Andalucía autonómica actual es un chiste fácil, puesto que el régimen actual es una descentralización de la administración estatal española, sin autonomía efectiva alguna (ni económica, ni política, ni fiscal).

“Nosotros no tenemos, por ahora, otras denominaciones que las de ‘República Andaluza’ o ‘Estado Libre o Autónomo de Andalucía’ para llegar a expresar aquella ‘Andalucía soberana, constituida en democracia republicana’ que dice el artículo primero de la Constitución elaborada para Andalucía, por la Asamblea de Antequera, hace medio siglo, en 1883.” (La verdad sobre el Complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, 1931)

El modelo previo que constituía para Blas Infante un punto de partida para la verdadera autonomía andaluza era la Constitución Andaluza de 1883, que en el artículo que cita Infante continúa diciendo: “[…] y no recibe su poder de ninguna autoridad exterior al de las autonomías cantonales que la instituyen por este pacto”. Nada que ver con la Andalucía actual, en la que las leyes se hacen como desarrollo y concreción de las leyes españolas y nunca en contraposición a ellas. Siguiendo con un esquema vertical en el que es desde la corte centralista de Madrid donde se dictan las orientaciones esenciales de todos los aspectos que afectan a nuestra vida cotidiana (educación, salud, medio ambiente, economía, infraestructuras…). Como ejemplo podemos citar la anulación en 2011 del artículo del Estatuto de Autonomía de 2007 referido a las competencias sobre la Cuenca Hidrográfica del Guadalquivir.

Blas Infante no era defensor de la integridad del Estado

Blas Infante maduró su pensamiento desde su primera obra “Ideal Andaluz”, radicalizándolo hasta los últimos años (1933-1936) en los que abre una etapa posibilista. Pero en toda su trayectoria negó cualquier entidad nacional al Estado Español. Lo reconoció como institución existente (un Estado) y como una realidad geográfica (utilizándolo muchas veces como sinónimo de Península Ibérica). Nunca como entidad nacional y así lo expresa cuando dice “[…] Andalucía fue siempre pueblo cultural, guía libre de otros pueblos de España…”.

Los esfuerzos de Mª Ángeles Infante por declarar cada vez que le acercan un micrófono que su padre no era separatista no pueden enterrar los escritos y el proceder de Blas Infante. Su visión del Estado Español fue – especialmente – meridianamente clara en la década de 1920. Lo manifestaba en el “Manifiesto de Córdoba” (redactado en la Asamblea de Córdoba de 1919, del que fue uno de sus principales inspiradores:

“Declarémonos separatistas de este Estado que, con relación a individuos y pueblos, conculca sin freno los fueros de la justicia y del interés y, sobre todo, los sagrados fueros de la Libertad; de este Estado que nos descalifica ante nuestra propia conciencia y ante la conciencia de los pueblos extranjeros. […] Ya no vale resguardar sus miserables intereses con el escudo de la solidaridad o la unidad, que dicen nacional.”

Y también lo manifestó en un artículo aparecido en “El Regionalista” en 1919, que no está firmado pero que es de su inconfundible autoría:

“Andaluces: si el Estado centralista español fue y es, como dicen sus sostenedores, la España viva, execrad siempre de esa España. Renegad de ella.

¿Por qué llamáis patria a esa España? ¿Qué paternales desvelos tenéis a España que agradecer?”

Y lo expuso también en 1923, durante un mitin ante la Cámara de Inquilinos de Sevilla, organizado por su amigo anarquista Pedro Vallina: “El Estado Español no es expresión jurídica de una forma social, sino poderes representativos de una clase dictadora”.

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Monumento a Blas Infante como “Padre de la Patria Andaluza” en Jerez de la Frontera.

Además, la utilización de España para Blas Infante es un elemento táctico, que viene a ocultar y evitar la persecución política de la que el andalucismo revolucionario de Infante fue objeto, escondiendo la profundidad de su pensamiento. En una entrevista al diario “El Sol” en 1931, decía:

“La dictadura (de Primo de Rivera), pese al sigiloso proceder que observábamos – proceder que solo descifró en España el señor (Francesc) Cambó al decirme en una charla de tren que ‘liberalista’ quería decir ‘separatista’, nos destrozó a nuestras sociedades, deportó a los adheridos de Córdoba y clausuró nuestras escuelas (los Centros Andaluces).”

Es de esta manera que podemos entender algunas de las contradicciones aparentes del pensamiento infantiano en este sentido. Lo escribe el propio Blas Infante en una carta enviada al escritor catalanista Joaquim Casas-Carbó en 1936:

“Nosotros hemos practicado la táctica política. No hay más que una táctica: acomodación de la conducta política (u ordenada al beneficio de la Comunidad), según las exigencias o permisiones de las circunstancias vigentes. Durante un cuarto de siglo hubimos de dirigirnos atentos a un aprovechamiento completo o exhaustivo de aquellas permisiones, elaboradas por nosotros mismos, o suscitadas por el azar, que a nuestra acción se iban ofreciendo.”

La Andalucía libre de Blas Infante era una Andalucía internacionalista

Blas Infante se preocupó por el devenir mundial de los grandes acontecimientos de su época. Una de sus obras políticas de mayor profundidad política, “La dictadura pedagógica”, es formulada como una disgresión andaluza del concepto marxista de la dictadura del proletariado, que acababa de ponerse en marcha tras la Revolución de Octubre de 1917. La visión nacional andaluza que formula Blas Infante no puede ser, a su vez, más internacionalista. Y por eso expresa:

“Mi nacionalismo, antes que andaluz, es humano. Creo que, por el nacimiento, la naturaleza señala a los soldados de la Vida el lugar en donde han de luchar por ella. Yo quiero trabajar por la Causa del espíritu en Andalucía porque en ella nací. Si en otra parte me encontrare, me esforzaría por esta Causa con igual fervor.”

Expresó una adhesión al nuevo modo de producción económica socialista, pero también de ordenación de la sociedad:

“Hay dos clases de comunistas: la de aquellos que aspiran, mediante el esfuerzo propio, a engrandecer su vida para darla toda a la comunidad; y la de aquellos que esperan en que una colectividad, formalmente comunista, venga a satisfacer las exigencias de su propia vida individual.” (La dictadura pedagógica, 1923)

Pero supo ver en Lenin el “dictador pedagógico” que elevara la conciencia de las masas:

“Nosotros aseguramos que, además, es la dictadura del proletariado la más transitoria de todas. ¿No veis a Lenin, apenas iniciada la revolución de la conciencia rusa, pasada la reacción contra el régimen zarista, convertido ya en dictador pedagógico?” (La dictadura pedagógica, 1923)

Blas Infante era profundamente anticapitalista

Su asesinato la noche del 10 al 11 de agosto de 1936 fue justificado y legalizado por el franquismo con una sentencia de muerte posterior que lo acusaba de “formar parte de una candidatura de tendencia revolucionaria en las elecciones de 1931 y en los años sucesivos hasta 1936 se significó como propagandista de un partido andalucista o regionalista andaluz”. Esta imagen de Blas Infante choca con la imagen que nos transmiten desde la Junta de Andalucía, el sistema educativo e instituciones análogas. Tras los “40 años de paz” franquista nos han intentado vender un Blas Infante adocenado e inofensivo también en lo económico. Así es como quiere el régimen que recordemos al mayor intelectual andaluz de la primera mitad del siglo XX.

Sin embargo, nada más alejado de la realidad. Su apoyo es incondicional a la reforma agraria y a la alteración profunda de la propiedad de la tierra, lo que atentaba contraponiendo los intereses de la burguesía agraria andaluza (tan importante en el sostenimiento del Estado Español desde la segunda mitad del siglo XIX) a los del pueblo trabajador. Ya en una fecha tan temprana como 1913 manifiesta:

“Ha llegado la hora de que el privilegio muera: no puede persistir la terrible impunidad que divide a los hombres en señores y esclavos; no puede perdonarse ese crimen monstruoso que premia el vicio y castiga la virtud, que otorga al ocio todos los placeres e inflige al trabajo todas las virtudes. Ha llegado la hora de que el hombre se emancipe del yugo del hombre.”

Polemizó abiertamente con el otro andalucismo existente en la época, porque lo cierto es que desde los primeros momentos en que el andalucismo comienza a formularse (en las primeras décadas del siglo XX) empieza también a definirse en dos líneas opuestas: la conservadora españolista y la revolucionaria soberanista. La segunda estaba dirigida por Blas Infante. El andalucismo regionalista y conservador estaba encabezado por José Gastalver.

Gastalver se oponía a la reforma agraria y afirmaba que en Andalucía “el problema es de producción de riqueza y no de distribución de la misma”. En la Andalucía donde las diferencias sociales y la desigualdad atenazaban a los trabajadores, también había burgueses como Gastalver que querían fundamentarse en un regionalismo que pisoteara a los trabajadores para alzarse políticamente y conseguir un trozo del pastel político. Además, el andalucismo de Gastalver era abiertamente estatalista y francamente oportunista. Elementos todos ellos que se reproducen en cierto andalucismo aún hoy. Todo ello hizo declarar a Blas Infante en una carta escrita al director del diario “El Liberal” en 1919: “Si él es regionalista, nosotros no lo somos; y si lo somos nosotros, él no los es”; haciendo una clara oposición dialéctica entre el andalucismo conservador de Gastalver y el andalucismo revolucionario de Infante. Bien harían algunos andalucistas e incluso soberanistas en revisar el proceder de Gastalver para averiguar que ya hace 100 años sabe el andalucismo revolucionario la forma de proceder para liberar a este pueblo.

Pero el programa anticapitalista de Infante no se circunscribió solamente al mundo rural andaluz. En una intervención que hace ante la Cámara de Inquilinos de Sevilla (asociación de trabajadores que buscaban hacer un frente común de lucha frente a las subidas de alquiler de las viviendas que establecían los propietarios) plantea que la problemática del Pueblo Trabajador Andaluz desposeído responde, evidentemente, a los mismos razonamientos tanto en el campo como en la ciudad: la colonización del País Andaluz, su sometimiento al Estado:

“Con este problema de la habitación, ocurrirá lo mismo que sucede con esa cuestión sombría que dicen ‘problema agrario andaluz’, y que no es tal problema agrario, sino el más fundamental problema de un pueblo que desconoció el feudalismo en los tiempos medievales; reducido, ahora, a esclavitud feudal, por haberle sido arrebatada desde hace siglos, la tierra que perteneció a sus padres, por la conquista, o por el despojo. Sobran ya, con respecto a este problema, las informaciones de hechos y las soluciones de doctrina. Casi todos los años, envía el Gobierno la consabida comisión del Instituto de Reformas Sociales, que venga a calmar, con sus promesas de estudio y de próximos remedios, la fiebre de rebeldía que se apodera de los campesinos, sin campos, durante las épocas de la recolección.

Pero, jamás ha llegado, ni llegará nunca a resolver nada, desde el centro depredador. Y así, durante cinco siglos… ¡Pobre Andalucía, sin tierras en el campo, y en las ciudades sin habitación!”

El “hombre nuevo” y el “nuevo pueblo andaluz” de Blas Infante

La transformación territorial, política y económica de Andalucía tienen en el pensamiento de Blas Infante un elemento de coherencia en la dimensión ética y moral que para él ha de tener la Nueva Andalucía. Esta es una constante que aparece especialmente en su obra “La dictadura pedagógica” de 1923 (las citas incluidas a partir de ahora son de esta obra), aunque atraviesa todo el pensamiento infantiano. Una constante que entronca de forma directa y sorprendente con las reflexiones que desde el marxismo se han hecho sobre la ética de la revolución y el revolucionario. Ernesto “Che” Guevara afirmaba, por ejemplo, que “el comunismo es un fenómeno de conciencia”. Blas Infante lo plantea así:

“Somos o aspiramos a ser comunistas de la primera especie [antes citada]. Y decimos, aspiramos a ser, porque nuestra modestia se resiste a conferirnos con este nombre de comunistas, expresión cuyo concepto verdadero es la esencia de una pura y excelsa santidad.”

Hay, además, un paralelismo evidente entre la necesaria revolución cultural que Lenin se planteara para el medio rural ruso y el concepto que formula Blas Infante:

“Este es el problema: porque repetimos nuestro dogma. Todas las creaciones orgánico-sociales que vinieran a establecer cualquier revolución, encaminada hacia el fin de instaurar el comunismo social, serían completamente inútiles, en el estado de conciencia social que alcanzan actualmente los individuos humanos. El grado actual de desarrollo de los instintos vendría a reflejarse enseguida en la organización social, pese a todas las combinaciones y previsiones orgánico-revolucionarias; y en definitiva, una misma esencia; un mismo alma; y a la postre una semejante estructura orgánica, vendría a tener la sociedad que así se construyera.”

Para él, la semilla generadora de la nueva sociedad es la ética. Repite la misma idea, formulada de otra manera: “El ideal que venga a crear la sociedad comunista ha de ser, pues, de índole religiosa o moral”.

Estos y otros muchos aspectos del pensamiento de Blas Infante son objeto del desprecio y de la ocultación de las instituciones y las élites intelectuales.

Por Carlos Ríos

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