Ni Catalunya es Eslovenia, ni España la desaparecida Yugoslavia

“Vía eslovena”. Este término no ha parado de ser nombrado por los diferentes actores en el conflicto político que enfrenta al Estado Español postfranquista con el movimiento nacional catalán independentista. Sin embargo, salvo determinados analistas, esos diferentes actores políticos poco nos han explicado sobre qué querían decir. Por el lado del movimiento independentista catalán se aludía vagamente al proceso esloveno en el sentido de copiar la táctica de la congelación de los resultados del referéndum y proclamar la independencia posteriormente, cuando el momento fuera propicio; del lado nacionalista español, las reacciones rozaron lo brutal y lo grotesco, haciendo alusión a un “etnicista” Quim Torra, sediento de sangre y apelando a la denominada “Guerra de los Diez Días” que enfrentó a las milicias eslovenas y al Ejército Popular Yugoslavo (JNA, Jugoslovenska Narodna Armija; por sus siglas en serbocroata). También, del lado catalán, se hicieron alusiones desafortunadas y cargadas de serbofobia sobre una posible “vía serbia”, refiriéndose a la represión desatada por el Gobierno español en Catalunya, y que demuestran la asimilación de esquemas y visiones difundidas por los grandes medios de comunicación occidentales sobre los diferentes conflictos que sacudieron a la antigua Yugoslavia, especialmente en la adjudicación de roles y papeles, como si de un guion de Hollywood se tratase.

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Eslovenia también realizó un referéndum para obtener su independencia.

Aunque el proceso de independencia de Eslovenia no revistió ni la complejidad ni la gravedad que sí caracterizó a los sucesivos conflictos de Croacia, Bosnia y Kosovo – este último con una secuela en 2001 protagonizada por nacionalistas albaneses del UÇK en Macedonia – lo cierto es que las peculiaridades del proceso que llevó a la independencia de Eslovenia en poco se pueden asimilar a lo que ha ocurrido, está ocurriendo y presumiblemente podrá ocurrir en Catalunya. Asimismo, asimilar España, el Estado Español, a la antigua Yugoslavia, o como se llegó a hacer, a Rajoy con el presidente serbio Slobodan Milošević es incurrir en simplificaciones que, dicho popularmente, mean fuera de tiesto. En el colmo de esa confusión, por supuesto interesada, el propio Quim Torra también ha sido comparado por el historiador Benoït Pellistrandi con Milošević, sin lugar a dudas el rol ideal de maldad nacionalista y etnicista balcánica.

Como hemos dicho, la complejidad y, sobre todo, peculiaridad del proceso de independencia esloveno nos puede hacer pasar por alto algunos elementos a la hora de compararlo con la lucha de liberación catalana. Sin embargo, a riesgo de poder incurrir en algún olvido determinante, procedemos a un necesario análisis.

El referéndum de autodeterminación esloveno

El 23 de diciembre de 1990 las autoridades de la República (ex)Socialista de Eslovenia convocaron un referéndum de autodeterminación en el que la participación fue del 93’3% y los votos favorables a la independencia alcanzaron el 94’8%, lo que equivalía al 88’5% del censo. Aquí tenemos la primera gran diferencia: a pesar del desacuerdo del Gobierno Federal yugoslavo y de considerar el referéndum como ilegal, los eslovenos pudieron votar en paz y sin violencia. Sin embargo, el 1 de octubre de 2017 podemos recordar a urnas y a gente votando, sí, pero también violencia y brutales cargas policiales que impidieron ejercer el derecho al voto. Es curioso como desde Eslovenia se encargan de recordar que su caso es diferente al catalán porque ellos – los eslovenos – hicieron frente a un Estado – el yugoslavo – “no democrático”, pero como hemos dicho antes, la supuestamente “no democrática” Yugoslavia permitió el voto, el supuestamente “democrático” Estado Español no. Fundamental y a tener en cuenta: la República Federativa Socialista de Yugoslavia (RFSY) reconoció en todas sus Constituciones el derecho de autodeterminación, si bien siempre estuvo latente la polémica sobre el sujeto de derecho, es decir, si este derecho correspondía a las diferentes repúblicas o a los llamados “pueblos constituyentes”, por ejemplo, serbios en Croacia o Bosnia, croatas en Bosnia, albaneses en Kosovo, húngaros en la Voivodina, etc.

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Cargas policiales durante la celebración del referéndum del 1 de octubre de 2017 en Catalunya.

La preparación de un Estado independiente

Carles Puigdemont y el Govern catalán de entonces, siguiendo el precedente esloveno, decidieron congelar la proclamación de independencia, pero mientras el Gobierno esloveno diseñó minuciosamente la arquitectura y el diseño de un Estado independiente preparando un cuerpo legislativo que permitiera el funcionamiento del futuro Estado independiente, el Parlament de Catalunya no pudo desarrollar las leyes de desconexión porque la represión cayó fulminante sobre las instituciones catalanas, con su punto álgido en la aplicación del artículo 155 de la Constitución Española de 1978, la detención del Govern y de parlamentarios catalanes, el exilio por otro lado de parte de éstos, así como de otros políticos independentistas.

Volviendo al caso esloveno, la congelación de la proclamación de independencia sirvió para la preparación del futuro Ejército esloveno, que se enfrentaría al Ejército Popular Yugoslavo en la Guerra de los Diez Días. Las diferentes repúblicas yugoslavas poseían sus propias milicias popular, las llamadas Defensas Territoriales (TO, Territorijalna Odbrana; en serbocroata), inspiradas en la experiencia partisana comunista durante la Segunda Guerra Mundial, y que fueron concebidas como un pilar fundamental de la defensa de la Yugoslavia socialista frente a un posible enemigo exterior. A finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, con las tensiones nacionalistas a flor de piel en Kosovo, Eslovenia y Croacia, el JNA introdujo una nueva doctrina de defensa que contemplaba la centralización y el desarme de las TO. El esfuerzo del Gobierno esloveno se dedicó a dejar sin validez práctica la decisión del JNA y a la adquisición de armas en el extranjero.

Como anécdota significativa, el experto analista en las sucesivas Guerras Yugoslavas, Francisco Veiga, en su libro “La fábrica de las fronteras. Guerras de secesión yugoslavas 1991-2001”, cuenta cómo en una reunión entre los gobiernos de Eslovenia y Croacia para coordinar sus respectivos planes de independencia, el presidente croata Franjo Tudjman quedó en ridículo cuando los eslovenos expusieron con precisión sus planes, a lo que Tudjman respondió que también ellos tenían ya diseñada la independencia con todo lujo de detalles, siendo desmentido por miembros de su propia delegación. Mientras los eslovenos no dejaron nada a la improvisación, los croatas se dejaron llevar por aspectos meramente simbólicos y por resucitar la parafernalia nazi-fascista “Ustaše” de la Segunda Guerra Mundial.

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Franjo Tudjman, dirigente croata que en la década de 1990 lideró la llamada Unión Democrática Croata (HDZ, por sus siglas en croata) y presidió el país.

La Guerra de los Diez Días

Y llegó el 25 de junio de 1991. El Gobierno esloveno proclamó la independencia un día antes de lo establecido en sus propias leyes de desconexión. En realidad, como conflicto armado, no duró 10 días. Volviendo a Francisco Veiga, esta vez con su libro “Slobo. Una biografía no autorizada de Milošević”, se trató de “tres días de enfrentamiento intenso, dos días de tregua, dos días de lucha y tres más de cese al fuego”. Como veremos más adelante, Eslovenia se enfrentó a un Ejército Popular Yugoslavo y a una propia Federación en proceso de descomposición; aunque existía el consenso en hacer frente a la proclamación de independencia eslovena por parte de las diferentes instituciones federales, especialmente el Ejército – no así por parte de las instituciones serbias – el caso es que había discrepancias importantes en el cómo, empezando por la propia cúpula militar yugoslava, donde existían desde sectores contrarios a una intervención militar hasta aquellos proclives a un golpe de Estado, pasando por quienes estaban a favor de una intervención militar mínima, como así ocurrió.

El JNA sufrió un mayor número de bajas frente a unas milicias eslovenas con un armamento más moderno, más ágiles y, sobre todo, más motivadas. A la vez, las autoridades eslovenas supieron vender, gracias a los medios de comunicación occidentales, la imagen de un “Ejército invasor yugoslavo que quería destruir la joven democracia eslovena”; que nadie olvide el contexto de principios de la década de 1990.

Al respecto, hay que tener en cuenta que el JNA todavía se sentía heredero de Josip Broz “Tito”, del socialismo autogestionario, de aquellos partisanos comunistas que hicieron frente a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial; para muchos cuadros militares del JNA era inconcebible actuar contra el pueblo esloveno, contra un pueblo yugoslavo, sin olvidar que en el propio JNA había también eslovenos. En definitiva, se tenía la sensación de que la función del JNA no era la de enfrentarse a un pueblo hermano sino defenderse de un enemigo exterior.

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De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Tanques del Ejército Popular Yugoslavo (JNA) entrando en Eslovenia; Paso fronterizo destruido por los combates; la Fuerza de Defensa Territorial eslovena y el Ejército Popular Yugoslavo atacándose mutuamente desde diferentes ángulos; tropas del JNA capturadas por milicias eslovenas y expulsión vía marítima de toda la representación federal yugoslava – fuerzas armadas, gobierno local, partidarios de la federación – de la nueva República de Eslovenia (imagen y pie: Wikipedia)

Negociación

Frente a la serbofobia de sectores del independentismo catalán con su apelación a la llamada “vía serbia” supuestamente represiva, lo cierto es que dirigentes serbios y eslovenos negociaron la independencia. Milošević y los dirigentes serbios eran ya conscientes de que Yugoslavia se descomponía, es más, también fue responsabilidad de esos dirigentes serbios. Milošević incluido, la descomposición yugoslava, apelando también a un nacionalismo serbio y a un victimismo sobre el maltrato histórico que el pueblo serbio habría recibido de Tito. ¿Se imaginan – ya que se llegó a comparar a Rajoy con Milošević – al expresidente español negociando con Puigdemont la independencia catalana? ¿O a Pedro Sánchez haciendo lo propio con Torra?

El por entonces presidente federal yugoslavo, el croata Ante Marković, negoció la paz con los dirigentes eslovenos bajo la mediación de la entonces Comunidad Europea, dando lugar a los Acuerdos de Brioni, que suponían el reconocimiento de la independencia de Eslovenia. No busquen a ningún Ante Marković en el Estado Español, es inútil.

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Ante Marković, último primer ministro de la República Federal Socialista de Yugoslavia.

La naturaleza del movimiento independentista esloveno

El movimiento independentista esloveno era amplio y comprendía tanto al grueso de la dirigencia de la Liga de los Comunistas de Eslovenia, con su dirigente Milan Kučan a la cabeza, como a diferentes movimientos sociales y “contraculturales” que fueron surgiendo a finales de la década de 1970 y principios de la siguiente. Era un movimiento que identificaba la lucha por una democracia – por supuesto, una democracia capitalista y occidental – con la lucha por la independencia nacional. Abandonar Yugoslavia, con toda su mitología guerrillera antifascista y comunista, dejar atrás los Balcanes y abrazar a una Europa y a un Occidente capitalista, fue una obsesión para los dirigentes independentistas eslovenos; obsesión que ocultaba la necesidad de la burocracia de la Liga Comunista, así como de los gerentes de las grandes empresas, es decir, la élite política y económica, de abandonar una Yugoslavia endeudada hasta las cejas con el FMI, y sin futuro; en definitiva, deshacerse de aquellas repúblicas y regiones autónomas atrasadas económicamente y que, desde la perspectiva eslovena, se contemplaban como un lastre para una Eslovenia próspera y que, sin duda, sería más próspera aún dentro de la por entonces Comunidad Europea (hoy Unión Europea) y de la OTAN.

Por supuesto, en el movimiento independentista catalán existen importantes sectores pro-atlantistas y deseosos de que una Catalunya independiente forme parte de la UE; también sectores que están firmemente convencidos de que Catalunya se ha de deshacer de esos territorios empobrecidos del Estado Español, como Andalucía, y que suponen un lastre económico. Sin embargo, esos sectores conviven con otros que tienen una concepción muy diferente de la independencia y la soberanía nacional, que contemplan la soberanía como un instrumento político para la transformación social radical, sectores anti-imperialistas que son conscientes de que una Catalunya verdaderamente libre y soberana estará fuera de la OTAN y la Unión Europea, estableciendo unas relaciones internacionales fuera de los criterios del imperialismo. Sectores que no contemplan al resto de pueblos del Estado Español, especialmente los más empobrecidos, como un lastre; sino como pueblos hermanos del pueblo catalán.

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Frente a un sector pro-OTAN y pro-UE, los conocidos como Comités de Defensa de la República (CDR) conforman una amplia masa social del independentismo catalán, de carácter antifascista, obrero y popular.

Volviendo al caso esloveno, aunque el independentismo esloveno tuvo ese aura de europeísmo excluyente, que intentaba forzar la cercanía de la cultura eslovena con la alemana, o que coqueteaba con la simbología nazi frente al antifascismo yugoslavista, no llegó en todo caso a los extremos y al descaro del racismo y del odio étnico del movimiento croata. A pesar de todo ello, se dio un caso significativo, el de “los borrados”: cuando Eslovenia se independizó, unas 200.000 personas de otras repúblicas vivían en su territorio; el 26 de junio de 1991 recibieron un ultimátum de 6 meses para registrarse legalmente en el sistema de la República de Eslovenia. Unos 170.000 regularizaron su situación, 12.000 se fueron y los 18.000 que no se presentaron fueron borrados sin previo aviso. Muchos descubrieron “su inexistencia” al ir a renovar un carnet de conducir o de identidad. El caso de “los borrados” fue un claro intento de crear un Estado étnicamente puro, como llegó a denunciar incluso Amnistía Internacional. No fue hasta 2010, pasados 19 años desde la independencia y 6 desde la entrada de Eslovenia en la UE, que la Asamblea Nacional eslovena pidió disculpas y se promulgó una ley para reparar el daño causado.

Los apoyos internacionales

Nadie, ningún Estado soberano ha reconocido a la República Catalana desde su proclamación, ni existe el más mínimo interés en hacerlo. Desde luego, no ocurrió lo mismo con Eslovenia. El apoyo internacional a la independencia eslovena se materializó de diferentes maneras, pero habría – de entrada – que destacar una: el apoyo al rearme de Eslovenia, destacando países como Austria, Israel, Alemania, Hungría, Bulgaria, Reino Unido, Francia e Italia.

Esta cuestión, debido a su extensión y complejidad, ha de ser sintetizada, pero a nadie se le escapa que existía un interés por parte de determinados Estados imperialistas a favor de la independencia, no solamente eslovena, sino de la desmembración de Yugoslavia. Aunque sea de forma superficial, existían no dos visiones enfrentadas y encontradas, como frecuentemente se ha expuesto, pero sí diferencias entre los EEUU, de un lado, y Europa – fundamentalmente Alemania, por otro. Los EEUU en principio, en aquellos años, no prestaron mucho interés a la cuestión yugoslava o si lo hacían era por si podía afectar al proceso de voladura de la URSS. Además, fueron los años de las tensiones con el Irak de Saddam Hussein y la Primera Guerra del Golfo. Los EEUU dieron su respaldo al mantenimiento de Yugoslavia y a las reformas liberalizadoras de Ante Marković, pero sin mucho entusiasmo. Frente a la postura norteamericana, muchos Estados europeos dieron su respaldo diplomático a la integridad de Yugoslavia, pero por otro lado, sus servicios secretos buscaban la desintegración, dando un apoyo “de facto” a la independencia eslovena. Alemania no se anduvo ni con hipocresías ni con paños calientes, desde el primer momento alentó y apoyó la independencia de Eslovenia. El objetivo estaba claro: la recolonización de los Balcanes.

La cuestión, a pesar de su complejidad, puede ser reducida a algo tan sencillo como el juego de intereses de los imperialistas: si se propone un proyecto político que se pueda asumir e instrumentalizar, el reconocimiento político de cualquier nación sin Estado está garantizado.

Una Yugoslavia “zombie”

Por mucho que podamos hablar de la crisis del régimen postfranquista de 1978, eso no quiere decir que el Estado Español esté en fase terminal. Para 1989 y 1990, Yugoslavia era ya un muerto viviente. Los intentos liberalizadores y centralistas de Marković, apoyados por los EEUU aunque de forma poco entusiasta, no dieron sus frutos y chocó con los intereses de las diferentes repúblicas, también de Serbia y Milošević, no se olvide.

Pero es que Yugoslavia no es España

La Yugoslavia de la que Eslovenia se quería separar nació fruto de una guerra de liberación nacional antifascista de los diferentes pueblos yugoslavos, nada que ver con una España monárquica nacida de una dictadura militar fascista, que fue apoyada por los Estados imperialistas, tanto por las potencias del Eje como por las hipócritas democracias. La RFS de Yugoslavia nació de la lucha de un Partido Comunista que, si bien en sus inicios no creyó en el proyecto yugoslavo, al que se tachaba de “pro-serbio” y de ser un invento de las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial – la Yugoslavia de Versalles; a partir de la década de 1930 cambió su posición, de la mano de Tito, de estar a favor de la independencia de los diferentes pueblos yugoslavos a crear una federación de éstos. La RFSY concedió derechos políticos y culturales no ya imposibles en la España franquista, sino también en la propia España contemporánea, entre ellos, el derecho de autodeterminación. En definitiva, España ha sido y es un proyecto de clase de las oligarquías, el yugoslavo lo fue de la clase obrera y de los sectores populares, un proyecto no exento de errores, como la implementación de un socialismo autogestionario, que a pesar de aciertos importantes, fue errático y terminó endeudando a Yugoslavia con el FMI a unos niveles insoportables; o el personalismo omnipresente de Tito. De hecho, su carisma – el héroe de la liberación de los pueblos yugoslavos y de su independencia – y su personalidad jugó mucho en el mantenimiento de Yugoslavia. Su fallecimiento en 1980 fue el pistoletazo de salida de las diferentes tensiones étnicas y nacionales.

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El presidente yugoslavo Josip Broz “Tito”, dirigiéndose a colocar una ofrenda floral en el Mausoleo de Lenin durante una visita a la URSS.

Por último, nos gustaría hacer dos consideraciones finales. La primera es la asociación automática de reivindicaciones nacionales como si éstas siempre y en todo caso se puedan asociar. Lo acabamos de ver: los casos esloveno y catalán poco o nada tienen que ver, sin embargo, hay quienes se empeñan en eliminar el análisis concreto de la situación concreta y sustituirlo bien por pura ingenuidad y por la asunción acrítica del relato de los medios de comunicación, o bien, por otro tipo de intereses.

La segunda, relacionada con la primera, es si realmente la reivindicación independentista tiene el mismo sentido independientemente de las circunstancias, es decir, podemos convenir que dadas las circunstancias la única manera que el pueblo catalán tiene de ser soberano es reivindicando un Estado independiente, pero, ¿es eso válido siempre? Vayamos otra vez a Eslovenia o al conjunto de Estados nacidos de la desmembración de Yugoslavia, ¿son ahora más soberanos o lo eran más cuando formaban parte de la Federación? El formalismo de constituir un Estado independiente no siempre asegura un poder soberano real. Por otro lado, el ansiado sueño esloveno de la prosperidad europea no ha sido tal, a pesar de que Eslovenia ha sido la única exrepública yugoslava en mejorar su situación – el resto de repúblicas se han empobrecido – ha sido a costa de una absorción “de facto” de su economía por parte de Alemania.

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Las comparaciones con el caso esloveno obvian el análisis concreto de la situación concreta.

La “yugonostalgia”, es decir, el sentimiento de nostalgia por la desaparecida Yugoslavia, ha crecido sensiblemente en todas las repúblicas, incluida Eslovenia, donde ese sentimiento de nostalgia es del 45%.

El movimiento nacional catalán habrá de seguir su camino, ajeno a vías muertas, si de verdad quiere ser libre, soberano e independiente.

Por Antonio Torres

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Nación Andaluza ante el apoyo español al golpismo en Venezuela

En el día de hoy el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, ha reconocido a Juan Guaidó como “presidente encargado” de Venezuela. Ante este hecho, desde Nación Andaluza – organización independentista, socialista y feminista andaluza – queremos afirmar:

Desde NA manifestamos nuestra solidaridad con la República Bolivariana de Venezuela. La izquierda independentista andaluza sólo reconoce a Nicolás Maduro como legítimo presidente venezolano.

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El reconocimiento del Gobierno español se produce el mismo día que el de Alemania, Francia y el Reino Unido. Esta coincidencia no es casualidad. Supone un nuevo gesto de la obediencia española a los intereses del imperialismo, a las oligarquía europeas y al IBEX 35. Que Sánchez haya afirmado que Guaidó debe “convocar elecciones en el menor plazo de tiempo posible, libres, democráticas, con garantías y sin exclusiones” es una muestra de hasta dónde el imperialismo es capaz de llegar en su necesidad de controlar el mundo violando la soberanía nacional de los pueblos.

Ya el 17 de octubre de 2017, desde NA emitíamos un comunicado avisando de las serias amenazas de la Unión Europea y sus patronos estadounidenses de no reconocer los resultados electorales y agitar a las bandas violentas a sueldo contra la Venezuela bolivariana. Por desgracia, los hechos nos dan la razón, como no podía ser de otra manera cuando hablamos de las potencias imperialistas.

Desde NA, organización por la liberación nacional y social de Andalucía, mantenemos como un principio básico el apoyo al derecho a la libre determinación de los pueblos. Igual que luchamos por la independencia de Andalucía y contra el régimen colonial que el Estado Español nos mantiene desde hace siglos, al igual que apoyamos las luchas por el derecho a la autodeterminación de otros pueblos hermanos del Estado Español, asimismo, defendemos la soberanía y la libre determinación del pueblo venezolano. Señalamos también que la defensa de la Revolución Bolivariana significa defender la soberanía nacional de todos los pueblos que resisten al imperialismo.

Es el momento de ejercer la máxima unidad anti-imperialista. Seguimos insistiendo en la necesidad de que nuestra militancia, personas adheridas y simpatizantes manifiesten en las calles y en todos los ámbitos posibles nuestro apoyo y solidaridad con la Venezuela bolivariana agredida por el imperialismo.

Desde Andalucía hasta Venezuela, ¡viva la lucha anti-imperialista!

¡Por la autodeterminación de los pueblos y el socialismo!

Andalucía, 4 de febrero de 2019

Permante de NACIÓN ANDALUZA (N.A.)

Lo simbólico como excusa

No hace mucho pudimos leer en un artículo de análisis sobre la situación de Adelante Andalucía tras la contienda electoral del 2 de diciembre y las últimas maniobras de Errejón y los suyos; dicho artículo se cerraba con una severa advertencia: no caer “en la trampa de las viejas y derrotadas banderas rojas, los puños alzados y los dientes apretados”. Haciendo un chiste fácil, al autor del artículo se le olvidó apelar a La Pantoja en aquel desafiante paseo agarrada del por entonces alcalde de Marbella, Julián Muñoz, con su “dientes, dientes, que eso es lo que les jode”. Ya en serio, lo que nos llama poderosamente la atención es esa insistencia en lo simbólico de determinados sectores de Podemos, especialmente aquellos identificados con el errejonismo.

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Teresa Rodríguez y Antonio Maíllo, dirigentes de Podemos e IU en Andalucía respectivamente, comparecen como Adelante Andalucía tras las elecciones andaluzas del pasado 2D de 2018. (FOTO: “20 Minutos”)

No pretendemos centrarnos en qué táctica o estrategia debería seguir Adelante Andalucía porque eso es algo que, hoy por hoy, corresponde a quienes decidieron construir y constituir Adelante Andalucía como herramienta política, aunque sí aportar una serie de elementos críticos que no podemos dejar pasar por alto, y es que sigue sin haber un análisis autocrítico y un reconocimiento público por parte de los diferentes sectores de Adelante Andalucía respecto a lo sucedido el pasado 2 de diciembre. En relación a los resultados en este artículo se sigue manteniendo una imagen idílica de una autonomía política de la que realmente y en la práctica no se da; y una visión excesivamente positiva sobre su función social, parece que el escenario político andaluz se ha trastocado tanto que aquel régimen neoliberal y corrupto del PSOE-A nunca jamás existió. Igualmente, nos parece la peor de las excusas argumentar que dada la situación y las encuestas, demasiado bien ha salido la experiencia de Adelante Andalucía en comparación con lo que puede ser en otros lugares del Estado Español; analizar la hemorragia de votos hacia la abstención se ve que no entra dentro del relato a difundir.

Tras estas cuestiones previas procedemos a centrarnos en el objeto del presente artículo: la obsesión simbólica. Si algo caracteriza a estos sectores son las continuas duras críticas, llenas de resentimiento, a una simbología, una liturgia y unas tradiciones a las que califican una y otra vez de “derrotadas”, ¿derrotadas por quién? ¿Por quienes invadieron sus organizaciones y aparatos para condenarlas a la desaparición?

Estos sectores están obsesionados con que el cambio surge de la superficialidad, del simbolismo, y por supuesto, del discurso, sin ir más allá. El problema, según ellos, está en que algunos nos obstinamos en defender símbolos derrotados, y debemos agarrarnos impetuosamente a los símbolos vencedores – véase la bandera monárquica española – o, en el caso del errejonismo andaluz, además de la rojigualda, combinarla con una buena dosis de “blanquiverdeo”. En esta visión de la política no hay contradicciones, un proyecto político españolista puede complementarse – por supuesto, desde la subalternidad – con uno andaluz. Todo es simplemente cuestión del relato que se construya, las realidades, la materialidad de las relaciones pasadas y presentes entre el Estado Español y Andalucía están a función del mismo incluso; y por supuesto, lo mismo vale respecto a la materialidad y a la realidad de las relaciones sociales, a las relaciones de clase. La realidad es que un proyecto político cuyo eje sea la emancipación del pueblo andaluz es radicalmente excluyente con una defensa del Estado Español, cuya Historia, función y realidad material no es dúctil ni alterable, sino que hunde sus raíces en la conquista y subyugación de distintos territorios a la Corona de Castilla, es una cárcel de pueblos que los somete, y en el caso andaluz lo hace de una forma peculiarmente agresiva, de una forma política, cultural, social, y económica.

Hacer de lo simbólico lo central sí que es una caída al abismo de la derrota, creer que las luchas históricas, los símbolos que tantas victorias han traído, son algo a repudiar, es sólo un síntoma de lo que están dispuestos a desprenderse con tal de ganar, que es su única obsesión. Si se está dispuesto a renunciar a todo (simbología, tradiciones, luchas, cuestionamiento de la monarquía, críticas al “establishment”, etc.) con tal de ganar, dirán cambiarlo todo para no cambiar absolutamente nada. Ganar, ¿pero ganar qué y para qué? Porque si el ejemplo novedoso es Carmena y su alianza con Errejón, evidentemente nos tenemos que preguntar si ganar significa aceptar, como hizo Carmena, los dictados de Montoro, reducir la deuda, sí, pero a cambio de no profundizar en políticas sociales, aceptar y participar de proyectos urbanísticos como los de la “Operación Chamartín”, mantener la privatización de servicios, etc. Se habla, se repite que hace falta ganar, como si simplemente esto fuera una carrera de 100 metros lisos. La imagen de un Forrest Gump corriendo porque sí, resignificando su carrera, es inevitable.

En realidad, lo que esconde este debate es una renuncia absoluta a la construcción de contrahegemonía para abrazar por completo los postulados y los paradigmas hegemónicos, es, en realidad, ponerse a los pies del régimen hegemónico. Es alarmante ver cómo a algunos se les llena la boca con Gramsci y olvidan lo troncal de su pensamiento, que es la contrahegemonía, el construir un polo opuesto al hegemónico, construir mayorías sociales para derrotarlo; en definitiva, construir (contra)poder popular, alo que hacía ligar a Gramsci, con otro maldito símbolo del pasado de banderas rojas y puños alzados (no sabemos si apretando dientes o no): Lenin.

La culpa, la excusa es el símbolo, la excusa se construye y se resignifica. Aproximarse a la realidad, tener una comprensión global es sin duda un gesto inútil, como esos sectores nos recuerdan una y otra vez. Las tesis de Errejón llevan tiempo en la primera línea de Podemos, no por nada, Pablo Iglesias las asumió en la práctica tras Vistalegre II, de ahí el teatro constante, de ahí la falta de contenidos y de diferencias reales y prácticas entre unos y otros, de ahí que, en última instancia, todo esto sea el enésimo y aburrido juego de tronos de la nueva política española. La diferencia es que ahora, una vez conseguido hundir el barco a través de la extenuante indefinición, lo abandonan llamando a superar Podemos. Suponemos que ahora también que han sido derrotadas las banderas moradas, las manos en alto y las bocas sonrientes, y como la clave está en lo superficial, se debe superar Podemos y cambiar radicalmente la simbología, la liturgia y la apariencia, acusando al rival de anquilosarse e instalarse en viejas banderas derrotadas. Lo simbólico y el discurso poseen poderes mágicos y la capacidad de hacer ganar o perder, si es que ya significa eso algo para esos 834.000 parados en Andalucía, según datos de la EPA del último trimestre de 2018.

La política reducida al marketing, la política como producto en la quimera de las sociedades de “clases medias”, mientras, en Andalucía sigue existiendo un espacio sin cubrir que apele a la soberanía nacional como instrumento de transformación de una realidad de miseria y opresión y al protagonismo de la clase obrera y sectores populares. Algunos ven el peligro en banderas rojas y puños en alto, nosotros en renunciar a acabar con la miseria, la opresión, la dependencia y la explotación del ser humano por el ser humano. Levantaremos la verdiblanca y la bandera roja, alzaremos el puño – no sabemos si apretando dientes o no, eso dependerá de las circunstancias – pero porque simbolizan un proyecto político transformador, no porque estemos más a gusto con nosotros mismos al hacerlo, o necesitemos taparnos con banderas como quien se tapa con una manta una fría noche de invierno.

Por Manuel Ares y Antonio Torres

Andalucía, un campo de batalla cultural

“Si queremos comprender de qué modo el pasado se ha convertido en presente, hemos de comprender también nuestras completas relaciones con ese pasado, que incluyen tanto la necesidad histórica de transformarlo como el deseo de mantener, de establecer e incluso inventar una continuidad.” (Eric Hobsbawm)

El imprevisible – o no tanto – resultado de las pasadas elecciones andaluzas del 2 de diciembre ha dejado un escenario de fortaleza electoral de las derechas más extremas, ante la fuga de votos del social-liberalismo del PSOE y de la nueva socialdemocracia de Adelante Andalucía hacia la abstención. Guste o no, la derecha extrema – o, por qué no, fascista – de Vox está marcando la agenda política y los debates, condicionando la formación de un nuevo gobierno de la Junta que tendrá, por primera vez en más de 35 años, un presidente que no pertenece al PSOE; y ya, metidos en esta tesitura, la máxima de no hablar, de no nombrar a Vox con el fin de no darles una visibilidad – el famoso elefante de Lakoff – no sirve, ese momento ya pasó; inevitablemente hay que hablar de Vox y de su discurso en Andalucía y para Andalucía, porque ya es una realidad con la capacidad de afectar políticamente al conjunto del Pueblo Trabajador Andaluz.

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Manifestación celebrada en Málaga el 3 de diciembre de 2017 con motivo del Día Nacional de Andalucía.

Pero hablar de Vox no solo supone armar un discurso eficaz, sino también una praxis acorde a una ética revolucionaria. Abordar la cuestión en definitiva supone un ejercicio creativo de organización obrera y popular andaluza, y de asumir prácticamente el objetivo de una República Andaluza libre y soberana tajo a tajo, calle a calle, pueblo a pueblo. Frente a la tentación alarmista y su discurso conservador de mantener el “statu quo” andaluz generado en la Transición y hoy amenazado por las derechas extremas, hemos de tener presente que la amenaza derechista ha sido posible y se ha materializado gracias al régimen andaluz del PSOE – consecuencia del régimen postfranquista español – y de su constitución como partido referente de gran parte del pueblo trabajador y de la clase obrera andaluza. Volver al punto de partida que dio lugar a un régimen corrupto, neoliberal, soberbio, con un concepto utilitarista de las señas de identidad andaluzas y sometido a la oligarquía y cualquier poder ajeno a los intereses del Pueblo Trabajador Andaluz, no puede ser ya una opción.

La batalla cultural, sentido común y buen sentido

Por tanto, Andalucía se ha constituido en un campo de batalla entre unas derechas extremas desatadas y un bloque social-liberal y socialdemócrata cuyo objetivo ahora mismo es el de regresar a una situación previa al 2 de diciembre de 2018, si acaso con algunas mejoras cuya concreción y alcances no se definen. Esta dialéctica, como ya hemos dicho, en el mejor de los casos solo sirve para mantener el “statu quo” andaluz, no para superarlo.

La tarea pues del conjunto de la izquierda soberanista y transformadora andaluza ha de ser el de irrumpir en esa batalla, con su propia artillería, con su propio armamento, pero antes de continuar, o mejor dicho para armar nuestro arsenal y dar la batalla con ciertas aspiraciones de éxito necesitamos hacer la distinción gramsciana entre sentido común y buen sentido, así como definir el concepto de batalla cultural y cómo estos conceptos actúan en la escena política andaluza.

Para el dirigente comunista sardo Antonio Gramsci, en sus “Cuadernos de la cárcel”, el sentido común era definido sintéticamente como “la filosofía de los no filósofos”, es un conocimiento vulgar, pasivo, inducido, acrítico y aparentemente natural.

Decía Gramsci:

El “sentido común” de una sociedad determinada está hecho de la sedimentación de diversas concepciones del mundo, de tendencias filosóficas y tradiciones que han llegado fragmentadas y dispersas a la conciencia de un pueblo. De ese “sentido común” se tomarán referencias y ordenamientos que justifiquen o reprueben los actos de la vida pública y privada”.

Como consecuencia, el sentido común es el sentido de la clase dominante, el sentido común de los capitalistas y de las relaciones sociales de producción capitalistas que lo imponen y lo naturalizan desde los diferentes aparatos de reproducción ideológica del Estado y de la llamada sociedad civil capitalista. Sin embargo, en el sentido común puede haber “elementos sanos” surgidos de una conciencia autónoma y crítica de las condiciones materiales de existencia: se trata del buen sentido. Este buen sentido se conforma de realidades tozudas que pueden ser negadas o marginadas pero que persisten. Para Gramsci, este buen sentido se ocultaba en el sentido común, pero tendía a visibilizarse en los momentos de crisis.

La batalla cultural es, pues, resumiendo, la lucha por una nueva visión, por nuevas maneras de ver la vida, por unos nuevos valores ajenos a la ideología capitalista naturalizada por el sentido común. La batalla cultural es una lucha revolucionaria que no solo se puede concebir desde los discursos o la mera confrontación de ideas, sino que la praxis es determinante en esa batalla. Sin praxis el sentido común capitalista quedará intacto, porque hay quienes quieren reducir la batalla cultural a lo simbólico o al discurso, negando toda relación dialéctica con la acción política revolucionaria. No olvidemos que las batallas forman parte de una guerra, las batallas culturales son parciales y forman parte de una globalidad: el fin de la miseria, la explotación y la opresión. Esta cuestión es sumamente importante porque desde la izquierda estatal española hegemónica se pretende reducir la batalla cultural a meras poses provocadoras con las que irritar ocasionalmente a la derecha; en el fondo, ni conciben las batallas culturales dentro de una globalidad revolucionaria ni hay una verdadera lucha (política) por la hegemonía, y es en este punto, en el de la hegemonía, en el que Gramsci – inevitablemente – entronca con Lenin con el desarrollo de una dirección social por parte de una clase, en este caso, la clase obrera; entronca con aquel Lenin que en 1905 (“Dos tácticas de la socialdemocracia en la Revolución Democrática”) defendía que correspondía al proletariado hegemonizar la lucha contra la autocracia zarista y arrastrar al resto del pueblo oprimido. Entronca, en definitiva, con el Lenin que afirmaba en los “Cuadernos filosóficos”: “La práctica es superior al conocimiento (teórico), porque posee no sólo la dignidad de lo universal, sino también la realidad inmediata”.

 

El sentido común en Andalucía es el impuesto por la gran oligarquía imperialista española, un sentido común que normaliza en lo material la configuración histórica de una Andalucía marginada, dependiente y oprimida gracias a la manipulación de los marcadores identitarios andaluces. El objetivo es desposeer al pueblo andaluz, especialmente a la clase obrera, de elementos culturales o simbólicos que les permitan tomar una conciencia crítica de su situación y organizar un poder político que atente contra el poder de esa oligarquía y planifique desde la democracia y la soberanía su vida económica, social y cultural.

En “Sociología de la Transición andaluz”, el histórico andalucista José María de los Santos consideraba que la manipulación de los marcadores identitarios andaluces se apoyaba en dos pilares: la sobreestimación y la subestimación.

“Pues bien, centrándonos en el tema de la cultura andaluza, hemos de poner de relieve que uno de los síntomas más elocuentes del estado de dependencia y de la correspondiente situación de anomia, radica en el hecho de que la cultura andaluza haya sido tradicionalmente sobreestimada, es decir, confundida con lo español – Andalucía sería la más España de las Españas – y simultáneamente subestimada, es decir, considerada como simple prolongación de la cultura castellana.”

Matizando estas palabras, la sobreestimación redundaría en una consideración positiva, tan positiva que incluso lo andaluz ya no sería confundido automáticamente con lo español, sino que tendría una consideración incluso universal; mientras que la subestimación tendría una consideración negativa, es decir, no solamente como una mera prolongación de Castilla, sino como un subproducto de ésta de dudoso gusto, tanto en lo ético como en lo estético. En definitiva, estamos hablando de dos mecanismos que permiten bloquear la toma de conciencia del pueblo andaluz – conciencia nacional – y desarmar de elementos culturales que supongan una impugnación a la situación de dependencia, marginación, subdesarrollo y opresión.

¿Por qué España no comprende a Al-Andalus ni a Andalucía?

Evidentemente, se podrían sacar a la luz toda una serie de temas que han generado duras polémicas públicas desde aquel mitin de Vistalegre hasta el pacto de Vox con el PP en Andalucía; especialmente polémico ha sido todo lo relacionado con los derechos de las mujeres o la violencia de género. En este punto hay que hacer notar algo preocupante: lo poco que se discute sobre el programa económico de Vox y su apuesta radicalmente neoliberal, y con esto no se pretende restar importancia al machismo y a la misoginia de Vox, en absoluto, pero sí llamar la atención sobre la gravedad de una propuesta económica, con la importancia que evidentemente tiene, así como ser un elemento esencial para su correcta caracterización política e ideológica.

Sin embargo, en toda esta vorágine de proposiciones reaccionarias no han pasado desapercibidas las propuestas de Vox en lo que respecta a Andalucía y su actual estatus, como otras cuestiones más simbólicas como el traslado del 28 de febrero al 2 de enero como día oficial de la Comunidad Autónoma. Ya durante la campaña electoral, los de Santiago Abascal venían cargando no solo contra el Estado de las Autonomías, sino contra una presunta “islamización” de Andalucía, llegando al delirio de tratar al califa Abderramán III como si siguiera existiendo aún, y todo culminado con el uso y abuso del término “reconquista” y un Santiago Abascal galopando, cual Pelayo o Cid Campeador – por cierto, un personaje muy distorsionado por el ultranacionalismo español – o como el típico señorito terrateniente hijo de la conquista castellana.

La incapacidad de España como proyecto político, y por tanto como proyecto nacional, de asumir un pasado no cristiano – y católico, ni castellano – ni siquiera no estrictamente latino, en definitiva, un pasado no ordenado por los esquemas de lo que hoy es considerado europeo y occidental, es un auténtico trauma para las élites españolas, incluidas las que se definen como “progresistas”. Ante ese trauma, frecuentemente hay dos reacciones: una, el rechazo violento y hostil – propio del ultranacionalismo español; y otra, la ignorancia y la incomodidad, propia de quienes se empeñan en recrear un proyecto nacional español democrático y progresista que es imposible. Entre ambas maneras de afrontar este hecho, existen los grises, los términos medios y las equidistancias, evidentemente, pero sí que hay un elemento común a ambas: el prejuicio, que es alimentado por los diferentes relatos sobre qué pasó en la Península Ibérica y por qué entre el año 711 y 1492. El actual proyecto nacional español se debe, en su esencia fundacional, a la lucha librada en ese período contra una invasión árabe-musulmana, como un organismo se defiende contra un virus, contra un cuerpo extraño que le causa una enfermedad.

En su último libro “Cuando fuimos árabes”, el islamólogo Emilio González Ferrín se lamenta de la cerrazón académica por no considerar a Al-Andalus ni a lo andalusí como parte de lo español. Como el propio González Ferrín ha explicado ya en diferentes ocasiones, se trata del relato impuesto, de un relato que trata de justificar un presente con el pasado. Se trata de un relato que es transversal, asumido por reaccionarios que aborrecen toda herencia no cristiana y no europea, aunque el Islam es tan europeo como los cristianismos; o asumido por pretendidos progresistas, tanto en cuanto esa herencia les separa de una Europa modélica, considerada “campeona de la democracia y de los derechos humanos”, y les acerca a un Magreb y un Oriente caracterizado por la intolerancia; ni que decir tiene que la exaltación de la diversidad, entre ellas la cultural y la étnica, es una pura pose para ese españolismo con pretensiones progresistas. Los lamentos de González Ferrín bien nos recuerdan a los de Blas Infante respecto a la relación España-Andalucía en “La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía”.

Si la España progresista – o mejor dicho, que pretende ser progresista, otra cosa es que lo consiga – no puede oponer un relato muy diferente al del ultranacionalismo reaccionario español, porque no sabe, no puede o no quiere, será tarea de la izquierda andaluza asumirlo, porque en Andalucía el relato español se desarticula, se rompe el espinazo, ya que partiendo de la materialidad, es decir, de la situación de Andalucía como país marginado y oprimido, fácilmente llegamos a la conclusión de que la explicación española falla, incluida la pretendidamente progresista.

Al-Andalus y Andalucía, sin ser exactamente lo mismo – es decir, sin ser una simple prolongación la una de la otra – y como excepcionalidades no comprendidas ni asumidas por el proyecto nacional español que, no lo olvidemos, no deja de ser en última instancia un proyecto político de clase, de diferentes fracciones burguesas que cristalizaron en un momento determinado su proyecto político.

Al final, tanto Íñigo Errejón como César Rendueles, cada uno a su manera en sus agónicas llamadas a “resignificar España” desde un punto de vista progresista, lo único que están contrastando es la imposibilidad de articular un proyecto nacional español de izquierdas o progresista.

Nuestra guerra no es solo contra Vox, cuya existencia es coyuntural y va a estar sometida a las tácticas y a los momentos de la gran oligarquía española, sino contra la opresión nacional y por la desaparición de todo rastro de opresión y explotación, partiendo de nuestro marco nacional andaluz. En esa guerra es fundamental, como decíamos al principio de este artículo citando al historiador Eric Hobsbawm, saber relacionarnos con nuestro pasado, porque de esa relación depende nuestra victoria; no solo de la batalla cultural planteada, sino de nuestra guerra de liberación nacional, y entiéndase esta afirmación dentro de una guerra sin armas, puramente dialéctica, aunque conviene otra vez recordarlo, no exenta de una praxis transformadora.

Armas e ideas para una batalla y una guerra asimétricas

“Çolôh. Çolôh i moqqeaôh
Çolôh i rodeaôh por tô’lô laô
Neçeçitamô muniçión
Armamentôh y un cañón de combuttible”

(Tabletom, “Me estoy quitando”)

Si tenemos un problema político que se expresa en una multiplicidad de fenómenos, sin visión política, sin una visión totalizadora, será imposible atajarlo. El antropólogo Isidoro Moreno ha venido insistiendo desde hace mucho en los factores de bloqueo en la toma de conciencia nacional andaluza. Por nuestra parte queremos insistir en la cuestión política, es decir, en la falta de un referente popular, de izquierdas, transformador, soberanista y de masas en Andalucía y en cómo la ausencia de ese referente incide directamente en la toma de conciencia andaluza y afectando a factores evidentes como la confusión manipulada de lo andaluz por lo español. Mientras no exista ese referente con esas características, los bloqueos continuarán y se agudizarán. Al respecto, es necesario distinguir entre diferentes espacios de organización y no convertir en significantes vacíos algunos términos como “partido”, “movimiento”, “unidad popular”, “bloque político”, etc., tan de moda en la izquierda españolista, inventándose expresiones como “partido-movimiento” que vienen a definir una organicidad amorfa que es terreno abonado para los oportunismos más rastreros.

Elemental o consustancial a ese referente político es el de no dejarse arrastrar por la izquierda española. Venimos de diferentes experiencias en las que diferentes organizaciones de la izquierda andaluza se han sumergido en el “universo Podemos” para desaparecer, en unos casos, o para pintar de blanco y verde las opciones electorales. Ni una táctica ni la otra nos han hecho avanzar lo más mínimo. Esto no quita que se pueda, en un momento dado, llegar a pactos con determinados sectores de la izquierda española, pero desde la igualdad y el reconocimiento mutuo, nunca desde la subordinación.

Sabemos que somos muy pesados, pero no nos cansamos: el discurso sin praxis no es nada y en esta cuestión el problema no solo radica en la izquierda posmoderna, también en la izquierda que se reclama revolucionaria y anticapitalista, que cae de lleno en la trampa del carácter performativo del lenguaje, como si fuera algo mágico. Es una cuestión de ética revolucionaria, es decir, el discurso ha de ir al compás de una praxis que haga avanzar la conciencia nacional y de clase, y esto, aunque a algunos no les guste, es puro leninismo. Nuestra clase y los sectores oprimidos de nuestro pueblo han de tener claro que el objetivo de una Andalucía libre y socialista es algo real y que ayuda en el día a día a mejorar sus condiciones de vida. La soberanía nacional y la República del Pueblo Trabajador Andaluz empiezan en el centro de trabajo, en la escuela, el instituto o la universidad; empieza en el barrio, en el pueblo o en la comarca.

No se le niega validez a las teorías de Lakoff sobre tratar de no entrar en la agenda del enemigo – en su caso eran los conservadores del Partido Republicano de EEUU – y de tratar de huir de sus marcos discursivos, para así no quedar atrapados y sin la libertad para marcar nuestra propia agenda y nuestro propio marco; pero esa validez no es permanente, ni se puede aplicar a todo momento y lugar, y en definitiva, depende mucho de las diferentes correlaciones de fuerza. Cuando un partido como Vox tiene en su mano la gobernabilidad de la Junta de Andalucía y tiene prácticamente secuestrado al nuevo Ejecutivo andaluz, lógicamente, su marco discursivo hay que criticarlo, hay que hablarlo y hay que contestarlo. La habilidad estará en, efectivamente, no caer en su agenda, en no caer en que Vox nos marque el son, la letra y la música de lo que debemos decir y hacer en todo momento, porque lo más efectivo siempre será la tarea de organización obrera y popular andaluza, más allá de lo puntual. Con nuestra praxis cambiamos y enfrentamos las relaciones de poder, la realidad y los discursos, nunca al revés.

Por último, apelamos al “best seller” en los últimos tiempos de la izquierda en el Estado Español, nos referimos a “La trampa de la diversidad” de Daniel Bernabé, concretamente a cómo en general la izquierda ha asumido la trampa neoliberal de adaptar su discurso a una amorfa “clase media”, que no es clase sino más bien una aspiración social. Esa trampa ha hecho que los discursos de la izquierda se hayan hecho débiles en una equivocada pretensión por llegar a esa “clase media” que se cree mayoritaria y que se deja guiar por el sentido común de la clase dominante, mientras tanto crece la desafección de quienes están por debajo de esa “clase media” y los reaccionarios endurecen sus discursos. Como nos suele recordar Juan Manuel Sánchez Gordillo, la izquierda o es anticapitalista y encarna un proyecto de sociedad alternativo (socialismo/comunismo) o no es izquierda. Siguiendo con Sánchez Gordillo: o la izquierda lucha consecuentemente por la soberanía nacional andaluza o no es izquierda.

Para hacer frente al órdago de las derechas extremas no podemos legitimar la posición actual de Andalucía surgida de la Transición y del régimen postfranquista español de 1978, porque es justamente esa posición la que ha creado este momento político. Por eso, frente al 2 de enero, la respuesta no puede ser reivindicar el 28 de febrero sino el 4 de diciembre. Por eso, frente al desmantelamiento de la “autonomía”, la respuesta no puede ser defender una autonomía que no existe, sino reivindicar nuestra autodeterminación y soberanía nacional como garantías de una verdadera autonomía que no poseemos. Por eso, frente a las propuestas neoliberales, la respuesta no puede ser un neoliberalismo de rostro humano, sino poner las bases de la superación del capitalismo, el socialismo, el poder obrero y popular andaluz. Por eso, frente a la misoginia, el machismo y la transfobia, la respuesta no puede ser la exaltación neoliberal e insolidaria de las identidades, sino feminismo revolucionario. Por eso, frente al racismo, la xenofobia y el odio, internacionalismo proletario, porque somos la misma clase obrera. Y contra la islamofobia: más Al-Andalus, más Averroes, más Ben Gabirol, más Bin Firnas, más Itimad, más Ibn Maymum, más Wallada, más Aisha, más Ben Humeya, más Ben Hafsún, etc.

Por Antonio Torres

¿Por qué EEUU y la UE no apoyaron a Carles Puigdemont y sí a Juan Guaidó?

¿Qué país en este mundo acepta que un individuo se autoproclame presidente de un Estado sin haber sido elegido democráticamente por el voto popular y la reafirmación del Tribunal Supremo? La respuesta es solo una: ninguno.

Pero en Venezuela, espina trabada en la garganta de los EEUU, ha sucedido en días pasados, mediante la farsa diseñada por los yanquis con el desvergonzado apoyo de la Unión Europea, la misma que no respaldó al líder del pueblo de Cataluña, Carles Puigdemont, quien sí fue avalado por el voto popular.

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Juan Guaidó, autoproclamado “presidente encargado” de Venezuela el 23 de enero de 2019, sostiene un retrato de Simón Bolívar.

¿Con qué moral los europeos van a respaldar al títere de Juan Guaidó, fabricado por las manos de la CIA y el Departamento de Estado, orientado a la carrera en los locales de la propia misión diplomática yanqui, como parte del plan diseñado para darle un golpe de Estado al presidente constitucional Nicolás Maduro?

Es evidente que los mandatarios de la UE recibieron indicaciones de la Casa Blanca, para darle apoyo a la farsa política contra Caracas en clara pérdida de su soberanía y de la memoria, pues hace menos de un año en Cataluña se celebraron elecciones y solo por haber declarado su deseo de ser independientes de España, Carles Puigdemont y los demás líderes de ese proceso fueron acusados de rebelión.

Ahora la canciller Angela Merkel se humilla ante el presidente Donald Trump, aceptando el ridículo papel de acusar a Nicolás Maduro y reconocer al títere impuesto por los yanquis, en el infantil e ilegal golpe de Estado, cuando ella misma aprobó la detención de Puigdemont, bajo sentencia del tribunal de primera instancia de Neumünster, que decidió mantener en prisión provisional al ex-presidente del gobierno autónomo de Cataluña, mientras se esperaba el trámite de entregarlo a España.

DECLARACION INSTITUCIONAL DE PUIGDEMONT
Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat de Catalunya destituido tras la proclamación de la República Catalana en octubre de 2017.

Recordemos que el líder independentista catalán se vio obligado a viajar a Bélgica, debido a que el gobierno de Madrid quería juzgarlo por los delitos de “sedición, rebelión y malversación de fondos públicos”, después de su participación en el proceso de independencia de Cataluña que había sido prohibido por las autoridades; de ahí que le solicitaran al gobierno de Berlín su detención cuando viajaba desde Finlandia hacia Bélgica.

La Unión Europea adopta una posición a favor de Washington en sus planes de reconocer al títere Juan Guaidó, cuando no hizo lo mismo con el catalán, lo que demuestra la manipulación política que ejerce EEUU sobre sus aliados y subordinados latinoamericanos, al fracasar durante décadas en sus planes contra la Revolución Bolivariana de Venezuela.

El mundo de hoy está gobernado por EEUU, quien dispone del Consejo de Seguridad de la ONU para doblarle el brazo a los que se oponen a sus órdenes.

¿Cómo es posible que la UE, con tantos problemas que enfrenta Francia, no adopte resoluciones de condena contra las salvajes represiones que se ordenan contra los partidarios del movimiento de los “chalecos amarillos”?

El tratamiento opuesto que asumen EEUU y sus aliados europeos en el caso de Venezuela es prueba de que no existen la democracia ni el respeto a los derechos humanos.

¿Con qué derecho legal Juan Guaidó decidió autoproclamarse presidente de Venezuela y ser respaldado por el Gobierno de EEUU?

¿Aceptarían los parlamentarios europeos como Federica Mogherini – Alta Representante para Asuntos Exteriores y Seguridad de la UE – o el propio Donald Tusk – actual presidente del Consejo Europeo – que uno de los líderes de los chalecos amarillos se autoproclamase presidente de Francia bajo el Arco del Triunfo y aplaudido por miles de sus seguidores?

De inmediato sería detenido y acusado de sedición y rebeldía, como le hicieron al catalán Puigdemont, sancionándolo con decenas de años de prisión, algo que EEUU no aceptaría si Maduro decide detener y acusar al títere Juan Guaidó. Para respaldarlo, desplegarían rápidamente al Comando Sur para invadir Venezuela, como han hecho con otros países de América Latina.

La Unión Europea parece olvidar que en 2017 el ex-presidente catalán fue acusado de los delitos de rebelión y sedición, con la posibilidad de cumplir hasta 30 años de cárcel, después de que el Parlamento de Cataluña declarara la independencia el 27 de octubre de 2017. Además de Puigdemont, otros 14 imputados fueron obligados a depositar en un plazo de 3 días una fianza de 6’2 millones de euros para responder a posibles responsabilidades civiles.

Eso es lo que le corresponde ahora al títere venezolano, pero a diferencia del catalán, cuenta con el respaldo yanqui y europeo que lo defienden como si fuese inocente, quien solo cumple con las órdenes recibidas de sus amos de EEUU.

Washington busca un pretexto para invadir Venezuela, porque todas las fórmulas empleadas han fracasado y a pesar de la despiadada guerra económica, comercial y financiera impuesta, unido a las campañas mediáticas para satanizar la imagen del presidente Maduro, la mayoría del pueblo le sigue dando su apoyo incondicional, porque saben quién es el único responsable de las penurias que sufren.

El mundo observa con asombro cómo los gobiernos de España, Francia, Alemania, Reino Unido, Portugal y los Países Bajos se toman el derecho de imponerle 8 días de plazo a Nicolás Maduro para que convoque elecciones en Venezuela, y si no lo hace, amenazan con reconocer al títere fabricado por los yanquis, Juan Guaidó, cuando nunca respaldaron al líder Puigdemont, quien ganó en elecciones libres celebradas en Cataluña.

Los pueblos del mundo tienen que asumir el papel que les corresponde, prepararse políticamente y mantener la unidad, porque de lo contrario serán convertidos en esclavos y pisoteados a su antojo por el emperador Donald Trump.

Razón tenía José Martí cuando sentenció:

“La educación es el único medio de salvarse de la esclavitud.”

Por Arthur González

La cooperación económica entre Rusia y China, la OCS y el cambio climático global

El Foro Económico Oriental del pasado año 2018, celebrado en Vladivostok (Rusia), contó con la habitual cobertura desdeñosa, si es que existió, de los principales medios de comunicación anglosajones. Visto a través de las burbujas especulativas, no reguladas y febriles que han definido lo que pasa en las finanzas globales del siglo XXI tanto en Nueva York como en Londres, el lento pero constante y enorme desplazamiento hacia la consolidación y la cooperación industrial y de recursos entre Beijing y Moscú está ocurriendo a un paso demasiado lento para captar la imaginación occidental que sufre del síndrome de déficit de atención. Este hecho de no comprender la escala de lo que está pasando es como la fábula de Esopo sobre la tortuga y la liebre. Mientras los dirigentes políticos occidentales, estrategas y financieros piensan en los horarios de los programas de noticias, los presidentes Vladimir Putin y Xi Jinping están pensando en términos de décadas y generaciones.

Dirigentes políticos y comentaristas occidentales creen que la cooperación económica entre Rusia y China ya ha fracasado y que nunca podrá tener éxito porque avanza lentamente. No logran entender que se está moviendo de manera consistente y constante en la misma dirección. Lo que rusos y chinos están haciendo es integrar la dimensión de la seguridad estratégica de la altamente exitosa y ahora bien establecida Organización para la Cooperación de Shanghai (OCS) con la dimensión de las inversiones económicas de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, impulsada por la República Popular China.

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Vladimir Putin y Xi Jinping, presidentes de Rusia y China, se saludan durante una visita oficial del mandatario ruso al Gigante Asiático.

Esto se podría comparar con el muy promocionado éxito de las iniciativas combinadas del Plan Marshall y la OTAN, creadas por EEUU a finales de la década de 1940 para integrar a toda la Europa Occidental bajo su dirección y control.

Sin embargo, las iniciativas de la OCS y la cooperación económica entre Rusia y China están en una escala mucho mayor y no exigen una estrecha integración de las naciones, con el corazón de Eurasia como en rígida fila india micoradministrada. Esa es la parte más atractiva del esquema. Una de las acciones donde la OCS ha tenido éxito durante los últimos 17 años es haber garantizado la paz y la seguridad para todos sus Estados miembros, que se extienden a través de Eurasia. El contraste con las interminables guerras que EEUU está librando – e incluso provocando – a través de Asia del Sur, Medio Oriente y África del Norte, esto es, la periferia del mundo euroasiático, no puede ser más evidente.

La OCS dio este año otro gigantesco paso hacia el mantenimiento de la paz en Asia cuando India y Pakistán (enemigos aparentemente irreconciliables durante décadas, que incluso se han llegado a amenazar mutuamente con armas nucleares) se convirtieron a la vez en miembros del organismo. Este movimiento va a generar enormes y altamente positivas inversiones, así como ramificaciones económicas junto a la seguridad.

Incluso el cambio climático global está ahora desempeñando un papel de rápido crecimiento e impulsa enormemente las comunicaciones y la consolidación industrial de las principales naciones de Eurasia. El cambio climático está desbloqueando los recursos de Siberia y de la Cuenca del Ártico en formas inconcebibles hace tan solo una década. Moscú y Beijing son, obviamente, los socios indicados para desarrollar las nuevas oportunidades que se ofrecen.

Enfocarse en el desarrollo económico de Asia Central y Kazajistán, tal como lo hacen tantísimos estudios, es pasar por alto el enfoque a largo plazo o el “schwerpunkt” de la cooperación económica entre Rusia y China, que se encuentra más hacia el este y más allá hacia el norte a través de Siberia y el Ártico, y a lo largo de las fronteras comunes más largas del mundo.

China tiene un creciente apetito por el petróleo ruso, que no está sujeto a las fluctuaciones de precios internacionales y, sobre todo, a las interrupciones debido a guerras y desestabilizaciones generadas por las impredecibles políticas de EEUU.

También para Rusia, enfrascarse en acuerdos energéticos ampliados y a largo plazo con China sería un muy bienvenido amortiguador de nuevas y salvajes fluctuaciones en los precios mundiales de la energía, aunque pareciera muy probable que la inestabilidad en los precios globales del petróleo será fomentada por dos naciones que sufrirán desastrosamente a raíz de esto: EEUU y Arabia Saudí.

Las enormes distancias, la falta de infraestructuras y las duras condiciones climáticas en el norte del Lejano Oriente euroasiático durante gran parte del año han sido siempre los principales factores que impidieron el desarrollo económico de Rusia y China. No obstante, el comercio bilateral ha crecido de manera constante y sustancial desde un relativamente modesto nivel de 15.800 millones de dólares en 2003 a unos 95.300 millones en 2014.

En todo caso, esta cifra es bastante menor que los 500.000 millones de dólares al año del volumen comercial total con la Unión Europea durante 2014 – pero se trata de una UE crecientemente inestable – una vez más a consecuencia de las insensatas políticas de EEUU y el Reino Unido, lo que probablemente supondrá una menor cantidad de importaciones por parte de China dentro de unos pocos años.

Por el contrario, Rusia ha aplicado una cautelosa y responsable política fiscal durante lo que va de siglo bajo el mandato del presidente Putin y actualmente está buscando expandir y diversificar su propia manufactura y base industrial. Como resultado, el mercado ruso posiblemente se vea capaz de generar una inesperada y altamente positiva elasticidad en la demanda de empresas e inversiones chinas en la próxima década.

Las economías de Rusia y China son más complementarias de lo que se supone en Occidente. Una mayor cantidad de inversiones en ambos lados se necesitaría para sacar las ventajas apropiadas de ese potencial. Pero los recursos y la voluntad política para aplicarlos, claramente, existen.

El proceso de cambio climático ya está abriendo perspectivas comerciales y de comunicaciones sin precedentes junto a una confiable y segura tarifa a través de la vasta línea costera ártica de Rusia. Los cambios medioambientales están haciendo que el desarrollo de los casi ilimitados recursos de Siberia sean muchísimo más accesibles e inminentes de lo que jamás se hubiera imaginado.

Este es el verdadero “panorama general” tras el lento pero constante esfuerzo por expandir el comercio y las inversiones bilaterales entre Rusia y China. Los legisladores estadounidenses y analistas de Wall Street siguen estando ciegos ante esto. Pero no hay razón para que los demás también lo estén.

Por Martin Sieff

 

Contra VOX viviremos (vivirán) mejor

Está circulando, pidiendo adhesiones, un “Manifiesto” apócrifo (sin firma), cuya autoría se atribuye a “personalidades de la izquierda procedentes del mundo universitario a las que se han sumado otras del sindicalismo y de movimientos sociales” (no se dice, por ahora, quiénes ni qué representan), mostrando su “máxima preocupación porque PSOE-A y Adelante Andalucía sean incapaces de colaborar en el momento histórico más delicado para la democracia en nuestra tierra en los últimos 40 años”. Hacen un llamamiento a PSOE-A y Adelante Andalucía para que “se reconozcan como actores del pueblo progresista andaluz y abran un nuevo e inmediato tiempo de colaboración ante la amenaza de la ultraderecha”.

Es significativo que estas “personalidades” no hayan promovido manifiestos críticos con las políticas neoliberales desarrolladas durante los casi 40 años de régimen pesoísta, sobre todo en los últimos 10 años de fuerte deterioro de los derechos sociales, que son las que han producido la gigantesca abstención que ha permitido el triunfo de lo que llaman “las derechas” en las últimas elecciones, ni inviten a la más mínima autocrítica. Y que pretendan ahora que Podemos Andalucía se suicide colaborando estrechamente a tapar las vergüenzas políticas (incluida la pestilente corrupción) y el derechismo de esas casi cuatro décadas de gobiernos del PSOE. Pretenden utilizar la emergencia en las instituciones de la ultraderecha, que siempre ha existido pero que tiene ahora un partido independiente y provocador, como una gran capa que todo lo tapa. Y muchos picarán, ingenuamente, en el anzuelo.

Lo que se pretende, en realidad, es salvar a doña Susana y, una vez más, a los partidos que ya traicionaron la posibilidad de ruptura con el franquismo. No se puede luchar contra los lodos de ahora (la aparición electoral de la ultraderecha y la mayor derechización de la derecha dura) sin denunciar aquellos polvos (no solo de la Transición sino también de los 40 años siguientes) que produjeron los mal nombrados “grandes partidos de izquierda”. Para construir, o reconstruir, una verdadera izquierda andaluza lo primero sería no alimentar la ficción de que el PSOE actual es un partido de izquierda. No lo es, aunque sí ha sido el pesebre en que se ha alimentado (no solo económicamente) mucha gente y gran parte de las “personalidades” autoproclamadas progresistas. Lo siguiente, no separar luchas sociales por la defensa de derechos con lucha nacional andaluza por el reconocimiento de nuestro derecho colectivo a decidir por nosotros mismos – entre otros objetivos, para que no ocurra (como ahora) que el futuro de nuestras instituciones políticas se negocie y decida en Madrid.

Pienso que se inaugura una época en que proliferarán los Manifiestos encabezados por “personalidades”. Es revelador que apenas los haya habido, al menos promovidos por ellas, mientras ha gobernado Andalucía el PSOE, a pesar de los recortes salvajes, de la corrupción y de la promoción de un capitalismo a la vez favorable a las grandes corporaciones transnacionales, la banca, la industria militar y los grandes lobbies turísticos y a los intereses de los amiguetes (de lo que, por ejemplo, “Canal Sur” es un buen exponente). Los manifiestos reaparecen ahora. Ya dijo Felipe González [N. de la R.: copiando a Deng Xiaoping] que da igual gato blanco o gato negro porque lo importante es que cace ratones. Aplicado a nuestra situación, darían igual las barbaridades y políticas de derecha que se hayan perpetrado, y se sigan defendiendo, porque lo único importante es afirmar que se está contra la ultraderecha (que esas barbaridades han cooperado en reactivar) y declararse antifascista. El poco más de 6% sobre el censo electoral que ha conseguido VOX justificaría, supuestamente, tocar a rebato por lo que llaman “emergencia democrática”. Sin duda, hay que defender los derechos ya conquistados (cosa que muchos no han hecho durante los gobiernos pesoístas) y denunciar la derechización general de partidos e instituciones. Pero sin hacer de esta defensa el único objetivo político ni suspender otras luchas por ampliar esos mismos y otros derechos. No tengo más remedio que recordar aquella frase dirigida a la “gauche divine” (la izquierda de salón) acuñada en la Transición política: “Contra Franco vivíamos mejor”. Ahora habría que reconvertirla en “Contra VOX viviremos (vivirán) mejor”… Porque no pocos se ahorrarán el análisis y, aún más, la autocrítica.

Por Isidoro Moreno