Gibraltar desde el nacionalismo andaluz de izquierda: mirando el conflicto con otros ojos (II)

La Segunda Restauración Borbónica (1975) quiso superar anteriores errores con la ansiedad atlantista de una utilización conjunta de la base militar y con el horizonte de la integración europea de otro lado. La OTAN, por cierto, o bien mira para otro lado o bien guarda un cómplice silencio en el conflicto existente entre dos de sus socios, a sabiendas de que con uno u otro su militarismo siempre estará omnipresente.

De otra parte, hoy por hoy, la cuestión gibraltareña no debe convertirse en una mera guerra de banderas de unos mutuos intereses estatales capaces de utilizarse en uno u otro beneficio desde los respectivos gobiernos en liza. Como tampoco podrían imaginar aquellos andalucistas históricos que, cien años después y con un autogobierno con instituciones propias, toda una Junta de Andalucía abiertamente competente en materia de aguas pesqueras y medio ambiente, se haya inhibido de todo lo que afecta al tema en cuestión.

A los nacionalistas andaluces que miramos la realidad con otra sensibilidad y deseamos aportar soluciones desde la izquierda, nos deben motivar otros discursos e ideales diferentes a los que, demagógicamente, conducen al nacionalismo español y a la vana exaltación de sus valores. No estamos dispuestos a sumarnos a campañas orquestadas más propias de otros siglos, ni a sumarnos sin más a unas reivindicaciones que no cuestionan el uso más allá de su mera propiedad. Mucho menos a convertir el desencuentro en una mera exhibición mutua de armamento bélico.

Por ello, se hace necesario destacar las siguientes cuestiones entre otras más localizadas en el pasado:

El oscurantismo existente alrededor del tema gibraltareño provoca la reiterada utilización de tópicos recurrentes sobre el asunto y una peligrosa escalada de argumentaciones extremas, sin más análisis que la posesión o no del espacio. Es cierto que las ciudades de Ceuta y Melilla son posesiones españolas desde dos siglos antes, pero eso no resta a que, con objetividad, gran parte de las argumentaciones reivindicativas también pudieran ser aplicadas a dichos puertos norteafricanos.

En paralelo, la desinformación perseguida tras el tema, no sólo oculta manifiestos y profundos casos de corrupción que han afectado a gobiernos españoles como el de Rajoy, sino que interesa al Estado Español por cuanto es una exaltación fácil y partidista de las actuaciones del Ejecutivo. Al nacionalismo español le es necesario Gibraltar tanto como la Isla de Perejil.

A estas alturas del debate, parece un poco iluso, imposible o decadente invocar la aplicación literal del Tratado de Utrecht. Mucho se ha legislado desde hace 300 años. Un pacto que concretaba la negativa, por ejemplo, a que “judíos y moros” habitasen en el Peñón es de dudosa aplicación en el siglo XXI.

La prórroga de una solución definitiva, si fuera posible, o al menos, la ausencia de un marco de diálogo razonable por ambas partes; provoca una escalada de tensión entre poblaciones vecinas amén de una exaltación desaforada de los respectivos nacionalismos de Estado. En todos los casos, siempre se socializan posiciones ultraconservadoras y las posiciones de izquierda tradicional, sencillamente, o no se visualizan, se suman a otras, o pasan por la autodeterminación de una población autóctona que cada vez más se enroca en los privilegios que ha logrado.

El interés militar de la Roca queda cuestionado con la cercana presencia de la Base Aeronaval de Rota y su escudo antimisiles. Tras el conflicto, subyace además una peligrosa aceptación del militarismo y de sus exhibiciones de fuerza en uno u otro sentido. Gibraltar se convierte así en una peligrosa justificación de la existencia de los ejércitos. La equivalencia es diabólica: la diplomacia nos separa o no aporta soluciones, pero sin embargo, los ejércitos nos protegen.

La monarquía española guarda un curioso silencio al que unir el de los EEUU y la OTAN. Poco importa resolver el contencioso si continúa siendo una base militar “aliada”. Es más, con la entrada de España en dicha alianza militar nunca se habló de dicho asunto.

El capital no entiende de fronteras, ni de banderas o de derechos históricos. Se mueve por intereses especulativos y de alta rentabilidad. Poco entiende de reivindicaciones frente al negocio. Nadie, repetimos, nadie a un lado y a otro de la verja quiere que se acabe con un paraíso fiscal que beneficia a banqueros, grandes empresarios, mafias y especuladores sin conciencia ni nacionalidad.

A nadie escapa que la política diplomática del Estado Español ante Gibraltar ha sido un cúmulo de despropósitos y circunstancias adversas que poco han favorecido la identificación del ciudadano gibraltareño con el andaluz, algo que, sin embargo, es inevitable en ámbitos culturales de simbiosis. Conviene aceptar por parte española la existencia acumulada de errores diplomáticos históricos que no han hecho más que subrayar la enemistad y oscurecer la convivencia entre unas poblaciones fronterizas, cuando no han potenciado un sentimiento de autodeterminación entre los habitantes de la Roca. Algo, por otra parte, hábilmente utilizado por el Reino Unido, quien también en no pocas ocasiones esconde intereses de Estado tras su quehacer.

Resulta preocupante que a la interesada promoción de la “antipolítica” desde ámbitos gubernamentales se le quiera añadir ahora un recurrente estado de opinión y una artificial movilización ciudadana, invocando esta vez un patrioterismo exacerbado. Tras la cortina de humo que representa y la desideologización que implica el discurso, se oculta un peligroso acercamiento a soluciones totalitarias y militaristas. Algunos estarían dispuestos a hacer una nueva “Marcha Verde”.

La situación actual de la Roca es el resultado histórico de la debilidad diplomática del Estado Español – cuando no una abierta ausencia de relaciones exteriores – de manera que el propio devenir de la Historia de España explica el silencio o la reivindicación, según la amistad con el no siempre aliado inglés. En otros casos, conflictos internos o intereses en el devenir político, nos sirven igualmente para comprender las actuaciones al respecto por parte del Estado Español.

“Nosotros, los andaluces, no tenemos por qué hacer coro a Castilla en sus reclamaciones contra Inglaterra”, y quizás por eso, ya reclamaban los andalucistas históricos, conviene actuar como “hombres de Estado” y desde luego, hoy como entonces, someter la cuestión al arbitraje internacional y no entender el uso de esa pequeña porción de Humanidad para “propósitos siniestros, afanes de usurpación o deseos de imperialismo ambicioso”. Dicho de otra forma, a sucesos del siglo XVII y debates decimonónicos, soluciones del siglo XXI. Por importantes que sean no estamos ante un mero problema pesquero, de aguas territoriales o simples bloques de hormigón.

Sin renunciar al hecho de la existencia anacrónica de una colonia el análisis debe ser más riguroso, profundo y más trascendente que una mera guerra de fronteras o titularidades estatales. Antes de que Gibraltar sea territorio andaluz hay que reivindicar que no siga siendo lo que es hasta ahora: un paraíso para el blanqueo o la huida de capitales, para la especulación financiera, para el desarrollo desaforado de sus límites territoriales y aguas, el militarismo, la nuclearización y la imposición de unas políticas antiecológicas. Para ello, no existe otra solución que la implicación de la comunidad internacional y muy especialmente la europea en paralelo a la búsqueda de un escenario de diálogo. Con la situación que vive el Peñón, los sentimientos encontrados y aireados que provoca, así como el destino ofrecido a sus escasos kilómetros cuadrados, da igual que pertenezca a quien sea porque rechazamos en esencia su contenido, destino y fines. Gibraltar andaluz sí, pero antes para la paz, el progreso humano, la ecología y la solidaridad entre pueblos y personas.

Por Manuel Ruiz Romero

Anuncios

Gibraltar desde el nacionalismo andaluz de izquierda: recordando el andalucismo histórico (I)

Concluida la Primera Guerra Mundial y en el contexto de la aplicación de las doctrinas del presidente estadounidense Woodrow Wilson, las democracias dibujaron de forma preventiva y aprendiendo del conflicto bélico un nuevo orden internacional reconociendo el principio de las nacionalidades y el derecho a la autodeterminación de los pueblos.

gibraltar
Portada del nº196 de la revista “Andalucía”, lanzado el 14 de abril de 1920, en la que destaca a Gibraltar como “población de Andalucía”.

Al hilo de estos hechos España vivirá por aquellas fechas una irreconocible emergencia de reivindicaciones políticas desde gran parte de sus territorios. De entre ella, la primera petición de autonomía que para Andalucía realiza el Centro Andaluz de Sevilla (29 de noviembre de 1918), en nombre de sus homólogos y por acuerdo de la Asamblea de Ronda en enero de aquel mismo año. Este acto de afirmación de Andalucía como sujeto político implicaba, según el texto elevado al Ayuntamiento de Sevilla y a la diputación homónima para que instasen a los poderes centrales la puesta en marcha de Cortes Constituyentes y la concesión de una autonomía “en iguales términos que a las demás”. Ante esta intencionalidad pacifista continental y en el intento por consolidar una nueva realidad diplomática más estable y pacífica, no es casual que los nacionalistas de esta tierra firmasen el 1 de enero de 1919 en Córdoba toda una declaración de intenciones que a la vez que afirma que esta tierra en el nuevo orden europeo reclama atención internacional para una realidad política hasta entonces negada y supeditada a los intereses de un turnismo restaurador inmovilista y centralizador: Andalucía es una nacionalidad. Con ello, su consolidación como autogobierno con los clásicos tres poderes que hoy mismo disfruta nuestra Comunidad Autónoma.

La conclusión de la Primera Guerra Mundial pareció ser el momento propicio para la puesta en marcha de un nuevo concierto internacional que afianzase décadas de paz, un tanto ilusoriamente, a tenor de los hechos posteriores y como la propia Historia demostrará. A la España neutral y aliadófila ante el conflicto quieren sumar ahora los andalucistas y junto a vascos y catalanes, la reivindicación y presencia de un Estado plurinacional y pluricultural en el que sólo Andalucía tiene un territorio bajo dominación extranjera. La reintegración de Gibraltar al suelo andaluz es la reivindicación “y la palabra” que los andalucistas defienden ante la nueva Sociedad de Naciones, mediante un texto enviado al Congreso de Paz celebrado en Ginebra. La afirmación política como pueblo y nación diferenciada es acompañada de una demanda de integridad territorial toda vez que, con el paso del tiempo, el “dolor”, como señala el texto, podría traducirse en “un fatal sentimiento de rencor perenne hacia los promotores del perdurable vejamen”. Andalucía existe y es, y en la medida que su territorio está “desmembrado”, reivindica en su territorialidad plena. No puede ni debe afirmarse sin ella. Se aprovechaba así un instante político vital entre el marco de unas potencias imperialistas que hicieron inevitable la guerra y la reordenación de una Europa que inicia procesos de descolonización.

Así las cosas, para los nacionalistas andaluces el origen del conflicto se encuentra en el “centralismo sordo, ciego y sin alma” que olvida sus regiones a la vez que concretan en Castilla la responsabilidad de todos los males “históricos y coloniales”. Desde el republicanismo andalucista se entiende que la apuesta castellana en pro de los Borbones en la Guerra de Sucesión – identificada y vinculada a intereses centralistas – trae consigo una cesión por la que Andalucía paga con su territorio una apuesta dinástica a favor de una dinastía francesa que rechaza. De hecho, cabe recordar que Gibraltar fue ocupada por tropas catalanas junto a las británicas y que, por su apuesta por el Archiduque Carlos, Cataluña pierde con Felipe V (el primer rey borbónico de España) sus derechos e instituciones históricas. Es más, Menorca – que también por el Tratado de Utrecht pasó a manos británicas – fue recuperada por el Estado Español casi un siglo después por medio de otro tratado.

gibraltar-bandera
Bandera de Gibraltar, inspirada en las armas de la vecina ciudad de San Roque.

Expuesto así, Andalucía es una víctima de Castilla. Tanto por unos hechos, como por un olvido secular en el que el ejemplo de Gibraltar es uno de los más importantes. Precisamente, la política de neutralidad de España ante el conflicto preocupa frente a las posiciones aliadófilas que defienden los andalucistas, en la medida también que, a su final, así se explicaría la inhibición del Gobierno español ante la reivindicación territorial que nos ocupa. Castilla, como verdadera culpable histórica de la situación, volvió una vez más a apostar por las autocracias para defender la suya propia. El momento histórico que se vive resulta pues especialmente significativo para una nacionalidad como la andaluza en su anhelo por recuperar lo que llaman “solar sagrado”, para lo cual ponen en marcha una campaña de envío de cartas y mensajes a la Embajada del Reino Unido en Madrid solicitando la restitución del territorio gibraltareño. Si se quiere, de una forma “llena de optimismo” y muy honesta, pero no menos inocente y pretenciosa a la vez, se esperaba una justa respuesta al considerar que sería incapaz de “negar la personalidad histórica de Andalucía”. Mientras el Estado Español calificaba a los andalucistas históricos de hacer valer su voz y con ella, la propia existencia de Andalucía en el contexto de las emergentes nacionalidades.

Desde aquel instante la voz de Andalucía se hizo valer como interesada ante un conflicto como el de Gibraltar, el cual todavía provoca amplios titulares y levanta aireadas veleidades patrioteras y centralistas. Más allá de la voz de España, Andalucía es la primera interesada en culminar su integridad territorial, ya sea desde Utrecht en 1713 o desde Rota y Morón desde 1963. Y es cierto también que el Estado Español siempre ha reivindicado el Peñón como parte de su geografía, pero no es menos cierto que ha sabido interpretar dicha causa histórica como más le ha convenido según sus intereses, si bien incluso alguna vez abrazó la idea de ocupar la Roca mediante el uso de la fuerza. Hitler, en el famoso encuentro con Franco en Hendaya, hizo desistir al dictador de sus intereses ofreciendo prioridad a los suyos. La impotente España no dudó entonces en ocupar Tánger en 1940 amparada por la tutela del único país que reconoció esta acción ajena a toda medida diplomática: la Alemania de Hitler sacó cierto provecho del apoyo gibraltareño a la causa de Franco. Más tarde, la pretendida política franquista de procurar la asfixia económica de Gibraltar mediante el cierre del lado español de la frontera no hizo sino motivar la crispación e incrementar la identidad pro-británica y colonial de los gibraltareños, aprovechando la vieja democracia para realizar un referéndum entre los habitantes de la Roca para refrendar su vínculo e introducir en la Constitución gibraltareña un punto tranquilizador por el que Londres se compromete a no realizar ninguna acción diplomática sobre Gibraltar sin contar antes con sus habitantes. Todo un cambio de estatus político en unos breves kilómetros cuadrados que, sin embargo, siguen manteniendo tratamiento de colonia pese a que la ONU ya pidió en 1965 el establecimiento de conversaciones para acabar con dicho estatus.

La lucha por la recuperación de Gibraltar es así para los andalucistas históricos paralela a la de todo país que desea su emancipación colonial. Propia, por tanto, de todo movimiento político de liberación nacional.

Por Manuel Ruiz Romero

Pacto de silencio para ocultar el papel de la OTAN en el resurgimiento del fascismo

El año pasado la OTAN promocionó un vídeo de un grupo nazi de Letonia, los llamados “Hermanos del Bosque” que, como en caso de los yihadistas, convirtió en luchadores contra la URSS. Además de una reescritura de la Historia, fue una llamada al terrorismo contra los rusos y contra Rusia.

236293_original
Cinco terroristas de los “Hermanos del Bosque” posan para una fotografía en Lituania, 1950. (Foto: “RBTH”)

Los “Hermanos del Bosque” eran una organización nazi que en 1945, con el apoyo del espionaje de EEUU, se negó a rendirse y pasaron a ejecutar acciones terroristas en el interior de la Unión Soviética durante una década.

El vídeo de la OTAN comienza con una confusión entre los soldados “rusos” y el ejército “soviético” para indicar al espectador que éstos luchaban contra los rusos y no contra los soviéticos – ya que los letones también formaban parte del Ejército Rojo.

La OTAN quería inculcar que unos pocos hombres, civiles inocentes, obligados por la situación, lucharon contra el “ocupante ruso” que, después de la Segunda Guerra Mundial, se había apoderado de Letonia por la fuerza.

En realidad, hay muchos que piensan así: los países de Europa del Este se convirtieron en “satélites” de la URSS a la fuerza, al ser “ocupados” militarmente por el Ejército Rojo al final de la Segunda Guerra Mundial. A los que dicen tales estupideces no se les ha ocurrido pensar en Austria, que también fue liberada y ocupada por el Ejército Rojo.

Como en el caso de los demás países bálticos, la independencia de Letonia tuvo lugar pocos años después de la Revolución de 1917, es decir, que no se debió solo a los letones sino a los revolucionarios que acabaron con el zarismo, de los que la mayor parte eran rusos y entre los cuales también había letones.

El vídeo no explica nada de eso, como es natural. Lo que aparece es una lucha, supuestamente patriótica y nacionalista, de los letones contra los “ocupantes” soviéticos.

Es típico de la propaganda imperialista presentar la lucha de clases como una lucha nacional o religiosa. La OTAN no puede admitir que la Unión Soviética aplastó en la guerra y después de ella a los nazis letones. El carácter nazi desaparece para poner en primer plano la represión, típicamente “estalinista” e indiscriminada, contra la población de Letonia por el sólo hecho de ser letona.

Entre 1941 y 1945 la Legión Letona, una unidad de las Waffen-SS, se componía de dos divisiones de granaderos, la 15 y la 19, que participaron en la persecución de comunistas, tiroteos masivos contra la población civil, pogromos y limpieza étnica contra los judíos.

Sólo en el interior de Letonia entre 1941 y 1945 se crearon exactamente 46 prisiones, 23 campos de concentración y 48 guetos judíos. Las SS letonas y sus colaboradores asesinaron a 313.798 civiles (incluidos 39.835 niños y niñas) y a 330.032 soldados soviéticos.

En el otoño de 1941, las SS formaron batallones de autodefensa en el Báltico, una especie de milicia que ejerció las labores típicas de apoyo a la Policía. En Letonia se formaron 41 batallones con entre 300 y 600 efectivos, 23 en Lituania y 26 en Estonia.

Algunos de ellos fueron enviados a luchar contra los partisanos soviéticos en Bielorrusia y en la región rusa de Pskov.

A medida que avanzaba la guerra, y con ella la derrota nazi, los miembros de los batallones letones se fueron integrando en las unidades diezmadas de las Waffen-SS: brigadas motorizadas, de voluntarios, etc.

Estos matones fueron quienes luego llenaron las filas de los “Hermanos del Bosque”. La OTAN oculta que dicha organización fue creada y financiada por el espionaje imperialista después de la Segunda Guerra Mundial por lo mismo de siempre: para acorralar a la URSS, para impedir que pudiera disfrutar de un minuto de reposo.

El espionaje imperialista subcontrató a los antiguos policías letones, a los colaboracionistas durante la ocupación y a los oficiales (y soldados) letones que trabajaron para las SS.

Hasta mediados de la década de 1950, los “Hermanos del Bosque” llevaron a cabo más de 3.000 atentados terroristas, principalmente contra la población civil.

El vídeo de la OTAN tampoco habla de esto porque no puede vincular al fascismo con el imperialismo y con EEUU. Los papanatas tampoco lo hacen, ni tampoco vinculan a la OTAN con la red Gladio o con los crímenes neofascistas de la década de 1970 en toda Europa Occidental.

Si alguien se cree que estamos hablando de batallitas propias del pasado, se equivoca: cada año, una manifestación neonazi desfila por las calles de Riga (capital de un Estado miembro de la Unión Europea como es Letonia) para homenajear a los fieles servidores del III Reich.

¿Eso no forma parte del auge del fascismo y “la ultraderecha”? ¿Por qué nadie habla de ello, ni la OTAN ni los “alternativos”?

FUENTE: “Movimiento Político de Resistencia”

#ElesNão: el auge de los Bolsonaros

En la Universidad Nacional de Rosario, en Argentina, conocí a un consultor político muy diferente, Fernando Aguilar: un argentino campeón latinoamericano de go – juego milenario chino de tablero. Nuestro amigo tiene una particularidad muy interesante: utiliza los conocimientos del go en la asesoría política, y en esta oportunidad me valdré de sus conceptos para tratar de analizar lo que está sucediendo con algunos fenómenos políticos de la región y el mundo.

1540494393293
El ex-capitán Jair Bolsonaro, candidato ultraderechista a la Presidencia de la República Federativa de Brasil.

El go es un juego de estrategia cuyo objetivo es conquistar territorios, rodeando a nuestro adversario y entendiendo que vamos a tener que convivir con él en el mismo espacio físico, ya que en la partida no se eliminan los oponentes, solo se ganan espacios.

El triunfo que se registró en la primera vuelta de las elecciones brasileñas del ultraderechista Jair Bolsonaro no fue una sorpresa, lo adelantaban las encuestas, pero sí sorprendió mucho el caudal de votos obtenidos, que lo dejaron incluso al borde de conquistar la Presidencia de Brasil en primera vuelta.

Este candidato, en cuyo pensamiento encontramos posiciones fascistas, favorables a la tortura y la violación de los derechos humanos, homofóbicas, racistas y misóginas, entre otros tantos “galardones” que marcan su carrera política, cuenta con un apoyo popular abrumador.

Pero si bien el auge de un personaje como Bolsonaro es preocupante, no podemos olvidar otros fenómenos de crecimiento de opciones lindantes al fascismo y a la discriminación, quizás no tan extremistas como la del líder brasileño, pero sí que encienden una luz de alarma que debemos atender.

El crecimiento del fascismo y de las derechas más conservadoras, con tintes xenófobos, es un fenómeno que revivió desde hace algunos años en Europa y que parece llegar ahora nuevamente a América Latina. Pero para que esto ocurra, para que esos territorios se conquisten, tiene que haber un espacio vacío.

Los gobiernos progresistas de América Latina en los últimos años se ocuparon (por lo general y con matices, de acuerdo al país) de la baja del desempleo, de reducir la pobreza y de generar derechos para construir sociedades más igualitarias – leyes de matrimonio para personas del mismo sexo, legalización del aborto, normativas de protección a trabajadores, mejoras en educación, salud, en igualdad de género y en políticas sociales, fundamentalmente.

“El rigor es conservador y la creatividad, progresista”, dice Luis Arroyo en su libro “El poder político en escena”. Y en ese rigor ha basado su estrategia la derecha regional. En primera instancia haciendo política desde la Justicia, denunciando hechos de corrupción (probados, presuntos y falsos, todos les sirven por igual); en segundo término, desacreditando el sistema político y la figura del actor político, sumado a la generación de “outsiders” que llegan a la política negando ser políticos para “salvar” el sistema (generalmente personajes millonarios que aseguran que administrarán el Gobierno en forma idéntica a sus empresas); en tercer término la seguridad, prometen terminar con la delincuencia aplicando mano dura.

Estos elementos se ven amplificados por lo general, por los grandes medios de comunicación, que mayoritariamente en América Latina están en manos de empresarios de derecha, y que también juegan su papel con las tan antiguas como novedosas “fake news”.

Ante este escenario gran parte de la ciudadanía, que ya hizo suyos determinados logros y no cree que pueda perderlos, hastiada de ver en los grandes medios de comunicación cómo el sistema político se corrompe y se enriquece, temiendo por su seguridad física ante el incremento de la violencia que nos muestra diariamente la crónica roja, opta como gobernante – citando al asesor demócrata estadounidense George Lakoff – por el padre estricto que nos pueda liberar de estos martirios y allí están ellos, los Bolsonaros del mundo, dispuestos a llevar a los pueblos a una nueva era hitleriana.

Será rol no solo de los sectores políticos progresistas, sino de la sociedad civil organizada el recordar la Historia de América Latina y sus padecimientos, el bregar por sociedades más igualitarias, en donde la raza, la opción sexual o la pobreza no sean impedimentos, en donde nadie sea más que nadie, en donde se puedan mantener las libertades y todos valgamos igual.

Por Marcel Lhermitte

Consultor en Comunicación Política y Campañas Electorales

Periodista, licenciado en Ciencias de la Comunicación y Magister en Comunicación Política y Gestión de Campañas Electorales. Ha asesorado a decenas de candidatos y colectivos progresistas fundamentalmente en Uruguay, Chile y Francia.

Le tengo miedo al futuro

Hay días que llego a casa abatido, agotado, arrastrando los pies, sin energía y con la mirada por los suelos. Levantar la mirada y el mentón me duele. Me duele mirar el horizonte y no ser capaz de pensarme a dos meses vista. Abro la puerta de mi casa como si fuera un sonámbulo y accedo sigilosamente. Dejo las cosas en el primer sitio que puedo y me tiro en el sofá. Confieso que hay noches que lloro, pero otras no lo consigo.

Aparentemente no me pasa nada, pero yo sé que el mal que me duele se llama precariedad, miedo al futuro, inestabilidad vital y pavor de que el porvenir se acabe en un mes, que es el dinero que tengo guardado para hacer frente a un mes de alquiler. La diferencia entre el techo y el raso es un mes.

Acumulo varios trabajos para poder tirar hacia adelante y tengo la sensación de que la vida se ha cebado conmigo, de que un muro se ha levantado en mi camino para impedirme que tenga mis condiciones materiales de vida cubiertas. Se lo comento a mi psicólogo y me dice, el mes que me puedo permitir pagar una sesión, que sufro el mal de mi generación.

Son las heridas abiertas de una crisis que nos ha estafado a quienes tenemos menos de 40 años. Somos jóvenes para tener un buen puesto de trabajo, casa, hijos y futuro, pero muy viejos ya para las administraciones públicas y para el mundo de los sueños.

Nos hicieron creer que íbamos a vivir mejor que nuestros padres y resulta que hay meses que les tenemos que pedir dinero a ellos, que tienen pensiones sencillas, para poder llegar a final de mes. Pagar el alquiler nos quita el sueño y ni qué contar de las facturas de la luz y el agua si se disparan un mes. Ir de vacaciones es una quimera y que nos inviten a una boda, un sueño de terror.

Somos autónomos, cooperativistas, “coworkers” o “freelance”, porque lo de ser asalariado, con pagas dobles, vacaciones pagadas y días de asuntos propios es una novela histórica. Somos los hijos y nietos de quienes lo dieron todo por traer la democracia a este país que ha dejado caer por el acantilado de la desigualdad y la pobreza a una generación a la que llaman “perdida” pero que en realidad somos una generación depresiva, con miedo al mañana y con la capacidad de soñar casi anulada.

A un empleo de 1.000 € y un alquiler de 600 € lo consideramos “tener suerte”, aunque también recordamos la década anterior en la que ganar 1.000 € al mes – cuando había gente que cobraba 4.000 € al mes por vender pisos en una inmobiliaria – era de “fracasados”.

Mi médica de familia dice que el 30% de sus consultas son gente de mi edad que sufre ansiedad, que no es otra cosa que un proceso depresivo que se extiende en el tiempo. Yo llevo así unos 4 años. Marché a Bruselas a probar fortuna y se me rompieron los sueños en el intento. El programa de televisión “Españoles en el Mundo” nos contaba el éxito pero nadie nos dijo que el fracaso existe en la emigración juvenil, que soberbiamente llamamos o nos autollamamos “la generación más preparada de la Historia”. Conocí gente que limpiaba platos y servía mesas, un trabajo muy digno, por cierto, pero que por teléfono le contaba a sus padres que estaban becados en un instituto de pensamiento de política internacional.

A la vuelta de Bruselas, de pronto mi estómago me empezó a doler. Me tiré año y medio con diarreas diarias y dolores estomacales. No iba al médico por miedo y el miedo de no saber lo que tenía, a su vez, me hacía más daño. Terminé viviendo con las persianas bajadas de mi casa y costándome trabajo coger el ratón del ordenador.

Me di de alta como autónomo y me creí “empresario de la comunicación”, aunque había meses que cobraba 900 € o incluso mucho menos. Fui al psicólogo y me traté la ansiedad. Se me quitó el dolor de estómago y empecé a ver las cosas de mejor color, aunque mi realidad material no mejoraba mucho.

Ahora ya no me duele la barriga ni tengo diarreas, pero llevo afónico desde hace 6 meses. La tensión y la ansiedad se ceban con el estómago y las cuerdas vocales. Y a mí en 4 años me ha dado en los dos sitios. Dice mi médica de cabecera que soy un modelo perfecto del mal que aqueja a mi generación.

No paro, no tengo tiempo ni para respirar, tengo hasta que rechazar trabajos que me encargan porque no me da la vida, pero yo no dejo de estar triste. Sé que hay meses que tengo mucho trabajo y otros no tanto. Hay meses que puedo ganar un sueldo digno pero al siguiente tengo que pedirle a mi madre, a mis 36 años, dinero para poder pagar el recibo de la luz.

La precariedad duele, hace daño, te destroza la vida. A mí hay días que me cuesta levantar la mirada y que lloro por las esquinas, pero no lo puedo contar porque la pobreza no crea empatía, no emociona, no vincula, no moviliza. Ningún actor o actriz sale en la gala de los Goya a decir que la pobreza es la causa de su infelicidad.

Nadie ha levantado todavía un “#Cuéntalo” para que los millones de precarios (en España somos 14 millones de personas las que vivimos en el umbral de la pobreza) salgan del armario, se empoderen y pongan en la agenda la desigualdad que más te jode la existencia y que afecta a negros, blancos, hombres, mujeres, gays, heterosexuales, musulmanes, cristianos o mediopensionistas.

Nada es más transversal que la desigualdad económica, y sin embargo es la que más en soledad vivimos, la que más consultas de psicólogos llena y la que menos emociona y sale en los medios.

Sé que no soy el único al que le duele el futuro, sé que somos legión, que somos una generación a la que nos han cortado las alas, somos los hijos y nietos de los empobrecidos de ayer y los padres y madres de los pobres de mañana. Se cansaron de que fuéramos iguales y se inventaron una crisis-estafa para devolvernos a la casilla de salida.

Escribo este artículo porque lo personal es político, porque tengo necesidad de salir del armario del capitalismo, de contar que hay días que no puedo con mi vida y de que le tengo miedo, mucho, a un futuro que nos dijeron que sería prometedor y resulta que es un acantilado de incertidumbre y agotamiento vital en el que hay días que creo que no seré capaz de abrir la puerta de mi casa.

Por Raúl Solís

Malos modales

kass
El periodista turco-saudí Jamal Khashoggi, asesinado el pasado 2 de octubre en Estambul.

Son los que tienen los muchachos de los servicios secretos saudíes. Son algo rudos y se ponen nerviosos, y en esas circunstancias se les va la mano (y la sierra), y cortan en pedazos a un compatriota dentro de un consulado.

Esto es, al parecer, lo que le ha pasado al periodista Jamal Khashoggi, que entró al Consulado de Arabia Saudí en Estambul y salió desmembrado en varias maletas con destino a Riad, con el objeto de probar ante el príncipe Bin Salman un trabajo bien hecho.

Hay que aclarar algunas cosas, ya que la información que vamos sabiendo es cada vez más complicada, y pone más de manifiesto esos malos modales.

Al parecer, el periodista era sobrino del famoso traficante de armas Adnan Khashoggi, que vivía en Marbella y falleció en 2017. Este individuo fue el organizador del famoso affaire “Irán-Contra” por encargo del otrora candidato a la presidencia de los EEUU, Ronald Reagan. Pero el sobrino no le iba en zaga. Era amigo personal de Osama bin Laden y hay fotografías que lo muestran en Afganistán armado con una metralleta y actuando en combate junto a su compinche. Es decir, que era un hombre al servicio del imperialismo estadounidense. En el momento de su muerte trabajaba como periodista para “The Washington Post”, diario controlado por la CIA.

Pero todo este escandaloso asunto hay que enmarcarlo en la lucha que el Imperio libra contra el presidente turco Erdogan, que fue víctima en 2016 de un golpe de Estado fracasado y urdido por la CIA, que fue advertido por el FSB de Rusia y que le salvó la vida a Erdogan.

El presidente turco, ante ese hecho, desató una inmensa purga que acabó con la carrera de miles de funcionarios, jueces, catedráticos y periodistas en Turquía, además de con la supresión de varios diarios turcos de tendencia opositora.

En Turquía permanece preso un ciudadano estadounidense acusado de espionaje, al parecer como represalia por la protección yanqui a Fethullah Gülen, un jerarca religioso turco – cercano a los Hermanos Musulmanes, que son amigos de EEUU.

A raíz de todo esto, el Gobierno turco no le permite a EEUU utilizar la base militar de Incirlik, muy cerca de la frontera con Siria y lugar de despegue de aviones y drones yanquis para atacar territorio sirio. Todo esto ha llevado a Turquía a echarse en brazos de Rusia, que es la gran ganadora en este complicado rompecabezas.

A su vez, sabiendo la relación especial que los saudíes mantienen con Trump, los servicios de seguridad turcos han introducido micrófonos y cámaras ocultas en la delegación saudí de Estambul, grabando y filmando las escalofriantes escenas de la muerte de Khashoggi. Las harán públicas mañana, martes 23 de octubre.

Esto ha hecho que el Gobierno saudí haya tenido que dar explicaciones. Abstractas explicaciones, que cada vez complican más a ese régimen en este oscuro crimen de Estado. Todo apunta al príncipe Mohamed bin Salman, y ha levantado una verdadera ola de indignación. Tanto, que personajes como Javier Solana (ex-Secretario General de la OTAN y uno de los mayores criminales de guerra del siglo XX) han dicho que Arabia Saudí debe acabar con la agresión a Yemen – ya era hora – y que Alemania deje de vender armas al reino saudí.

Evidentemente, hay un trasfondo geopolítico detrás de todo esto, y es la inquina que sienten los yanquis contra Irán, y a que Arabia Saudí es el vicario de una política agresiva contra la nación persa. Es posible que estemos asistiendo a un cambio de gobierno en Arabia. Ya Trump, hace muy pocos días, lo dijo: “Si quitamos nuestro apoyo a la monarquía saudí, duraría 15 días”. Y lo dijo en esos términos siempre tan diplomáticos y propios de Donald Trump.

Llama la atención el costado mafioso que tiene todo esto. La muerte y el desmembramiento del periodista, y luego las condolencias de la Familia Real Saudí para con el hijo del muerto, el accidente y muerte de uno de los carniceros y las promesas de castigo a aquellos que “actuaron por su cuenta”. Todo ello huele a crimen mafioso.

En fin, veremos cosas raras en los próximos días.

Por Darío Herchhoren

La trampa de la diversidad

iglesia-gentuza
El escritor y literato Juan Manuel de Prada (Barakaldo, 1970), autor de la reseña.

Acabamos de leer “La trampa de la diversidad” (Ediciones Akal), un lúcido ensayo que ha provocado gran polémica en ámbitos intelectuales izquierdistas. Su autor, Daniel Bernabé, sostiene que las llamadas “políticas de la diversidad”, que con tanto ardor defiende la izquierda, constituyen en realidad una artimaña del neoliberalismo para “fragmentar la identidad de la clase trabajadora”. Es la misma tesis que hemos sostenido en infinidad de artículos desde hace años, citando a pensadores tan ilustres como Pasolini o Hobsbawm (a los que, misteriosamente, Bernabé no cita).

Como Bernabé señala en algún pasaje de su libro, “si todos somos una suma inacabable de especificidades, entonces no puede haber un ‘nosotros'”. El posmodernismo habría sido, a juicio de Bernabé, el clima cultural que ha favorecido esta lacra: “Sin horizonte al que dirigirnos ni pasado del que aprender, sin posibilidad de afirmar lo cierto o lo falso, sin espacio para los conceptos válidos universales”, el neocapitalismo habría podido realizar más fácilmente una serie de transformaciones económicas – desindustrialización, deslocalización, externalización, etc. – que favorecieron la atomización laboral.

Ciertamente, es mucho más sencillo desarrollar una conciencia de explotación laboral en el obrero que trabaja en una fábrica junto con otros 5.000 obreros que en el falso autónomo que reparte pizzas a domicilio en bici, requerido por una aplicación para teléfonos móviles. Y, a la vez, es mucho más sencillo encauzar la insatisfacción de este falso autónomo hacia reivindicaciones que lo hagan sentirse “distinto”, permitiéndole huir de su grimoso horizonte laboral. Con inteligencia ladina, a este falso autónomo se le puede infundir una “identidad aspiracional” que lo haga sentirse orgulloso de ser homosexual, animalista y (risum teneatis) de clase media, en contraposición al trabajador de la fábrica, al que se caracterizará como “heteropatriarcal, taurino y de clase baja”. Esta capacidad del neocapitalismo para instilar “identidades aspiracionales” entre los trabajadores más explotados, evitando que se organicen, supo aprovecharla, por ejemplo, Margaret Thatcher, que – como nos recuerda Bernabé – no tuvo empacho en mostrarse favorable a la despenalización de la homosexualidad o el aborto, a cambio de desactivar la acción colectiva de los trabajadores y de reducir a fosfatina las conquistas laborales logradas en décadas anteriores.

Con la ayuda lacayuna de una izquierda traidora, el neocapitalismo ha logrado convertir a la clase trabajadora en un archipiélago de “consumidores de singularidades”, entre las que ocupan un lugar preponderante las “opciones sexuales” y las “identidades de género”. Por supuesto, Bernabé no defiende que tales grupos no deban disfrutar de derechos civiles; pero advierte que la exaltación de la diferencia es la mejor coartada para los gobiernos rehenes de la plutocracia, que así pueden posar de progresistas ante la galería. Y no se le escapa tampoco a Bernabé que este mercado de la diversidad, como siempre ocurre entre los productos que compiten, provoca fricciones y contradicciones cada vez más ásperas entre las distintas identidades: así ha ocurrido recientemente, por ejemplo, con los llamados “vientres de alquiler”, que han enfrentado a feministas y homosexuales. Y, entretanto, nadie clama contra los recortes salariales.

Especialmente sagaz se muestra Daniel Bernabé cuando denuncia que esta traición de la izquierda ha dado alas a las nuevas derechas, más o menos extremistas o alternativas, que se benefician de la fragmentación ocasionada por las políticas de la diversidad, apelando a los perdedores de la globalización, a la vez que puedes azuzar los miedos de cada grupo nacido de esta fragmentación, adaptando su mensaje a sus particularidades. El encono con que algunos capitostes izquierdistas han descalificado “La trampa de la diversidad” nos prueba que su autor ha acertado a meter el dedo en la llaga, aunque sólo sea someramente. Así, por ejemplo, Bernabé no se atreve a recordar que estas “políticas de la diversidad” son opíparamente subvencionadas por organismos públicos y privados; y que el ardor con que son defendidas desde la izquierda traidora es directamente proporcional a la cantidad de dinero que tales organismos invierten en ellas. Tampoco se atreve Bernabé a penetrar en la razón última por la que el capitalismo fomenta estas políticas de la diversidad, utilizando a la izquierda como su perro caniche. Pero para atreverse a dilucidar esa razón última hay que aceptar primero – como nos enseñaban lo mismo Proudhon que Donoso Cortés – que detrás de toda cuestión política subyace un problema teológico.

Por Juan Manuel de Prada